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lunes, 19 de mayo de 2014

CAPÍTULO XLV: Día 4. Carta de Barcelona.

Mi madre y mi hermana Bea eran las dos últimas personas que esperaba encontrarme aquella mañana cuando me dirigía a la consulta del doctor Correa.
Ambas impertérritas, con talante serio y reprobador, esperaban junto a la puerta.
Pensé que había vuelto a cagarla. Aunque esta vez no tenía ni idea de en qué. El día anterior al final no le había contado nada al psiquiatra.
-¿Qué hacéis aquí? -alcancé a preguntarles.
-Venimos a pasar consulta contigo -mi hermana estaba adquiriendo tan férrea herencia de nuestra madre que ya hablaba con su misma solemnidad.
Pensé que, con ellas dos allí, la narración de lo del ensayo clínico tendría que esperar un día más. 
No pensaba contarlo con ellas delante.
-Buenos días,  Daniel -el doctor Correa se asomó entreabriendo la puerta de su despacho-. Pase -añadió con un gesto que me invitaba a entrar.
Dirigió una mirada a mi madre y mi hermana indicándoles que, por el momento, esperaran fuera.
Ya dentro le noté especialmente contento. Todo estaba siendo muy raro.
-Ha estado yendo a la Sala de Terapias ¿no, Daniel? -me preguntó. 
-Sí. Y ayer recordé algo que creo que debería contarle.
-Dígame, tiene toda mi atención. 
-Antes de dejar la biblioteca, en Barcelona,  me sometí a un ensayo clínico por culpa de mi ex, de  un medicamento cuyos efectos adversos, entre otros, son los trastornos depresivos... -lo escupí sin digerir, de una sentada.
-Espere, espere, Daniel, eche el freno -el doctor Correa parecía estar calmando a un potro desbocado.
Descubrí lo nervioso que me había puesto la inesperada visita de mi madre y mi hermana cuando, al querer echar mano de ellas, comprobé que no me quedaban uñas que morder.
-Primero -continuó con su argumentación-, ¿cuál fue el medicamento que tomó? Y, segundo, ¿por qué dice que fue culpa de su ex pareja?
Le conté toda la historia con pelos y señales.  Como Laly el día anterior, el doctor Correa también hizo sus comprobaciones en su ordenador y concluyó diciéndome:
-Daniel, usted como yo, sabe que su depresión no ha sido provocada por la metformina. En todo caso sería un factor más a sumar a los que ya venía arrastrando y a los que siguió acumulando después -se quitó las gafas y las dejó en la mesa.
Lo peor fue tener que darle, irremediablemente, la razón.  
La locura heredada de mi padre, las largas noches en vigilia rastreando por redes sociales, emails y wathsapp el desde cuándo, el por qué y el cuántos de las infidelidades, consumadas o no, de un Juanjo que de la noche a la mañana se había convertido en un completo desconocido; la mala y escasa alimentación,  los tonteos con la medicación robada a mi hermano a la desesperada en busca de algo de paz, el abandono de todo hábito saludable y la desmotivación de un funcionariado antes idílico, los tambaleos económicos de las arcas municipales del ayuntamiento del que dependía, la paranoia de una maquiavélica venganza servida en plato frío por una resentida jefa y su secuaz María José ansiosa por mi puesto de trabajo, lo inhóspito de una tierra extraña a la que nunca llegué a adaptarme... Todo ello sumó para el resultado de la fatal ecuación final.
Haber sido conejillo de Indias para una nueva variante de un medicamento que la industria farmacéutica quería sacar al mercado no había sido sino un condicionante más. No determinante por sí mismo ni antecedente directo de la demencia.
Mi depresión se había estado cocinando durante meses a fuego lento.
-Y, discúlpeme, Daniel, pero uno no hace nada que de verdad no quiera. Su ex pareja, como usted dice, pudo haberle incitado del modo que fuera, pero la decisión final de haberse prestado a aquel ensayo clínico fue suya y sólo suya. De una manera u otra, usted sabía lo que hacía. Necesitaba aquel dinero y se valoraba tan poco a sí mismo en aquel momento que puso ese precio a su salud. Se lo puso usted. Nadie más.
Eso tiene que tenerlo muy claro, y perdone que le hable con tanta franqueza.
Una vez me preguntó usted si creía que hubiera caído o no en depresión si su ex pareja no le hubiera dejado y le dije que probablemente no.
Pero eso no tiene que hacerle confundir el desencadenante, la gota que colmó el vaso, con culpabilizar en exclusiva a un único verdugo responsable de todos sus males.
Es humano y comprensible que lo haga, pero usted sabe bien que realmente no es así. Factores externos, exógenos, los hay; pero son muchos más que uno sólo. Y, entre todos, cada uno en su medida, suman.
Entiende lo que quiero decirle, ¿verdad? -el doctor Correa hablaba siempre con gran locuacidad.
Claro que lo entendía. Lo entendía perfectamente. 
Maldito psiquiatra que me estaba arrebatando lo único a lo que sentía tener derecho. El pataleo y la autocompasión. 
Y maldito Juanjo por no poder responsabilizarle de todo.
Maldito yo por ser tan patético.
Malditos. Una y mil veces malditos.
A pesar de eso, decidí que seguiría odiando, por el momento, a Juanjo, en silencio, sin venganza; porque quizá así el camino hasta la indiferencia y, por fin el olvido, sería más fácil.
Cuando el especialista dio por aclarado y zanjado ese punto y yo sentí que había dado un importante paso hacia adelante en mi terapia, hizo pasar a mi madre y a mi hermana Bea.
Con ellas allí, me vino a la cabeza aquella vez, hace años, en que una de las muchas psiquiatras que trató a mi padre, antes de darlo por imposible y pasar el marrón a otro colega, intentó una nueva posibilidad. Terapia familiar.
Acudí a aquel experimento ofendido y escéptico, obligado por mi madre. La soberbia de creerme indestructiblemente cuerdo se me desmoronó ante el desafortunado apunte de aquella psiquiatra. Por entonces mi hermano Jorge aún no había tenido su primer brote psicótico, pero ella ya nos pronosticó el riesgo:
-Como hijos suyos, tenéis muchas papeletas de padecer el día de mañana alguna enfermedad mental. Lo más que podéis pedir es que no sea crónica como la suya ni tenga tan mala evolución.
Supongo que al decir aquello esa mujer pretendería darnos una bofetada de terapia de choque. Mi padre le habría llorado con el cuento de que era el incomprendido de la familia (acusación merecida en mi caso y quizá en el de alguno de mis hermanos, pero totalmente injusta en el caso de mi madre que se desvivía por tratar de entenderle, a él y a su mal llevada enfermedad) y se propuso que nos solidarizáramos a la fuerza con el temor de algún día poder vernos como él.
En mí consiguió despertar el terror pero no la comprensión.
Nadie quiere acabar volviéndose loco. Ese miedo se multiplica cuando te dicen que tienes el doble de probabilidades que el resto de mortales y supongo que, de alguna manera, te aboca a terminar convirtiéndote en protagonista de tu propia pesadilla. 
Que fue justo lo que me pasó a mí.
-Daniel, su madre y su hermana han venido hoy porque querían contar con mi aprobación, por decirlo de alguna manera, para decirle algo -calló unos segundo como para recapitular-. Bueno, y para entregarle algo.
Me puse en lo peor.
-Te ha llegado una carta -intervino mi hermana Bea.
Yo permanecía con la cabeza gacha. Me seguía avergonzando mirarlas a la cara.
-La hemos abierto para saber de qué se trataba y por saber si era algo urgente -añadió cauta, como siempre, mi madre.
-Creemos que es una buena noticia que le gustará conocer, Daniel. El remitente es la Universidad de Barcelona y le escribe Julio Fombuena.
Que aquel hombre hubiera sido mi profesor me parecía un recuerdo de otra vida.
-Ahí tiene otro motivo, uno más, para seguir adelante -el doctor Correa extendió la mano en la que sostenía la carta y me la acercó.

Cuando el manicomio se quedó a oscuras y sus pacientes comenzaron su dopado sueño, incluido mi compañero Carlos, me levanté, me metí en el cuarto de baño y encendí la luz para poder releer la carta.

Sr. DANIEL GERÓN,

Soy Julio Fombuena, docente de la asignatura Informació i Formats Digitals.
El motivo de la presente es reiterarle mi interés por su trabajo en la práctica de fin de curso que no llegó a entregar.
He intentado localizarle telefónicamente en más de una ocasión.
No quería perder la oportunidad de comunicarle que, tal y como acordamos en la primera tutoría personal, presenté su blog "Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis" a varias editoriales interesadas en escritores noveles; y una de ellas me ha insistido ya varias veces en querer entrevistarse con usted.
Por favor, contacte conmigo lo antes posible o, si lo prefiere, directamente con la editorial en la referencia que remito adjunta.

La carta estaba fechada hacía más de un mes y Juanjo la había reenviado desde Barcelona a casa de mi madre.
El breve atisbo de ilusión que había sentido al leerla por primera vez volvió a sumirse en lo pantanoso del pesimismo.
Ya sería tarde para responder y yo ya era incapaz de escribir nada que pudiera merecer la pena. Nada que pudiera interesarle a nadie.
Otra oportunidad perdida que sumar a mi larga lista.




  

jueves, 14 de junio de 2012

CAPÍTULO XXXI: 29-M.


XXXI.
29-M.

            28 grados. La temperatura de aquel 29 de marzo en Barcelona, además de a cuestiones meteorológicas, parecía responder a las secuelas de la caldeada jornada que vivía la ciudad condal y, en general, el ambiente de todo el país.
            El calor de las brasas provocadas por los contenedores y demás mobiliario urbano incendiado por los vándalos, los cristales rotos de los escaparates de los comercios “esquiroles” que intentaban abrir su negocio como un día más siendo coaccionados y saboteados por aquellos que se denominaban “piquetes informativos”, la indignación y reivindicación sinceras de los manifestantes pacíficos, los disparos de las pelotas de goma o los gases lacrimógenos de los Mossos (usados por primera vez en años, según algunos noticiarios), las hélices de los helicópteros que durante todo el día estaban patrullando la ciudad, los humos de los sindicalistas que amenazaban desde primera hora con el recrudecimiento de las medidas ante un gobierno con una postura cada vez más fascista disfrazada tras la promesa de “diálogo hasta la extenuación”, de una diputada con pancarta a favor de la huelga en el Congreso y de una Europa que nos miraba como país del que recelar, desconfiar o al que admirar, vete a saber.
            Me pasé el día intentando informarme de los diferentes puntos de vista para no tomar ninguna de las posturas como verdad absoluta. Y cuanto más leía o escuchaba, menos sabía qué pensar ni de qué lado ponerme en una España que demostraba, cada día, que nunca había dejado de estar dividida en dos.
Como Juanjo y yo.
            Volvíamos de haberle dado un paseo a Dante, y yo cotorreaba incansable contándole las conclusiones a las que había llegado sobre la jornada de huelga. Él parecía escuchar y de vez en cuando hacía alguna breve aportación, pero sabía que no le importaban ni lo más mínimo los manifestantes, los políticos o las posibles consecuencias de aquello.
            -¿Me vas a decir qué te pasa? –le pregunté de repente.
            -Ya te he dicho que nada –respondió él, sin mirarme a los ojos.
            Íbamos ya de camino al piso.
            -Algo te pasa. Llevas unos días rarísimo. Y ya no me creo que sea por el trabajo. Por favor, cuéntamelo.
            Juanjo bajó la cabeza y balbuceó.
            -No me pasa nada, Dani. Ya hablaremos cuando se haya ido Paz.
            Mi pregunta iba teniendo una respuesta cada vez más clara. Un nudo se me ató en el estómago. Pero seguí insistiendo porque necesitaba saberlo.
            -No estás bien, ¿no?
            -No... –respondió él sin levantar la vista del suelo.
            Tragué saliva, y por fin me atreví a decir.
            -No estás bien conmigo, ¿no?
            Sobre el asfalto que Juanjo contemplaba cabizbajo cayó su primera lágrima.
            -No... Lo siento...
            Aquella respuesta no podía caerme como un jarro de agua fría. No debía cogerme desprevenido después de sus últimos días de desplantes, ausencia, distancia, sequedad y falta de cariño hacia mí. Pero debía ser gilipollas porque, a pesar de todo, no estuve preparado para escuchar la noticia. Sentí un calambre por todo el cuerpo que me hizo tropezar, perdiendo el equilibrio y casi cayendo de bruces.
            -¿Estás bien, Dani? –me dijo él, mientras me sujetaba por el brazo.
            Dani. De pronto se me hacía raro escucharle dirigirse a mí por mi nombre. Aunque ya hacía días que no me dedicaba alguno de los muchos apodos cariñosos que antes usábamos para llamarnos. Aquel Dani y la forma en que lo pronunciaba eran prueba evidente de lo que pasaba.
            -Pero... ¿desde cuándo? –pregunté.
            Estábamos ya casi en el portal de casa.
            -¿Está Paz arriba? –quiso saber él.
            -No lo sé.
            -Si quieres, dejamos a Dante y damos un paseo para seguir hablando.
          Cuando volvimos a salir del piso, le pregunté si tenía algo de dinero suelto para comprar tabaco porque yo no llevaba nada. Fue la primera droga a la que se me ocurrió acudir para tranquilizarme. Aunque aparentemente lo estaba, por dentro tenía una sensación de desolación que no sería capaz de explicar con palabras.
        Llegamos hasta la Plaza Urquinaona sin hablar, contemplando los últimos coletazos de la huelga, quizá en el momento más inoportuno para salir a la calle. Nos sentamos en uno de los bancos de una de las esquinas que parecía estar más tranquila. Mientras le daba las primeras caladas al cigarro, él empezó:
            -Hace días que lo vengo notando, no te puedo decir exactamente cuánto. Un par de semanas a lo mejor. Desde que empecé a hablarlo con Sonia, mi compañera.
            -Pero... ¿qué es lo que sientes?
            Juanjo empezó a llorar otra vez.
          -No lo sé, Dani... No sé lo que siento, pero sí sé que no es lo mismo que antes... Ya no tengo esa cosa, esas mariposas...
            Adopté una sorprendente frialdad.
            -Entonces ya no hay nada que hacer, ¿verdad?
            Él seguía mirando para abajo, y lloraba cada vez más.
            -Lo siento, de verdad... –dijo.
            Apuré el cigarro hasta el filtro y casi inmediatamente me encendí otro.
        -Le dije a Sonia que yo pensaba que tú tampoco estabas igual que antes –continuó, ya más tranquilo–. Pero de algunas de las veces que has venido al Zoo y ha coincidido que estaba ella, me decía que tú sí seguías enamorado. Que se notaba en la forma en que me mirabas.
            No aguanté más y el nudo se subió hasta la garganta. Entre lágrimas, le dije:
            -Está claro que yo últimamente tampoco estaba al cien por cien. Han pasado muchas cosas, he pasado unos meses horribles en Daraquiel antes de poder venirme para acá, he estado muy agobiado como sabes por el tema del trabajo, ahora con Paz aquí, y el notarte tan distante conmigo pues también me ha hecho distanciarme de ti. Pero... yo... sí querría seguir intentándolo. Pensaba que era una mala racha que superaríamos... Como otras veces...
            -Lo siento, Dani, de verdad. Lo he pensado mucho. Y no sería justo ni para ti ni para mi. No sé mañana, o dentro de un tiempo. Pero tampoco te quiero dar esperanzas.
            -Tienes razón. Y te agradezco tu sinceridad –dije de corazón.
            -No quería decirte nada hasta que se fuera Paz.
            -Ya... Bueno, ella se va en dos días. Es verdad que igual le incomoda saberlo, sabiendo que se queda en nuestro piso. Puedo hablar con ella.
            -Por eso no te quería decir nada hasta que se hubiera ido.
            -Entonces, ¿ya lo tenías decidido de antes?
            -Sí, estaba esperando. No sabes lo mal que lo he pasado estos días. Sabes que no sé disimular las cosas pero, a la vez, tenía que hacer un esfuerzo enorme para aparentar normalidad –respondió él.
            En cuestión de segundos, la plaza se llenó de tipos con pasamontañas.
            -¿Nos vamos? –preguntamos los dos a la vez.
           Acordamos fingir que no pasaba nada delante de Paz los dos días que le quedaban en Barcelona para que no se sintiera incómoda. Eso implicaba cenar con ella, gastando las bromas de siempre, escuchando las anécdotas de su jornada en La Rambla con Óscar, y sentarnos los dos juntos en el sofá riñendo a Dante y a Tree cuando se nos ponían a dos patas pidiendo algo de comer. Por un instante, sentí que todo lo que había pasado había sido un mal sueño, y que todo estaba como siempre, hasta en algún momento Juanjo posó su mano sobre mi rodilla y me dijo “nene”, sonreía y estaba más amable que nunca con Paz. Pero estaba viendo un espejismo, malinterpreté su comportamiento. La tranquilidad y relajación que Juanjo mostraba no era, para nada, la de quien se arrepiente de lo que acaba de hacer y se da cuenta de que todo tiene que seguir como antes sino la de quien acaba de quitarse un enorme peso de encima. La de quien por fin se ha liberado.
Así lo comprobé al tener que dormir juntos. En la misma cama. Como siempre. Como nunca. Ya no éramos pareja. Ya no había opción de abrazarnos. Aunque lleváramos días sin hacerlo esa opción ya no existía, a pesar de lo muchísimo que lo hubiera necesitado. Y fue ése, justo ése, el momento en que de verdad tomé consciencia de lo ocurrido. De que ya todo se había terminado entre nosotros.
Y no fui capaz de asimilarlo.
Porque yo le seguía queriendo.
Porque habíamos compartido tantas cosas juntos.
Porque no me veía capaz de vivir sin él.
Todos mis proyectos e ilusiones estaban enfocados en él, con él, para estar con él. Y ahora tenía que comenzar una nueva vida desde cero.
Y no tenía ni idea de cómo hacerlo. ¿Por dónde empezar?
Se me quedaba colgado el intento de encontrar trabajo en Barcelona, el proyecto de vida allí, el curso de la universidad, el catalán, el piso, los ahorros, el permiso de la biblioteca, mi jefa, las disputas que me había costado con ella conseguir días para viajar a Barcelona, María José, Leo, la sensación de absoluto fracaso por tener que regresar con el rabo entre las piernas a un trabajo del que me había ido sin ninguna intención de volver pero que en aquel momento era lo único que tenía.
¿Por qué? ¿Qué nos había pasado?

       Éramos tan fuertes los dos que creimos que nada dolía, que creimos que no moriría. ¿Dónde fue todo eso a parar? ¿Cuándo se empezó a estropear?

        No podía ser inocente ni inconsciente. Porque bien sabía que ya no iba a tenerle más a mi lado. Era definitivo. Su “no sé mañana” era una simple frase hecha.

         Retamos al mismo diablo a atreverse algún día a separarnos.
         ¿Dónde fue todo eso a parar? ¿Cuándo se empezó a estropear?

        Desde el trío con Brian. No. La cosa venía de antes. Desde que Juanjo empezó a trabajar en Barcelona. Puede. Quizá incluso desde antes. Cuando yo saqué la plaza en Daraquiel.
       Me arrepentí con todas mis fuerzas de haber hecho aquel maldito examen. De haber aceptado aquel funcionariado sin pensarlo. Sin haber contado con él. Sin haber sopesado las consecuencias. De haber sido yo quien marcó un punto de inflexión. De haberme tenido que seguir él a mí en vez de haberme quedado yo esperando para seguirle a él.
        Pero ya era tarde.

       Creíamos que éramos tan diferentes, que nuestro amor iba a ser para siempre. Que nunca nos pasaría como a la gente, que no acabaría, que nunca te irías.
¿Dónde fue tu buena voluntad? ¿Cuándo me empezaste a engañar?

       Me pasé la noche llorando, sin pegar ojo, con la mirada fija en el cogote de Juanjo que dormía de espaldas a mí, analizando cada minuto de nuestra relación, desde aquella primera conversación en el chat hasta aquel fatídico 29 de marzo. En una obsesiva actividad mental que se prolongaría el largo mes que aún me faltaba para reincorporarme a la biblioteca.




martes, 8 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXV: Liquidación por cierre.

XXV
LIQUIDACIÓN POR CIERRE

            Encontré una relativa paz en la extenuante rutina diaria que me impuse para esquivar el estrés provocado por mi infructuosa búsqueda de trabajo y por las turbulencias sentimentales entre Juanjo y yo de aquellos días en Barcelona. ¿Por qué iba a tener yo más suerte que aquellos miles de negocios montados a base de sacrificio y trabajo por personas antes ilusionadas y ahora decepcionadas obligadas a tener que colgar el cartel de “Liquidación por cierre”? Empezaba a pensar que era injusto querer permitirme el lujo de cambiar de trabajo cuando la cifra de parados en España superaba los cinco millones y medio. Sentía que quizá debía conformarme con lo que tenía. Un funcionariado en una biblioteca donde no quería estar, lejos de quien quería estar, en un pueblo perdido al que no me unía nada y carente de motivación alguna pero que, al menos, me “daba de comer”. El Ayuntamiento de Daraquiel, según me contó Amira y tal como pude comprobar al consultar los últimos movimientos de mi cuenta, había empezado a pagarnos los sueldos retrasados de manera racionada “gracias a los nuevos créditos ICO habilitados por el Gobierno”. Ya disponía de ése primer reembolso y, después de hacer cuentas, por fin pude pagarle a Juanjo mi parte del alquiler. Él me dijo que no le corría prisa pero yo necesitaba tener la tranquilidad de saber que no estaba siendo “el mantenido”. Por una cuestión de orgullo propio. Aunque en otros momentos de nuestra relación podría haberse considerado que era al revés cuando yo trabajaba y él estudiaba, yo nunca lo había visto así porque además me compensaba para poder seguir viviendo juntos. Para mí el dinero, que siempre habíamos tenido como bien escaso, no iba a ser un impedimento o una complicación más y mientras pudiera hacer frente a mi parte de los gastos comunes, así lo haría. Si en algún momento me fuera imposible, muy a mi pesar, hubiera aceptado su remiso ofrecimiento. Había sido yo el que más había insistido de los dos para aventurarnos a firmar el contrato de “un piso perfectamente situado en el centro de Barcelona, ideal para nosotros y en el que por fin íbamos a poder estar juntitos otra vez”, frente a un reticente y racional Juanjo que terminó aceptando cuando yo le aseguré que todos los meses, lograra quedarme o no en Barcelona, iba a seguir contribuyendo con mi mitad. Así que tenía que cumplir mi palabra.
            Aburrido, pues, de buscar y no encontrar, relegué mi prioridad diaria. Primero porque se me empezaban a agotar las posibilidades donde seguir echando currículums y segundo porque un temor interno al que intentaba silenciar me decía que aquel desesperado intento había dejado de merecer la pena. La cuenta atrás iba agotando los días y sentía que debía disfrutar de una estancia en Barcelona que empezaba a pender de un hilo. Mis esporádicas intervenciones de camarero en El cangrejo finalizaron en el mismo momento en que Brian dejó de trabajar allí. De repente, un día nos dijo que tenía que irse y, sin más, desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Recogió sus cosas sin dar más explicaciones, y se largó, dejándonos colgado el alquiler de la habitación. Su número de teléfono móvil, la única forma de contacto que podíamos haber mantenido con él, respondía como inoperativo las veces que intentamos llamarle para saber de su vida.
            Trabajo no conseguiría, pero me iba a convertir en el abanderado número uno del movimiento “Mens sana in corpore sano”. Antes de irse, pudimos aprender varias lecciones saludables de Brian y emulé algunas de sus prácticas en mi nueva rutina diaria. Potente desayuno a base de zumo de naranjas recién exprimidas, copos de avena con leche desnatada, una pieza de fruta y un té verde con una rodaja de limón y una cucharada de miel tras el cual emprendía la mañana con dos intensas horas de patinaje acompañado por Dante, que resultó ser el espectáculo de los viandantes que circulaban a pie o en bici por nuestra ruta, desde el Passeig de Colom bordeando toda la Barceloneta hasta llegar a Poblenou, maravillados con lo que daban de sí unas patitas tan cortas como las de un perro salchicha. Luego vuelta al piso, durante hora y media o dos horas para dedicarme a las tareas del hogar, sobre todo preparar y empaquetar en tuppers almuerzos y cenas para las guardias de Juanjo, un rápido vistazo en el ordenador a los portales de empleo por si acaso y luego una horita de piscina en el polideportivo al que Juanjo y yo nos apuntamos con Brian para seguir una tabla de ejercicios que él nos había propuesto según “nuestras necesidades de mejora física”. Dependiendo de si Juanjo tenía guardia o no, volvía al piso para almorzar con él o cogía la bici para llevarle la comida al Zoo. Había descubierto las delicias del transport públic urbá amb bicicleta de Barcelona y, gracias al buen tiempo que acompañaba, iba con él a todos lados. Una auténtica maravilla. Por la tarde, de nuevo en bici, iba a la Universidad, normalmente para estudiar en la biblioteca. Aquella tarde, en cambio, había concertado una tutoría con el profesor de Informació i Formats Digitals para evaluar el adecuado desarrollo del blog para la práctica de fin de curso. Y por la noche, de nuevo en función de las guardias de Juanjo, iba al gimnasio sólo o acompañado por él.
            El profesor de la asignatura era un hombre joven, o de mediana edad. En todo caso, uno de esos arquetipos masculinos a los que cumplir años les sienta bien. Unos intensos ojos celestes agrandados bajo unas gafas de intelectual miope resaltaban su mirada profunda, barba con algunas canas y cejas pobladas pero bien definidas. Julio Fombuena me recibió con un cordial apretón de manos y algo que pareció un guiño.
            -Buenas tardes, don Daniel –dijo, categóricamente.
            -Hola, buenas tardes –respondí yo, con timidez. Aparte de las distancias que siempre he mantenido con mis profesores, algo había en ese hombre que me intimidaba, más allá del temor inicial de que empezara hablándome en catalán.
            -Ha venido por el trabajo de fin de curso, ¿verdad?
            Asentí.
            -Pues debo decirle –continuó él– que es uno de los que más me ha llamado la atención, si le soy sincero.
            No sabía si eso era bueno o malo, por lo que preferí callar y dejarle hablar a él.
            -La mayoría de alumnos han hecho algo más enfocado a la temática de la asignatura, pero he de reconocer que es grato comprobar que algunos, como Usted, han optado por otra alternativa más… –calló por unos segundos– Original, digamos. La idea de escribir una narración novelizada por capítulos puede ser interesante, pero tiene que saber enfocarla adecuadamente.
            -Ya… Sé que no tiene nada que ver con su asignatura, pero como nos dio margen para elegir… Fue lo que se me ocurrió.
            -Sí, sí, y me parece muy bien. De hecho, le animo a seguir con su trabajo. Quizá sea difícil evaluarlo dentro de los objetivos de la asignatura, pero… –se quitó las gafas y las dejó encima de un taco de folios sobre la mesa– ¿Es la primera vez que escribe?
            No, no era la primera vez, pero no sé por qué le contesté que sí.
            -Pues tiene talento, no sé si lo sabe. La historia que cuenta podría tener alguna salida. Tengo amigos en varias editoriales y, si me da permiso, me gustaría enseñarles su trabajo.
            ¿Mis Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis en una editorial? ¿Aquella chorrada que empecé a escribir por puro aburrimiento durante mi primer ingreso en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep?
            -Sí, no me mire así. Además de profesor, soy lector y sé cuando algo me gusta y cuando no. Por supuesto habría que limar algunos detalles y sería interesante que se lo tomara en serio porque tal y como lo ha planteado hasta ahora no alcanzaría la categoría de novela, en todo caso la de crónica. Pero aún así, su estilo es interesante, sencillo, pero interesante. Y podría encuadrarse en lo que buscan algunas de las editoriales que le comento, minoritarias, por supuesto, y más alternativas, pero… ¿quién sabe?
            Cerré la puerta del despacho de Julio casi temblando. Por supuesto, le di mi permiso para presentar “mi trabajo” en todas las editoriales que quisiera pero no podía evitar el temor de no dar la talla, de haber empezado algo que, al parecer, prometía y no saber continuarlo. Claro que me hacía mucha ilusión la idea, tanta que sentí vértigo. No concebía que algo escrito por mi fuera susceptible de ser publicado.
            Cuando llegué al piso, estaba deseando contárselo a Juanjo. Él me interrumpió diciéndome que íbamos a llegar tarde al gimnasio, que se lo contara ya allí. Hacía días que habíamos dejado de mimarnos, tanto él a mí como yo a él, y aunque el sexo hubiera mejorado entre nosotros después del trío con Brian, no era lo mismo que antes. Era sólo eso, sexo. Faltaban abrazos, caricias y besos desde hacía demasiado tiempo. Los dos lo sabíamos, pero él optó por una desconcertante indiferencia y yo asumí el papel de criado sumiso que debía tenerle la casa siempre lista y la comida en la mesa como torpe forma de demostrarle un cariño que en aquel momento no sabía darle de otra manera.
Escuchó mi historia sin muchas ganas en los vestuarios mientras se quitaba la ropa para entrar en la ducha. Me quedé mirándole y fijándome en cada parte de su anatomía. Seguía encantándome su cuerpo desnudo. Pero sentía que por su parte no había la misma correspondencia hacia el mío, que pasaba inadvertido ante sus ojos. Pudorosamente, me tapé con la toalla y recogí mi mochila diciéndole que le esperaba fuera. Cuando cogí el móvil, tenía un mensaje de Paz, corto pero conciso.

Dani, tienes que recoger tus cosas de casa. Me desahucian.




martes, 28 de febrero de 2012

CAPÍTULO XVI: Mudanzas.

XVI
MUDANZAS

            A veces tengo la sensación de haberme pasado más de media vida haciendo mudanzas. De haber invertido más tiempo y energías llevándolas a cabo que disfrutando verdaderamente de la estabilidad –física y emocional– que da vivir en una misma ciudad, con un hogar fijo. Daniel el nómada. Adjetivo del que solía sentirme orgulloso hasta que las fuerzas empezaron a flaquearme. Iba teniendo ganas ya de un asentamiento medianamente indefinido.
            Con los últimos acontecimientos, casi había olvidado que aquel fin de semana viajaba otra vez a Barcelona. Normalmente iba cada dos semanas, pero aproveché que ese lunes era festivo para una escapada extra. Tres días por delante para estar con Juanjo, y desconectar de Daraquiel y la biblioteca y de una semana tan intensa como rara. Tres días para descansar, para disfrutar de la ciudad. Lo único malo es que a Juanjo le tocaba hacer guardia. El funcionamiento del Zoo para un veterinario era como el de un hospital para un médico, con la diferencia de que él no veía reflejadas en su sueldo esas nocturnidades ni esas horas extras. Más consecuencias de la Crisis, que obligaba a aceptar cualquier condición con tal de tener la primera oportunidad de acceder a un mercado laboral cada vez más escaso y precario. Suma y sigue. O, mejor dicho, resta y sobrevive. A cambio de hacerle compañía, había prometido guiarme en una visita exclusiva al Zoo, a puerta cerrada y con sorpresa final incluida.
            Todavía nos quedaban bastantes cosas en casa de Paz, así que fui metiendo lo primero que fui viendo hasta llenar las maletas y bolsas que mis brazos eran capaces de transportar. Adornos, libros, algunos utensilios de cocina, mantas y toallas, la wii… Luego cogí el coche y me fui directo a la estación de Alzamil de San Germán. Cargado como una mula, una vez más, en otra mudanza que parecía no acabar nunca. Y con el riesgo añadido de dar con un revisor antipático que me pusiera pegas por llevar a bordo más bultos de los permitidos.
            Mientras esperaba el tren, saqué de los macutos lo único que realmente me había preocupado de no olvidar. Las actas de cuando aprobé la oposición y una copia del Convenio Local firmado hace años entre trabajadores y Ayuntamiento. Quería comprobar dos cosas.
            El nombre de la persona que quedó detrás de mí en puntuación, por apenas dos décimas: María José. Era la única María José de toda la lista. María José Fernández Bernal. ¿De qué me sonaban tanto esos apellidos? Era ella, no había duda. Una mujer que había estado trabajando allí más de veinte años. Antes de perder, o de que le arrebatasen, o de que Leo, Amira y yo le arrebatáramos, según se mirara, una a una, las tres posibilidades que había tenido de consolidar su puesto en la biblioteca de Daraquiel. Por dos míseras décimas. Debió odiarme con toda su alma. Aunque yo sólo había aprovechado la oportunidad que perseguía desde hacía tiempo y en la que había invertido sudores y lágrimas, además de incontables euros ganados con duro trabajo para pagar la academia y los cientos de cursos de formación.
            En el acta se anunciaba también que, tras mi proclamación como nuevo bibliotecario, se abriría una bolsa de trabajo a efectos de futuras coberturas. Por posibles ausencias como la que yo iba a provocar dentro de poco. El hecho de que el Ayuntamiento no nos fuera a pagar los sueldos era la gota que colmaba el vaso de los inconvenientes de seguir trabajando en Daraquiel. Sólo me quedaba decidir de qué manera hacerlo porque, dada la situación del país, no me podía permitir renunciar a un funcionariado sin tener las espaldas cubiertas, sin alguna otra alternativa de trabajo en Barcelona. Ya había empezado a echar currículums por internet, pero no había conseguido que me llamaran ni para una triste entrevista. Mi profesión no era de las más demandadas, ni ahora ni antes de la Crisis. Y el panorama laboral, en general, no pintaba muy prometedor porque tampoco había obtenido respuesta de las ofertas de teleoperador y de camarero en las que también me había inscrito. Al menos, desde la distancia. Me consolaba pensando que la búsqueda sería mucho más efectiva estando ya allí.
            Por eso quería revisar también el Convenio, para ver qué opciones tenía de pedir una excedencia o algún tipo de licencia, con la que pudiera irme un tiempo pero manteniendo mi plaza por si tuviera que volver fracasado de mi aventura barcelonesa. Quién me iba a decir a mí hace dos años, cuando conseguí la tan ansiada plaza de bibliotecario, que ahora me estaba planteando renunciar a ella de forma voluntaria. Las vueltas de la vida, una vez más.
            Como Paco Martínez Soria en la gran ciudad. Así me veía a mí mismo recién llegado a Barcelona. Era tan radical el cambio de un entorno a otro que al principio me sentía tan aturdido como un pez fuera del agua. Un pez fuera del agua y cargado de maletas. En el metro, aunque no tengas prisa, terminas corriendo, contagiado del estrés de los demás topos que te empujan y te miran mal, sin apiadarse de tu pesada carga al tener que bajar las escaleras que no siempre son mecánicas, por obstaculizar su frenético ritmo, y sin olvidar poner la cartera a buen recaudo precavido por el mensaje que cada cierto tiempo repite la megafonía:

            Molta atenció! El carterista espera una distracció per emportarse allò que no es seu. Al metro, vigila les teves coses.

            Juanjo estaba viviendo con una amiga catalana que había conocido el año que estuvo de Erasmus en Francia. Pero ya estábamos ahorrando para buscar algo para nosotros dos. Más ahora que, tras un largo viaje de siete horas, había tenido tiempo más que suficiente para leer y releer todos los artículos y comprobar que aunque todavía no tenía posibilidad de pedir una excedencia porque no llegaba al mínimo necesario de tres años cotizados en la administración pública, en el Convenio Local sí que se recogía la opción de solicitar un permiso de tres meses por cada año trabajado, por motivos particulares, con suspensión de empleo y sueldo y con reserva del puesto de trabajo, sin exigencia de una antigüedad determinada. Una buena noticia que aún debía confirmar con Javier, el representante sindical, pero que ya estaba deseando anunciarle a Juanjo.
            El piso de Aroa era un octavo sin ascensor, en un edificio antiguo, de escaleras interminables y estrecheces claustrofóbicas. Cuando iba por la quinta planta me temblaban los brazos y las piernas del esfuerzo, en el sexto iba soltando algunas de las maletas por los escalones y el séptimo lo subía casi a rastras. Para cuando llegaba al octavo tenía unos dolores por todo el cuerpo que me acompañarían ya durante el resto del fin de semana. Lo peor es que después nos tocaría llevarnos todas esas cosas al piso que alquiláramos para los dos. Interminables mudanzas, como decía.
            La recompensa se me presentaba a cuatro patas y con movimiento de rabo. Y no me refiero a Juanjo porque a la hora a la que yo llegaba él ya se había ido a trabajar, sino a Dante que siempre me recibía entre lametones y arrumacos. Sólo quien tiene perro puede gozar de un recibimiento tan caluroso, afectivo y sincero como ése.
            No podía imaginarme a casi ninguno de los habitantes del Zoo de Barcelona como animales de compañía. Bisontes europeos, elefantes africanos, jirafas, avestruces, pelícanos, cebras, ciervos, lobos, cigüeñas, camellos. En todo caso, a alguno como el panda rojo, uno de los preferidos del público infantil, por su carácter cariñoso y juguetón, un simpático mamífero asiático de medio metro de longitud y con carita de oso panda. O a otros menos comunes como el mono araña, el Ateles belzebuth hybridus, un primate de llamativos ojos celestes, propio de la selva de América del Sur en peligro de extinción por la deforestación y la caza porque, al parecer, su carne es muy apreciada en regiones como Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, y que en cautividad podía mostrarse dócil y obediente. Juanjo estaba especialmente atractivo con su uniforme y totalmente metido en su papel de guía, contándome las curiosidades de todas las especies del Zoo.
            Los recorridos ofrecidos para el público general eran dos. El primero, de unas dos o tres horas según se hiciera a pie o en el trenecito del Zoo, podía empezarse desde la entrada de la calle Wellington o por la del Parc de la Ciutadella. Y el segundo, la visita de tot el día (era increíble no sólo la rapidez con que Juanjo había aprendido el catalán sino la pronunciación tan acertada con que lo hablaba, aunque conmigo la exageraba en tono de broma), para no perderse nada y con almuerzo incluido, de un tiempo estimado de cinco o seis horas. El palmeral, el aviario, el espacio gorila, el terrario, la granja del Zoo, la galería de los titís, un interesante “Punto Verde” con una pequeña aula interactiva para enseñar a los visitantes cómo se reutilizan y eliminan los residuos generados en el Zoo y, por último, la gran sorpresa.
            Juanjo me tapó los ojos antes de entrar al Aquarama y luego me los descubrió susurrándome al oído “Aquí tienes tu sorpresa”. Los delfines eran mucho más impresionantes que en los documentales de la tele. Su simple contemplación fue una de las experiencias más impactantes que he tenido en mi vida. No podía imaginar lo que vendría después. De fondo, se empezó a escuchar una canción bien conocida para los dos.

            One dream,
            one soul, one prize,
            one goal,
            one golden glance
            of wath should be.
            A kind of magic.

            Presentación para la estelar aparición de quien debía ser la cuidadora, domadora o como se diga, de los delfines, a juzgar por lo rápido y obedientes que se le acercaron los tres cetáceos. Una mujer con una espalda que ya la quisiera yo para mí y unos no menos musculosos brazos, con cuyo movimiento ordenaba cada una de sus piruetas.
            -I d’aquesta manera tan especial us donen la benvinguda a tots! –exclamó entre risas.
            La expresión de Juanjo era la de un inquieto e ilusionado niño pequeño cuando me acercó el traje de neopreno para que me lo pusiera. Eso sí que no me lo esperaba. Nadar con delfines era una de mis mayores ilusiones desde siempre. Otro sueño que se cumplía de su mano. Y de la de Sonia, la cuidadora, gracias a la cual perdí el miedo inicial para disfrutar al máximo de aquel momento. Una experiencia inolvidable.    
            Igual que el sexo que tuvimos después. Un orgasmo de esos dignos de quedar grabados en los Anales de los Grandes Polvos de la Historia. Terminamos extasiados. Caímos rendidos, sobre todo él que se durmió al instante. Yo, en cambio, a pesar del cansancio que arrastraba, no terminaba de conciliar el sueño. Y cuando por fin empezaba a conseguirlo, algo me desveló. El móvil de Juanjo parpadeó con la señal de haber recibido un WhatsApp. A las tres de la madrugada. No pude evitar controlar la curiosidad, o la desconfianza, y sin que él se diera cuenta, lo leí.

“¿No me dices nada esta noche?”

El mensaje era de un tal Brian Tedder.
Algo se me revolvió por dentro. La mezcla de sentimientos entre miedo, celos y coraje tornaba de nuevo como un nudo en el estómago. No era la primera vez que algo así me costaba una pelotera de las gordas con Juanjo.