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lunes, 19 de mayo de 2014

CAPÍTULO XLV: Día 4. Carta de Barcelona.

Mi madre y mi hermana Bea eran las dos últimas personas que esperaba encontrarme aquella mañana cuando me dirigía a la consulta del doctor Correa.
Ambas impertérritas, con talante serio y reprobador, esperaban junto a la puerta.
Pensé que había vuelto a cagarla. Aunque esta vez no tenía ni idea de en qué. El día anterior al final no le había contado nada al psiquiatra.
-¿Qué hacéis aquí? -alcancé a preguntarles.
-Venimos a pasar consulta contigo -mi hermana estaba adquiriendo tan férrea herencia de nuestra madre que ya hablaba con su misma solemnidad.
Pensé que, con ellas dos allí, la narración de lo del ensayo clínico tendría que esperar un día más. 
No pensaba contarlo con ellas delante.
-Buenos días,  Daniel -el doctor Correa se asomó entreabriendo la puerta de su despacho-. Pase -añadió con un gesto que me invitaba a entrar.
Dirigió una mirada a mi madre y mi hermana indicándoles que, por el momento, esperaran fuera.
Ya dentro le noté especialmente contento. Todo estaba siendo muy raro.
-Ha estado yendo a la Sala de Terapias ¿no, Daniel? -me preguntó. 
-Sí. Y ayer recordé algo que creo que debería contarle.
-Dígame, tiene toda mi atención. 
-Antes de dejar la biblioteca, en Barcelona,  me sometí a un ensayo clínico por culpa de mi ex, de  un medicamento cuyos efectos adversos, entre otros, son los trastornos depresivos... -lo escupí sin digerir, de una sentada.
-Espere, espere, Daniel, eche el freno -el doctor Correa parecía estar calmando a un potro desbocado.
Descubrí lo nervioso que me había puesto la inesperada visita de mi madre y mi hermana cuando, al querer echar mano de ellas, comprobé que no me quedaban uñas que morder.
-Primero -continuó con su argumentación-, ¿cuál fue el medicamento que tomó? Y, segundo, ¿por qué dice que fue culpa de su ex pareja?
Le conté toda la historia con pelos y señales.  Como Laly el día anterior, el doctor Correa también hizo sus comprobaciones en su ordenador y concluyó diciéndome:
-Daniel, usted como yo, sabe que su depresión no ha sido provocada por la metformina. En todo caso sería un factor más a sumar a los que ya venía arrastrando y a los que siguió acumulando después -se quitó las gafas y las dejó en la mesa.
Lo peor fue tener que darle, irremediablemente, la razón.  
La locura heredada de mi padre, las largas noches en vigilia rastreando por redes sociales, emails y wathsapp el desde cuándo, el por qué y el cuántos de las infidelidades, consumadas o no, de un Juanjo que de la noche a la mañana se había convertido en un completo desconocido; la mala y escasa alimentación,  los tonteos con la medicación robada a mi hermano a la desesperada en busca de algo de paz, el abandono de todo hábito saludable y la desmotivación de un funcionariado antes idílico, los tambaleos económicos de las arcas municipales del ayuntamiento del que dependía, la paranoia de una maquiavélica venganza servida en plato frío por una resentida jefa y su secuaz María José ansiosa por mi puesto de trabajo, lo inhóspito de una tierra extraña a la que nunca llegué a adaptarme... Todo ello sumó para el resultado de la fatal ecuación final.
Haber sido conejillo de Indias para una nueva variante de un medicamento que la industria farmacéutica quería sacar al mercado no había sido sino un condicionante más. No determinante por sí mismo ni antecedente directo de la demencia.
Mi depresión se había estado cocinando durante meses a fuego lento.
-Y, discúlpeme, Daniel, pero uno no hace nada que de verdad no quiera. Su ex pareja, como usted dice, pudo haberle incitado del modo que fuera, pero la decisión final de haberse prestado a aquel ensayo clínico fue suya y sólo suya. De una manera u otra, usted sabía lo que hacía. Necesitaba aquel dinero y se valoraba tan poco a sí mismo en aquel momento que puso ese precio a su salud. Se lo puso usted. Nadie más.
Eso tiene que tenerlo muy claro, y perdone que le hable con tanta franqueza.
Una vez me preguntó usted si creía que hubiera caído o no en depresión si su ex pareja no le hubiera dejado y le dije que probablemente no.
Pero eso no tiene que hacerle confundir el desencadenante, la gota que colmó el vaso, con culpabilizar en exclusiva a un único verdugo responsable de todos sus males.
Es humano y comprensible que lo haga, pero usted sabe bien que realmente no es así. Factores externos, exógenos, los hay; pero son muchos más que uno sólo. Y, entre todos, cada uno en su medida, suman.
Entiende lo que quiero decirle, ¿verdad? -el doctor Correa hablaba siempre con gran locuacidad.
Claro que lo entendía. Lo entendía perfectamente. 
Maldito psiquiatra que me estaba arrebatando lo único a lo que sentía tener derecho. El pataleo y la autocompasión. 
Y maldito Juanjo por no poder responsabilizarle de todo.
Maldito yo por ser tan patético.
Malditos. Una y mil veces malditos.
A pesar de eso, decidí que seguiría odiando, por el momento, a Juanjo, en silencio, sin venganza; porque quizá así el camino hasta la indiferencia y, por fin el olvido, sería más fácil.
Cuando el especialista dio por aclarado y zanjado ese punto y yo sentí que había dado un importante paso hacia adelante en mi terapia, hizo pasar a mi madre y a mi hermana Bea.
Con ellas allí, me vino a la cabeza aquella vez, hace años, en que una de las muchas psiquiatras que trató a mi padre, antes de darlo por imposible y pasar el marrón a otro colega, intentó una nueva posibilidad. Terapia familiar.
Acudí a aquel experimento ofendido y escéptico, obligado por mi madre. La soberbia de creerme indestructiblemente cuerdo se me desmoronó ante el desafortunado apunte de aquella psiquiatra. Por entonces mi hermano Jorge aún no había tenido su primer brote psicótico, pero ella ya nos pronosticó el riesgo:
-Como hijos suyos, tenéis muchas papeletas de padecer el día de mañana alguna enfermedad mental. Lo más que podéis pedir es que no sea crónica como la suya ni tenga tan mala evolución.
Supongo que al decir aquello esa mujer pretendería darnos una bofetada de terapia de choque. Mi padre le habría llorado con el cuento de que era el incomprendido de la familia (acusación merecida en mi caso y quizá en el de alguno de mis hermanos, pero totalmente injusta en el caso de mi madre que se desvivía por tratar de entenderle, a él y a su mal llevada enfermedad) y se propuso que nos solidarizáramos a la fuerza con el temor de algún día poder vernos como él.
En mí consiguió despertar el terror pero no la comprensión.
Nadie quiere acabar volviéndose loco. Ese miedo se multiplica cuando te dicen que tienes el doble de probabilidades que el resto de mortales y supongo que, de alguna manera, te aboca a terminar convirtiéndote en protagonista de tu propia pesadilla. 
Que fue justo lo que me pasó a mí.
-Daniel, su madre y su hermana han venido hoy porque querían contar con mi aprobación, por decirlo de alguna manera, para decirle algo -calló unos segundo como para recapitular-. Bueno, y para entregarle algo.
Me puse en lo peor.
-Te ha llegado una carta -intervino mi hermana Bea.
Yo permanecía con la cabeza gacha. Me seguía avergonzando mirarlas a la cara.
-La hemos abierto para saber de qué se trataba y por saber si era algo urgente -añadió cauta, como siempre, mi madre.
-Creemos que es una buena noticia que le gustará conocer, Daniel. El remitente es la Universidad de Barcelona y le escribe Julio Fombuena.
Que aquel hombre hubiera sido mi profesor me parecía un recuerdo de otra vida.
-Ahí tiene otro motivo, uno más, para seguir adelante -el doctor Correa extendió la mano en la que sostenía la carta y me la acercó.

Cuando el manicomio se quedó a oscuras y sus pacientes comenzaron su dopado sueño, incluido mi compañero Carlos, me levanté, me metí en el cuarto de baño y encendí la luz para poder releer la carta.

Sr. DANIEL GERÓN,

Soy Julio Fombuena, docente de la asignatura Informació i Formats Digitals.
El motivo de la presente es reiterarle mi interés por su trabajo en la práctica de fin de curso que no llegó a entregar.
He intentado localizarle telefónicamente en más de una ocasión.
No quería perder la oportunidad de comunicarle que, tal y como acordamos en la primera tutoría personal, presenté su blog "Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis" a varias editoriales interesadas en escritores noveles; y una de ellas me ha insistido ya varias veces en querer entrevistarse con usted.
Por favor, contacte conmigo lo antes posible o, si lo prefiere, directamente con la editorial en la referencia que remito adjunta.

La carta estaba fechada hacía más de un mes y Juanjo la había reenviado desde Barcelona a casa de mi madre.
El breve atisbo de ilusión que había sentido al leerla por primera vez volvió a sumirse en lo pantanoso del pesimismo.
Ya sería tarde para responder y yo ya era incapaz de escribir nada que pudiera merecer la pena. Nada que pudiera interesarle a nadie.
Otra oportunidad perdida que sumar a mi larga lista.




  

martes, 12 de noviembre de 2013

CAPÍTULO XLII: Día 2. Terapia: el Doctor Correa.

XLII.
DÍA 2.
TERAPIA: EL DOCTOR CORREA Y CARLOS.

Por un momento llegué a creer que sería distinto, que igual me estaba equivocando al haber metido en el mismo saco a todos los profesionales de la salud mental pero al final, como siempre, antes o después, el camello que todo psiquiatra lleva dentro terminó saliendo.
-Bueno, Daniel, vamos a retomar el tratamiento después de estos días de desintoxicación. Para irnos regulando, si le parece.
No, no me parece pero... ¿acaso mi opinión importa algo?
-Vale.
Bajé la cabeza para enfocar mi mirada en el bloc de dibujo que tenía entre las manos, apoyado en el regazo. Me lo había traído mi madre junto al estuche por si me apetecía dibujar, ya que esa era una de las pocas opciones de materiales de ocio traídos del mundo exterior que permitían en el manicomio (aún así, me fue confiscado el sacapuntas por su cuchilla, susceptible de ser usada como arma suicida).
-¿Y lo de la metadona? -pregunté cuando esquivé suficientemente su mirada.
-Daniel... ¿consume Usted drogas?
No entendía ese tratamiento de Usted, estúpida e innecesaria cortesía para tratar a un paciente, un loco de mierda. 
-No... No que yo sepa -respondí.
Abrí el bloc para revisar el dibujo que había estado haciendo antes de que amaneciera, antes de que llegaran las enfermeras con todos los avíos para la ducha. Cárcel diseñada para evitar todo intento suicida: ni siquiera nos dejaban en la placa de ducha las alcachofas con su cordón, inofensivo utensilio que allí se consideraba una posible soga para ahorcarse. Cuando así lo entendí sin que nadie me lo explicara comprendí justamente por qué estaba allí encerrado. Y por qué debía seguir estándolo cuando por la noche estuve sacándole el cordón a los pantalones del pijama con idea de anudármelo al cuello. Supongo que seguía siendo un peligro para mí mismo.
-Verá, puede ser que los resultados de orina dieran positivo por las cantidades y la mezcla de medicación que tomó. En ocasiones dan porcentajes parecidos. A veces han ingresado personas de más de setenta años con cuadros clínicos casi idénticos a intoxicaciones etílicas o de marihuana. 
A punto estuve de explicarle mi temor de haber sido violado, mi absoluta laguna mental, mi ano escocido y lo viscoso de lo que había echado al ir al baño, muy semejante al semen de Juanjo almacenado en mi intestino tras sus salvajes embestidas. Mi demencial hipótesis obtenida en otra noche de insomnio como búsqueda de explicación racional a lo que para mi hermana Bea y el resto de médicos del otro hospital era una evidencia innegable.
-¿Puedo ver sus dibujos? -me preguntó el Doctor Correa, evidenciando lo afirmativo de mi respuesta y extendiendo la mano para coger mi bloc.
Con un rictus de interés que por primera vez en toda la consulta me pareció sincero, contempló los esbozos que había estado haciendo a intervalos la madrugada anterior, después de la visita de mi madre.
-¡Vaya! ¡Es Usted un verdadero artista!
Me sonrojé.
-¿Puedo preguntarle?
Dispare. Total, ya no tenía más que ocultar.
-¿Qué representa este anillo en el dedo gordo?
Durante unos segundos de arrogancia pensé que tenía razón. Aquel esbozo a lápiz de mis pies desnudos apoyados sobre el poyete de la ventana rejada de la habitación pretendía emular la que para mí era una de las pinturas más desgarradoras de Frida Kahlo: Lo que el agua me dio.
Respondí enseñándole mi "anillo de compromiso", todavía clavado en mi dedo anular. Había querido deshacerme de él en más de una ocasión, incluso fui capaz de dejar de llevarlo por unos días pero había decidido volver a ponérmelo con idea de que actuara de vestigio (o venganza servida en plato frío) para que, cuando se hubiera encontrado lo que debería haber sido mi cadáver, quedara claro el motivo de mi decisión. Sí, supongo que, en lo más irreconocible, pretendía culpabilizarle con esas letras grabadas con su nombre en el reverso del anillo. 
Juan José.
-Me lo imaginaba -contestó el Doctor Correa para luego añadir: -Voy a hacerle otra pregunta, y me gustaría que fuera realmente honesto: ¿de verdad cree que la pérdida de una persona es motivo suficiente para intentar matarse?
No, claro que no, ahí radicaba el germen de mi locura, la distorsión de mi visión.
-Supongo que no... -dije, poco convencido y en voz baja.
-¿Le puedo preguntar por su padre, Daniel?
Le faltó tiempo. Dichoso temita del que ya empezaba a estar más que harto.
-Pregunte lo que quiera, doctor, pero...
Me arrepentí profundamente de no haber sido capaz de dar ese último salto. Salto al vacío. Fin del sufrimiento. Me pasaba madrugadas enteras con los ojos cerrados y tomando aire sentado en el borde de la ventana de la terraza lavadero de casa de mi madre queriendo saltar, contemplando embelesado el abismo a mis pies, contando a la de una a la de dos y a la de tres... Y echándome para atrás en el último momento. Era un quinto piso, moriría seguro... ¿o no? ¿podría quedarme vegetal quizá, postrado en una cama? En tal caso, ¿la pesadilla mental seguiría?
-Dígame, por favor... ¿cree Usted que va a heredar su enfermedad?
Otra vez empezar a llorar.
-No puedo decirle que existen ciertas probabilidades, Daniel, por estadística. Probabilidades de heredar mayor propensión a generar algún trastorno mental, pero no necesariamente a desarrollarlo y no necesariamente a ser más susceptible de padecerlo que cualquier otra persona sin antecedentes familiares. Y, mucho menos, no necesariamente a acabar como su padre.
-Usted también lo trató, ¿no?
-Sí, claro, era paciente y colega. Un paciente difícil, no se lo voy a negar. Llegó a mi consulta después de que varios compañeros se rindieran a seguir llevándole. Ya sabe, en casa del herrero cuchara de palo, y los médicos somos los peores enfermos. Su padre, además, era un hombre muy inteligente y, como tal, a veces arrogante y soberbio.
Aquel maldito psiquiatra estaba dando en el clavo.
-Usted no es como él, me va a permitir... Sus conocimientos, por lo que tengo entendido, son más "abstractos" que "científicos". Usted es más humanista y estoy seguro de que todo lo que dibuja y escribe son prueba de su gran capacidad de introspección y comunicación. Su padre era una pared con la que chocabas una y otra vez. No había manera de sacarle una palabra cuando se cerraba en banda y tenía un carácter violento que Usted no tiene. Además de la de su padre, Usted también tiene la información genética de otra persona. Una persona extraordinaria, con una entereza y fortaleza física y mental que ya quisiéramos muchos.
Mi madre. Mi santa madre. Mi desgraciada madre. Primero su marido, luego su hijo mayor y ahora el pequeño haciendo el tonto con pastillas.
-No creo que ella tuviera una infancia más fácil que la que tuvo su padre. Si no recuerdo mal, ella también se quedó huérfana siendo a penas adolescente. Y mírela.
-Ella cree en algo. Yo he perdido todo en lo que creía -pensé en voz alta. -Ya ni si quiera dispongo del control de mis propias emociones.
-Nadie en este mundo dispone de ello, Daniel, créame. Es humanamente imposible elegir qué sentir en cada momento. Nuestros cerebros funcionan por meros neurotransmisores electroquímicos. Los trastornos mentales son algo tan aleatorio como puede serlo cualquier otra enfermedad, con algunos condicionantes e incluso posibles desencadenantes; pero que no siempre podemos establecer.
-¿Y por qué me habla de la infancia de mis padres? Deme las pastillas nuevas y esperemos los tiempos terapeúticos. No hay más.
-Se equivoca. Claro que tiene que ser medicado y claro que tiene que reestablecerse su equilibrio mental, pero si piensa así ya podemos recetarle los mejores fármacos que no se va a recuperar.
-¿Y por qué no me tienen sedado todo el día con suero y medicado vía intravenosa? Así todos nos ahorraríamos quebraderos de cabeza y a los tres, seis, doce meses o el tiempo terapeútico que sea me despiertan y comprobamos si me han hecho efecto o no los nuevos antidepresivos.
-Estaría bien, ¿verdad? -sonrió levemente-. Los psiquiatras, a diferencia de la oleada psicologista que desde principios de siglo busca una explicación comprensible para todo el mundo en el surgimiento de cualquier trastorno mental, seguimos defendiendo nuestra profesión y nuestros tratamientos porque nos basamos en la evidencia científica de la biología del cerebro humano, que "ordena" las sensaciones de bienestar o malestar a raíz de estímulos externos. Digamos que nuestro ánimo es flexible, parte (en condiciones normales) de un estado "neutro", preparado para inclinarse hacia un lado u otro en función de los agentes externos que reciba, preparado para sentir alegría cuando recibimos una buena noticia y tristeza cuando perdemos a un ser querido; tan sencillo como cuando disfrutamos con una copa de buen vino si nos gusta el vino. Los psicólogos más extremistas recurren a la psicoterapia para rebuscar en el pasado de cada uno el origen desencadenante del trauma; por eso, siempre rastrean en los árboles genealógicos y en las historias familiares más escabrosas, en historias escondidas en el fondo de la mente, en la memoria selectiva que escoge con qué recuerdo quedarse y con cuál no, enterrándolo en la inconsciencia. Psicoterapia, regresiones hipnóticas, dinámicas personales y de grupo para tratar y explicar emociones y sentimientos que no siempre son explicables de un modo argumentado porque, en realidad, se producen en el cerebro de forma espontánea, como reacción a un estímulo, sí, pero incontrolablemente.
-Entiendo... -era verdad, su cercana y comprensible explicación me estaba resultando bastante esclarecedora.
Yo me propuse un objetivo inalcanzable y además me lo exigí con tanto ahínco que se me terminó escapando de las manos (o, seguramente, nunca estuvo bajo mi control): una absoluta represión de sentimientos y un agotador autocontrol de las emociones desde que Juanjo me dejó. Fui consciente de la pena normal y permitida por su pérdida desde el principio, la sentí, la viví, la permití y creo que hasta la compartí hasta que empecé a considerar que ya estaba siendo más de la cuenta, que estaba pasando de castaño a oscuro y empezaba a afectarme anormalmente, en mi vida cotidiana. Salta entonces la señal de "alarma" en mi cerebro que no gestiono adecuadamente por el temor a las reminiscencias de mi padre y de mi hermano. La química de mi cerebro terminó produciendo, así, uno de los sentimientos más devastadores y paralizadores del mundo: el del miedo. Y con él, la caída empicado, la culpabilidad, la autoagresión y las ideaciones suicidas.
Sugestión, pena, miedo y culpabilidad ingredientes de un cóctel de difícil digestión ante el que reacciono con la negación. No me pasa nada. Y si me pasa, lo superaré sin ayuda de nadie. Firme y quebradiza creencia de que era tan fuerte que podía con aquello. Cuando Daraquiel y la biblioteca se me vienen encima, decido en un arrebato largarme de allí, precipitadamente; hacia un macabro destino. Descabellada renuncia voluntaria a lo más sagrado para un país que se va a pique por una crisis económica: un puesto de trabajo estable. Pero en aquel momento sólo quería salir de aquel endemoniado pueblo, librarme del mal de ojo de la que por entonces todavía era mi vengativa jefa.
Me cegué buscando lo último que encontré, lo que quizá nunca tuve: la felicidad.
Sentir que has estado viviendo una completa mentira sobre la que has depositado todo tu ser es realmente jodido.
Mis neurotransmisores mentales acumulan un batiburrillo sentimental que adquiere dimensiones de bomba de relojería a punto de explotar. El sentimiento hacia Juanjo es un sentimiento boomerang que va y viene, y en el que también influyen negativamente factores propios de mi personalidad. Inseguridad, autoestima inconstante, nivel de autoexigencia demasiado alto. Vagón descarriado de montaña rusa volando por los aires después de la mayor de las negligencias.
La locura surge de la "necesidad" de encontrar qué sentir hacia él, para lo que consideré imprescindible entrar en aquella espiral sin salida de investigaciones y elucubraciones. Como si pudiera elegir un único sentimiento y desenmascarar una mentira cultivada desde hacía tanto tiempo.
El Doctor Correa me habló de una continua obsesión por mi parte: la de reafirmarme como persona autosuficiente que no necesita de nadie y que se aleja ante el menor indicio de dependencia.
Sí, no era la primera vez que ponía tierra de por medio ante una situación que no sabía afrontar.
Tendría que haber muerto cuando tuve el accidente de coche volviendo de aquel extraño fin de semana con el tal Queru, amable personaje que de haber aparecido en otro momento de mi vida podría haberse convertido en incondicional salvavidas.
Así, también empecé a creer que quizá aquel muchacho, mi compañero de celda, Carlos, estaba acercándose a mí sin malas intenciones. En un intento de supervivencia quizá.
-¿Quieres sabes por qué estoy aquí? -le pregunté, a lo que él respondió:
-Sólo si me lo quieres contar.
Narré la historia desde el principio: aquel fin de semana en Toledo que marcaría un antes y un después en mi vida.