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martes, 8 de abril de 2014

CAPÍTULO XLIII: Día 2. Terapia: Carlos.

Trastorno neurológico, infancia traumatizada, ansia de venganza; a veces pudiera ser simple y superlativa imbecilidad y/o ignorancia. O hasta malicia adquirida con los años y los palos.
Cualquiera de esas opciones me valdría para no aceptar el horror de la maldad innata del ser humano. Pero analizando pasado, informando presente y presagiando el que parece ser un inevitable y desesperanzador futuro; uno se rinde a la evidencia. El ser humano es malo por naturaleza.
No hay más. Retorcidos y crueles. Invenciones tan potencial como peligrosamente creadoras.
En la mayoría de religiones es así, pero especialmente en la católica que es la que he mamado desde niño y bien conozco. Una explicación de relato de ciencia-ficción data nuestro origen en la imagen y semejanza de un Dios cuando, en realidad, viendo nuestro comportamiento, podríamos haber salido de las entrañas del mismísimo demonio.
Adán y Eva. El pecado original. Desobediencia, imantación instantánea ante la primera tentación. Una manzana prohibida, una hipnótica serpiente, una femme fatale y la traición está servida. No son casuales los iconos elegidos para la supuesta metáfora.
La consecuencia: el destierro. El exilio del Paraíso Celestial.
Por definición católica, la Tierra es el inhóspito lugar diseñado para el castigo. En ella, la vida deja de ser eterna para convertirse en un efímero deambular susceptible a todo tipo de ataques, enfermedades y perrerías -en sentido figurado ya que son ejecutadas por congéneres humanos-. "Gozamos", desde ese momento, del envenenado regalo de la libertad. Tenemos vía libre para hacer sufrir y sufrir en nuestro infernal mundo.
Gestamos bellísimas obras, ingeniosísimas invenciones pero también horripilantes instrumentos de tortura para provocar el máximo dolor. Todo ello ocurre (ocurrió y seguirá ocurriendo) ante la atenta e incomprensiblemente impasible mirada de quien nos vigila y nos consiente, inmóvil desde su privilegiado y universal campo de visión. Quien supuestamente todo lo puede opta por cruzarse de brazos reservándose para un Juicio Final que nunca va a ser justo porque hay daños que no tienen restitución posible. Limbo, infierno (quizá volver a la Tierra) o purgatorio; según un ambiguo baremo de lo bien y lo mal hecho.
El infierno no debe ser muy distinto a nuestro mundo. Un conjunto de malas personas que se consumen en las llamas de su propia maldad.
Queru y yo contemplábamos aquellas atrocidades expuestas como vestigio de algo que cuesta creer que de verdad pasara, sin saber muy bien qué comentar entre nosotros.
Nos topamos con aquella exposición en Toledo cuyo título -"Antiguos instrumentos de tortura"- despertó nuestro morbo y nos hizo entrar por inercia.
Unas cartelas identificativas presentaban y explicaban el "modo de uso" de aquellos diabólicos aparatos, calculados para doler lo máximo posible y alargar hasta el límite la agonía.
Barbaries de tal envergadura como el aplasta cráneos que consistía en apoyar la barbilla del reo sobre la barra inferior mientras que, poco a poco, por la progresiva presión del tornillo superior, el casquete iba empujando, literalmente, aplastando la cabeza de la víctima.
¿Qué clase de mente pudo idear semejante escabechina? ¿cómo podía el verdugo ir girando ese tornillo hasta provocar la muerte? 
Y lo que es aún peor, ¿cómo se podía actuar así en nombre de una Iglesia que pregona el perdón y la bondad como fundamento?
La garrocha, por su parte, tumbaba boca arriba al ajusticiado para hacerle un corte en el estómago, engancharle las tripas e ir tirando de ellas hacia arriba de modo que fueran saliendo de sus entrañas ante su propia mirada, delante de sus narices; y al no ser una herida letal, no perdiera la consciencia y pudiera asistir a su propia mutilación.
¿Puede haber una sensación más horrible que verte destripado?
El garrote vil, la guillotina, el potro italiano que dislocaba articulaciones, desmembraba vértebras y desgarraba músculos; tenazas calentadas al rojo vivo que oprimían pezones y penes y otros artilugios que, además del sufrimiento personal, buscaban el dantesco espectáculo público. Así, el pífano de las bacanales o la jaula colgante, donde los torturados, desnutridos y achicharrados cuerpos permanecían en putrefacción hasta el desprendimiento de los huesos para mayor escarmiento y terror de quienes pasaban por allí y contemplaban el espectáculo.
Me sentí ridículo sufriendo por Juanjo tras ver aquello, vulgar e insignificante por creer que María José había ido tras mis pasos, encomendada por mi jefa, dentro de su plan de destrucción.
Un extraño fin de semana en Toledo que, inevitablemente, sugestionó aún más mi temor a represalias, arrastrado desde mi reincorporación a la biblioteca después de Barcelona.
-¿Quién era María José? -me preguntó Carlos desde su cama. Ya habían dado el toque de queda y mi narración, a oscuras,  en un manicomio, adquiría tintes terroríficos.
Y quizá los tuviera. A día de hoy aún me quedan dudas, pero casi pondría la mano en el fuego por asegurar que cuando me dirigí al coche para volver a Daraquiel, vi a María José trasteando en él. Que aquello fuera una visión real o una alucinación ya no lo sé. Por entonces ya se me había empezado a ir la cabeza.
Y que el porrazo que tuve después en la carretera estuviera relacionado con aquello o no nunca lo sabré.
-¿Y por qué iban a querer provocarte un accidente que podría haberte costado la vida? -mi compañero de habitación parecía realmente interesado en lo que le estaba contando.
-Porque en aquella biblioteca yo llevaba meses siendo un problema. Para mi ex jefa por haberle destapado ante el Ayuntamiento y para María José por seguir siendo el obstáculo que impedía conseguir su ansiada plaza de bibliotecaria -respondí sintiendo que estaba como una verdadera cabra.
Aquel fin de semana en Toledo intenté y no pude tener sexo con mi cita a ciegas. Un adorable hombre que me mimó todo lo que pudo y que quiso, sin éxito, entrar en mí, no sólo en el sentido de la penetración sexual.
Yo no tenía ni los sentidos ni las emociones en aquella habitación de hotel que habíamos pagado a medias.
Sin ser consciente del todo, había planeado ese viaje a Toledo para algo más que conocer a Queru.
Quería interrogarle para confirmar que en alguna de sus navegaciones por los chats para gays había coincidido con un asiduo y omnipresente Juanjo que buscaba, estando aún conmigo, lo que yo no sabía darle.
Tampoco visité el Archivo Histórico por simple curiosidad, iba buscando recabar datos sobre la genealogía de Justina Villalonga Negrete. Y elegí de entre las distintas opciones de rutas guiadas por la ciudad la que intuí que podía aportarme algún dato relevante o esclarecedor sobre los orígenes de las brujas de Daraquiel.
Esa información la obvié ante Carlos porque, aún estando ambos ingresados en un psiquiátrico, me parecía demasiado demencial.
Me centré en los detalles del accidente con el coche.
-Supongo que perdí el control -no sólo del coche, en aquel viaje de vuelta a Daraquiel empecé a perderlo sobre mí mismo- y me patinaron las ruedas -¿o María José las había pinchado?-, di un volantazo y descarrilé.
Por desgracia, sobreviví y fue desde ese mismo momento cuando empecé a querer morirme. Una odisea de intentos suicidas que me habían llevado a estar contándole mi vida a un desconocido del que ni siquiera sabía porqué estaba allí ingresado como yo.
No me atreví a preguntarle. De alguna manera, contárselo yo a él me estaba sirviendo de desahogo. Tener que narrar cronológicamente desde qué momento empezó a gestarse mi locura esclareció, en parte, porqué había llegado al límite de intentar quitarme la vida.
Una decisión que ni siquiera otro loco  podía alcanzar a entender.
Qué paradójico.
El accidente no me costó ni una semana de baja, y en la biblioteca nadie parecía haberle dado mayor importancia. Nadie más que yo, que me obsesioné pensando que era mi jefa quien había querido matarme con su particular sicaria.
-¿Tienes pruebas que demuestren que eso fue realmente así?- me preguntó Carlos cuando me di cuenta de que al final se lo había contado todo.
-Me fui antes de poder conseguirlas.
-¿Dejaste el trabajo?
Aquella pregunta me partió por dentro y las lágrimas me enmudecieron impidiendo que pudiera seguir con la narración.
Cuando sentí que Carlos dormía, saqué el cordón del pantalón de mi pijama y me lo anudé al cuello. Todo lo fuerte que pude. Apreté y apreté hasta notar que se me hinchaban las venas y que me costaba respirar.
Deseé haber tenido la sangre fría de un verdugo de la Inquisición para no haber terminado desanudándomelo.
Cobarde de mierda, te da tanto miedo morir como vivir. Me lo repetí varias veces hasta que me dormí.



lunes, 26 de agosto de 2013

CAPÍTULO XL: Día 1. Tanatorio mental.

XL
DÍA 1.
TANATORIO MENTAL.

No podía controlarlo. Ese tembleque espasmódico me provocaba oleadas de sudor entre aquellas duras y ásperas sábanas del SAS, empapándolas de una fría humedad.
Tenía calor y frío. La cabeza me iba a explotar y pensé otra vez que me moría. Me ahogaba.
Y sentí miedo.
Intentaba parar el tiritar de mis dientes porque me estaba destrozando las mandíbulas pero solo conseguía calmarlo por unos segundos.
Enseguida volvía.
Y con él, el miedo.
Pero también cierta tranquilidad por pensar que era lo que quería, y que era lo mejor que podía pasarme. Iba a cumplir mi decisión. Mi deseo. Mi final.
Cuando sentí que estaba preparado para irme del todo, cuando mi cerebro por fin se iba apagando, volvieron con las urgencias y el guirigay.
Camilla, bofetadas, zarandeos y muchos “responde, joder”.
No veía ninguna luz al fondo de ningún túnel, pero sí que noté cierta desconexión del cuerpo.
No sabría explicarlo y, en todo caso, fue tan efímero como el tiempo que tardaron en devolverme con las descargas de los electrodos.
-¡Menudo susto!
La cara del médico era una borrosa visión de un autómata parpadeo.
Tecnicismos de nuevo. Diversidad de opiniones entre lo precipitado y lo inevitable del, por lo visto, anticipado traslado a la Unidad de Agudos.
-Ha sido un disparate que nos lo traigan sin cumplir el protocolo de espera.
-Estaban desbordados y parecía que evolucionaba bien.
-Menos mal que ha venido a avisar el compañero.
Ni me había dado cuenta de que tenía un compañero de habitación.
Una especie de zombi que arrastraba sus pasos de un lado a otro de la estancia mientras a mi me devolvían a mi cama hecho una piltrafa, con el pecho lleno de calvas circulares.
-Carlos, vuelve a avisarnos si notas algo raro, ¿vale?
El tipo que, por un momento, me recordó a Roberto Benigni pero versión tocho y rígido, inclinó la cabeza en algo interpretable como una sutil afirmación. El cuerpo nada tenía que ver con lo destartalado del actor, eran más los rasgos de la cara, la nariz sobre todo; porque tampoco se parecía en el pelo, poblado y muy rubio. Aun con la cara de sedación se veía que tuvo que ser guapo y tenía una mirada escudriñadora que antes de la medicación también debió ser simpática.
Y era joven, diría que como yo.
¿Qué le habría pasado?
Él se estaría preguntando lo mismo de mí, pero ninguno de los dos nos atrevimos a comentarlo. Los psiquiátricos son como las cárceles, entras sin saber del todo cuándo vas a salir y con la latente premisa de no preguntar para no ser preguntado.
-¿Estás bien?
No quise o no pude responder.
-Creía que te morías, tío –añadió.
Ésa era la intención, pensé.
Luego recordé alguno de los testimonios y alguna de las “recomendaciones” obtenidas tras horas de rastreo en internet por los no pocos foros, blogs y chats que hay sobre el tema del suicidio.
Las pastillas no te van a matar. Como mucho te dejan tonto o vegetal.
Volvía a sentirme estúpido y avergonzado.
Loco y tonto. Y a lo mejor con sida.
Si me había dejado violar para que me dieran la metadona, dios sabe qué me podrían haber contagiado.
Intenté descubrir si seguía sintiendo escozor o no pero estaba tan cansado que supongo que me dormí.
Lo que creía había sido una cabezada resultó una jornada completa, o más. No tenía noción alguna del tiempo.
El caso es que las auxiliares aparecieron para traernos los pijamas limpios, las esponjas jabonosas enrolladas y metidas en un vasito de plástico cuyo fondo contenía un poco de jabón líquido.
-Eso es el champú –me dijo la auxiliar cuando sostuve torpemente el vaso en la mano. –¿Cómo estás, guapo?
Debió notar que me ruboricé, porque añadió:
-La esponja la mojas y te hace espuma. Aquí te dejo la toalla y ahora os traemos la ducha, ¿vale?
-Gracias –acerté a decir. Parecía que podía hablar.
-¡El desayuno! –se escuchó desde fuera, junto al traqueteo del carro con las bandejas.
-¡Buenos días! ¿Qué tal hemos amanecido hoy?
Todos los sonidos me parecían magnificados y el movimiento de todo como a cámara rápida.
-Muy bien, Marta. ¿Y vosotras? ¿cómo ha ido la guardia?
-Bien, Carlos, tú sabes, como siempre, hubiera estado mejor tirada en el sofá de casa, qué te voy a decir –respondió la auxiliar, riendo.
Aquel ambiente de calidez en un sitio que tan frío se me hacía me descolocaba y me incomodaba mucho.
No quería estar ahí. Ni allí. Ni en ningún sitio.
-¿Puedes levantarte, Daniel?
Me incorporé un poco y me mareé.
-Pero despacito, chiquillo, que llevas dos días dormido.
Dos días. Por fin algún dato de tiempo.
Volví a intentarlo. Todo respondía. Los músculos, algo doloridos, y las articulaciones, oxidadas y renqueantes del chute, se iban engranando poco a poco. Me senté en el borde de la cama y sentí el frío del suelo en la planta de los pies.
-¿Te traigo unas zapatillas? –la tal Marta parecía y, de hecho era, muy agradable. –El médico ha dicho que ya puedes levantarte y probar a comer algo a ver qué tal te cae.
Café descafeinado soluble, un vaso térmico con leche hirviendo, un bollito de pan, una tarrinita individual de mantequilla y otra de mermelada de ciruela y dos kiwis.
-También ha dicho que convendría que fueras al baño –sonrió, apuntando a la fruta y mirando a Carlos, quien respondió con un guiño cómplice.
Me preguntó que si quería que me ayudaran a ducharme, a lo que yo dije inmediatamente que no. Todavía me quedaba algo de pudor.
Viéndome reflejado en el enorme espejo de encima del lavabo, cuando me desnudé para meterme en la ducha, me eché a llorar.
Era un monstruo escuálido y desgarbado, con las costillas y las vértebras a punto de rajar la pálida y estirada piel que las envolvía, dejando entrever un ridículo esqueleto.
Tenía como moratones en las piernas y el pene tan encogido y replegado por su propia piel que apenas asomaba entre la mata de largo y rizado pelo negro que lo rodeaba. Los antebrazos, igualmente canijos, remarcaban las venas más que nunca, picadas de tanto suero y ¿tanta droga?
El agua resbalándome por encima me pareció un bálsamo regenerador. Tenía la temperatura perfecta y por primera vez en no sé cuánto sentí algo placentero.
Aunque la sensación de limpieza fue solo por fuera.
Seguía hecho mierda entre avergonzamiento, remordimientos, culpas y temores.
Apenas levanté la mirada mientras el mismo psiquiatra del otro ingreso volvía a pasarme consulta.
Tenía las uñas de las manos destrozadas. Ya no había de dónde morder.
-¿Cómo te encuentras hoy, Daniel? –me preguntó.
Me encogí de hombros.
-Veo que no tienes muchas ganas de hablar, ¿no?
Qué perspicaz.
-Solo dime si sabes por qué estás aquí.
-Por lo mismo de la otra vez –contesté, cuando, por primera vez, le miré y vi sus ojos clavados en su ordenador, seguramente comprobando mi demencial historial.
De vuelta a la habitación seguía con la cabeza gacha. No sabía muy bien si iba a saber encontrarla. No me ubicaba en aquel largo pasillo. Deambulando, además de esquivar a los demás locos, que también se apartaban de mí, llegué a lo que según rezaba en el desteñido cartel de la entrada era la “Sala de Tv”.
Una alta y ancha estantería de escayola con puertas de cristal y alguna cajonera ocupaba toda la pared del fondo con, además de la pantalla de plasma, unas cuantas enciclopedias polvorientas, muchos libros desordenados y varias novelas arremolinadas sin ningún tipo de criterio.
Libros. Catalogación. Biblioteca. Pasado glorioso. Presente ruinoso.
Busqué el volumen de la “m” en el diccionario enciclopédico larouse que había, pesado como una losa.

Metadona: 1. f. Med. Compuesto químico sintético, de propiedades analgésicas y estupefacientes semejantes a las de la morfina, pero no adictivo, por lo que se utiliza en el tratamiento de la adicción a la heroína.

Pues vaya novedad. No ponía nada de su composición ni de su modo de administración.
Ni yo me había atrevido a decirle nada ni el médico me había preguntado nada de ese tema.
Seguí echando una ojeada a los libros que había en aquella caótica e improvisada biblioteca e, instintivamente, eché mano de uno que bien conocía.
Almudena Grandes. Las edades de Lulú.
Un libro que tanto me había marcado. Una elección para la última guía de lectura que diseñé para la biblioteca de Daraquiel, el último verano. Una temática que pude elegir, sorprendentemente, con la libertad absoluta que me dio mi jefa para hacerlo. Mi ex jefa.
Amira, que bien me conoce, reconoció el punto masoquista del motivo elegido para aquella recopilación bibliográfica.
“Un verano de amor” pretendía recoger los grandes dramas amorosos de la Historia de la literatura y el cine, las novelas rosa de Danielle Steel, los clásicos, relatos eróticos y de amores apasionados.
Lecturas con las que estuve fustigándome los apenas dos meses de verano que aguanté en Daraquiel antes de la fatal decisión de la renuncia irrevocable a mi puesto de trabajo.
Me quedé toda la mañana releyéndolo, sentado en una silla de plástico que había en la terraza, justo en la puerta contigua a la de la sala de televisión, con vistas al exterior, acristaladas por supuesto para evitar indeseables arrojos al vacío. Todo en aquel hospital estaba a prueba de intentos suicidas. Lo que, en realidad, no hacía más que recordarte continuamente que te querías morir.
Mis ojos tardaron unos minutos en reacostumbrarse a la luz del día, y tuve que leer varias veces el primer párrafo para concentrarme, pero al final pude regresar a aquella desgarradora historia. Incluso a identificarme con el tipo de relación borreguil y aborregada de Lulú hacia Pablo, y a lo mejor de él hacia ella.
El Dani obediente como un borrego, sumiso, manso.
Los dos aborregados, gregarios, víctimas de una subcultura igualmente estereotipada de roles sexistas.
Lulú y Pablo.
Yo y Juanjo.
Las relaciones homosexuales no distan tanto de las heterosexuales porque los sentimientos son igualmente humanos. Y nos hemos criado con la misma educación anquilosada en modelos más culturales que naturales.
En una sociedad eminentemente coitocéntrica, que además sigue rindiendo culto al falo como a una deidad, con todos los complejos y ridículas superioridades que eso supone. La operadísima y teñidísima rubia con “cara de guarra” que se arrodilla, se postra, en las películas porno para heterosexuales para chupársela al imponente macho dominante que despliega, orgullosos y triunfante, su miembro representa exactamente lo mismo que el depiladísimo y fibradísimo hombre andrógino de las películas para gays –o peludo mamotreto de bíceps y pectorales hinchados de anabolizantes– que se esclaviza-sodomiza a merced de las órdenes de su amo.
La entrega, la sumisión, dominación, la dependencia, el grado de esclavitud que se puede alcanzar, el nivel de locura que se puede rozar; esas cosas le pasan a gays y a heterosexuales del mismo modo.
     

 


  

viernes, 4 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXIV: Extraño triángulo.


                                                                                                            
XXIV
EXTRAÑO TRIÁNGULO.

            No sabría hacer memoria para explicar cómo llegamos a esa situación. Los tres. Desnudos. Brian, Juanjo y yo. Haciendo el amor. Follando.
            Los primeros días de Brian en el piso me desquiciaron por completo. Tenía unos celos tan incontrolables como razonables. Porque aquello –aunque era difícil valorar la “normalidad” de la situación que yo mismo había consentido accediendo a meter en casa al tío que Juanjo había conocido en un chat y con el que llevaba semanas mandándose whatsapp– no era “normal”. El tonteo que se traían los dos clamaba al cielo. Encima porque lo hacían sin pudor delante de mis narices. Cuando volvía de la universidad los viernes por la tarde, que Juanjo ya había salido del Zoo, me los encontraba de cañas en el salón de casa charlando y riendo animosamente. Y para más inri, Brian había resultado ser un hombre de lo más atractivo e interesante. Me gustaba hasta a mí. Con razón tenía celos de él. Pero tan idiota era que me esforzaba en esconderlos para ganarme el ridículo gallifante de “novio comprensivo y liberal”.
            Sus definidos glúteos eran un ataque directo a los míos, esmirriados y vergonzantes. Por eso Juanjo los acariciaba y los lamía con una desacostumbrada devoción, deleitándose en los detalles y gozando con una naturalidad que, cuanto menos, me desconcentraba y me paralizaba a ratos sin saber qué hacer, gestándose así el que iba a ser el primer gatillazo de mi vida. He podido tener otros problemas sexuales como eyaculaciones precoces o inapetencia, pero el bombeo sanguíneo siempre me ha funcionado muy bien.
            Gracias a Brian, empecé a trabajar de manera eventual como refuerzo o haciendo alguna sustitución en El cangrejo, donde él ejercía de relaciones públicas. Un mítico local de El Raval con actuaciones de drag queens, que mantenía la estética clásica de los shows de transformismo y el estilo pop revival. Fueron unos días intensos y emocionantes. Había sobrevivido ileso al ensayo clínico, y aún me quedaban energías suficientes para rememorar tiempos pasados poniendo copas como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Ello fue, en buena parte también, por el gran apoyo que recibí de Brian y del resto de compañeros que enseguida me trataron como uno más.
            Mientras se lo follaba, Juanjo me miraba. Y yo a él. Había una extraña parte de morbo en aquello. Me gustaría haberle transmitido lo que sentía y haber leído en sus ojos lo que él sentía. Pero ni yo mismo lo sabía. Su mirada sólo reflejaba disfrute y placer. El placer genérico de alguien que se lo está pasando bien. Luego me tocó la mejilla y yo le besé la mano. Fue el único gesto de cariño entre tanto sexo animal.
            A sus 34 años, Brian Tedder era un “ciudadano del mundo”. Había estado en mil sitios y hablaba español, catalán, inglés, alemán, francés, italiano y hasta algo de chino. Pese al rechazo inicial, no tuve más remedio que cogerle cariño y terminé acercándome a él tanto o más que Juanjo. Supongo que ahí empezó a surgir lo del trío. Tenía un cuerpo perfecto, moldeado con horas diarias de deporte y una equilibradísima alimentación que cumplía a raja tabla a pesar de sus complicados horarios y de su frenético ritmo de vida. Podía hablar de cualquier tema, y de todo tenía algún dato interesante que aportar. ¿Qué mejor elección que él? Fue lo que me terminó preguntando Juanjo después de una larga noche hablando. Me había dicho que necesitaba probar conmigo cosas nuevas en la cama, que últimamente habíamos caído en una rutina que no nos estaba beneficiando como pareja. Y a los dos nos pareció buena idea incluir a una tercera persona para reavivar la llama. Y Brian era el candidato perfecto.
            Fue él quien empezó a besarnos. Primero a mi y después a Juanjo. Los dos le estábamos esperando en nuestra habitación, nerviosos y excitados. Él llegó en toalla, recién salido de la ducha, preparado como un animal en celo, luciendo pectorales y tableta de abdominales. Habíamos terminado a las tantas en El cangrejo, borrachos como cubas. Después nos fuimos los tres al piso, entre risas y carantoñas, planteando medio en broma medio en serio la posibilidad de hacer un trío. Una propuesta que seguramente a Brian tampoco le cogía por sorpresa y que estaba más que dispuesto a probar, aunque no sería la primera vez que lo hacía. Estaba seguro de que en sus conversaciones previas con Juanjo por wathsapp habían hablado del tema. Mi complejo de remilgado se acentuaba ante un coleccionista de vivencias como él y un recién descubierto Juanjo ansioso de nuevas fantasías sexuales. Fetiches leather y prácticas bondage donde se establecían papeles de dominación y sumisión. Unas propuestas a las que yo estaba abierto pero que no eran prioritarias para mi en aquel momento. Mi principal preocupación era solucionar nuestros problemas de dinero y vencer la lucha que mantenía a contrarreloj para encontrar un trabajo más estable que lo de El cangrejo o una participación esporádica en un ensayo clínico y poder quedarme a vivir con él en Barcelona, renunciando definitivamente a mi puesto en la biblioteca de Daraquiel. Pero entendí que era necesario y, en el fondo, a mi también me apetecía experimentar. Después de cinco años de relación y cuatro de convivencia era lógica cierta monotonía, pero no por ello podía acomodarme a la certeza y estabilidad que por entonces todavía presuponía del que más adelante descubriría que no era un compromiso tan mutuo como pensaba.
            Juanjo y Brian remataron con un sonoro orgasmo del que yo sólo pude participar como espectador. La imbatible flacidez de mi pene se negaba a responder a los estímulos y la excitación que sí que sentía. Por eso les dejé hacer y le dije a Juanjo que no se preocupara por mí, que estaba bien. Me limité a chupárselas, acariciarlos y besarlos hasta que entendí que, de alguna manera, estaba sobrando y finalmente me retiré con discreción para dejarlos a ellos dos sólos.
            Miraba a Juanjo y recordaba la imagen reflejada en el espejo que alguna vez habíamos colocado calculadamente en la habitación para vernos a nosotros mismos haciendo el amor, precisamente para aumentar el morbo e innovar. Y me esforzaba por no buscar las comparaciones con la escena que ahora mismo estaba presenciando, pero no lo pude evitar. El cuerpo de Brian era mucho más atractivo que el mío y el Juanjo del espejo, rememorado en mi cabeza, me hacía el amor a mí.
            Cuando terminaron, Juanjo se acercó inmediatamente, después de quitarse el condón, y me besó en los labios.