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martes, 12 de noviembre de 2013

CAPÍTULO XLII: Día 2. Terapia: el Doctor Correa.

XLII.
DÍA 2.
TERAPIA: EL DOCTOR CORREA Y CARLOS.

Por un momento llegué a creer que sería distinto, que igual me estaba equivocando al haber metido en el mismo saco a todos los profesionales de la salud mental pero al final, como siempre, antes o después, el camello que todo psiquiatra lleva dentro terminó saliendo.
-Bueno, Daniel, vamos a retomar el tratamiento después de estos días de desintoxicación. Para irnos regulando, si le parece.
No, no me parece pero... ¿acaso mi opinión importa algo?
-Vale.
Bajé la cabeza para enfocar mi mirada en el bloc de dibujo que tenía entre las manos, apoyado en el regazo. Me lo había traído mi madre junto al estuche por si me apetecía dibujar, ya que esa era una de las pocas opciones de materiales de ocio traídos del mundo exterior que permitían en el manicomio (aún así, me fue confiscado el sacapuntas por su cuchilla, susceptible de ser usada como arma suicida).
-¿Y lo de la metadona? -pregunté cuando esquivé suficientemente su mirada.
-Daniel... ¿consume Usted drogas?
No entendía ese tratamiento de Usted, estúpida e innecesaria cortesía para tratar a un paciente, un loco de mierda. 
-No... No que yo sepa -respondí.
Abrí el bloc para revisar el dibujo que había estado haciendo antes de que amaneciera, antes de que llegaran las enfermeras con todos los avíos para la ducha. Cárcel diseñada para evitar todo intento suicida: ni siquiera nos dejaban en la placa de ducha las alcachofas con su cordón, inofensivo utensilio que allí se consideraba una posible soga para ahorcarse. Cuando así lo entendí sin que nadie me lo explicara comprendí justamente por qué estaba allí encerrado. Y por qué debía seguir estándolo cuando por la noche estuve sacándole el cordón a los pantalones del pijama con idea de anudármelo al cuello. Supongo que seguía siendo un peligro para mí mismo.
-Verá, puede ser que los resultados de orina dieran positivo por las cantidades y la mezcla de medicación que tomó. En ocasiones dan porcentajes parecidos. A veces han ingresado personas de más de setenta años con cuadros clínicos casi idénticos a intoxicaciones etílicas o de marihuana. 
A punto estuve de explicarle mi temor de haber sido violado, mi absoluta laguna mental, mi ano escocido y lo viscoso de lo que había echado al ir al baño, muy semejante al semen de Juanjo almacenado en mi intestino tras sus salvajes embestidas. Mi demencial hipótesis obtenida en otra noche de insomnio como búsqueda de explicación racional a lo que para mi hermana Bea y el resto de médicos del otro hospital era una evidencia innegable.
-¿Puedo ver sus dibujos? -me preguntó el Doctor Correa, evidenciando lo afirmativo de mi respuesta y extendiendo la mano para coger mi bloc.
Con un rictus de interés que por primera vez en toda la consulta me pareció sincero, contempló los esbozos que había estado haciendo a intervalos la madrugada anterior, después de la visita de mi madre.
-¡Vaya! ¡Es Usted un verdadero artista!
Me sonrojé.
-¿Puedo preguntarle?
Dispare. Total, ya no tenía más que ocultar.
-¿Qué representa este anillo en el dedo gordo?
Durante unos segundos de arrogancia pensé que tenía razón. Aquel esbozo a lápiz de mis pies desnudos apoyados sobre el poyete de la ventana rejada de la habitación pretendía emular la que para mí era una de las pinturas más desgarradoras de Frida Kahlo: Lo que el agua me dio.
Respondí enseñándole mi "anillo de compromiso", todavía clavado en mi dedo anular. Había querido deshacerme de él en más de una ocasión, incluso fui capaz de dejar de llevarlo por unos días pero había decidido volver a ponérmelo con idea de que actuara de vestigio (o venganza servida en plato frío) para que, cuando se hubiera encontrado lo que debería haber sido mi cadáver, quedara claro el motivo de mi decisión. Sí, supongo que, en lo más irreconocible, pretendía culpabilizarle con esas letras grabadas con su nombre en el reverso del anillo. 
Juan José.
-Me lo imaginaba -contestó el Doctor Correa para luego añadir: -Voy a hacerle otra pregunta, y me gustaría que fuera realmente honesto: ¿de verdad cree que la pérdida de una persona es motivo suficiente para intentar matarse?
No, claro que no, ahí radicaba el germen de mi locura, la distorsión de mi visión.
-Supongo que no... -dije, poco convencido y en voz baja.
-¿Le puedo preguntar por su padre, Daniel?
Le faltó tiempo. Dichoso temita del que ya empezaba a estar más que harto.
-Pregunte lo que quiera, doctor, pero...
Me arrepentí profundamente de no haber sido capaz de dar ese último salto. Salto al vacío. Fin del sufrimiento. Me pasaba madrugadas enteras con los ojos cerrados y tomando aire sentado en el borde de la ventana de la terraza lavadero de casa de mi madre queriendo saltar, contemplando embelesado el abismo a mis pies, contando a la de una a la de dos y a la de tres... Y echándome para atrás en el último momento. Era un quinto piso, moriría seguro... ¿o no? ¿podría quedarme vegetal quizá, postrado en una cama? En tal caso, ¿la pesadilla mental seguiría?
-Dígame, por favor... ¿cree Usted que va a heredar su enfermedad?
Otra vez empezar a llorar.
-No puedo decirle que existen ciertas probabilidades, Daniel, por estadística. Probabilidades de heredar mayor propensión a generar algún trastorno mental, pero no necesariamente a desarrollarlo y no necesariamente a ser más susceptible de padecerlo que cualquier otra persona sin antecedentes familiares. Y, mucho menos, no necesariamente a acabar como su padre.
-Usted también lo trató, ¿no?
-Sí, claro, era paciente y colega. Un paciente difícil, no se lo voy a negar. Llegó a mi consulta después de que varios compañeros se rindieran a seguir llevándole. Ya sabe, en casa del herrero cuchara de palo, y los médicos somos los peores enfermos. Su padre, además, era un hombre muy inteligente y, como tal, a veces arrogante y soberbio.
Aquel maldito psiquiatra estaba dando en el clavo.
-Usted no es como él, me va a permitir... Sus conocimientos, por lo que tengo entendido, son más "abstractos" que "científicos". Usted es más humanista y estoy seguro de que todo lo que dibuja y escribe son prueba de su gran capacidad de introspección y comunicación. Su padre era una pared con la que chocabas una y otra vez. No había manera de sacarle una palabra cuando se cerraba en banda y tenía un carácter violento que Usted no tiene. Además de la de su padre, Usted también tiene la información genética de otra persona. Una persona extraordinaria, con una entereza y fortaleza física y mental que ya quisiéramos muchos.
Mi madre. Mi santa madre. Mi desgraciada madre. Primero su marido, luego su hijo mayor y ahora el pequeño haciendo el tonto con pastillas.
-No creo que ella tuviera una infancia más fácil que la que tuvo su padre. Si no recuerdo mal, ella también se quedó huérfana siendo a penas adolescente. Y mírela.
-Ella cree en algo. Yo he perdido todo en lo que creía -pensé en voz alta. -Ya ni si quiera dispongo del control de mis propias emociones.
-Nadie en este mundo dispone de ello, Daniel, créame. Es humanamente imposible elegir qué sentir en cada momento. Nuestros cerebros funcionan por meros neurotransmisores electroquímicos. Los trastornos mentales son algo tan aleatorio como puede serlo cualquier otra enfermedad, con algunos condicionantes e incluso posibles desencadenantes; pero que no siempre podemos establecer.
-¿Y por qué me habla de la infancia de mis padres? Deme las pastillas nuevas y esperemos los tiempos terapeúticos. No hay más.
-Se equivoca. Claro que tiene que ser medicado y claro que tiene que reestablecerse su equilibrio mental, pero si piensa así ya podemos recetarle los mejores fármacos que no se va a recuperar.
-¿Y por qué no me tienen sedado todo el día con suero y medicado vía intravenosa? Así todos nos ahorraríamos quebraderos de cabeza y a los tres, seis, doce meses o el tiempo terapeútico que sea me despiertan y comprobamos si me han hecho efecto o no los nuevos antidepresivos.
-Estaría bien, ¿verdad? -sonrió levemente-. Los psiquiatras, a diferencia de la oleada psicologista que desde principios de siglo busca una explicación comprensible para todo el mundo en el surgimiento de cualquier trastorno mental, seguimos defendiendo nuestra profesión y nuestros tratamientos porque nos basamos en la evidencia científica de la biología del cerebro humano, que "ordena" las sensaciones de bienestar o malestar a raíz de estímulos externos. Digamos que nuestro ánimo es flexible, parte (en condiciones normales) de un estado "neutro", preparado para inclinarse hacia un lado u otro en función de los agentes externos que reciba, preparado para sentir alegría cuando recibimos una buena noticia y tristeza cuando perdemos a un ser querido; tan sencillo como cuando disfrutamos con una copa de buen vino si nos gusta el vino. Los psicólogos más extremistas recurren a la psicoterapia para rebuscar en el pasado de cada uno el origen desencadenante del trauma; por eso, siempre rastrean en los árboles genealógicos y en las historias familiares más escabrosas, en historias escondidas en el fondo de la mente, en la memoria selectiva que escoge con qué recuerdo quedarse y con cuál no, enterrándolo en la inconsciencia. Psicoterapia, regresiones hipnóticas, dinámicas personales y de grupo para tratar y explicar emociones y sentimientos que no siempre son explicables de un modo argumentado porque, en realidad, se producen en el cerebro de forma espontánea, como reacción a un estímulo, sí, pero incontrolablemente.
-Entiendo... -era verdad, su cercana y comprensible explicación me estaba resultando bastante esclarecedora.
Yo me propuse un objetivo inalcanzable y además me lo exigí con tanto ahínco que se me terminó escapando de las manos (o, seguramente, nunca estuvo bajo mi control): una absoluta represión de sentimientos y un agotador autocontrol de las emociones desde que Juanjo me dejó. Fui consciente de la pena normal y permitida por su pérdida desde el principio, la sentí, la viví, la permití y creo que hasta la compartí hasta que empecé a considerar que ya estaba siendo más de la cuenta, que estaba pasando de castaño a oscuro y empezaba a afectarme anormalmente, en mi vida cotidiana. Salta entonces la señal de "alarma" en mi cerebro que no gestiono adecuadamente por el temor a las reminiscencias de mi padre y de mi hermano. La química de mi cerebro terminó produciendo, así, uno de los sentimientos más devastadores y paralizadores del mundo: el del miedo. Y con él, la caída empicado, la culpabilidad, la autoagresión y las ideaciones suicidas.
Sugestión, pena, miedo y culpabilidad ingredientes de un cóctel de difícil digestión ante el que reacciono con la negación. No me pasa nada. Y si me pasa, lo superaré sin ayuda de nadie. Firme y quebradiza creencia de que era tan fuerte que podía con aquello. Cuando Daraquiel y la biblioteca se me vienen encima, decido en un arrebato largarme de allí, precipitadamente; hacia un macabro destino. Descabellada renuncia voluntaria a lo más sagrado para un país que se va a pique por una crisis económica: un puesto de trabajo estable. Pero en aquel momento sólo quería salir de aquel endemoniado pueblo, librarme del mal de ojo de la que por entonces todavía era mi vengativa jefa.
Me cegué buscando lo último que encontré, lo que quizá nunca tuve: la felicidad.
Sentir que has estado viviendo una completa mentira sobre la que has depositado todo tu ser es realmente jodido.
Mis neurotransmisores mentales acumulan un batiburrillo sentimental que adquiere dimensiones de bomba de relojería a punto de explotar. El sentimiento hacia Juanjo es un sentimiento boomerang que va y viene, y en el que también influyen negativamente factores propios de mi personalidad. Inseguridad, autoestima inconstante, nivel de autoexigencia demasiado alto. Vagón descarriado de montaña rusa volando por los aires después de la mayor de las negligencias.
La locura surge de la "necesidad" de encontrar qué sentir hacia él, para lo que consideré imprescindible entrar en aquella espiral sin salida de investigaciones y elucubraciones. Como si pudiera elegir un único sentimiento y desenmascarar una mentira cultivada desde hacía tanto tiempo.
El Doctor Correa me habló de una continua obsesión por mi parte: la de reafirmarme como persona autosuficiente que no necesita de nadie y que se aleja ante el menor indicio de dependencia.
Sí, no era la primera vez que ponía tierra de por medio ante una situación que no sabía afrontar.
Tendría que haber muerto cuando tuve el accidente de coche volviendo de aquel extraño fin de semana con el tal Queru, amable personaje que de haber aparecido en otro momento de mi vida podría haberse convertido en incondicional salvavidas.
Así, también empecé a creer que quizá aquel muchacho, mi compañero de celda, Carlos, estaba acercándose a mí sin malas intenciones. En un intento de supervivencia quizá.
-¿Quieres sabes por qué estoy aquí? -le pregunté, a lo que él respondió:
-Sólo si me lo quieres contar.
Narré la historia desde el principio: aquel fin de semana en Toledo que marcaría un antes y un después en mi vida.  



viernes, 1 de febrero de 2013

CAPÍTULO XXXVIII: Una sudadera vieja, más brujas y un ángel en Toledo.

XXXVIII
UNA SUDADERA VIEJA, MÁS BRUJAS Y UN ÁNGEL EN TOLEDO.

            -Tú no estás bien, Daniel, se te ve en la cara. Tendrías que ir al médico.
            Con esas palabras de MariCruces no iba muy convencido de dar buena imagen. Si ésa iba a ser mi carta de presentación, mejor sería cancelar el viaje. No pretendía impresionar a Queru. Habíamos dejado bien claro que solo queríamos conocernos, que lo de alquilar una habitación de hotel en Toledo para los dos no iba a implicar necesariamente que termináramos follando. Primero porque, aunque hubiera querido y aunque resultara igual de lindo que en las conversaciones que habíamos tenido por internet y luego ya por teléfono, cuando cogimos más confianza y nos dimos los números y, qué coño, que si la foto que se tenía puesta en el perfil respondía a la realidad; me veía y me sentía tan poco atractivo que no concebía poder gustarle a nadie. Y segundo porque sinceramente no me apetecía, lo único que necesitaba era ponerle cara (tridimensional, y sin posibles retoques informáticos) a aquella persona que había conocido por casualidad en una iniciativa de la que no esperaba grandes resultados y que había conseguido amenizar mis duermevelas durante los últimos días. Con él había hablado de muchas cosas, era como si le conociera de hacía tiempo. Me sentía cómodo y escuchado. De lo contrario, no hubiera propuesto –porque fui yo quien lo hizo– quedar para conocernos en persona, eligiendo un punto intermedio para los dos como era Toledo. Ciudad que, por otra parte, ya había tenido la suerte de visitar anteriormente y que me encantaba. Una de las últimas veces, como no, con Juanjo y sus padres. El mundo parecía hecho a la medida de sus recuerdos. Mi mundo seguía infectado de su imagen.
            La prueba de mis escasas pretensiones de impresionarle físicamente para conseguir sexo era mi atuendo y el poco o nada de tiempo que había dedicado en elegirlo. De camino a la ciudad donde se produciría la cita a ciegas analicé mi vestimenta. Lo que más me llamó la atención era que llevaba una semana poniéndome la misma sudadera con que ahora acudía al encuentro. El tiempo en Daraquiel por el mes de mayo va dando una paulatina e inconstante tregua al frío, con días de sol y calor pero todavía con amaneceres y atardeceres heladores. Típicos días que no sabes qué ponerte y que la ropa termina quedándose corta o sobrándote en las distintas capas con que de ella has cubierto tu cuerpo, cual cebolla humana. Así que lo más cómodo y fácil era llevar la sudadera puesta, anudada a la cintura o guardada en la mochila según bajara o subiera la temperatura. No se arrugaba y era una prenda de diario.
            Una prenda heredada. Odio tener que repetir su nombre pero sí, efectivamente, heredada de Él. A partir de ahora voy a ponerlo en mayúsculas por ser tan omnipresente para mí como Dios para la persona creyente. Aquella sudadera fue un regalo de cumpleaños que le hizo una amiga común. En una de las fiestas sorpresa que le organicé en nuestro antiguo piso. Una sudadera que las semanas después del cumpleaños se puso mucho pero que poco a poco, fue quedando abandonada en el armario y que al final empecé a ponerme yo. Tanto fue así que vaciando una de las bolsas de basura en que transporté mis cosas después de la ruptura, apareció allí. Y no fui yo quien la guardó. Supongo que entendió que, por estadísticas de uso, ya era más mía que suya. Y porque realmente a Él ya no le interesaba.
            Pensé que ésa era otra de las grandes e irreconciliables diferencias entre los dos. Que Él usa una prenda de vestir el tiempo que le gusta, que se siente cómodo con ella. O quizá el tiempo que la considera una novedad, como tal imprescindible y única. Y que cuando ya no se la pone, no duda en deshacerse de ella. A mí me pasa un poco lo mismo pero aunque ya no me la ponga, siempre me da pena la sola idea de tirarla, regalarla o dársela a mi madre para que la lleve a la parroquia, y termino atesorándola en algún cajón con el mismo ahínco que la correspondencia que me escribía de adolescente con mis amigos. Máxime si la prenda había sido un regalo. Detalle que a Juanjo no pareció importarle. Prefería descargar el hueco que esa vieja sudadera ocupaba en el armario para reservárselo a una prenda más moderna, más fashion y, sobre todo, más nueva, que terminaría llevando la misma suerte que aquella sudadera en cuanto encontrara otra con la que sustituirla o, simplemente, cuando se cansara de ella.
            Sobra la explicación, pero por si acaso, yo había sido su sudadera vieja. No terminaba de tener claro si mi abandono había sido por la sustitución de otra prenda más nueva, más bonita y más acorde con su nueva condición de veterinario trabajador o por simple aburrimiento. Conclusión que no me llevaría a ningún sitio pero que seguía rumiando obsesivamente. Si tan evidente era, ¿por qué no me lo había dicho? ¿tan cobarde era como para no asumir la única penitencia que le correspondía desde su privilegiada situación: la de confesarlo mirándome a los ojos? ¿O no lo hacía por el tonto planteamiento de no hacerme más daño?
            Él nunca había dejado de mirar con deseo las prendas expuestas en los escaparates de las tiendas. Igual que yo. Pero de distinta forma. En mi caso, si me pongo a pensar en cómo fui vestido mi primer día de facultad, tengo que admitir que el atuendo había sido calculado y estudiado durante todo el verano previo, en el que mi cabeza daba rienda suelta a su imaginación ideando las maravillas y el enorme cambio vital que iba a suponer dejar la casa de mis padres –porque  mi padre por entonces aún vivía– e iniciar mis estudios universitarios en otra ciudad. Cuando aun pensaba que la ropa forja la personalidad y no al revés. Iba, pues, con una camisa hippie, un pantalón grounge y unas deportivas sport, casi de pijo. Una indefinición estilística que no respondía a eclecticismo alguno sino a la más pura impersonalidad. Aún hoy, a veces, ir de compras sigue suponiéndome un nuevo intento de autodefinición.
Para Él, en cambio, contemplar la ropa que visten los maniquíes de las tiendas respondía a un deseo de ambición y de autoafirmación. Ambición por tener cuanto más mejor. Lo más nuevo y más a la última, en un insaciable deseo que nunca terminaba de ser satisfecho. Él no buscaba en la ropa una representación de la personalidad, sino “venderse” en un competitivo y superficial mercado. El materialista mercado que, pecando de caer en el seguramente injusto tópico, compra y vende especialmente en la cultura gay de hoy día. Cuando la clandestinidad y la vergüenza han evolucionado, en una progresión lógica no lo niego, hacia la visibilidad absoluta, cuanto más escandalosa y chirriante mejor, y que muchas veces encierra tras su máscara de orgulloso lucimiento traumas y sufrimientos inconfesables. Cuando Victorio & Lucchino son unos grandes diseñadores en vez de los modistos maricas.
Yo dejé de lado los escaparates o, al menos, dejé de mirarlos con anhelo cuando empecé a salir con Él. Juanjo no. Seguía mirándolos con el mismo deseo que antes, solo que de una forma disimulada y escondida. Por supuesto que el amor aun siendo ciego no te deja ciego, eso está claro. Y siempre nos vamos a fijar en una prenda bonita aunque llevemos puesto el último grito en rebecas de punto. Pero si además de fantasear con la idea de tener la prenda del escaparate entramos en la tienda, con intención o no de probárnoslas, pero conscientes de que tenerla entre las manos va a suponer una tentación mayor de comprarla; igual debemos plantearnos que la ropa que tenemos en casa empieza a parecernos vieja y empezamos a querer renovarla.
En aquel momento lo vi tan claro que sin dudarlo califiqué de estúpidas todas las lágrimas que había estado derramando por Él. Y en vez de pena sentí rencor por todas las posibilidades que había perdido (renunciar tiene un matiz de sacrificio) por centrarme en él. Por seguir vistiendo la misma sudadera vieja, que claro que no había abrigado siempre todo lo que tenía que abrigar y que claro que podía llegar a salir perdiendo si la comparaba con los nuevos modelos de las últimas colecciones, pero que para mí era la más especial del mundo por haber sido un regalo. Porque nunca dejé de considerar a Juanjo como el mejor regalo que la vida me había dado.
Mi temor de que sus escarceos cibernautas encerraran otro tipo de deseos más allá del de conocer gente nueva para abrir círculo de amistades se terminaba confirmando. Unas infidelidades virtuales que además, si lo pensaba, menudo gilipollas, era yo quien no solo las había consentido desde el principio sino que además las había facilitado cuando antes de irse de Erasmus, a los dos meses de habernos conocido, le regalé un ordenador portátil para que pudiéramos tener contacto sin gastarnos un dineral en conferencias internacionales. Invertí el sueldo de un mes en el trabajo que tenía por entonces para hacerle semejante regalo, sin saber que le servía en bandeja la comodidad de poder seguir entrando en las tiendas de ropa sin dejar huella, desde cualquier sitio y a un solo clic.
De nuevo me culpabilizaba a mí por envejecer y desteñir, consecuencias inevitables del paso del tiempo, provocando su aburrimiento y posterior abandono o restitución. En vez de a Él, que nunca se iba a quedar con la misma sudadera para siempre, por más que le sentara como un guante o por más que la prenda se adaptara al clima de distintas ciudades y fuera versátil a cualquier evento. La culpa no era de la prenda sino de quien la vestía. O del frío. O del calor. 
            Una sudadera que se me iba a quedar corta, en vista del nublado y frío cielo que antecedía la vista de la ciudad. Menos mal que a última hora también eché la chaqueta en la maleta. ¿Lo hice? Últimamente estaba tan despistado que olvidaba cosas tan básicas como recordar lo que había hecho hacía apenas unos minutos antes.
 Ante mí, majestuosa y enigmática, se presentaba Toledo. Sugestivo perfil de muros grises desde el punto más alto, el Alcázar, hasta el Puente de Alcántara. Torres, palacios, castillos, iglesias. Paisaje urbano inscrito entre desniveles, precipicios y las líneas serpenteantes del Tajo, corriendo impetuoso entre puentes y huertos. La ciudad de las tres culturas –cristianos, judíos y musulmanes–; la ciudad imperial, sede principal de la corte de Carlos I. Cielo oscuro y tempestuoso reflejado en sus verdes colinas y en sus edificios que, ante mis ojos, se mostraban casi tétricos. Como en un cuadro de El Greco, los contornos urbanos se me difuminaban en una atmósfera alucinada, demencial, expresionista. La ciudad era ahora mucho más oscura que la última vez que la vi. Sin embargo, esta vez prometía sorpresas nuevas, nuevos datos sobre brujería que terminarían de forjar la hipótesis más demencialmente plausible sobre mi desgracia.






martes, 10 de enero de 2012

CAPÍTULO VI (2ª parte): La bruja de mi jefa (¿o mi jefa la bruja?)

2ª Parte.
Antonio el archivero tenía una oratoria fascinante, de persona realmente culta. Pero en su discurso pronto se vislumbraban, a mi parecer, datos inevitablemente edulcorados, por decirlo de alguna manera. Quizá porque sus obsoletas convicciones religiosas ganaban a las evidencias históricas.
Para él, el genocidio sistemático de la Inquisición era simple “mala prensa”. Decía que a los acusados se les ofrecía la posibilidad del edicto de gracia, que los inquisidores eclesiásticos sólo aplicaban sanciones espirituales como rezos y ayunos y que, como mucho, a los que no se arrepentían, se les excomulgaba. Que eran las autoridades civiles quienes aplicaban las sanciones más duras  de confiscación de bienes y/o muerte en la hoguera.
- Pero, ¿quiénes les habían perseguido y acusado, Antonio? – lancé, sin pensar, mi pregunta retórica.
- Vecinos enemistados por enfrentamientos personales de posesión de tierras casi siempre.
Ahí sí le daba la razón. Cuánta gente debió aprovechar la situación para vengarse de alguien acusándole de hereje o de brujería. Aunque esa respuesta no hacía más que reafirmar mi idea de que la Inquisición eclesiástica había sido tanto o más culpable de las persecuciones y ejecuciones que los poderes civiles. Además, para mí eran más reprobables, si cabe, por haberse hecho abanderadas por una religión cuya deidad proclama la compasión y el perdón. Pero tampoco iba a discutir con él, primero porque no llegaríamos a un acuerdo y segundo porque mi única intención en aquel momento era saber si tenía que seguir considerando a esa mujer como la bruja de mi jefa o si debía empezar a verla como mi jefa la bruja.
- De hecho – continuó relatando Antonio –, muchos de los procesos empezados terminaban con la absolución por falta de pruebas.
Ya íbamos llegando a la parte interesante. Me limité entonces a escucharle. Antonio dejó los periódicos, me hizo un gesto para que yo también los dejara y con su peludo y gordo dedo índice me invitó a seguirle, mientras continuaba hablando:
- De los cinco casos documentados de brujería en Daraquiel, sólo uno terminó con la quema en la hoguera: el de Justina Negrete.
Era fácil ir metiéndose en la mentalidad y el temor de aquella época en un sitio como el Archivo de Antonio. Sólo rompía el encanto que tuviera un instrumental tan moderno. Me llevó a una sala donde había tres archivadores compactus, que con lo que debieron costar casi podría haberse contruido una biblioteca nueva, y que yo sólo había visto antes cuando trabajaba de becario en la biblioteca de la universidad. No pude evitar sonreírme recordando los buenos momentos que pasé en aquella época junto a mis compañeras. Éramos “las becarias precarias” (es justo decirlo en femenino porque yo era la única representación masculina del grupo), y superábamos las miserias de nuestros sueldos haciendo trastadas siempre que podíamos. Me acordé de la que hicimos utilizando, precisamente, aquella virguería del mobiliario archivístico para darle un susto a Ana, una de ellas. Un año inolvidable al que puse fin cuando me saqué la plaza de bibliotecario en Daraquiel. Decisión que en su momento ni dudé en tomar, era el objetivo alcanzado después de casi tres años preparando las oposiciones, pero de la que ahora me arrepentía más de una vez. Claro que después pensaba en el infierno del trabajo de teleoperador que tenía por las tardes, para subsistir junto con el sueldo de becario, y en seguida recordaba porqué lo hice. Estar metido en aquel corral de loros repitiendo una y otra vez el mismo ridículo argumentario a miles de personas para venderles una fantástica y “maravillosísima” nueva tarifa plana ha sido una forma de ganarme la vida que intentaré no tener que repetir nunca. Aunque nunca digas nunca.
Antonio empezó a sacar del compactus carpetas del tamaño de láminas A-3 y las fue dejando encima de la mesa. Con sumo cuidado se puso unos guantes de algodón que tenía guardados en una funda de nylon (que también podía haber sido de poliéster o triacetato de celulosa, lo importante era que no tuviera PVC en su composición, según me dijo, por cuestiones de conservación y manipulación de documentos), y fue abriendo las carpetas. Por un momento me sentí un privilegiado por poder contemplar lo que había en su interior, aunque fueran simples reproducciones escaneadas. Los guardaba con tanto mimo como si fueran los legajos originales del Archivo Municipal de Toledo.
- Aunque correspondan a casos de brujería documentados aquí, se guardan allí porque Daraquiel estaba bajo la jurisdicción del Tribunal de la Inquisición de Toledo – dijo Antonio como apenado –. Y no creas que me fue fácil conseguir estas reproducciones en su momento porque aunque ahora hasta las ofrecen en la página web sin tener que acreditarte como investigador ni nada, por aquel entonces había que superar toda clase de obstáculos burocráticos.
Antonio parecía albergar aún el recelo de algunos archiveros tradicionales ante la difusión y accesibilidad que internet permite. Nada más que había que ver el complejo método con que manipulaba unas simples fotocopias a color, como dando a entender que sólo una persona altamente cualificada como él podía hacerlo. Hasta me dio miedo acercarme a ellas más de la cuenta por si mi respiración o la posible actividad química que desprendiera mi cuerpo las pudiera amarillear o contaminar de hongos y microorganismos. Ésas eran el tipo de estridencias que a Antonio le costaban en el pueblo el calificativo de hombre raro.
- ¡Eureka! – exclamó de repente –. ¡Éste es! Aquí se narra el proceso llevado contra Justina Negrete – dijo, acercándome levemente el documento alusivo a la que debió ser la tata-tatarabuela de mi jefa, porque según ponía fue procesada en 1542.
Antonio siguió:
- Justina Negrete pertenecía a una familia de labradores adinerados, dueños de importantes terrenos. Era muy conocida en el pueblo por sus dotes como curandera, con ungüentos que preparaba ella misma y a veces también ejercía de comadrona. Era viuda y vivía con dos de sus hijas porque sus otros tres hijos varones murieron al poco de nacer. Se le acusaba de necromancia y brujería. Cuentan que era habitual verla pasearse desnuda por los alrededores del cementerio, portando en la mano un candil o una vasija donde debía guardar los restos de cabello, dientes o huesos que profanaba de las tumbas.
Analizando la historia sorprendía escuchar la cantidad de tópicos que encerraba. Otra versión de mujeres siniestras y poderosas, excluidas socialmente, indecorosas, devoradoras de sexo, que acababan con los hombres que se les acercaban cual mantis religiosa, celebraban aquelarres en los cementerios y dedicaban el tiempo sobrante a fabricar toda clase de venenos y polvos diabólicos. Candidatas perfectas para una misógina represión que las castigaba por haberse rebelado a su rol social de esclavismo y anulación frente al hombre, en un contexto marcado por las rivalidades personales y una Iglesia corrupta liderada por clérigos supersticiosos e ignorantes que transmitían el temor a la presencia del demonio y la hostilidad hacia los cambios que se estaban gestando en la sociedad.
- En el proceso de Justina Negrete fueron muchas las personas que declararon contra ella, y estas denuncias se consideraron válidas tras la investigación de los inquisidores. Se le terminó acusando de delitos contra la moral y las buenas costumbres por posesión de libros e imágenes obscenas que escondía en pasadizos ocultos bajo su casa – Antonio detuvo por un momento su narración y me miró fijamente, pensé que era para comprobar si mantenía la atención –. ¿Habías oído alguna vez que bajo Daraquiel existe una ciudad subterránea?
- No, creo que no – dudé en contestar, por un momento pensé que era una pregunta trampa.
- Pues sí. Todo el pueblo está oradado por infinidad de túneles y grutas subterráneas, algunas de ellas incluso comunicadas entre sí. Se cree que muchos de esos pasadizos sirvieron de cobijo para la celebración de aquelarres clandestinos y como almacén de los ingredientes que las brujas usaban para sus pócimas. Hoy día sigue habiendo muchas casas que los mantienen como despensa para conservar frescos los alimentos. Incluso tú, muchacho sureño, conoces de primera mano uno de ellos.
No hizo falta que dijera más para saber a cuál se refería.
- ¿El depósito de la biblioteca? – pregunté por confirmar.
- ¡Exacto! – respondió él, con la satisfacción de un maestro cuando un alumno demuestra su aprendizaje –. Y también dicen que hay una de esas cuevas subterráneas bajo la casa de tu jefa.
Otra vez ella. Ya no sabía qué pensar.
- La sentencia final – continuó – fue la abjuración de vehementi, es decir, que se consideró que las sospechas eran lo suficientemente vehementes como para acusarla. Su auto de fe se celebró en la Plaza de Zocodover de Toledo el 12 de enero de 1542 y terminó quemada en la hoguera.
- Ya… – no pude disimular que mi interés inicial se estaba convirtiendo en cierta incredulidad.
- ¿Qué pasa? – Antonio pareció leerme el pensamiento –, ¿te  parecen patrañas de catetos ignorantes y supersticiosos, verdad?
Asentí honestamente.
- Pues a mi también me lo parecían, pero entonces ¿por qué crees que tu jefa hizo todo lo posible para que no se publicara mi investigación sobre las brujas de Daraquiel? ¿Por qué no permitió que todo esto saliera a la luz con el buen reclamo turístico que hubiera supuesto para el pueblo?
De vuelta a la biblioteca fui pensando en toda la historia de la tal Justina Negrete y me vino a la cabeza uno de los refranes de MariCruces que venía muy al caso:
- Ni pueblo sin brujas, ni hervor sin burbujas, ni cesta de brevas sin papandujas.