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sábado, 1 de diciembre de 2012

CAPÍTULO XXXVI: Ilusiones malogradas.

XXXVI
ILUSIONES MALOGRADAS.

            Camino al fracaso. Destino que debió quedarse en el recuerdo del lugar al que no regresar. Senda que nunca se ha de volver a pisar. Daraquiel se presentaba ante mis ojos como la ruina de todos mis proyectos, ilusiones malogradas. El corazón me palpitaba como si se me fuera a salir del pecho y un rubor encendido me recorría de pies a cabeza. Cada paso adelante suponía un retroceso.
            Hacía un fantástico día, decadencia burlona con el verde encendido de sus campos manchegos, sus rojas amapolas y su trigo resplandeciente en un luminoso mes de mayo. Los jornaleros seguían con su incansable quehacer diario, las mujeres se dirigían al cementerio con sus flores y sus paños húmedos para limpiar las lápidas de sus difuntos y los camiones iban descargando sus mercancías en una ordenada cadena humana. Todos ajenos a mi abatimiento. Todo en su habitual rutina diaria, indiferente a mis insignificancias y a mis tres meses de ausencia.
Intentaba disimular con una teatral sonrisa y amagos de amables saludos.
            -¡Hombre, ya ha vuelto Usted, Don Daniel! ¿Qué tal ha ido?
            -Muy bien, Don Benancio. Gracias. Ya estamos de vuelta.
            -¡Hala! ¡Pues con Dios!
            De manera inconsciente, iba ralentizando el paso conforme avanzaba a la biblioteca. No quería llegar. No sabía qué me iba a encontrar, qué iba a decir, cómo me iban a recibir y, sobre todo, no sabría con qué Justina me iba a encontrar. Temía que mi tiempo de ausencia me hubiera hecho perder mi sitio, que no poco me había costado conseguir, y que tuviera que empezar a ganármelo de nuevo. El odio de la jefa seguiría inalterable, o quizá engrandecido, porque ella sería también de las que pensaban que yo ya no regresaría nunca y que la sumisa María José no volvería a ser sustituida por el rebelde Dani, ganador a pulso de su deseo de asesinarme, según vaticinó la propia Amira antes de irme. O, peor aún, ser ella quien me echó el mal de ojo que pronosticó la pitonisa de la Isleta del Moro.
Desvaríos aparte, regresaba un Dani algo temeroso, por unas cosas u otras, sin ningunas ganas de más disputas, cansado de ser el líder de las reivindicaciones y dispuesto a sobrellevar la condena de la vuelta pasando lo más desapercibido posible, sin pretensión alguna de más jaleos. Ya no tenía que luchar por hacer uso de mis días libres para ir a ver a un Juanjo que había decidido apartarme de su vida. Resignado, pues, a asumir las injusticias y abusos de poder de la jefa con la boquita cerrada, en un intento desesperado de que los días pasaran con la mayor rapidez y tranquilidad posible. Acatando las órdenes que hubiera que acatar, sobrepasaran o no los límites de lo establecido en los convenios de los trabajadores. Había perdido la batalla y no me quedaba más que volver con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas, con el orgullo escondidito en el mismo sitio donde quedaron almacenados mis últimos delirios de grandeza.
            Darío, en cambio, opinaba todo lo contrario, y esperaba mi regreso como quien recibe la llegada del cabecilla de una gestada revuelta en contra del caciquismo de la déspota directora.
            -¡Por fin, Dani! ¡No sabes lo feas que se están poniendo las cosas por aquí desde que te fuiste! La Clinton ha tomado el poder absoluto y nos está haciendo la vida imposible a todos. MariCruces ha estado de baja de los nervios y Amira anda de médicos por unas fuertes jaquecas que le han dicho que pueden ser por estrés. María José y Leo son sus súbditos y con ellos hace y deshace a su antojo. A mí me tiene amargado. Tenemos que hacer algo ahora que has vuelto, Dani –supongo que Darío reparó en que no me había preguntado en ningún momento por mi–. ¿Y tú? ¿qué tal? No tienes buena cara, estás muy delgado… El jet lag, ¿no? –y empezó a reír.
            Pobre, si supiera que estaba deseando pegarle una fuerte patada en la boca para que se callara de una puta vez, seguramente ni se habría dirigido a mí.
            -Sí, Darío, vuelvo algo cansado. Las cosas no han salido del todo como esperaba –no iba a entrar en detalles, a pesar de que sabía que era la esperada comidilla de todo el edificio de cultura -¿Y la jefa? ¿no está?
            Con una mueca burlona, Darío respondió:
            -No, ha ido a tomar café, o al médico, o acompañar a la madre… Ya sabes, sus cosas…
            Pues sí. Aparentemente todo seguía como siempre. María José parecía haber respetado mis aportaciones a la biblioteca: manteniendo secciones, carteles, recomendaciones, estética de las presentaciones, distribución de las películas y cds. Aunque, eso sí, había añadido notificaciones que yo nunca hubiera puesto o que hubiera redactado de otra forma. Por ejemplo su “Se exige silencio absoluto” yo lo habría puesto como “Por favor, respetemos el estudio y mantengamos un moderado silencio”; aunque a fin de cuentas el caso que hubieran hecho tanto con un cartel como con el otro hubiera sido exactamente el mismo: ni el más mínimo.
            Algunos parecían alegrarse al verme, otros me miraban con cierto desprecio y los más indiscretos me preguntaban con un descarado retintín:
            -¿Qué? ¿otra vez de vuelta, no?
            Señoras llenas de sarna y maldad:
            -¿Tú por aquí?¿no te habías ido a Barcelona?
            Amira llegó para calmarme en el momento justo. Cuando me disponía a sacar mi sierra para degollar a más de cien. Antes de convertirme en el funcionario asesino que las hubiera disuelto en lejía a todas, matándolas a sangre fría y enterrándolas enseguida; me desmoroné llorando como un niño chico acurrucado en los brazos de Amira mientras ella me daba unas palmaditas en la espalda y le pedía a la gente que por favor nos dejaran solos un rato. Algo que, por supuesto, provocó el murmullo generalizado y aumentó el deseo de conocer los detalles más escabrosos de mi vuelta al pueblo. Aunque tenía la impresión de que la mayoría ya sabía por dónde iban los tiros. El mariquita abandonado por su amigo-novio después de haber intentado irse a vivir con él a Barcelona, sin saber que el  otro ya tenía su vida más que hecha allí. Qué patético. Pobre imbécil.
            El morbo y las elucubraciones estarían servidas durante días. Con una invención de allí, una reinterpretación de acá y alguna aportación propia, la historia daría para mucho. Muy a mi pesar, volvía a ser el chisme en corralones y sobre todo en las colas de la biblioteca, en pacientes esperas para contemplar el espectáculo en directo.
            A pesar de aquellas minucias, como decía, todo seguía más o menos como siempre. Pocas adquisiciones por el escaso presupuesto y la oficina más desordenada de lo normal por un Leo que parecía estar hasta arriba de trabajo al haberle delegado la jefa a él todas las tareas que antes nos repartíamos entre todos. El papel de María José, según me contaba Amira, era el de secretaria particular de Justina, veme a por esto, tráeme aquello, ordéname esto y demás.
            El temido reencuentro llegó, sorprendentemente, por su parte. Fue la jefa quien se acercó a saludarme mientras yo ordenaba las estanterías de consulta y referencia. Posando su fría mano en mi hombro y dedicándome una sonrisa tan inusual como sospechosa, me dijo:
            -Buenos días, Daniel. Bienvenido. ¿Qué tal te ha ido todo?
            -Hola, Justina –tartamudeé–. Bien, gracias –de la misma impresión tiré dos de los volúmenes de la Summa Artis.
            -Tranquilo, no te asustes, sabes que aquí no tienes nada que temer. Estás en tu casa.
            Solo le faltó la maléfica carcajada de madrastra de BlancaNieves mientras se alejaba con pasos lentos y arrastrados hasta su oficina.    
     

             


jueves, 14 de junio de 2012

CAPÍTULO XXXI: 29-M.


XXXI.
29-M.

            28 grados. La temperatura de aquel 29 de marzo en Barcelona, además de a cuestiones meteorológicas, parecía responder a las secuelas de la caldeada jornada que vivía la ciudad condal y, en general, el ambiente de todo el país.
            El calor de las brasas provocadas por los contenedores y demás mobiliario urbano incendiado por los vándalos, los cristales rotos de los escaparates de los comercios “esquiroles” que intentaban abrir su negocio como un día más siendo coaccionados y saboteados por aquellos que se denominaban “piquetes informativos”, la indignación y reivindicación sinceras de los manifestantes pacíficos, los disparos de las pelotas de goma o los gases lacrimógenos de los Mossos (usados por primera vez en años, según algunos noticiarios), las hélices de los helicópteros que durante todo el día estaban patrullando la ciudad, los humos de los sindicalistas que amenazaban desde primera hora con el recrudecimiento de las medidas ante un gobierno con una postura cada vez más fascista disfrazada tras la promesa de “diálogo hasta la extenuación”, de una diputada con pancarta a favor de la huelga en el Congreso y de una Europa que nos miraba como país del que recelar, desconfiar o al que admirar, vete a saber.
            Me pasé el día intentando informarme de los diferentes puntos de vista para no tomar ninguna de las posturas como verdad absoluta. Y cuanto más leía o escuchaba, menos sabía qué pensar ni de qué lado ponerme en una España que demostraba, cada día, que nunca había dejado de estar dividida en dos.
Como Juanjo y yo.
            Volvíamos de haberle dado un paseo a Dante, y yo cotorreaba incansable contándole las conclusiones a las que había llegado sobre la jornada de huelga. Él parecía escuchar y de vez en cuando hacía alguna breve aportación, pero sabía que no le importaban ni lo más mínimo los manifestantes, los políticos o las posibles consecuencias de aquello.
            -¿Me vas a decir qué te pasa? –le pregunté de repente.
            -Ya te he dicho que nada –respondió él, sin mirarme a los ojos.
            Íbamos ya de camino al piso.
            -Algo te pasa. Llevas unos días rarísimo. Y ya no me creo que sea por el trabajo. Por favor, cuéntamelo.
            Juanjo bajó la cabeza y balbuceó.
            -No me pasa nada, Dani. Ya hablaremos cuando se haya ido Paz.
            Mi pregunta iba teniendo una respuesta cada vez más clara. Un nudo se me ató en el estómago. Pero seguí insistiendo porque necesitaba saberlo.
            -No estás bien, ¿no?
            -No... –respondió él sin levantar la vista del suelo.
            Tragué saliva, y por fin me atreví a decir.
            -No estás bien conmigo, ¿no?
            Sobre el asfalto que Juanjo contemplaba cabizbajo cayó su primera lágrima.
            -No... Lo siento...
            Aquella respuesta no podía caerme como un jarro de agua fría. No debía cogerme desprevenido después de sus últimos días de desplantes, ausencia, distancia, sequedad y falta de cariño hacia mí. Pero debía ser gilipollas porque, a pesar de todo, no estuve preparado para escuchar la noticia. Sentí un calambre por todo el cuerpo que me hizo tropezar, perdiendo el equilibrio y casi cayendo de bruces.
            -¿Estás bien, Dani? –me dijo él, mientras me sujetaba por el brazo.
            Dani. De pronto se me hacía raro escucharle dirigirse a mí por mi nombre. Aunque ya hacía días que no me dedicaba alguno de los muchos apodos cariñosos que antes usábamos para llamarnos. Aquel Dani y la forma en que lo pronunciaba eran prueba evidente de lo que pasaba.
            -Pero... ¿desde cuándo? –pregunté.
            Estábamos ya casi en el portal de casa.
            -¿Está Paz arriba? –quiso saber él.
            -No lo sé.
            -Si quieres, dejamos a Dante y damos un paseo para seguir hablando.
          Cuando volvimos a salir del piso, le pregunté si tenía algo de dinero suelto para comprar tabaco porque yo no llevaba nada. Fue la primera droga a la que se me ocurrió acudir para tranquilizarme. Aunque aparentemente lo estaba, por dentro tenía una sensación de desolación que no sería capaz de explicar con palabras.
        Llegamos hasta la Plaza Urquinaona sin hablar, contemplando los últimos coletazos de la huelga, quizá en el momento más inoportuno para salir a la calle. Nos sentamos en uno de los bancos de una de las esquinas que parecía estar más tranquila. Mientras le daba las primeras caladas al cigarro, él empezó:
            -Hace días que lo vengo notando, no te puedo decir exactamente cuánto. Un par de semanas a lo mejor. Desde que empecé a hablarlo con Sonia, mi compañera.
            -Pero... ¿qué es lo que sientes?
            Juanjo empezó a llorar otra vez.
          -No lo sé, Dani... No sé lo que siento, pero sí sé que no es lo mismo que antes... Ya no tengo esa cosa, esas mariposas...
            Adopté una sorprendente frialdad.
            -Entonces ya no hay nada que hacer, ¿verdad?
            Él seguía mirando para abajo, y lloraba cada vez más.
            -Lo siento, de verdad... –dijo.
            Apuré el cigarro hasta el filtro y casi inmediatamente me encendí otro.
        -Le dije a Sonia que yo pensaba que tú tampoco estabas igual que antes –continuó, ya más tranquilo–. Pero de algunas de las veces que has venido al Zoo y ha coincidido que estaba ella, me decía que tú sí seguías enamorado. Que se notaba en la forma en que me mirabas.
            No aguanté más y el nudo se subió hasta la garganta. Entre lágrimas, le dije:
            -Está claro que yo últimamente tampoco estaba al cien por cien. Han pasado muchas cosas, he pasado unos meses horribles en Daraquiel antes de poder venirme para acá, he estado muy agobiado como sabes por el tema del trabajo, ahora con Paz aquí, y el notarte tan distante conmigo pues también me ha hecho distanciarme de ti. Pero... yo... sí querría seguir intentándolo. Pensaba que era una mala racha que superaríamos... Como otras veces...
            -Lo siento, Dani, de verdad. Lo he pensado mucho. Y no sería justo ni para ti ni para mi. No sé mañana, o dentro de un tiempo. Pero tampoco te quiero dar esperanzas.
            -Tienes razón. Y te agradezco tu sinceridad –dije de corazón.
            -No quería decirte nada hasta que se fuera Paz.
            -Ya... Bueno, ella se va en dos días. Es verdad que igual le incomoda saberlo, sabiendo que se queda en nuestro piso. Puedo hablar con ella.
            -Por eso no te quería decir nada hasta que se hubiera ido.
            -Entonces, ¿ya lo tenías decidido de antes?
            -Sí, estaba esperando. No sabes lo mal que lo he pasado estos días. Sabes que no sé disimular las cosas pero, a la vez, tenía que hacer un esfuerzo enorme para aparentar normalidad –respondió él.
            En cuestión de segundos, la plaza se llenó de tipos con pasamontañas.
            -¿Nos vamos? –preguntamos los dos a la vez.
           Acordamos fingir que no pasaba nada delante de Paz los dos días que le quedaban en Barcelona para que no se sintiera incómoda. Eso implicaba cenar con ella, gastando las bromas de siempre, escuchando las anécdotas de su jornada en La Rambla con Óscar, y sentarnos los dos juntos en el sofá riñendo a Dante y a Tree cuando se nos ponían a dos patas pidiendo algo de comer. Por un instante, sentí que todo lo que había pasado había sido un mal sueño, y que todo estaba como siempre, hasta en algún momento Juanjo posó su mano sobre mi rodilla y me dijo “nene”, sonreía y estaba más amable que nunca con Paz. Pero estaba viendo un espejismo, malinterpreté su comportamiento. La tranquilidad y relajación que Juanjo mostraba no era, para nada, la de quien se arrepiente de lo que acaba de hacer y se da cuenta de que todo tiene que seguir como antes sino la de quien acaba de quitarse un enorme peso de encima. La de quien por fin se ha liberado.
Así lo comprobé al tener que dormir juntos. En la misma cama. Como siempre. Como nunca. Ya no éramos pareja. Ya no había opción de abrazarnos. Aunque lleváramos días sin hacerlo esa opción ya no existía, a pesar de lo muchísimo que lo hubiera necesitado. Y fue ése, justo ése, el momento en que de verdad tomé consciencia de lo ocurrido. De que ya todo se había terminado entre nosotros.
Y no fui capaz de asimilarlo.
Porque yo le seguía queriendo.
Porque habíamos compartido tantas cosas juntos.
Porque no me veía capaz de vivir sin él.
Todos mis proyectos e ilusiones estaban enfocados en él, con él, para estar con él. Y ahora tenía que comenzar una nueva vida desde cero.
Y no tenía ni idea de cómo hacerlo. ¿Por dónde empezar?
Se me quedaba colgado el intento de encontrar trabajo en Barcelona, el proyecto de vida allí, el curso de la universidad, el catalán, el piso, los ahorros, el permiso de la biblioteca, mi jefa, las disputas que me había costado con ella conseguir días para viajar a Barcelona, María José, Leo, la sensación de absoluto fracaso por tener que regresar con el rabo entre las piernas a un trabajo del que me había ido sin ninguna intención de volver pero que en aquel momento era lo único que tenía.
¿Por qué? ¿Qué nos había pasado?

       Éramos tan fuertes los dos que creimos que nada dolía, que creimos que no moriría. ¿Dónde fue todo eso a parar? ¿Cuándo se empezó a estropear?

        No podía ser inocente ni inconsciente. Porque bien sabía que ya no iba a tenerle más a mi lado. Era definitivo. Su “no sé mañana” era una simple frase hecha.

         Retamos al mismo diablo a atreverse algún día a separarnos.
         ¿Dónde fue todo eso a parar? ¿Cuándo se empezó a estropear?

        Desde el trío con Brian. No. La cosa venía de antes. Desde que Juanjo empezó a trabajar en Barcelona. Puede. Quizá incluso desde antes. Cuando yo saqué la plaza en Daraquiel.
       Me arrepentí con todas mis fuerzas de haber hecho aquel maldito examen. De haber aceptado aquel funcionariado sin pensarlo. Sin haber contado con él. Sin haber sopesado las consecuencias. De haber sido yo quien marcó un punto de inflexión. De haberme tenido que seguir él a mí en vez de haberme quedado yo esperando para seguirle a él.
        Pero ya era tarde.

       Creíamos que éramos tan diferentes, que nuestro amor iba a ser para siempre. Que nunca nos pasaría como a la gente, que no acabaría, que nunca te irías.
¿Dónde fue tu buena voluntad? ¿Cuándo me empezaste a engañar?

       Me pasé la noche llorando, sin pegar ojo, con la mirada fija en el cogote de Juanjo que dormía de espaldas a mí, analizando cada minuto de nuestra relación, desde aquella primera conversación en el chat hasta aquel fatídico 29 de marzo. En una obsesiva actividad mental que se prolongaría el largo mes que aún me faltaba para reincorporarme a la biblioteca.




sábado, 24 de diciembre de 2011

CAPÍTULO IV: Una segunda madre



IV
UNA SEGUNDA MADRE

-¡Ay, Dani, hijo mío, qué disgusto más grande!
MariCruces no hacía más que llevarse las manos a la cabeza y nombrar a Dios y a todos los santos conocidos. “¡Qué mal rato he pasado!”, repetía.
Pero a pesar del revuelo que se había formado, la gente seguía entrando en la biblioteca, con la excusa de llevarse algún libro, para ver si podían enterarse de lo que había pasado. Así que Amira y yo nos tuvimos que poner a atenderles como un lunes cualquiera. Los más disimulados recogían su libro, y antes de irse preguntaban tímidamente, pero los más descarados (mucho más numerosos, porque los daraquieleños no se caracterizan precisamente por su discreción) entraban a voces en la biblioteca “¿Qué ha pasado? ¿qué ha pasado?”. Hasta hubo gente echando fotos con el móvil.
La primera hora fue un no parar de trabajar y de dar unas explicaciones que ni nosotros mismos podíamos entender ya que aún no sabíamos la verdadera historia. Una señora incluso nos vino contando su versión de los hechos:
-La directora de la biblioteca, que le ha dado un infarto.
Otra:
-No, no ha sido un infarto, ha sido una bajada de azúcar.
Estaba claro que la prudencia de Amira no se lo iba a permitir así que al final fui yo quien, con un categórico tono, desconocido para mi hasta que empecé a tener los primeros enfrentamientos con la jefa, me levanté y dije en voz alta:
-Por favor, primero por respeto y segundo porque estamos en una biblioteca y se supone que hay que mantener un moderado orden, rogamos que se calmen y se comporten como personas civilizadas y que dejen los comentarios sobre lo que ha pasado con la directora para la cola del mercado. Muchas gracias.
Amira me miró de aquella forma en que lo hace cuando piensa que me estoy pasando. Con sus negros ojos que si ya de por sí son grandes, cuando los abre de esa manera parecen multiplicarse por dos.
-Joder, Amira, es que es verdad. ¿Tú crees que es normal este marujeo?– terminé de arreglar, también en voz alta.
La expresión de la mirada de Amira se extendió a la del resto de personas que esperaban con su libro en la mano. Algunas incluso se sintieron tan ofendidas que dejaron el libro encima del mostrador y optaron por irse a regañadientes.
A estas alturas, yo ya era consciente de que había dejado de ser el gracioso sureño que había venido a trabajar de bibliotecario al pueblo para convertirme en el bibliotecario gruñón que venía de fuera. El bibliotecario colega de los muchachos adolescentes al cabrón que merecía que le rayaran el coche por haberles echado de la biblioteca cuando no se comportaban. La perenne sonrisa había dado lugar a la mirada apagada y triste de quien trabaja porque no tiene otro remedio. Lo sabía, pero ya hasta me daba igual. En ese momento sólo quería que se fuera todo el mundo para poder hablar con MariCruces y que me contara de una vez por qué la ambulancia se había tenido que llevar a la jefa.
Es muy duro sentir como algo que en principio se presentaba ante mis ojos como el idílico sueño alcanzado terminó convirtiéndose en una especie de pesadilla. Decir que no estaba contento con mi vida en Daraquiel era quedarse corto. La verdad es que era profundamente infeliz allí. Sé que, en gran medida, era por la actitud tan negativa que había tomado en los últimos meses, pero es que los alicientes de mi vida allí se habían ido perdiendo poco a poco y además el trabajo en una biblioteca de pueblo no era tan grato como en principio me había imaginado (determinante es cómo son las personas que hacen uso de ella y también cuánto margen de libertad te da para trabajar quien tengas por encima; y ni lo uno ni lo otro eran buenos en mi caso, los primeros por conflictivos y maleducados y la segunda por dictadora). El único motivo por el que aún aguantaba era el económico, que con la crisis cualquiera se atreve a dejar un funcionariado así sin más. Y además debía tener remordimientos por no estar dando gracias por tener un trabajo fijo.
Hay una frase que dice que no hay nada peor que echar la vista atrás y ver los tiempos felices desde la miseria (o algo parecido). Pues algo así era lo que me había pasado a mi.
Cuando conseguí la plaza de bibliotecario en Daraquiel, me alquilé una casa en el mismo pueblo. Un verdadero chollo. La segunda planta tenía un ático de ensueño con una terraza enorme y la bañera con jacuzzi. Pero cuando miraba por las ventanas, sólo veía campo y alguna parcela cercada improvisadamente por el primero que había decidido apropiarse de unas tierras que durante mucho tiempo parecían no haber pertenecido a nadie. Echaba de menos el bullicio de una calle del centro de la ciudad como el que veíamos desde el único ventanuco que daba al exterior del estudio de apenas cincuenta metros cuadrados que compartía con Juanjo. Era una maravilla poder andar descalzo sobre el suelo radiante, pero añoraba las zapatillas viejas que calzaba cuando andaba por las frías y viejas losas de nuestro estudio en el centro. Los dos primeros meses estuve yo sólo y después ya se vino él con Dante, nuestro perro. Aún así tampoco terminábamos de sentir como nuestra aquella casa tan grande y con tantas comodidades, ni nos terminábamos de hacer a las miradas y a los cuchicheos cada vez que salíamos a pasear o a hacer la compra. Ya no sólo era el joven sureño que había venido a vivir al pequeño pueblo de la España profunda, sino que encima se había traído a su novio y a su perro.
Juanjo y yo nunca hemos sido muy de demostraciones de cariño en público pero cuando empezamos a vivir en Daraquiel todavía menos. Y tampoco recuerdo haber llevado de capa la bandera del orgullo gay ni haber vestido a Dante con la última colección canina inspirada en Lady Gaga. Pero esas cosas se notan. Y para un pueblo de apenas cinco mil habitantes era un chisme demasiado jugoso como para dejarlo escapar.
Tres meses aguantamos. El tiempo de comprarnos el coche y encontrar un piso en la capital, que a fin de cuentas no estaba tan lejos y tampoco había tanta diferencia en los precios del alquiler. Ahí sí que volvimos a estar bien. Daraquiel sólo era mi lugar de trabajo y cuando terminaba mi jornada volvía a disfrutar del anonimato de la ciudad, donde ya no era señalado y andaba libremente por la calle sin temor a que por mi miopía o ensimismamiento dejara de saludar a Doña Julia, a Pedro el de la panadería o a cualquiera de las personas que venían a la biblioteca asiduamente y me lo recriminaban después. “Ay que ver que el otro día me viste por la calle y no me saludaste” a lo que yo contestaba reformulando la frase “Si te hubiera visto te hubiera saludado”.
Todo fue bien hasta que Juanjo, después de terminar su máster y buscar trabajo durante meses por toda la geografía española, encontró lo del Zoo de Barcelona, una verdadera oportunidad –más por lo que podía aprender que por el sueldo– que  por supuesto no iba a dejar escapar ni yo le iba a pedir que lo hiciera. Dejamos el piso, él se fue a Barcelona y yo me fui a vivir a otro pueblo todavía más pequeño que Daraquiel con Paz, una estrambótica mujer que una vez vino como cuentacuentos a la biblioteca y con la que entablé una cordial amistad. Me cobraba un precio simbólico por una habitación en su casa. A ella le ayudaba a pagar su hipoteca y a mi me permitía costear los viajes en tren a Barcelona además de la matrícula. Conseguí que me convalidaran algunas asignaturas en la Universidad de Barcelona, y elegí la modalidad de estudios online, que compaginaba la enseñanza virtual con la asistencia presencial un viernes de cada dos semanas. Haciendo cálculo de los días de asuntos propios que me quedaban por coger más los que me correspondían por concurrencia a exámenes oficiales, la cuenta llegaba justa. Un plan aparentemente perfecto, al menos en principio, hasta que viéramos si a Juanjo le renovaban o no el contrato inicial que le ofrecieron de seis meses. Pero todo se empezó a torcer por los cada vez mayores impedimentos que la jefa me iba poniendo, y que de una manera u otra propiciaron todo lo que ahora estaba pasando. Yo no era consciente de dónde me estaba metiendo ni de que mis reivindicaciones, que los sindicatos atacaron como carroña, iban a tener unas consecuencias tan nefastas.
El caso es que poco a poco la biblioteca se fue quedando vacía y por fin pudimos ir a hablar con MariCruces. Estaba en la sala de usos polivalentes, un cuartucho que habilitaban como sala de exposiciones cuando la jefa decidía traer alguna colección de fotos o de libros de algún amigo suyo y en la que otras veces se ponían cuatro mesas apolilladas y unas cuantas sillas y se ofertaba en la prensa local como sala de estudios para los universitarios que regresaban al pueblo para preparar los exámenes finales. Y en días como este lunes, en los que no estaba la jefa, era nuestro lugar de encuentro.
No sólo estaba MariCruces, sino también Gerardo, el conserje (o, como le dicen en el pueblo, el bedel) y Darío, el auxiliar administrativo que ostentaba el dudoso honor de trabajar codo con codo en su mismo despacho con la jefa (que él llamaba jocosamente “la Clinton” o “Hillary”, por haber estado casada con uno de los alcaldes que hace años tuvo Daraquiel).
-¡Ahí viene nuestro héroe!– aclamó Darío, haciéndome una reverencia cuando entré por la puerta.
-Déjate de bromas, que esta vez yo creo que ha sido en serio– añadió MariCruces cogiéndole del brazo para que se levantara.
Gerardo permanecía en silencio, como pensativo, y Amira ya empezaba a ponerse nerviosa otra vez:
-¿Otro ataque?– le preguntó a media voz a MariCruces.
-Pues mira, Amira, yo no sé si esta vez ha sido en serio o no pero yo me lo he creído –por fin empezó la tan esperada narración de MariCruces–Esta mañana ha llegado más temprano que nunca, todavía no había empezado yo a limpiarle el despacho, estaba con el suelo del recibidor, y ni me ha dado los buenos días.
-¿Y eso es nuevo?– interrumpió Darío, entre risas.
-Pues no, la verdad, porque según con el humor que venga te saluda o no, o te mira o no. Yo cuando estaba embarazada del segundo, estuvo una semana sin dirigirme la palabra y yo creo que fue porque le sentó mal que le dijera su nombre sin el “doña”. Se me escapó qué queréis que os diga, son tantos años ya que se me pasó. Vamos, que ni me miraba ni me hablaba; como la que siente una mosca revolotear, pero no era una mosca, era yo que estaba limpiándole el despacho, y tú me dirás qué sentido tiene que estuviéramos las dos ahí sin ni siquiera dirigirnos la palabra, o preguntarnos qué tal nos va, con lo largas que se hacen las mañanas...
-Al grano, MariCruces, por favor, al grano, que hemos dejado a Leo sólo en la biblioteca– le interrumpí, porque sino aquello se podría haber remontado a las batallitas de cuando estudiaban juntas en el mismo colegio.
-¡Cuidado con el niño! ¡Tendrá poca vergüenza! No te olvides que yo aquí soy como tu segunda madre y me debes un respeto– bromeó, aunque en el fondo tenía toda la razón. Gracias a ella el día a día en un lugar que cada vez se me hacía más inhóspito era un poquito más acogedor. Y no lo digo sólo por los calditos que me traía en tuppers para que dejara de comer tanta “porquería precocinada” o por el trocito de tarta de manzana que me guardaba cada vez que hacía una para su casa, sino porque de verdad nos teníamos un cariño mutuo casi tan fuerte y verdadero como el de un hijo y una madre.
-Ya sabes, MariCruces, que para mi todo lo que tú digas sienta cátedra– tampoco exageré al decir eso porque siempre que he necesitado ayuda en Daraquiel he acudido a ella, a veces incluso antes que a Amira, y he obtenido un sabio consejo, generalmente formulado como refrán popular.
-Pues eso, que no muerdas la mano que te da de comer– añadió, como no podía ser de otra forma– y déjame hablar a gusto, que para una vez que puedo...
Resumo la historia aunque pierda alguno de los detalles secundarios y muchas de las valoraciones personales de MariCruces.
 Sin saludarla, la jefa se metió directamente en su despacho y se cerró la puerta con llave. Cuando llegó Darío llamó pero al no obtener respuesta, intentó abrir con la copia que él también tiene del despacho, pero la llave no entraba en la cerradura, seguramente porque ella había cerrado desde dentro. Así que siguió llamando pero nada. Fue entonces cuando empezaron a preocuparse pensando que le podría haber pasado algo. MariCruces, que conoce todos los entresijos del edificio, sabía que se podía acceder al despacho por la ventana desde un patio interior al que se llegaba saltando una pequeña tapia. Así lo hizo Darío y se encontró el panorama de la jefa recostada en su silla. Podría haber parecido que estaba echando una cabezada (porque hasta roncaba un poco, según MariCruces) si no fuera porque en la mesa había un bote de pastillas abierto y medio vacío. Tranquilizantes de los que ella suele tomar. La intentaron despertar pero no respondía, estaba inconsciente. Y ya fue cuando tuvieron que llamar a la ambulancia.
Por eso MariCruces insistía tanto en que esta vez había sido de verdad y no como otras veces en las que se veía claramente que estaba interpretando una dolencia o un ataque de nervios que en realidad no tenía porque luego la habían visto por el pueblo tranquilamente haciendo la compra o yendo a misa. En todo Daraquiel eran conocidos sus problemas psiquiátricos y las opiniones se dividían entre quienes la consideraban de verdad enferma y quienes ponían en duda un trastorno que más bien consideraban una artimaña que utilizaba para beneficio propio cada vez que le convenía.
En todo caso, buscando explicaciones a aquel intento de suicidio o simple llamada de atención, iba a haber quien me considerara parte responsable. O, peor, el culpable directo, como efectivamente sentenció Leo cuando entró en la sala, abriendo bruscamente la puerta:
-Hay gente esperando en la biblioteca, así que por favor iros para allá– eso iba por Amira y por mi, a veces le gustaba recordarnos que nosotros éramos los auxiliares y él el técnico, aunque a efectos de trabajo todos desempeñáramos las mismas funciones –Y  otra cosa, acaban de llamar del Ayuntamiento, que se recuperará pero que los médicos han dicho que tendrá que estar una o dos semanas de baja. Ya has visto lo que has conseguido, Dani.