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martes, 7 de febrero de 2012

CAPÍTULO IX: La noctámbula de la biblioteca


IX
LA NOCTÁMBULA DE LA BIBLIOTECA

            Tiritaba de miedo y de frío. Debíamos estar a menos de dos o tres grados bajo cero en aquel oscuro agujero.
No pudimos recuperar la linterna cuando salimos huyendo de no sé quién. Sólo conseguimos llegar al depósito guiados por un pasmoso y rápido sentido de la orientación, a base de ir palpando las paredes y reconociendo los pomos de cada puerta, las esquinas de las paredes y hasta los desconchones de pintura. Como un ciego por su casa ayudado de un torpe lazarillo. Paz sólo me apretaba la mano con fuerza mientras yo la iba arrastrando por la oscuridad para alejarnos de la voz que volvía a preguntar “¿Quién anda ahí?”.
Una vez escondidos en el depósito, ya a salvos (supongo), empecé a conjeturar sobre la identidad de aquella mujer, cuyos pasos sentíamos sobre nuestras cabezas como pies de plomo –tanto por la cautela con que se daban como por el temblor que producían en el bajo techo del depósito–.
Debía ser alguien que conocía bien el edificio de la biblioteca. Alguien, como yo, capaz de manejarse a oscuras por él y que conocía la combinación secreta de la alarma para haberla podido desactivar y vuelto a activar.
Sin embargo, su voz no me había resultado nada familiar.
No era la de mi primera sospechosa: MariCruces. Aunque ella entraba a trabajar a las siete, podía ser que por algún motivo se hubiera adelantado un par de horas.
La de la jefa tampoco, eso seguro. Además, que no me la imaginaba yo habiéndose escapado del hospital a las cinco de la mañana para ponerse a deambular por la biblioteca.
Y Amira mucho menos. Ya se le pegaban las sábanas para entrar a trabajar a las diez y media de la mañana, como para levantarse de madrugada para venirse al trabajo. Y su voz era más ronca que la de esa mujer.
¿Quién podía ser entonces?
Paz había pasado de cogerme la mano a apretarse cuerpo a cuerpo contra mí, lo cual agradecí porque así entramos un poco en calor. Nos dejamos caer sobre uno de los montones de archivadores y permanecimos inmóviles intuyendo el extraño quehacer de la noctámbula por sus cada vez más sigilosos pasos. Creo que los dos deseábamos lo mismo: por favor, que no se le ocurra bajar al depósito.
Fuera quien fuera, teníamos claro que no queríamos que nos descubriera.
Aunque, pensándolo fríamente, hubiera sido la típica situación de cuando empiezas a salir del armario y temes encontrarte a alguien conocido en algún bar de ambiente. “¿Qué haces por aquí?” “Pues lo mismo que tú”. La diferencia es que ni nosotros tendríamos una respuesta muy clara que darle, ni ella a nosotros porque estaba claro que si había ido a la biblioteca a esa hora era porque no quería que nadie supiera lo que hacía.
Los pasos parecieron detenerse, diría que a la altura de mi mesa.
-¿Qué hace? –me susurró Paz al oído.
-Pues no sé, pero diría que se ha parado por mi mesa –respondí.
-Y… ¿para qué?
-¿Cómo? –no sabía si lo estaba preguntando en serio o como consecuencia de la absenta que aún debía correrle por la sangre a pesar del subidón de adrenalina de los últimos minutos.
-Que por qué crees que se ha parado en tu mesa.
Lo que me temía. Hablaba en serio. Preferí no contestar. ¿Qué coño iba a saber yo? ¡Ojalá lo supiera! ¡Ojalá supiera qué estaba haciendo esa loca merodeando en mis cosas!
¿Y en mi ordenador?
Era fácil reconocer el ruido de cuando se enciende, como si arrancaran el motor de un coche viejo.
-Está encendiendo mi ordenador –sacié la curiosidad de Paz, perplejo.
-¿Y para qué? –volvió a sorprenderme.
-¡Pues no lo sé, Paz! –sin darnos cuenta habíamos subido el tono de voz, y los pasos se volvieron a sentir, esta vez en dirección al despacho de la jefa. Le tapé la boca (o los ojos) a Paz y contuve la respiración.
Parece que la noctámbula loca volvió a mi ordenador, hecho que me tranquilizaba y me aturdía a partes iguales.





lunes, 23 de enero de 2012

CAPÍTULO VIII: Fría madrugada (Bis)

VIII
FRÍA MADRUGADA (BIS)

4:45 de la madrugada. Un frío que pela. Otra vez. No me podía creer que estuviera viviendo la misma situación que hace tres días. Pero esta vez quien me acompañaba no era Amira sino Paz y veníamos de su pueblo, no de Alzamil de San Germán. Y ahora no iba con intención de echarme a dormir en el coche, sino que venía de haber estado intentando dormir en el sofá-cama de su casa.
La entrada de Daraquiel seguía mostrándose tan tenebrosa como un cuadro de Friedrich y la niebla era todavía más espesa que la noche del domingo.
A Paz se le había ocurrido ir a “investigar” a la biblioteca. Estaba deseando, sobre todo, conocer el depósito. Le fascinó lo de la ciudad subterránea, y estaba convencida de que iba a encontrar algo relevante en aquel antiguo escenario de aquelarres y almacén de brebajes mágicos que ahora usábamos para guardar revistas y periódicos viejos.
Cayetano Martínez de Irujo tendría que haber visto el sorprendente trajín de coches y tractores que había a esas horas en el pueblo. Y es que aunque sus desafortunadas declaraciones se centraban en los andaluces, la ofensa se hacía extensiva a todos los jornaleros del país, hombres y mujeres que se levantan todos los días a las cinco o las seis de la mañana para ir a trabajar al campo sin distinguir de días festivos ni tener vacaciones. Qué fácil es criticar desde la posición ajena.
Por un momento me preocupé de que alguno de ellos pudiera reconocerme, aunque lo más importante era que no nos vieran entrar en la biblioteca de madrugada y a escondidas. Así se lo recalqué a Paz, que llevaba todo el viaje con hipo por la absenta. Se había traído hasta una pequeña petaca porque decía que le ayudaba a entrar en calor. Lo peor es que era verdad y yo ya iba un poco piripi también. Suerte que era casi imposible encontrarnos con un control de alcoholemia un miércoles y a esa hora.
-Entramos, te enseño el depósito y nos vamos, ¿eh? – le insistí.
-Sí, sí... – respondió ella, con una falsa sinceridad.
Después de habernos asegurado que no nos viera nadie y de haber seleccionado previamente en el coche la llave correcta (parecía San Pedro con tanto llavero: las de casa de Paz, las del piso de Juanjo, las de casa de mi madre, las del coche, las del candado de la bici y las de la biblioteca), entramos a hurtadillas. Pasamos el recibidor alumbrándonos por una diminuta linterna que había traído Paz de su casa. Ahora entendía que MariCruces dijera que le daba miedo la biblioteca cuando entraba a trabajar. A oscuras, vacío y con un sepulcral silencio (los carteles de “se ruega silencio” son mera decoración en una biblioteca de pueblo), aquel edificio tenía mucho de tétrico.
La situación no podía ser más rocambolesca. Paz y yo íbamos cogidos de la mano para no tropezar con nada.
-¿Lo oyes? – preguntó de repente.
-¿El qué?
-No sé, como un pitido.
-¡Mierda! ¡La alarma!
¿Cómo podía haberme olvidado? Tiré al suelo la linterna, de camino le di una patada a la papelera desplazándola varios metros y haciéndola chocar contra la pared consiguiendo romper todo el silencio con un estruendoso golpe, y llegué corriendo hasta el cuadro de mandos. Setenta segundos había, si no recordaba mal, para desactivar la alarma. Bloqueado con los nervios de un concursante que se lo está jugando todo a una pregunta, no conseguía recordar la puta combinación. Seis, nueve, nueve, cero... No, no, nueve, nueve, seis, cero...
-¿Ya? – le pregunté a Paz, que debía estar en algún lugar de toda esa oscuridad.
-Sí, creo que sí, ya no se oye el pitido – respondió.
El pitido no, pero ahora creía haber sentido unos pasos. Pura sugestión, como Amira, pensé, porque después juraría haber escuchado la voz de una mujer preguntando “¿Quién anda ahí?”.
Sentí a Paz cogiéndome del brazo. La reconocí por el aliento de absenta, susurrándome al oído:
-¿Quién es?
No era sugestión. Parece que a alguien más se le había ocurrido ir a la biblioteca a una hora tan inusual. Pero… ¿a quién? Y… ¿para qué?





lunes, 26 de diciembre de 2011

CAPÍTULO V: Ni el aire si puede ser


V
NI EL AIRE SI PUEDE SER

Érase una vez una mujer de edad indefinida que vivía en un gran caserón junto a montones de animales abandonados que había ido recogiendo durante años. En su mayoría gatos y perros, a los que después intentaba conseguir nuevos hogares. Una improvisada y clandestina protectora formada a base de convicción y bondad. Por la casa de Paz también habían pasado tórtolas cojas, gorriones con el ala herida, conejos moribundos y una vez hasta un zorro que encontró atropellado en la carretera y al que finalmente tuvo que dejar escapar para que no le costara un disgusto. De todos ellos, su preferida era, con diferencia, Tree, una simpática chucha idéntica a Sproket, el perro de los Fraggles Rock, y a la que le había puesto ese nombre por haberla encontrado encadenada a un árbol con una correa de pinchos. A Paz no le importaba gastarse el poco dinero que tenía en los tratamientos veterinarios de sus animales porque consideraba que era la mejor inversión que podía hacer, algunos meses mejor incluso que pagar la hipoteca y las facturas, circunstancia que su hermanastra estaba aprovechando para intentar desahuciarla.
Paz soñaba con ser como una trovadora de la Edad Media e ir por el mundo contando sus cuentos. Por ahora, sólo lo había conseguido unas cuantas veces en algunas de las bibliotecas municipales de la región –la  de Daraquiel entre ellas, que fue cuando nos conocimos– pero  vivía con la esperanza de algún día dedicarse a ello y poder abandonar el negocio familiar, una antiquísima imprenta que antaño vivió su época dorada y que ahora se mantenía más por cabezonería y sentimentalismo que por verdadera rentabilidad. Para Paz aquella imprenta era todo lo que le quedaba de la única persona de su familia a la que había querido, su madre.
Y es que el cuento de la vida de Paz estaba protagonizado por auténticos villanos y malvadas reinas que habían traicionado todo vínculo sanguíneo por el dinero, y sólo querían aprovecharse de ella y hacerle daño. Por eso había decidido ver y vivir la vida –la suya y también la de los demás– como una historia imaginaria en la que, aún sin final feliz, siempre había una moraleja que aprender y una esperanza a la que aferrarse.
Convivir con ella y todo su séquito faunístico no era fácil, pero con el tiempo empezaba a acostumbrarme. Sacrificaba mi carácter metódico e intentaba desarrollar nuevas facultades aprendidas de ella. Hacía grandes esfuerzos por preferir el olor a leña quemada de la chimenea al de la fragancia marina del suavizante que usaba para la ropa, y había dividido en dos mi fondo de armario: las prendas más nuevas y arregladas habían ido directamente a Barcelona al piso de Juanjo (es lo bueno que tenemos, que podemos compartir ropa) y las que antes usaba para los días de campo o para hacer deporte eran ahora mi vestimenta diaria. Gané en comodidad y perdí en moda y autoestima, porque además aproveché la coyuntura para dejarme barba y cambiar las lentillas por las gafas de culo de botella. Paz me enseñó la gran lección de diferenciar entre lo superfluo y lo vital. Gracias a eso también estaba ahorrando como nunca, salvo en comida porque –y  ahí sí que era absolutamente tajante– Paz  no consentía en su nevera ni un solo producto envasado artificialmente. Como mucho, aquellos que tuvieran en su etiquetado el certificado de procedencia de agricultura o ganado ecológico (aunque ella era vegetariana), “sanísimos y naturalísimos” pero el doble de caros. Por eso muchos días compraba a escondidas en el único supermercado de Daraquiel los abominables pero prácticos y económicos platos precocinados de la sección de refrigerados. Y allí dejaba los contaminantes residuos como quien se está deshaciendo de la prueba del delito. Demasiado que ya había invadido la habitación que había acondicionado para mi con todas las cajas que albergaban todo lo que Juanjo y yo habíamos ido acumulando durante más de cuatro años de convivencia, y que yo intentaba ir llevándome poco a poco a Barcelona cada vez que iba, como para encima no amoldarme a sus normas. Como tenía turno partido, desde las nueve de la mañana que salía de casa de Paz hasta las nueve de la noche que regresaba, sólo hacía allí desayunos y cenas, los almuerzos me tocaban siempre en la biblioteca, libre de sus discursos ecologistas. Aunque comer sólo es tan triste que hubiera preferido también a mediodía sus rábanos crudos y sus coliflores hervidas con tal de poder hablar con alguien. Los libros contienen muchísima sabiduría pero no siempre hacen compañía, al menos no la que se necesita a la hora de comer.
Los desayunos, como decía, sí que los compartíamos. Paz, yo, Tree y todos los demás; y a decir verdad, era de los mejores momentos de mis rutinarios días. Ella aprovechaba para contarme las últimas fechorías de su hermanastra, su padre o su tío y yo a veces le contaba alguna anécdota de la biblioteca. Solía ser mucho más largo su discurso que el mío, salvo ésa mañana en que yo le estuve contando lo de Amira y lo de la jefa.
-¿Ves? Y después te ríes de mi cuando te digo que la vida es como un cuento.
En este caso no la podía contradecir y no tuve más remedio que asentir con la cabeza. Era verdad que en dos días mi previsible y monótona vida de bibliotecario de pueblo se estaba convirtiendo en una insólita sucesión de acontecimientos sorprendentes y bastante escabrosos.
Lo peor es que estaba a punto de recibir una llamada de Amira que iba a seguir alimentando la idea de un particular y recién estrenado cuento de misterio, en el que por hache o por be, yo parecía ser el protagonista. Me llamaba para decirme que no teníamos que ir a trabajar aquella mañana porque se había producido un pequeño incendio en la biblioteca y que, aunque habían conseguido sofocarlo rápido porque los vecinos sintieron en seguida el humo y avisaron, algunas estanterías con libros y parte del mostrador de la entrada se habían quemado, así que iban a cerrar al público durante las horas de la mañana para recoger y limpiar un poco. Todo parecía indicar que había empezado desde el aparato de calefacción, justo el que está encima de mi mesa, o sea, que ya casi habían decidido que el motivo del incendio había sido por un despiste mío de no haberlo apagado anoche cuando me fui. Sin embargo, yo estaba seguro de que no se me había olvidado porque apagar la calefacción formaba parte de las comprobaciones sistemáticas de antes de cerrar. Luces, ordenadores, ventanas, alarma y calefacción. Todos los días lo mismo.
-Bueno, Dani, precisamente por eso se te podría haber pasado– dijo Paz cuando se lo conté.
-Que no, de verdad, que estoy seguro de que la apagué. Además que hace un montón de ruido cuando está encendida– igual que la campana extractora de tu cocina, pensé en hacerle la comparación pero al final preferí obviarla por si acaso se la tomara a mal– y  apagarla es como la liberación del día.
Paz se quedó en silencio un rato, en lo que Tree aprovechó para mordisquear la zanahoria cruda que tenía en la mano. Luego, como efectivamente sabía que haría, se la siguió comiendo ella sin ningún escrúpulo. Mientras masticaba la zanahoria y los restos de baba de Tree dijo:
-¿Sabías lo que dicen de Daraquiel?
-No... ¿el qué?
-De Daraquiel, ni el aire si puede ser.
-¿Y eso qué quiere decir, Paz? ¿ya estás con tus cuentos?
-No, no, es un refrán popular. ¿No sabías que Daraquiel es pueblo de hechiceras y brujas?
-Venga ya, Paz, no me tomes el pelo.
-De verdad... Al parecer muchas de las hechiceras acusadas por la Inquisición iban a parar allí. No sé muy bien por qué, y tampoco sé cuánto hay de verdad y cuánto de leyenda, pero de siempre se ha dicho que Daraquiel es pueblo de brujas y eso, que si alguna vez vas, ni el aire si puede ser.
Igual empezaba a volverme loco o a lo mejor la convivencia con Paz empezaba a contagiarme de su distorsión entre fantasía y realidad. O la vida en la España profunda me iba pasando factura de sus supersticiones. El caso es que no me parecía tan descabellado pensar que algo sobrenatural, entendido como fuera de lo normal, estaba pasando. El miedo desmesurado de Amira, la inspección de los del Ayuntamiento, el supuesto intento de suicidio de la jefa, la acusación de Leo y ahora lo del incendio. Demasiadas cosas en demasiado poco tiempo. Muchas coincidencias para dejar de explicar como casualidades y empezar a atribuir a causalidades provocadas por la mano de alguien que quisiera hacerme daño. Alguien a quien yo, consciente o inconscientemente, había desafiado. Alguien con la maldad suficiente y el poder sobrehumano de una bruja.




sábado, 24 de diciembre de 2011

CAPÍTULO IV: Una segunda madre



IV
UNA SEGUNDA MADRE

-¡Ay, Dani, hijo mío, qué disgusto más grande!
MariCruces no hacía más que llevarse las manos a la cabeza y nombrar a Dios y a todos los santos conocidos. “¡Qué mal rato he pasado!”, repetía.
Pero a pesar del revuelo que se había formado, la gente seguía entrando en la biblioteca, con la excusa de llevarse algún libro, para ver si podían enterarse de lo que había pasado. Así que Amira y yo nos tuvimos que poner a atenderles como un lunes cualquiera. Los más disimulados recogían su libro, y antes de irse preguntaban tímidamente, pero los más descarados (mucho más numerosos, porque los daraquieleños no se caracterizan precisamente por su discreción) entraban a voces en la biblioteca “¿Qué ha pasado? ¿qué ha pasado?”. Hasta hubo gente echando fotos con el móvil.
La primera hora fue un no parar de trabajar y de dar unas explicaciones que ni nosotros mismos podíamos entender ya que aún no sabíamos la verdadera historia. Una señora incluso nos vino contando su versión de los hechos:
-La directora de la biblioteca, que le ha dado un infarto.
Otra:
-No, no ha sido un infarto, ha sido una bajada de azúcar.
Estaba claro que la prudencia de Amira no se lo iba a permitir así que al final fui yo quien, con un categórico tono, desconocido para mi hasta que empecé a tener los primeros enfrentamientos con la jefa, me levanté y dije en voz alta:
-Por favor, primero por respeto y segundo porque estamos en una biblioteca y se supone que hay que mantener un moderado orden, rogamos que se calmen y se comporten como personas civilizadas y que dejen los comentarios sobre lo que ha pasado con la directora para la cola del mercado. Muchas gracias.
Amira me miró de aquella forma en que lo hace cuando piensa que me estoy pasando. Con sus negros ojos que si ya de por sí son grandes, cuando los abre de esa manera parecen multiplicarse por dos.
-Joder, Amira, es que es verdad. ¿Tú crees que es normal este marujeo?– terminé de arreglar, también en voz alta.
La expresión de la mirada de Amira se extendió a la del resto de personas que esperaban con su libro en la mano. Algunas incluso se sintieron tan ofendidas que dejaron el libro encima del mostrador y optaron por irse a regañadientes.
A estas alturas, yo ya era consciente de que había dejado de ser el gracioso sureño que había venido a trabajar de bibliotecario al pueblo para convertirme en el bibliotecario gruñón que venía de fuera. El bibliotecario colega de los muchachos adolescentes al cabrón que merecía que le rayaran el coche por haberles echado de la biblioteca cuando no se comportaban. La perenne sonrisa había dado lugar a la mirada apagada y triste de quien trabaja porque no tiene otro remedio. Lo sabía, pero ya hasta me daba igual. En ese momento sólo quería que se fuera todo el mundo para poder hablar con MariCruces y que me contara de una vez por qué la ambulancia se había tenido que llevar a la jefa.
Es muy duro sentir como algo que en principio se presentaba ante mis ojos como el idílico sueño alcanzado terminó convirtiéndose en una especie de pesadilla. Decir que no estaba contento con mi vida en Daraquiel era quedarse corto. La verdad es que era profundamente infeliz allí. Sé que, en gran medida, era por la actitud tan negativa que había tomado en los últimos meses, pero es que los alicientes de mi vida allí se habían ido perdiendo poco a poco y además el trabajo en una biblioteca de pueblo no era tan grato como en principio me había imaginado (determinante es cómo son las personas que hacen uso de ella y también cuánto margen de libertad te da para trabajar quien tengas por encima; y ni lo uno ni lo otro eran buenos en mi caso, los primeros por conflictivos y maleducados y la segunda por dictadora). El único motivo por el que aún aguantaba era el económico, que con la crisis cualquiera se atreve a dejar un funcionariado así sin más. Y además debía tener remordimientos por no estar dando gracias por tener un trabajo fijo.
Hay una frase que dice que no hay nada peor que echar la vista atrás y ver los tiempos felices desde la miseria (o algo parecido). Pues algo así era lo que me había pasado a mi.
Cuando conseguí la plaza de bibliotecario en Daraquiel, me alquilé una casa en el mismo pueblo. Un verdadero chollo. La segunda planta tenía un ático de ensueño con una terraza enorme y la bañera con jacuzzi. Pero cuando miraba por las ventanas, sólo veía campo y alguna parcela cercada improvisadamente por el primero que había decidido apropiarse de unas tierras que durante mucho tiempo parecían no haber pertenecido a nadie. Echaba de menos el bullicio de una calle del centro de la ciudad como el que veíamos desde el único ventanuco que daba al exterior del estudio de apenas cincuenta metros cuadrados que compartía con Juanjo. Era una maravilla poder andar descalzo sobre el suelo radiante, pero añoraba las zapatillas viejas que calzaba cuando andaba por las frías y viejas losas de nuestro estudio en el centro. Los dos primeros meses estuve yo sólo y después ya se vino él con Dante, nuestro perro. Aún así tampoco terminábamos de sentir como nuestra aquella casa tan grande y con tantas comodidades, ni nos terminábamos de hacer a las miradas y a los cuchicheos cada vez que salíamos a pasear o a hacer la compra. Ya no sólo era el joven sureño que había venido a vivir al pequeño pueblo de la España profunda, sino que encima se había traído a su novio y a su perro.
Juanjo y yo nunca hemos sido muy de demostraciones de cariño en público pero cuando empezamos a vivir en Daraquiel todavía menos. Y tampoco recuerdo haber llevado de capa la bandera del orgullo gay ni haber vestido a Dante con la última colección canina inspirada en Lady Gaga. Pero esas cosas se notan. Y para un pueblo de apenas cinco mil habitantes era un chisme demasiado jugoso como para dejarlo escapar.
Tres meses aguantamos. El tiempo de comprarnos el coche y encontrar un piso en la capital, que a fin de cuentas no estaba tan lejos y tampoco había tanta diferencia en los precios del alquiler. Ahí sí que volvimos a estar bien. Daraquiel sólo era mi lugar de trabajo y cuando terminaba mi jornada volvía a disfrutar del anonimato de la ciudad, donde ya no era señalado y andaba libremente por la calle sin temor a que por mi miopía o ensimismamiento dejara de saludar a Doña Julia, a Pedro el de la panadería o a cualquiera de las personas que venían a la biblioteca asiduamente y me lo recriminaban después. “Ay que ver que el otro día me viste por la calle y no me saludaste” a lo que yo contestaba reformulando la frase “Si te hubiera visto te hubiera saludado”.
Todo fue bien hasta que Juanjo, después de terminar su máster y buscar trabajo durante meses por toda la geografía española, encontró lo del Zoo de Barcelona, una verdadera oportunidad –más por lo que podía aprender que por el sueldo– que  por supuesto no iba a dejar escapar ni yo le iba a pedir que lo hiciera. Dejamos el piso, él se fue a Barcelona y yo me fui a vivir a otro pueblo todavía más pequeño que Daraquiel con Paz, una estrambótica mujer que una vez vino como cuentacuentos a la biblioteca y con la que entablé una cordial amistad. Me cobraba un precio simbólico por una habitación en su casa. A ella le ayudaba a pagar su hipoteca y a mi me permitía costear los viajes en tren a Barcelona además de la matrícula. Conseguí que me convalidaran algunas asignaturas en la Universidad de Barcelona, y elegí la modalidad de estudios online, que compaginaba la enseñanza virtual con la asistencia presencial un viernes de cada dos semanas. Haciendo cálculo de los días de asuntos propios que me quedaban por coger más los que me correspondían por concurrencia a exámenes oficiales, la cuenta llegaba justa. Un plan aparentemente perfecto, al menos en principio, hasta que viéramos si a Juanjo le renovaban o no el contrato inicial que le ofrecieron de seis meses. Pero todo se empezó a torcer por los cada vez mayores impedimentos que la jefa me iba poniendo, y que de una manera u otra propiciaron todo lo que ahora estaba pasando. Yo no era consciente de dónde me estaba metiendo ni de que mis reivindicaciones, que los sindicatos atacaron como carroña, iban a tener unas consecuencias tan nefastas.
El caso es que poco a poco la biblioteca se fue quedando vacía y por fin pudimos ir a hablar con MariCruces. Estaba en la sala de usos polivalentes, un cuartucho que habilitaban como sala de exposiciones cuando la jefa decidía traer alguna colección de fotos o de libros de algún amigo suyo y en la que otras veces se ponían cuatro mesas apolilladas y unas cuantas sillas y se ofertaba en la prensa local como sala de estudios para los universitarios que regresaban al pueblo para preparar los exámenes finales. Y en días como este lunes, en los que no estaba la jefa, era nuestro lugar de encuentro.
No sólo estaba MariCruces, sino también Gerardo, el conserje (o, como le dicen en el pueblo, el bedel) y Darío, el auxiliar administrativo que ostentaba el dudoso honor de trabajar codo con codo en su mismo despacho con la jefa (que él llamaba jocosamente “la Clinton” o “Hillary”, por haber estado casada con uno de los alcaldes que hace años tuvo Daraquiel).
-¡Ahí viene nuestro héroe!– aclamó Darío, haciéndome una reverencia cuando entré por la puerta.
-Déjate de bromas, que esta vez yo creo que ha sido en serio– añadió MariCruces cogiéndole del brazo para que se levantara.
Gerardo permanecía en silencio, como pensativo, y Amira ya empezaba a ponerse nerviosa otra vez:
-¿Otro ataque?– le preguntó a media voz a MariCruces.
-Pues mira, Amira, yo no sé si esta vez ha sido en serio o no pero yo me lo he creído –por fin empezó la tan esperada narración de MariCruces–Esta mañana ha llegado más temprano que nunca, todavía no había empezado yo a limpiarle el despacho, estaba con el suelo del recibidor, y ni me ha dado los buenos días.
-¿Y eso es nuevo?– interrumpió Darío, entre risas.
-Pues no, la verdad, porque según con el humor que venga te saluda o no, o te mira o no. Yo cuando estaba embarazada del segundo, estuvo una semana sin dirigirme la palabra y yo creo que fue porque le sentó mal que le dijera su nombre sin el “doña”. Se me escapó qué queréis que os diga, son tantos años ya que se me pasó. Vamos, que ni me miraba ni me hablaba; como la que siente una mosca revolotear, pero no era una mosca, era yo que estaba limpiándole el despacho, y tú me dirás qué sentido tiene que estuviéramos las dos ahí sin ni siquiera dirigirnos la palabra, o preguntarnos qué tal nos va, con lo largas que se hacen las mañanas...
-Al grano, MariCruces, por favor, al grano, que hemos dejado a Leo sólo en la biblioteca– le interrumpí, porque sino aquello se podría haber remontado a las batallitas de cuando estudiaban juntas en el mismo colegio.
-¡Cuidado con el niño! ¡Tendrá poca vergüenza! No te olvides que yo aquí soy como tu segunda madre y me debes un respeto– bromeó, aunque en el fondo tenía toda la razón. Gracias a ella el día a día en un lugar que cada vez se me hacía más inhóspito era un poquito más acogedor. Y no lo digo sólo por los calditos que me traía en tuppers para que dejara de comer tanta “porquería precocinada” o por el trocito de tarta de manzana que me guardaba cada vez que hacía una para su casa, sino porque de verdad nos teníamos un cariño mutuo casi tan fuerte y verdadero como el de un hijo y una madre.
-Ya sabes, MariCruces, que para mi todo lo que tú digas sienta cátedra– tampoco exageré al decir eso porque siempre que he necesitado ayuda en Daraquiel he acudido a ella, a veces incluso antes que a Amira, y he obtenido un sabio consejo, generalmente formulado como refrán popular.
-Pues eso, que no muerdas la mano que te da de comer– añadió, como no podía ser de otra forma– y déjame hablar a gusto, que para una vez que puedo...
Resumo la historia aunque pierda alguno de los detalles secundarios y muchas de las valoraciones personales de MariCruces.
 Sin saludarla, la jefa se metió directamente en su despacho y se cerró la puerta con llave. Cuando llegó Darío llamó pero al no obtener respuesta, intentó abrir con la copia que él también tiene del despacho, pero la llave no entraba en la cerradura, seguramente porque ella había cerrado desde dentro. Así que siguió llamando pero nada. Fue entonces cuando empezaron a preocuparse pensando que le podría haber pasado algo. MariCruces, que conoce todos los entresijos del edificio, sabía que se podía acceder al despacho por la ventana desde un patio interior al que se llegaba saltando una pequeña tapia. Así lo hizo Darío y se encontró el panorama de la jefa recostada en su silla. Podría haber parecido que estaba echando una cabezada (porque hasta roncaba un poco, según MariCruces) si no fuera porque en la mesa había un bote de pastillas abierto y medio vacío. Tranquilizantes de los que ella suele tomar. La intentaron despertar pero no respondía, estaba inconsciente. Y ya fue cuando tuvieron que llamar a la ambulancia.
Por eso MariCruces insistía tanto en que esta vez había sido de verdad y no como otras veces en las que se veía claramente que estaba interpretando una dolencia o un ataque de nervios que en realidad no tenía porque luego la habían visto por el pueblo tranquilamente haciendo la compra o yendo a misa. En todo Daraquiel eran conocidos sus problemas psiquiátricos y las opiniones se dividían entre quienes la consideraban de verdad enferma y quienes ponían en duda un trastorno que más bien consideraban una artimaña que utilizaba para beneficio propio cada vez que le convenía.
En todo caso, buscando explicaciones a aquel intento de suicidio o simple llamada de atención, iba a haber quien me considerara parte responsable. O, peor, el culpable directo, como efectivamente sentenció Leo cuando entró en la sala, abriendo bruscamente la puerta:
-Hay gente esperando en la biblioteca, así que por favor iros para allá– eso iba por Amira y por mi, a veces le gustaba recordarnos que nosotros éramos los auxiliares y él el técnico, aunque a efectos de trabajo todos desempeñáramos las mismas funciones –Y  otra cosa, acaban de llamar del Ayuntamiento, que se recuperará pero que los médicos han dicho que tendrá que estar una o dos semanas de baja. Ya has visto lo que has conseguido, Dani.