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miércoles, 7 de marzo de 2012

CAPÍTULO XVIII: María José.

XVIII
MARÍA JOSÉ

            El cuento que Paz había maquinado en su imaginativa cabeza era, en parte, real. Una verdadera historia de brujas ambientada en el siglo XXI. Con todos los ingredientes necesarios para una trama de misterio y hechizos mágicos. Las protagonistas, dos o tres brujas –aún no lo tenía claro– y alguna Cenicienta. Los ejes principales de la historia: rencores, secretos, traiciones, venganzas y libros. Y una moraleja de plena actualidad. El obligado uso de poderes brujeriles al que a veces, todavía hoy, tienen que recurrir tantas mujeres para salir adelante en una sociedad que sigue pretendiendo apartarlas de muchos sectores públicos y cargos de poder, especialmente en las zonas rurales.
            Confirmado que la noctámbula de la noche en que Paz y yo fuimos a la biblioteca era María José. Nadie como ella, después de haberse pasado media vida trabajando allí, conocía mejor ese lugar, tenía una copia de las llaves y sabía de sobra la contraseña de la alarma. Confirmado que su intención iba encaminada a indagar sobre mí. Más concretamente, sobre mis intenciones. Sobre mis planes de futuro, en base a los cuales ella decidiría los suyos. Inesperado el descubrimiento de que estaba siendo respaldada y encubierta por MariCruces, que le iba filtrando los datos que yo, confiando en ella, le contaba. No sentí que fuera del todo una traición por su parte, porque los años de amistad que compartía con María José eran muchos más que los que tenía conmigo. Además, tal como me dijo, sabía que Daraquiel no estaba hecho para mí y que tendría otras muchas oportunidades, por mi juventud y por tener cargas familiares menos absorbentes que las de María José.
            Se corroboraba también que María Victoria estaba utilizando su nuevo cargo político para vengarse de la jefa. El enfrentamiento de ambas venía de mucho tiempo atrás, desde sus años de estudiantes.
            Todas habían ido al mismo colegio. La jefa, María Victoria, MariCruces y María José. Nada especial siendo las cuatro del mismo pueblo. MariCruces fue la primera en desvincularse del grupo, sus pocas posibilidades económicas la obligaron a empezar a trabajar en el campo antes de cumplir los catorce. Años más tarde conseguiría entrar en el servicio municipal de limpieza, y después terminó en la biblioteca. Las otras tres, por su parte, tuvieron la oportunidad, la suerte y el empeño, respectivamente, de acceder a cursar estudios superiores en unos años en que los bajos índices de presencia femenina en las universidades eran un significativo reflejo de la realidad social que vivía España en aquella época.
            La jefa venía del seno de los Villalonga Negrete, una de las familias, como ya sabía, más acomodadas de Daraquiel. Su estancia en la universidad discurrió sin ninguna austeridad, en un Colegio Mayor de pago, religioso e inscrito en los dogmas de la educación más estricta.
María Victoria, según MariCruces, pertenecía a una familia de clase media y pudo entrar en la universidad gracias a una beca. No fue una estudiante brillante pero tampoco mediocre, así que mantuvo año tras año las ayudas económicas hasta finalizar su carrera, más o menos a la vez que la jefa.
Las dos fueron de las primeras daraquieleñas universitarias. Dos prometedoras licenciadas en Humanidades para el pueblo. Una con más poder y contactos que la otra, y seguramente con una ambición más impúdica.
            Ambas empezaron a trabajar en puestos relacionados, de alguna manera, con la cultura. Poco a poco, consiguieron ir haciéndose un hueco en el mercado laboral de Daraquiel y, entre las dos, a pesar de las competencias que se profesaban desde la universidad, terminaron sacando adelante el proyecto de crear una biblioteca en condiciones, digna. Según me dijo MariCruces, fueron las dos primeras responsables del servicio, cuando la biblioteca aún era un malhabilitado granero de trigo. “Trabajaron duro, eso hay que reconocerlo”. Tanto la una como la otra cumplían los requisitos para el puesto de directora de la biblioteca, al igual que Antonio el archivero, pero los motivos por los que al final sólo optó a él la jefa eran ya más que conocidos. Desde aquel momento, una ira imperdonable debió apoderarse para siempre de María Victoria.
 Y por último, la tercera bruja. O una de las Cenicientas del cuento. Su personaje era, en mi opinión, el más susceptible de reinterpretaciones. María José, una mujer proveniente de una familia tan humilde como la de MariCruces. De hecho, igual que ella, trabajó de jornalera desde muy niña y también tuvo que abandonar los estudios. Sin embargo, su inquietud intelectual y la persecución de una meta bien definida le permitieron superar los comentarios y burlas de su entorno y, sobre todo, vencer la absoluta negativa de su padre para volver a estudiar a una edad en la que le tocaba casarse y dedicarse exclusivamente a su casa y a los hijos que tendría que parir con absoluta devoción, más impuesta que elegida. Su único apoyo fue Antonio el archivero. Antonio y María José Fernández Bernal, hermanos. De eso me sonaban tanto sus apellidos.
Finalmente, aunque varios años después que la jefa y María Victoria, María José también regresó al pueblo con su título universitario debajo del brazo. Para entonces, las cosas habían cambiado. La jefa ocupaba su puesto de directora, obtenido con el consabido dudoso mérito, María Victoria había optado por opositar para educación secundaria y estaba a la espera de destino como maestra en el instituto de Daraquiel, y Antonio la sustituía en la biblioteca. En aquel momento sólo existía un puesto de atención al público. Todavía eran muchos los daraquieleños que no sabían que en aquel antiguo almacén el trigo había sido sustituido por los libros.
La nueva ley autonómica sobre la gestión de archivos y bibliotecas y las subvenciones que para tal fin se concedieron, favorecieron el traslado y acondicionamiento de la biblioteca a su actual sede y, años después, la creación del desmesurado Archivo Histórico de Daraquiel. Fue entonces cuando se redistribuyó el puesto de Antonio, como nuevo archivero, y María José entró a trabajar en la biblioteca.
Lo hizo sin haber opositado, a través de una convocatoria de méritos, contando con el beneplácito de la jefa, y por supuesto de su hermano, y su manifiesto deseo de que fuera ella la que entrara a trabajar. Parece ser que eran amigas, aunque tampoco habría tenido demasiada competencia si hubiera opositado. Los pocos daraquieleños con carrera universitaria habían optado por titulaciones más técnicas (“de ciencias”) y habían empezado a trabajar sin dificultades, cuando encontrar trabajo no era una inalcanzable utopía, en otros sectores más reconocidos y mejor remunerados, por no hablar de la enorme cantidad de jóvenes que se decantaron por la construcción, en los años en que la burbuja seguía hinchándose a la par que los bolsillos de los responsables de su posterior explosión.
María José y la jefa fueron las únicas encargadas del buen funcionamiento de la biblioteca durante años y, conociendo a la segunda, se evidenciaba que había sido la primera quien había sacado adelante la mayor parte del trabajo. “Y lo hacía muy bien, te lo aseguro”. MariCruces intentaba redimir su sentimiento de culpa hacia mí, aunque yo la iba perdonando, o mejor dicho, empatizaba más con ella, conforme iba avanzando en la narración de la historia. Antonio quedó al margen, recluido en su Archivo.
La cantidad de los fondos y el volumen de trabajo fueron creciendo gradualmente en la biblioteca por lo que se decidió contratar a otra persona que ayudara a María José en las labores más repetitivas (ordenación, tejuelado y etiquetado, etc.). Para ello, se convocó su plaza como funcionaria, y se anunció la creación de otro nuevo puesto.
-Todos esperábamos que la nueva plaza fuera para María José –sentenciaba MariCruces.
-Lo siento –Amira asumía una culpa que yo también estaba empezando a sentir.
-No tienes que sentirlo, Amira –la sabiduría de MariCruces hablaba de nuevo–. Las cosas salieron así, y tú entraste por méritos propios. No fue culpa tuya ni de nadie que a María José los nervios le jugaran una mala pasada el día del examen. Como ella tampoco debió haberte hecho las cosas que te hizo los primeros meses que trabajasteis juntas –esa última frase explicaba mejor la actitud temerosa y en extremo cautelosa de Amira.
Como premio de consolación, la jefa se encargó personalmente de que María José se quedara, al menos, con el otro puesto. Y así fue. Amira llevaba años deambulando por las bibliotecas de los pueblos más recónditos de La Mancha, y era de las personas más vocacionales que he conocido nunca. Su merecido funcionariado vino acompañado de una María José frustrada y rencorosa, dispuesta a hacerle la vida imposible. Ella sí que debió sufrir hostilidad y rechazo, día a día y codo con codo. No sólo por parte de su compañera de trabajo sino también de su jefa, porque además de no ser ella la persona prevista para ocupar ese puesto, representaba la antítesis del absolutismo con que la jefa ha gobernado siempre “su” biblioteca. Para Amira, la biblioteca, por definición, como lugar público encargado de promover y permitir el acceso a la cultura en igualdad de condiciones para todos, debe ser como una comuna hippie de las de verdad, obviando las drogas, pero manteniendo el ambiente de interculturalidad, paz y armonía.
     Pero algo debió pasar entre las dos porque, años después, cuando se determinó –o se forzó– “elevar” a la categoría de técnico a una de ellas, la jefa no intercedió en la redacción de las bases de la convocatoria para facilitar que fuera María José quien lo consiguiera. Hubiera bastado con poner como baremo principal el de los años de antigüedad en la misma administración para la que se convoca la plaza, como tantas veces se hace, no hay más que echar un vistazo a los boletines provinciales, quitándose también así de en medio a la persona que apuntaba como mayor competencia.
-Yo, de todas formas, no quería optar por esa plaza –confirmó Amira–. Primero porque consideraba que se la merecía más María José, a pesar de todo, y después porque conseguirla hubiera supuesto estar todavía más sujeta a las órdenes de la jefa y yo prefiero trabajar a mi rollo –su pureza y bondad no dejaban de fascinarme.  
El caso es que se llevó a cabo un justo proceso selectivo, con criterios estándar. Dando la opción real de acceso a todos los candidatos que tuvieran el perfil requerido y que quisieran intentarlo, como se supone que debe ser. Pero estoy seguro de que la no intervención de la jefa no fue motivada por ese sentimiento de justicia. Permitió conscientemente el riesgo de que por segunda vez pudiera venir alguien de fuera más preparado, con más cursos, o simplemente más capaz que María José de templar sus nervios en el examen y se llevara el puesto. Como efectivamente ocurrió con Leo. El nuevo trabajo de técnico no se establecía como un puesto de funcionario sino de personal laboral, una distinción que tampoco debió ser casual y que hubiera permitido a la jefa seguir usando esa inestabilidad contra María José si lo hubiera necesitado otra vez.
-Para entonces, ¿la jefa ya estaba casada con el alcalde, con Don Juan? –le pregunté a MariCruces.
-Claro que sí –respondió ella–. Se separaron a los pocos meses de todo aquello.
-Y la que ahora es mi plaza… ¿de dónde salió? –empecé a perder el hilo de una historia tan enrevesada.
-Cuando Leo entró, el pobre, que tampoco tuvo culpa ninguna, María José cayó en una profunda depresión –continuó MariCruces–. Le habían quitado lo que más quería. Te puedo asegurar que vivía, y vive, para la biblioteca. Leía todo lo que caía en sus manos, y en el pueblo era una persona muy conocida y respetada. Como un oráculo. Y tú lo sabes, aunque se portara tan mal contigo –Amira asintió–. Pero después de aquello pareció tragársela la tierra. Desapareció. No le dijo a nadie dónde se iba, ni esta boca es mía, ni siquiera a mí que, qué queréis que os diga, era mi amiga, la pobre, había sufrido mucho, y aunque vosotros os lo merecierais, ella también y, no os lo toméis a mal, pero ella es del pueblo, no lo digo por nada, sino porque tiene raíces aquí, llevaba muchos años en la biblioteca, que quieras que no también eso tiene que valorarse, pero, claro, como tenía esa relación tan rara con la jefa, que lo mismo se llevaban divinamente que lo mismo estaban tirándose los trastos a la cabeza. Nadie sabía por dónde iban a salir.
            -¿Y dónde estuvo? –pregunté, curioso.
            -Pues no lo sé, o no te lo puedo decir, eso es cosa suya, no sé, tampoco puedo hablar más de la cuenta… -MariCruces parecía haber llegado al límite de la información permitida.
            -Joder, creo que me lo debes, ¿no? Porque, aunque es evidente, ¿por qué tienes tú mi linterna? –le dije.
            -Porque me la dio ella, si ya lo sabes para qué preguntas. Pero tengo que decirte que está muy arrepentida. No sé qué averiguaría sobre ti, pero por fin se ha convencido de lo que yo siempre le he dicho. Que eres buena gente, terco, pero buena gente –MariCruces se apoyó sobre Amira, que cada vez estaba más perdida, y la miró dulcemente. Luego volvió a dirigirse a mí–. Oye, y ¿por qué no habláis vosotros dos?
            -¿Quiénes?
            -Ella y tú.
            -¿Ella y yo?
            -¡Sí!
            -¿Quiénes? –Amira no pudo contenerse más.
            -¡María José y él! ¡María José y yo! –respondimos, a la vez, MariCruces y yo.
            Conduciendo de camino a casa de Paz, casi di una cabezada al volante. Tuve que pararme en el arcén para espabilarme. Estaba cansadísimo. No sabía si más por el tute que nos habíamos dado mañana y tarde subiendo y bajando escaleras, organizando, limpiando y catalogando libros, por la agotadora conversación que habíamos tenido mientras lo hacíamos y que terminaba de desvelar la mayoría de incógnitas de los últimos días, o por no haberme repuesto aún del viaje y del fin de semana en Barcelona. O por pensar en que todavía tenía que explicárselo todo a Paz antes de irme a la cama. Porque también quería escuchar su opinión sobre lo del WhatsApp de Juanjo.
            Por eso recopilé y resumí mentalmente, para no perder tiempo en darle detalles innecesarios.
            El odio entre la jefa y la concejala se venía gestando casi desde niñas. Cuando salieron de la universidad, las dos se encargaron de rescatar la biblioteca de Daraquiel, sepultada originalmente en un granero de trigo en el que se fueron almacenando libros y que poco a poco derivó en un espacio propio. Una vez ahí, cada vez contaba con más usuarios, una colección mayor y más actividades que requerían de más personas para trabajar. Se decidió crear el puesto de directora. Las dos querían conseguirlo, pero fue la jefa quien se lo llevó por tener un “contacto” más directo con la persona que decidía en última instancia, el alcalde, por entonces su marido. La venganza de María Victoria llegó años después, en las últimas elecciones celebradas en Daraquiel, hace unos meses, cuando salió elegido el partido político al que ella representaba como concejala de personal. Le vino de perlas mi “carta-denuncia” en contra de la jefa para revisar su puesto de trabajo y apretarle las tuercas. Ello, a su vez, me convertía en el blanco de la ira de la jefa. Mientras tanto, otra mujer, la tercera en discordia, María José, incorporada al trabajo de la biblioteca cuando la jefa ya era directora y María Victoria había desaparecido temporalmente del campo de batalla. Una mujer que sufrió en su puesto de trabajo las consecuencias de una extraña relación de amor/odio con la jefa, cuyo resultado final es que dos personas venidas de fuera del pueblo, Amira primero y Leo después, terminaran ocupando los dos puestos de trabajo que, en principio, habían sido pensados para ella, y en cuyo proceso la jefa había intervenido, favoreciéndola o dejándola como una candidata más, en función de que su relación se encontrara en el momento de amor o en el de odio. María José cayó en depresión viéndose en la calle después de más de veinte años de trabajo en la biblioteca, y desapareció del mapa.
Quizá por eso, la jefa se apiadó y le dio otra oportunidad. Tercer intento que, por motivos que no quedan claros, terminó dejándola fuera otra vez. Un nuevo puesto de trabajo cuya aparentemente prescindible creación, terminó haciéndose necesario y que durante unos dos años estuvo cubriéndose con una sospechosa bolsa de trabajo que iba llamando a sus candidatos a intervalos de tres meses. Una vez agotados todos sus aspirantes, se convoca una tercera plaza de trabajo para la biblioteca. Plaza por la que María José vuelve a competir y que pierde, como una pesadilla que se repite una y otra vez, por las dos míseras décimas de más que obtengo yo sobre ella en la nota del examen. Yo me alzo como nuevo bibliotecario, y ella se queda otra vez fuera, en el primer puesto de la bolsa que se abre para posibles sustituciones.
El nuevo bibliotecario es un joven sureño, “rarito” y con pinta de urbanita que muchos piensan que apenas aguantará los primeros meses en un pequeño pueblo manchego. Sin embargo, contra el pronóstico popular (y el mío propio), la cosa se alarga hasta casi los dos años, momento en el que su amigo, novio o lo que quiera que fuera el hombre que siempre iba con él, se va a trabajar a Barcelona. Una información en principio personal, que se hace pública por contársela a MariCruces, que se confiesa como la infiltrada que, con subrepción pero sin maldad, ha puesto al tanto de ello a la principal interesada en conocer mis intenciones, María José, tan obsesionada porque se produjera el acontecimiento que le permitiera por fin recuperar un puesto en su ansiada biblioteca, que es capaz de colarse de madrugada para revolver en su antiguo puesto buscando algún dato que le confirmara sus sospechas y le demostrara que debía seguir esperando pacientemente a que yo renunciara antes de intentar encontrar otro trabajo.
El resumen no era especialmente breve, pero es que tampoco lo era condensar tanta información. Me entraron ganas de escribirlo todo en un folio para que cuando llegara a casa se lo pudiera dar a Paz, decirle que lo leyera y que mañana lo comentábamos en el desayuno, para poder irme directamente a la cama.





domingo, 26 de febrero de 2012

CAPÍTULO XV: Procesos selectivos, funcionariados y otros secretos municipales.

XV
PROCESOS SELECTIVOS, FUNCIONARIADOS Y OTROS SECRETOS MUNICIPALES

         Le pedí a Amira que me invitara a comer con ella y Álvaro en su casa, con la excusa de enseñarme por fin su colección de instrumentos musicales del mundo. Primero porque con el jaleo de los últimos días no me había dado tiempo de traer nada preparado de casa de Paz, y segundo porque quería aprovechar para contarle con detalle por qué había bajado con Antonio al depósito. Por cautela, le conté la misma versión que a todos los demás. Que había encontrado la pintada por casualidad, ordenando revistas y periódicos viejos. Decidí obviar toda la parte de los detectives nocturnos Paz y Dani. Aunque, pensándolo bien, alguien como ella, capaz de estar esperándome muerta de frío en un descampado de madrugada para evitar un intento de asesinato cuyo único fundamento se basaba en una conversación telefónica de la jefa, podría entender perfectamente que Paz y yo hubiéramos acudido también de madrugada al depósito de la biblioteca con el fin de encontrar algo relacionado con las brujas de Daraquiel.
            Después del almuerzo, volvimos al trabajo, un poco antes de lo habitual para poder estar los dos tranquilos antes de que llegara la marabunta de niños aburridos de estar en casa o en el parque y adolescentes con las hormonas desbocadas que acudían en manada a la biblioteca, por ser una de las pocas opciones de ocio que el pueblo les ofrecía. Más atraídos por la posibilidad de conectarse al tuenti en alguno de los ordenadores y poder colgar las alarmantemente sensuales fotos que se habían echado por la mañana en los espejos de los baños del “insti”, que por pasar la tarde inmersos en una interesante lectura o consultando documentación para algún trabajo académico.
-Igual que te dijo Antonio, yo también me puedo imaginar de quién es esa frase –Amira contemplaba apenada la pintada del depósito y mientras acariciaba las letras sobre la pared con una desconcertante delicadeza, pareció estar a punto de llorar–. ¿MariCruces nunca te ha hablado de María José, verdad?
-No –respondí yo–. ¿Quién era?
-¿Era? ¿Crees que ha muerto?
-No, no, Amira, ya te digo que no tengo ni la más mínima idea de quién es. MariCruces nunca me ha contado nada de ella.
-En realidad yo no coincidí mucho con ella. Sólo el tiempo que pasó desde que empecé a trabajar aquí hasta que convocaron definitivamente la plaza de técnico, que al final se llevó Leo.
Nunca había querido indagar mucho sobre el tema, aunque sí que me despertaba cierta curiosidad. Tomé posesión de mi plaza en Daraquiel con algo de temor por la idea de no ser bien recibido al venir de fuera. Y aunque después muchas personas me demostraron que esa hostilidad no era tal, sí que notaba cierto desprecio por parte de otras. Por eso decidí que lo mejor era no saber demasiado. Ni yo preguntaba más de la cuenta ni los demás me contaban nada concreto. Ni siquiera MariCruces. Los datos que tenía eran, pues, fragmentarios e inconexos. Sólo sabía que en la biblioteca habían trabajado otras muchas personas antes que nosotros tres. En el caso concreto de mi actual plaza, por las cosas que le había escuchado a unos y a otros, tenía entendido que el Ayuntamiento la había estado cubriendo con contratos temporales mediante bolsas de trabajo. La de Leo también sé que la consiguió después de obtener la nota más alta de la oposición y de conseguir la máxima puntuación en la fase de concurso. O al menos eso era de lo que él se jactaba siempre, sin que nadie le hubiera preguntado. De que a pesar de estar como personal laboral, había tenido que superar un proceso selectivo tanto o más difícil que el de funcionarios como yo o Amira. Supongo que por ese gran esfuerzo que le había costado semejante logro consideraba que ya no tenía nada más que demostrar y que podía limitarse a calentar su silla de trabajo.
La mayor incógnita estaba, quizá, en el proceso por el que Amira consiguió su plaza. Creo que nunca había reparado en ello porque la veía tan integrada y tan conocedora de todo lo relativo a la biblioteca que pensaba que estaba ahí de toda la vida, desde que existía la biblioteca de Daraquiel, a pesar de su juventud (Amira sacaría, como mucho, dos o tres años a mis recién cumplidos treinta y uno) y de que tampoco era daraquieleña. Datos, que ahora que lo pensaba, sí que eran un poco llamativos.
Quizá había llegado el momento de preguntarle al respecto.
-Porque tú, Amira, ¿cuánto tiempo llevas en la biblioteca?
-Unos siete años, creo. Soy muy mala para las fechas. ¿Por qué?
-No,  por saber… Y antes de ti, ¿sabes quién había?
-Sí –tomó aire–, María José.
-Ajá… y… ¿antes de Leo?
-María José también.
No entendía nada.
-Y antes de que yo llegara, ¿quién estaba en mi puesto? –pregunté de nuevo, para intentar aclararme.
-Pues durante dos años o así, cada tres meses, una persona distinta. El último fue Jesús.
-Eso era porque los iban llamando de la bolsa de trabajo, ¿no?
-Exacto –Amira se sentó–. Creo que aún me puede dar tiempo de fumar un cigarro –sacó el paquete y se puso a liarlo mientras seguía con el relato–. A los que iban llamando de la bolsa los contrataban durante tres meses y luego a la calle, y entraba el siguiente. Para nosotros era un poco rollo porque siempre teníamos que andar explicándoles todo y cuando por fin la persona se iba haciendo con el trabajo, tenía que irse. Además, que te encariñabas y luego te daba pena. Así estuvimos hasta que se agotaron todos los candidatos de la bolsa. Ya te digo, unos dos años o así. Fue entonces cuando la jefa movió los hilos necesarios en el Ayuntamiento para que convocaran la plaza con carácter definitivo. Y entraste tú.
-Y… antes de esos dos años… ¿quién ocupaba mi plaza? –pregunté, esperando escuchar el mismo nombre.
-Pues sí –o mis pensamientos eran transparentes o topaba con gente muy intuitiva–, la misma persona que estás pensando: María José. Estuvo trabajando más de veinte años en la biblioteca.
-Pero… ¿entonces? ¿Optó por las tres plazas que ahora tenemos Leo, tú y yo y no consiguió ninguna a pesar de haber estado trabajando aquí tanto tiempo?
-Eso parece –respondió, mientras daba la primera calada.
-Qué putada, ¿no?
-Pues sí. Debió serlo. Sobre todo, después de leer este mensaje en la pared –no tardó en brotarle la primera lágrima. Amira era muy sensible al dolor ajeno.
-Pero… ¿la jefa tenía algo en contra de ella? ¿O alguien del Ayuntamiento?
Amira se encogió de hombros, terminó su cigarro y anunció apesadumbrada:
-Tenemos que abrir ya.
Desde fuera se escuchaba el jaleo de una jauría ansiosa esperando que el reloj marcara la hora para poder entrar a devorarnos. Aterrador anuncio, como todas las tardes, de la difícil e interminable jornada que aún nos quedaba por delante.


domingo, 12 de febrero de 2012

CAPÍTULO XI: Política de privacidad.

XI
POLÍTICA DE PRIVACIDAD

Los jueves en la biblioteca siempre empezaban con la visita de Nieves y su hija. Venían con su carrito de la compra como siempre, aprovechando que les quedaba de camino entre el mercado y el banco. La madre analizaba toda la prensa rosa a conciencia mientras la hija revisaba la música de la mediateca. Los mismos discos que ya había escuchado montones de veces pero que no le importaba repetir. Sus preferidas eran la Jurado y la Pantoja, sin duda, pero también solía llevarse alguno de Pastora Soler, Pimpinela o incluso Mecano.
Después iban llegando los jubilados más madrugadores, lo antes posible para ser los primeros en consultar los periódicos y que las noticias no perdieran actualidad. Cada uno tenía sus preferencias, y en base a ellas uno se hacía idea de su posición ideológica y política.
Todo volvía a la normalidad. La gente había encontrado un nuevo chisme del que hablar, y el intento de suicidio de la jefa había pasado a un segundo plano. Igual que el incendio, al que tampoco hicieron demasiado caso por lo leve que fue y porque lo solucionamos pronto, sin que apenas se notara.
Amira permanecía concentrada revisando el etiquetado de las últimas adquisiciones y Leo estaba en el despacho trabajando. O aparentándolo.
Luego llegó MariCruces a hacernos la visita de rigor:
-A ti te pasa algo –me dijo.
-No, nada. Sólo que estoy un poco cansado. No he dormido bien –contesté.
No mentía del todo. Entre el duermevela pensando en lo de la jefa y la concejala y el grado de responsabilidad que yo podía tener en la actual situación, los chupitos de absenta con Paz en su casa, la excursión nocturna a la biblioteca y luego al Castillo de Daraquiel, el supuesto aquelarre, y finalmente el desayuno con ella en la churrería del pueblo; efectivamente no había pegado ojo. Y era la segunda noche en la misma semana que no dormía.
-A saber qué has estado haciendo esta noche –bromeó.
Mi relación madre e hijo con ella era lo suficientemente cercana como para hacerle ciertas confidencias personales, sobre todo para pedirle opinión o que me diera algún consejo, pero no llegaba al extremo de contarle intimidades sexuales. Que tenía una relación con Juanjo nunca se lo había dicho directamente, pero llegó un momento en el que hablaba de él como mi pareja de forma natural, aunque nunca usaba la palabra “novio”. Sin embargo, lo de anoche sí que no se lo podía contar de ninguna de las maneras. Hasta a mí me escandalizaba pensar que Paz había terminado haciéndome una felación.
-Pues poca cosa… Oye, ¿tú has limpiado mi mesa esta mañana? –pregunté, cambiando de tema, supongo que con la idea de obtener algún dato más que me ayudara a desvelar la identidad de la noctámbula de la biblioteca.
-Pues no, hoy no me ha dado tiempo. ¿Por qué? ¿Está sucia? Te la limpio en un momento si quieres.
-No, no, MariCruces, no es por eso. Es sólo que tengo algunas cosas cambiadas de sitio.
Volvía a mentir. Fuera quien fuera la que había estado trasteando en mi mesa, se había encargado de dejarlo todo perfectamente colocado para que yo no notara ni el más mínimo indicio de intrusión.
-Hijo, si a ti con que te muevan un folio dos centímetros ya te das cuenta. Igual he sido yo sin querer pasando el plumero o algo.
No era la primera vez que alguien bromeaba sobre mi exacerbado sentido del orden. Miré con detalle mi mesa, era verdad que podía ser la de un TOC patológico por la obsesiva y milimétrica distribución de las cosas. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que aún no había encendido el ordenador. Lo hice, pensando inmediatamente en encontrar alguna huella digital o una pista que seguir.
-Tú estás muy raro. A mí no me engañas –sentenció MariCruces antes de irse, dándome una palmada en la mejilla y añadiendo–. No busques cosas donde no las hay. 
La demora en arrancar el sistema era la habitual. El fondo de pantalla, bien; los iconos del escritorio, donde siempre. Abrí mis carpetas, y todo estaba en orden. Se me ocurrió entonces consultar el historial de exploración de internet, y ahí sí que encontré algo revelador. La última página que se había visitado era la del BOP, y estaba seguro de que no la había consultado yo. Ni ayer ni en los últimos días. Antes sí que la miraba a menudo, sobre todo para revisar las bases de convocatorias de empleo público de la provincia, para estar al día de los temarios y tener nuestra colección de libros de oposiciones actualizada. Pero en las últimas semanas había perdido esa costumbre porque, con los nuevos recortes del Ayuntamiento, los últimos documentos que íbamos a poder comprar en varios meses eran los que ahora estaba terminando de catalogar Amira, cuyo presupuesto había aprobado la concejala anterior y que llegaron a principios de semana.
Cuando accedí, la url remitía a la publicación del 11 de mayo de 2010. Un día relevante para mí, que había marcado un punto y aparte en mi vida, para bien o para mal. Era la fecha de mi nombramiento como funcionario del Ayuntamiento de Daraquiel, en el puesto de bibliotecario.
Ahí aparecía mi nombre completo y mi DNI. La noctámbula de la biblioteca quería obtener la máxima información sobre mi, tal y como verifiqué cuando después googleé mi nombre y vi que varios de los epígrafes de los resultados estaban  en color violeta en vez de azul, señal de que se habían clicado anteriormente para acceder a los resultados.
La información tampoco era demasiado comprometedora: aparecía como participante en algún listado de los cursos que había hecho en alguna institución pública, en los resultados de otras oposiciones a las que me había presentado antes de las de Daraquiel y en mi página de facebook.
No pude evitar arrepentirme de haber puesto mi nombre completo con los apellidos o de ignorar siempre aquel mensaje para proteger la política de privacidad del perfil público. La verdad es que no sabía muy bien cómo lo tenía configurado, si era necesario estar en mi lista de contactos o no para poder acceder a mi información.
Repasando mentalmente la posible información íntima que sobre mí podía haber incluido en la red social, Amira me dio un codazo que en principio interpreté como llamada de atención para que saliera de mi ensimismamiento, pero que luego constaté como aviso ante la presencia en la biblioteca de María Victoria Martínez de Álgaro, la concejala de personal, que venía acompañada por dos hombres enchaquetados que debían de ser los de la auditoría.
-Hola, Daniel –dijo, un poco seca–. Y tú debes ser Amira, encantada de conocerte –añadió, tendiéndole la mano–. Y Leonardo, ¿no está?  



martes, 7 de febrero de 2012

CAPÍTULO IX: La noctámbula de la biblioteca


IX
LA NOCTÁMBULA DE LA BIBLIOTECA

            Tiritaba de miedo y de frío. Debíamos estar a menos de dos o tres grados bajo cero en aquel oscuro agujero.
No pudimos recuperar la linterna cuando salimos huyendo de no sé quién. Sólo conseguimos llegar al depósito guiados por un pasmoso y rápido sentido de la orientación, a base de ir palpando las paredes y reconociendo los pomos de cada puerta, las esquinas de las paredes y hasta los desconchones de pintura. Como un ciego por su casa ayudado de un torpe lazarillo. Paz sólo me apretaba la mano con fuerza mientras yo la iba arrastrando por la oscuridad para alejarnos de la voz que volvía a preguntar “¿Quién anda ahí?”.
Una vez escondidos en el depósito, ya a salvos (supongo), empecé a conjeturar sobre la identidad de aquella mujer, cuyos pasos sentíamos sobre nuestras cabezas como pies de plomo –tanto por la cautela con que se daban como por el temblor que producían en el bajo techo del depósito–.
Debía ser alguien que conocía bien el edificio de la biblioteca. Alguien, como yo, capaz de manejarse a oscuras por él y que conocía la combinación secreta de la alarma para haberla podido desactivar y vuelto a activar.
Sin embargo, su voz no me había resultado nada familiar.
No era la de mi primera sospechosa: MariCruces. Aunque ella entraba a trabajar a las siete, podía ser que por algún motivo se hubiera adelantado un par de horas.
La de la jefa tampoco, eso seguro. Además, que no me la imaginaba yo habiéndose escapado del hospital a las cinco de la mañana para ponerse a deambular por la biblioteca.
Y Amira mucho menos. Ya se le pegaban las sábanas para entrar a trabajar a las diez y media de la mañana, como para levantarse de madrugada para venirse al trabajo. Y su voz era más ronca que la de esa mujer.
¿Quién podía ser entonces?
Paz había pasado de cogerme la mano a apretarse cuerpo a cuerpo contra mí, lo cual agradecí porque así entramos un poco en calor. Nos dejamos caer sobre uno de los montones de archivadores y permanecimos inmóviles intuyendo el extraño quehacer de la noctámbula por sus cada vez más sigilosos pasos. Creo que los dos deseábamos lo mismo: por favor, que no se le ocurra bajar al depósito.
Fuera quien fuera, teníamos claro que no queríamos que nos descubriera.
Aunque, pensándolo fríamente, hubiera sido la típica situación de cuando empiezas a salir del armario y temes encontrarte a alguien conocido en algún bar de ambiente. “¿Qué haces por aquí?” “Pues lo mismo que tú”. La diferencia es que ni nosotros tendríamos una respuesta muy clara que darle, ni ella a nosotros porque estaba claro que si había ido a la biblioteca a esa hora era porque no quería que nadie supiera lo que hacía.
Los pasos parecieron detenerse, diría que a la altura de mi mesa.
-¿Qué hace? –me susurró Paz al oído.
-Pues no sé, pero diría que se ha parado por mi mesa –respondí.
-Y… ¿para qué?
-¿Cómo? –no sabía si lo estaba preguntando en serio o como consecuencia de la absenta que aún debía correrle por la sangre a pesar del subidón de adrenalina de los últimos minutos.
-Que por qué crees que se ha parado en tu mesa.
Lo que me temía. Hablaba en serio. Preferí no contestar. ¿Qué coño iba a saber yo? ¡Ojalá lo supiera! ¡Ojalá supiera qué estaba haciendo esa loca merodeando en mis cosas!
¿Y en mi ordenador?
Era fácil reconocer el ruido de cuando se enciende, como si arrancaran el motor de un coche viejo.
-Está encendiendo mi ordenador –sacié la curiosidad de Paz, perplejo.
-¿Y para qué? –volvió a sorprenderme.
-¡Pues no lo sé, Paz! –sin darnos cuenta habíamos subido el tono de voz, y los pasos se volvieron a sentir, esta vez en dirección al despacho de la jefa. Le tapé la boca (o los ojos) a Paz y contuve la respiración.
Parece que la noctámbula loca volvió a mi ordenador, hecho que me tranquilizaba y me aturdía a partes iguales.





lunes, 23 de enero de 2012

CAPÍTULO VIII: Fría madrugada (Bis)

VIII
FRÍA MADRUGADA (BIS)

4:45 de la madrugada. Un frío que pela. Otra vez. No me podía creer que estuviera viviendo la misma situación que hace tres días. Pero esta vez quien me acompañaba no era Amira sino Paz y veníamos de su pueblo, no de Alzamil de San Germán. Y ahora no iba con intención de echarme a dormir en el coche, sino que venía de haber estado intentando dormir en el sofá-cama de su casa.
La entrada de Daraquiel seguía mostrándose tan tenebrosa como un cuadro de Friedrich y la niebla era todavía más espesa que la noche del domingo.
A Paz se le había ocurrido ir a “investigar” a la biblioteca. Estaba deseando, sobre todo, conocer el depósito. Le fascinó lo de la ciudad subterránea, y estaba convencida de que iba a encontrar algo relevante en aquel antiguo escenario de aquelarres y almacén de brebajes mágicos que ahora usábamos para guardar revistas y periódicos viejos.
Cayetano Martínez de Irujo tendría que haber visto el sorprendente trajín de coches y tractores que había a esas horas en el pueblo. Y es que aunque sus desafortunadas declaraciones se centraban en los andaluces, la ofensa se hacía extensiva a todos los jornaleros del país, hombres y mujeres que se levantan todos los días a las cinco o las seis de la mañana para ir a trabajar al campo sin distinguir de días festivos ni tener vacaciones. Qué fácil es criticar desde la posición ajena.
Por un momento me preocupé de que alguno de ellos pudiera reconocerme, aunque lo más importante era que no nos vieran entrar en la biblioteca de madrugada y a escondidas. Así se lo recalqué a Paz, que llevaba todo el viaje con hipo por la absenta. Se había traído hasta una pequeña petaca porque decía que le ayudaba a entrar en calor. Lo peor es que era verdad y yo ya iba un poco piripi también. Suerte que era casi imposible encontrarnos con un control de alcoholemia un miércoles y a esa hora.
-Entramos, te enseño el depósito y nos vamos, ¿eh? – le insistí.
-Sí, sí... – respondió ella, con una falsa sinceridad.
Después de habernos asegurado que no nos viera nadie y de haber seleccionado previamente en el coche la llave correcta (parecía San Pedro con tanto llavero: las de casa de Paz, las del piso de Juanjo, las de casa de mi madre, las del coche, las del candado de la bici y las de la biblioteca), entramos a hurtadillas. Pasamos el recibidor alumbrándonos por una diminuta linterna que había traído Paz de su casa. Ahora entendía que MariCruces dijera que le daba miedo la biblioteca cuando entraba a trabajar. A oscuras, vacío y con un sepulcral silencio (los carteles de “se ruega silencio” son mera decoración en una biblioteca de pueblo), aquel edificio tenía mucho de tétrico.
La situación no podía ser más rocambolesca. Paz y yo íbamos cogidos de la mano para no tropezar con nada.
-¿Lo oyes? – preguntó de repente.
-¿El qué?
-No sé, como un pitido.
-¡Mierda! ¡La alarma!
¿Cómo podía haberme olvidado? Tiré al suelo la linterna, de camino le di una patada a la papelera desplazándola varios metros y haciéndola chocar contra la pared consiguiendo romper todo el silencio con un estruendoso golpe, y llegué corriendo hasta el cuadro de mandos. Setenta segundos había, si no recordaba mal, para desactivar la alarma. Bloqueado con los nervios de un concursante que se lo está jugando todo a una pregunta, no conseguía recordar la puta combinación. Seis, nueve, nueve, cero... No, no, nueve, nueve, seis, cero...
-¿Ya? – le pregunté a Paz, que debía estar en algún lugar de toda esa oscuridad.
-Sí, creo que sí, ya no se oye el pitido – respondió.
El pitido no, pero ahora creía haber sentido unos pasos. Pura sugestión, como Amira, pensé, porque después juraría haber escuchado la voz de una mujer preguntando “¿Quién anda ahí?”.
Sentí a Paz cogiéndome del brazo. La reconocí por el aliento de absenta, susurrándome al oído:
-¿Quién es?
No era sugestión. Parece que a alguien más se le había ocurrido ir a la biblioteca a una hora tan inusual. Pero… ¿a quién? Y… ¿para qué?





sábado, 14 de enero de 2012

CAPÍTULO VII (1ª parte): Las distintas tonalidades del gris.

 

VII

LAS DISTINTAS TONALIDADES DEL GRIS

 

         1ª parte.

            Me acosté dándole vueltas al tema de los ancestros brujeriles de mi jefa. Sólo podía llegar a la conclusión que se debe llegar siempre en estos casos. Ni lo negro es tan negro ni lo blanco tan blanco como lo pintan, hay infinidad de tonalidades de grises.
            Paz, por supuesto, había estado encantada de escuchar la historia de la bruja Justina Negrete y, para ella, mi jefa, sin lugar a dudas, habría heredado las actitudes demoníacas de su estirpe. Ya se había formado su propia película. Y es que los datos eran jugosos no para un filme, sino para una semana completa de sobremesas de antena 3. Pero siendo racional y objetivo, había que saber analizarlos, por muy documentados históricamente que estuvieran.
Sin poner en duda la investigación de Antonio el archivero, había que saber entender la mentalidad de la época y no sacar conclusiones precipitadas. Y el hecho de que la jefa le hubiera impedido su publicación era por simple temor a que su imagen pública, ya de por sí perjudicada, no se viera salpicada de más rumores y conjeturas en el pueblo.
Justina, la mujer, estaría ya mayor, después de cinco partos y perder a tres de sus hijos (que fueran los tres varones se podía justificar por una cruel casualidad del alto índice de mortandad de la época, igual que el hecho de que quedara viuda), tendría las facultades mentales mermadas y le dio por pasearse en pelotas por los alrededores del cementerio con una vela y una vasija como le podría haber dado por cualquier otra cosa. Y que escondiera libros e imágenes “obscenas” en una cueva debajo de su casa explicaba el rechazo social que sufría por ser una adelantada de su época: una mujer con inquietudes intelectuales, transgresora, que no estaba dispuesta a aborregarse como el resto de vecinas. Vecinas, por cierto, envidiosas de todas sus tierras que decidieron optar por el camino más fácil para quitársela de en medio: acusarla de bruja.
Lo que decía. Lo negro ahora parecía más blanco.
Así, es posible que mi jefa no fuera la única mala del telefilm y que mi blanca bandera de lucha por los derechos laborales pudiera ennegrecerse al confesar el hecho de haberme aprovechado, en cierta manera, de la nueva situación política del pueblo. A lo mejor yo había sido el detonante para emprender una particular caza de brujas contra ella. Una nueva corporación política que actuaba de inmisericorde Tribunal inquisitorial, aplicando un castigo quizá desmesurado. Como dice el refrán de MariCruces, no hay pueblo sin brujas. En plural. Y quien para mi había sido la concejala justa y salvadora podía ser otra bruja. Una bruja vecina sedienta de venganza. Al fin y al cabo, yo poco sabía de los enfrentamientos personales que había entre los habitantes de Daraquiel.
Mis problemas con la jefa empezaron hace tres meses. Antes hasta se podía decir que era uno de sus trabajadores “preferidos” si tenemos en cuenta los halagos en que se deshacía (aunque nunca me los dijera a mi personalmente) no sólo para aprobar, sino también secundar (usando a Leo de intermediario), las iniciativas y proyectos que yo proponía para la biblioteca. La nueva ordenación de las películas fue una “fantástica idea”, la sección de novedades y recomendaciones “genial”. Y la selección de películas y libros sobre cine español que preparé aprovechando que trajo una exposición fotográfica sobre el tema le gustó tanto que decidió convertirlo en una práctica trimestral –cada vez con diferente temática– para que fuera “nuestro nuevo sello de identidad frente a las bibliotecas del resto de pueblos de la provincia” (no entraré a valorar la incomprensible rivalidad que se traía con las directoras de las demás bibliotecas). Una muy buena idea con la que ella podía seguir saliendo en la prensa local luciendo palmito y peinado anunciando todas las actividades que se hacían desde la biblioteca, pero que a Amira y a mi nos costaba el triple de esfuerzo y de tiempo.
Todo iba bien porque yo no abría la boca más que para acatar sus órdenes y para que Amira y yo sacáramos adelante nuestro trabajo y también el de Leo, a veces incluso teniéndonoslo que llevar a casa porque muchos días, con tanta afluencia de gente como tenemos, era imposible hacer los recuentos de prestatarios, las búsquedas bibliográficas para las adquisiciones, el envío de cartas a los usuarios con devoluciones retrasadas y tantas otras tareas que se suponían competencia del técnico, o sea, de Leo, y no nuestras; pero que hacíamos por un sentimiento de compañerismo que perdimos cuando descubrimos que el motivo por el que no cumplía sus tareas no era la “falta” sino la “pérdida” de tiempo, porque la prensa deportiva y todos los juegos de ordenador de la biblioteca bien que los llevaba al día.
La situación cambió cuando volví de las vacaciones, en octubre, después de haber estado en Barcelona, haberme matriculado en la Universidad, haber revisado nuestro convenio laboral y haber planificado viajar allí, estudiando concienzudamente las combinaciones de tren más factibles y económicas, cada dos semanas pidiéndome los viernes de asuntos propios para poder asistir a las clases y sobrevivir a una relación a distancia (aunque no era la primera vez que Juanjo y yo vivíamos en lugares separados). Lo que era una simple solicitud de derechos que se supone me correspondían para ella fue “un cambio de actitud desde que los sindicatos me comieron la cabeza”. Y a partir de ahí, curso de formación que me concedían, curso que me denegaba; día de asuntos propios que quería, día que no me podía dar. Tenía el infalible e irrebatible comodín de “las necesidades del servicio”, que alegaba cada vez que me devolvía las instancias rechazadas.
Así que después de perder dos cursos, las dos primeras sesiones presenciales de la universidad, con el consiguiente riesgo de que me anularan el derecho a examen, y estar más de un mes sin poder ver a Juanjo ni a Dante, decidí poner fin a la vía del diálogo y las buenas maneras y me fui directamente al Ayuntamiento a intentar hablar con la nueva concejala de personal, que era también la portavoz del recién estrenado equipo de gobierno. Al parecer, su enemistad con la jefa era vox pópuli y aunque yo desconocía el motivo y el calibre de su enfrentamiento, supongo que, interiormente, esperaba beneficiarme de él.



martes, 10 de enero de 2012

CAPÍTULO VI (2ª parte): La bruja de mi jefa (¿o mi jefa la bruja?)

2ª Parte.
Antonio el archivero tenía una oratoria fascinante, de persona realmente culta. Pero en su discurso pronto se vislumbraban, a mi parecer, datos inevitablemente edulcorados, por decirlo de alguna manera. Quizá porque sus obsoletas convicciones religiosas ganaban a las evidencias históricas.
Para él, el genocidio sistemático de la Inquisición era simple “mala prensa”. Decía que a los acusados se les ofrecía la posibilidad del edicto de gracia, que los inquisidores eclesiásticos sólo aplicaban sanciones espirituales como rezos y ayunos y que, como mucho, a los que no se arrepentían, se les excomulgaba. Que eran las autoridades civiles quienes aplicaban las sanciones más duras  de confiscación de bienes y/o muerte en la hoguera.
- Pero, ¿quiénes les habían perseguido y acusado, Antonio? – lancé, sin pensar, mi pregunta retórica.
- Vecinos enemistados por enfrentamientos personales de posesión de tierras casi siempre.
Ahí sí le daba la razón. Cuánta gente debió aprovechar la situación para vengarse de alguien acusándole de hereje o de brujería. Aunque esa respuesta no hacía más que reafirmar mi idea de que la Inquisición eclesiástica había sido tanto o más culpable de las persecuciones y ejecuciones que los poderes civiles. Además, para mí eran más reprobables, si cabe, por haberse hecho abanderadas por una religión cuya deidad proclama la compasión y el perdón. Pero tampoco iba a discutir con él, primero porque no llegaríamos a un acuerdo y segundo porque mi única intención en aquel momento era saber si tenía que seguir considerando a esa mujer como la bruja de mi jefa o si debía empezar a verla como mi jefa la bruja.
- De hecho – continuó relatando Antonio –, muchos de los procesos empezados terminaban con la absolución por falta de pruebas.
Ya íbamos llegando a la parte interesante. Me limité entonces a escucharle. Antonio dejó los periódicos, me hizo un gesto para que yo también los dejara y con su peludo y gordo dedo índice me invitó a seguirle, mientras continuaba hablando:
- De los cinco casos documentados de brujería en Daraquiel, sólo uno terminó con la quema en la hoguera: el de Justina Negrete.
Era fácil ir metiéndose en la mentalidad y el temor de aquella época en un sitio como el Archivo de Antonio. Sólo rompía el encanto que tuviera un instrumental tan moderno. Me llevó a una sala donde había tres archivadores compactus, que con lo que debieron costar casi podría haberse contruido una biblioteca nueva, y que yo sólo había visto antes cuando trabajaba de becario en la biblioteca de la universidad. No pude evitar sonreírme recordando los buenos momentos que pasé en aquella época junto a mis compañeras. Éramos “las becarias precarias” (es justo decirlo en femenino porque yo era la única representación masculina del grupo), y superábamos las miserias de nuestros sueldos haciendo trastadas siempre que podíamos. Me acordé de la que hicimos utilizando, precisamente, aquella virguería del mobiliario archivístico para darle un susto a Ana, una de ellas. Un año inolvidable al que puse fin cuando me saqué la plaza de bibliotecario en Daraquiel. Decisión que en su momento ni dudé en tomar, era el objetivo alcanzado después de casi tres años preparando las oposiciones, pero de la que ahora me arrepentía más de una vez. Claro que después pensaba en el infierno del trabajo de teleoperador que tenía por las tardes, para subsistir junto con el sueldo de becario, y en seguida recordaba porqué lo hice. Estar metido en aquel corral de loros repitiendo una y otra vez el mismo ridículo argumentario a miles de personas para venderles una fantástica y “maravillosísima” nueva tarifa plana ha sido una forma de ganarme la vida que intentaré no tener que repetir nunca. Aunque nunca digas nunca.
Antonio empezó a sacar del compactus carpetas del tamaño de láminas A-3 y las fue dejando encima de la mesa. Con sumo cuidado se puso unos guantes de algodón que tenía guardados en una funda de nylon (que también podía haber sido de poliéster o triacetato de celulosa, lo importante era que no tuviera PVC en su composición, según me dijo, por cuestiones de conservación y manipulación de documentos), y fue abriendo las carpetas. Por un momento me sentí un privilegiado por poder contemplar lo que había en su interior, aunque fueran simples reproducciones escaneadas. Los guardaba con tanto mimo como si fueran los legajos originales del Archivo Municipal de Toledo.
- Aunque correspondan a casos de brujería documentados aquí, se guardan allí porque Daraquiel estaba bajo la jurisdicción del Tribunal de la Inquisición de Toledo – dijo Antonio como apenado –. Y no creas que me fue fácil conseguir estas reproducciones en su momento porque aunque ahora hasta las ofrecen en la página web sin tener que acreditarte como investigador ni nada, por aquel entonces había que superar toda clase de obstáculos burocráticos.
Antonio parecía albergar aún el recelo de algunos archiveros tradicionales ante la difusión y accesibilidad que internet permite. Nada más que había que ver el complejo método con que manipulaba unas simples fotocopias a color, como dando a entender que sólo una persona altamente cualificada como él podía hacerlo. Hasta me dio miedo acercarme a ellas más de la cuenta por si mi respiración o la posible actividad química que desprendiera mi cuerpo las pudiera amarillear o contaminar de hongos y microorganismos. Ésas eran el tipo de estridencias que a Antonio le costaban en el pueblo el calificativo de hombre raro.
- ¡Eureka! – exclamó de repente –. ¡Éste es! Aquí se narra el proceso llevado contra Justina Negrete – dijo, acercándome levemente el documento alusivo a la que debió ser la tata-tatarabuela de mi jefa, porque según ponía fue procesada en 1542.
Antonio siguió:
- Justina Negrete pertenecía a una familia de labradores adinerados, dueños de importantes terrenos. Era muy conocida en el pueblo por sus dotes como curandera, con ungüentos que preparaba ella misma y a veces también ejercía de comadrona. Era viuda y vivía con dos de sus hijas porque sus otros tres hijos varones murieron al poco de nacer. Se le acusaba de necromancia y brujería. Cuentan que era habitual verla pasearse desnuda por los alrededores del cementerio, portando en la mano un candil o una vasija donde debía guardar los restos de cabello, dientes o huesos que profanaba de las tumbas.
Analizando la historia sorprendía escuchar la cantidad de tópicos que encerraba. Otra versión de mujeres siniestras y poderosas, excluidas socialmente, indecorosas, devoradoras de sexo, que acababan con los hombres que se les acercaban cual mantis religiosa, celebraban aquelarres en los cementerios y dedicaban el tiempo sobrante a fabricar toda clase de venenos y polvos diabólicos. Candidatas perfectas para una misógina represión que las castigaba por haberse rebelado a su rol social de esclavismo y anulación frente al hombre, en un contexto marcado por las rivalidades personales y una Iglesia corrupta liderada por clérigos supersticiosos e ignorantes que transmitían el temor a la presencia del demonio y la hostilidad hacia los cambios que se estaban gestando en la sociedad.
- En el proceso de Justina Negrete fueron muchas las personas que declararon contra ella, y estas denuncias se consideraron válidas tras la investigación de los inquisidores. Se le terminó acusando de delitos contra la moral y las buenas costumbres por posesión de libros e imágenes obscenas que escondía en pasadizos ocultos bajo su casa – Antonio detuvo por un momento su narración y me miró fijamente, pensé que era para comprobar si mantenía la atención –. ¿Habías oído alguna vez que bajo Daraquiel existe una ciudad subterránea?
- No, creo que no – dudé en contestar, por un momento pensé que era una pregunta trampa.
- Pues sí. Todo el pueblo está oradado por infinidad de túneles y grutas subterráneas, algunas de ellas incluso comunicadas entre sí. Se cree que muchos de esos pasadizos sirvieron de cobijo para la celebración de aquelarres clandestinos y como almacén de los ingredientes que las brujas usaban para sus pócimas. Hoy día sigue habiendo muchas casas que los mantienen como despensa para conservar frescos los alimentos. Incluso tú, muchacho sureño, conoces de primera mano uno de ellos.
No hizo falta que dijera más para saber a cuál se refería.
- ¿El depósito de la biblioteca? – pregunté por confirmar.
- ¡Exacto! – respondió él, con la satisfacción de un maestro cuando un alumno demuestra su aprendizaje –. Y también dicen que hay una de esas cuevas subterráneas bajo la casa de tu jefa.
Otra vez ella. Ya no sabía qué pensar.
- La sentencia final – continuó – fue la abjuración de vehementi, es decir, que se consideró que las sospechas eran lo suficientemente vehementes como para acusarla. Su auto de fe se celebró en la Plaza de Zocodover de Toledo el 12 de enero de 1542 y terminó quemada en la hoguera.
- Ya… – no pude disimular que mi interés inicial se estaba convirtiendo en cierta incredulidad.
- ¿Qué pasa? – Antonio pareció leerme el pensamiento –, ¿te  parecen patrañas de catetos ignorantes y supersticiosos, verdad?
Asentí honestamente.
- Pues a mi también me lo parecían, pero entonces ¿por qué crees que tu jefa hizo todo lo posible para que no se publicara mi investigación sobre las brujas de Daraquiel? ¿Por qué no permitió que todo esto saliera a la luz con el buen reclamo turístico que hubiera supuesto para el pueblo?
De vuelta a la biblioteca fui pensando en toda la historia de la tal Justina Negrete y me vino a la cabeza uno de los refranes de MariCruces que venía muy al caso:
- Ni pueblo sin brujas, ni hervor sin burbujas, ni cesta de brevas sin papandujas.