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jueves, 14 de junio de 2012

CAPÍTULO XXXI: 29-M.


XXXI.
29-M.

            28 grados. La temperatura de aquel 29 de marzo en Barcelona, además de a cuestiones meteorológicas, parecía responder a las secuelas de la caldeada jornada que vivía la ciudad condal y, en general, el ambiente de todo el país.
            El calor de las brasas provocadas por los contenedores y demás mobiliario urbano incendiado por los vándalos, los cristales rotos de los escaparates de los comercios “esquiroles” que intentaban abrir su negocio como un día más siendo coaccionados y saboteados por aquellos que se denominaban “piquetes informativos”, la indignación y reivindicación sinceras de los manifestantes pacíficos, los disparos de las pelotas de goma o los gases lacrimógenos de los Mossos (usados por primera vez en años, según algunos noticiarios), las hélices de los helicópteros que durante todo el día estaban patrullando la ciudad, los humos de los sindicalistas que amenazaban desde primera hora con el recrudecimiento de las medidas ante un gobierno con una postura cada vez más fascista disfrazada tras la promesa de “diálogo hasta la extenuación”, de una diputada con pancarta a favor de la huelga en el Congreso y de una Europa que nos miraba como país del que recelar, desconfiar o al que admirar, vete a saber.
            Me pasé el día intentando informarme de los diferentes puntos de vista para no tomar ninguna de las posturas como verdad absoluta. Y cuanto más leía o escuchaba, menos sabía qué pensar ni de qué lado ponerme en una España que demostraba, cada día, que nunca había dejado de estar dividida en dos.
Como Juanjo y yo.
            Volvíamos de haberle dado un paseo a Dante, y yo cotorreaba incansable contándole las conclusiones a las que había llegado sobre la jornada de huelga. Él parecía escuchar y de vez en cuando hacía alguna breve aportación, pero sabía que no le importaban ni lo más mínimo los manifestantes, los políticos o las posibles consecuencias de aquello.
            -¿Me vas a decir qué te pasa? –le pregunté de repente.
            -Ya te he dicho que nada –respondió él, sin mirarme a los ojos.
            Íbamos ya de camino al piso.
            -Algo te pasa. Llevas unos días rarísimo. Y ya no me creo que sea por el trabajo. Por favor, cuéntamelo.
            Juanjo bajó la cabeza y balbuceó.
            -No me pasa nada, Dani. Ya hablaremos cuando se haya ido Paz.
            Mi pregunta iba teniendo una respuesta cada vez más clara. Un nudo se me ató en el estómago. Pero seguí insistiendo porque necesitaba saberlo.
            -No estás bien, ¿no?
            -No... –respondió él sin levantar la vista del suelo.
            Tragué saliva, y por fin me atreví a decir.
            -No estás bien conmigo, ¿no?
            Sobre el asfalto que Juanjo contemplaba cabizbajo cayó su primera lágrima.
            -No... Lo siento...
            Aquella respuesta no podía caerme como un jarro de agua fría. No debía cogerme desprevenido después de sus últimos días de desplantes, ausencia, distancia, sequedad y falta de cariño hacia mí. Pero debía ser gilipollas porque, a pesar de todo, no estuve preparado para escuchar la noticia. Sentí un calambre por todo el cuerpo que me hizo tropezar, perdiendo el equilibrio y casi cayendo de bruces.
            -¿Estás bien, Dani? –me dijo él, mientras me sujetaba por el brazo.
            Dani. De pronto se me hacía raro escucharle dirigirse a mí por mi nombre. Aunque ya hacía días que no me dedicaba alguno de los muchos apodos cariñosos que antes usábamos para llamarnos. Aquel Dani y la forma en que lo pronunciaba eran prueba evidente de lo que pasaba.
            -Pero... ¿desde cuándo? –pregunté.
            Estábamos ya casi en el portal de casa.
            -¿Está Paz arriba? –quiso saber él.
            -No lo sé.
            -Si quieres, dejamos a Dante y damos un paseo para seguir hablando.
          Cuando volvimos a salir del piso, le pregunté si tenía algo de dinero suelto para comprar tabaco porque yo no llevaba nada. Fue la primera droga a la que se me ocurrió acudir para tranquilizarme. Aunque aparentemente lo estaba, por dentro tenía una sensación de desolación que no sería capaz de explicar con palabras.
        Llegamos hasta la Plaza Urquinaona sin hablar, contemplando los últimos coletazos de la huelga, quizá en el momento más inoportuno para salir a la calle. Nos sentamos en uno de los bancos de una de las esquinas que parecía estar más tranquila. Mientras le daba las primeras caladas al cigarro, él empezó:
            -Hace días que lo vengo notando, no te puedo decir exactamente cuánto. Un par de semanas a lo mejor. Desde que empecé a hablarlo con Sonia, mi compañera.
            -Pero... ¿qué es lo que sientes?
            Juanjo empezó a llorar otra vez.
          -No lo sé, Dani... No sé lo que siento, pero sí sé que no es lo mismo que antes... Ya no tengo esa cosa, esas mariposas...
            Adopté una sorprendente frialdad.
            -Entonces ya no hay nada que hacer, ¿verdad?
            Él seguía mirando para abajo, y lloraba cada vez más.
            -Lo siento, de verdad... –dijo.
            Apuré el cigarro hasta el filtro y casi inmediatamente me encendí otro.
        -Le dije a Sonia que yo pensaba que tú tampoco estabas igual que antes –continuó, ya más tranquilo–. Pero de algunas de las veces que has venido al Zoo y ha coincidido que estaba ella, me decía que tú sí seguías enamorado. Que se notaba en la forma en que me mirabas.
            No aguanté más y el nudo se subió hasta la garganta. Entre lágrimas, le dije:
            -Está claro que yo últimamente tampoco estaba al cien por cien. Han pasado muchas cosas, he pasado unos meses horribles en Daraquiel antes de poder venirme para acá, he estado muy agobiado como sabes por el tema del trabajo, ahora con Paz aquí, y el notarte tan distante conmigo pues también me ha hecho distanciarme de ti. Pero... yo... sí querría seguir intentándolo. Pensaba que era una mala racha que superaríamos... Como otras veces...
            -Lo siento, Dani, de verdad. Lo he pensado mucho. Y no sería justo ni para ti ni para mi. No sé mañana, o dentro de un tiempo. Pero tampoco te quiero dar esperanzas.
            -Tienes razón. Y te agradezco tu sinceridad –dije de corazón.
            -No quería decirte nada hasta que se fuera Paz.
            -Ya... Bueno, ella se va en dos días. Es verdad que igual le incomoda saberlo, sabiendo que se queda en nuestro piso. Puedo hablar con ella.
            -Por eso no te quería decir nada hasta que se hubiera ido.
            -Entonces, ¿ya lo tenías decidido de antes?
            -Sí, estaba esperando. No sabes lo mal que lo he pasado estos días. Sabes que no sé disimular las cosas pero, a la vez, tenía que hacer un esfuerzo enorme para aparentar normalidad –respondió él.
            En cuestión de segundos, la plaza se llenó de tipos con pasamontañas.
            -¿Nos vamos? –preguntamos los dos a la vez.
           Acordamos fingir que no pasaba nada delante de Paz los dos días que le quedaban en Barcelona para que no se sintiera incómoda. Eso implicaba cenar con ella, gastando las bromas de siempre, escuchando las anécdotas de su jornada en La Rambla con Óscar, y sentarnos los dos juntos en el sofá riñendo a Dante y a Tree cuando se nos ponían a dos patas pidiendo algo de comer. Por un instante, sentí que todo lo que había pasado había sido un mal sueño, y que todo estaba como siempre, hasta en algún momento Juanjo posó su mano sobre mi rodilla y me dijo “nene”, sonreía y estaba más amable que nunca con Paz. Pero estaba viendo un espejismo, malinterpreté su comportamiento. La tranquilidad y relajación que Juanjo mostraba no era, para nada, la de quien se arrepiente de lo que acaba de hacer y se da cuenta de que todo tiene que seguir como antes sino la de quien acaba de quitarse un enorme peso de encima. La de quien por fin se ha liberado.
Así lo comprobé al tener que dormir juntos. En la misma cama. Como siempre. Como nunca. Ya no éramos pareja. Ya no había opción de abrazarnos. Aunque lleváramos días sin hacerlo esa opción ya no existía, a pesar de lo muchísimo que lo hubiera necesitado. Y fue ése, justo ése, el momento en que de verdad tomé consciencia de lo ocurrido. De que ya todo se había terminado entre nosotros.
Y no fui capaz de asimilarlo.
Porque yo le seguía queriendo.
Porque habíamos compartido tantas cosas juntos.
Porque no me veía capaz de vivir sin él.
Todos mis proyectos e ilusiones estaban enfocados en él, con él, para estar con él. Y ahora tenía que comenzar una nueva vida desde cero.
Y no tenía ni idea de cómo hacerlo. ¿Por dónde empezar?
Se me quedaba colgado el intento de encontrar trabajo en Barcelona, el proyecto de vida allí, el curso de la universidad, el catalán, el piso, los ahorros, el permiso de la biblioteca, mi jefa, las disputas que me había costado con ella conseguir días para viajar a Barcelona, María José, Leo, la sensación de absoluto fracaso por tener que regresar con el rabo entre las piernas a un trabajo del que me había ido sin ninguna intención de volver pero que en aquel momento era lo único que tenía.
¿Por qué? ¿Qué nos había pasado?

       Éramos tan fuertes los dos que creimos que nada dolía, que creimos que no moriría. ¿Dónde fue todo eso a parar? ¿Cuándo se empezó a estropear?

        No podía ser inocente ni inconsciente. Porque bien sabía que ya no iba a tenerle más a mi lado. Era definitivo. Su “no sé mañana” era una simple frase hecha.

         Retamos al mismo diablo a atreverse algún día a separarnos.
         ¿Dónde fue todo eso a parar? ¿Cuándo se empezó a estropear?

        Desde el trío con Brian. No. La cosa venía de antes. Desde que Juanjo empezó a trabajar en Barcelona. Puede. Quizá incluso desde antes. Cuando yo saqué la plaza en Daraquiel.
       Me arrepentí con todas mis fuerzas de haber hecho aquel maldito examen. De haber aceptado aquel funcionariado sin pensarlo. Sin haber contado con él. Sin haber sopesado las consecuencias. De haber sido yo quien marcó un punto de inflexión. De haberme tenido que seguir él a mí en vez de haberme quedado yo esperando para seguirle a él.
        Pero ya era tarde.

       Creíamos que éramos tan diferentes, que nuestro amor iba a ser para siempre. Que nunca nos pasaría como a la gente, que no acabaría, que nunca te irías.
¿Dónde fue tu buena voluntad? ¿Cuándo me empezaste a engañar?

       Me pasé la noche llorando, sin pegar ojo, con la mirada fija en el cogote de Juanjo que dormía de espaldas a mí, analizando cada minuto de nuestra relación, desde aquella primera conversación en el chat hasta aquel fatídico 29 de marzo. En una obsesiva actividad mental que se prolongaría el largo mes que aún me faltaba para reincorporarme a la biblioteca.




jueves, 24 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXVII (2ª parte): Paz y un Quijote en Barcelona.

           Óscar –ya era hora de llamar al Quijote por su verdadero nombre– era el menor de cinco hermanos nacidos. El superviviente de tres. Los otros dos murieron sin haber llegado a cumplir el año de edad, en el seno de una familia muy implicada ideológicamente con el movimiento catalanista, cuyo fin era defender y afirmar la lengua, la tradición y las costumbres catalanas.
            -Dicho de otra manera –reiteró Óscar, en una aclaración innecesaria–, reivindicar la singularidad de Cataluña y su soberanía política. El exilio, lejos de alejarlos, les hizo reafirmar aún más sus convicciones. La distancia les permitía participar en la coyuntura nacional desde una privilegiada posición de libertad sin temor a posibles represalias –Paz le escuchaba absorta, pero yo he de reconocer que iba perdiendo la atención por momentos–. Se agruparon en asociaciones y organizaban actividades culturales, al igual que el resto de colectivos de inmigrantes europeos afincados en Argentina –continuó.
            La narración adquiría cada vez más tintes políticos. Habló de publicaciones de revistas y panfletos donde los “catalanes de América” no sólo abogaban por los ideales catalanistas, sino que exponían abiertamente su postura antifranquista y, en general, de rechazo al fascismo europeo de Italia y Alemania.
            El caso es que su familia se quedó viviendo en Argentina, arropada por el resto de exiliados, acomodada con el tiempo en una nueva forma de vida que le permitía mantener sus vínculos nacionales y enriquecerse de una nueva cultura. Pero tal era el fervor que inculcaron por sus raíces catalanas abuelos a padres y padres a hijos que tanto Óscar como sus dos hermanos optaron por volver a la patria arrebatada.
            A partir de ahí, Óscar había hecho un poco de todo. Tras sus años de estudiante y varios trabajos de supervivencia, empezó como maestro en la comarca de Les Garrigues.
            -Ser maestro rural es una experiencia que te va impregnando o se va evaporando conforme pasan los años. En mi caso, fue lo segundo –reconoció con cierta nostalgia–. No terminé de hacerme a la sequedad de aquel paisaje perfilado por almendros y olivos.
            Cansado, pues, de lo mismo se embarcó en un proyecto que prometía ser más dinámico y que le permitiría viajar por distintos sitios, manteniendo la vocación docente y el deseo de llegar allí donde casi nada llega. Una hazaña que además rememoraría a la que hace años emprendieron sus abuelos.
            -Trabajé de bibliotecario en el Servicio de Bibliobuses de Barcelona, y además de conocer montones de pueblos tuve la oportunidad de crecer como persona y sentirme plenamente realizado.
            Paz le interrumpió:
            -Volviste a tener la necesidad de hacer algo distinto, ¿no?
            -No –respondió él, tajante–. Llegó la crisis y limitaron el servicio, recortaron subvenciones y redujeron personal. Y me quedé en la calle.
            Fue ahí, hace unos meses, cuando, en la calle y sin trabajo, decidió empezar a ganarse la vida como mimo. Una valiente historia que me hizo sentir algo de vergüenza cuando Paz le dijo que yo también era bibliotecario y que estaba intentando buscar otro trabajo.
            -Aparte de por los problemas con su jefa y porque el Ayuntamiento está que casi ni les paga, también lo hace por amor. Porque tiene a su novio trabajando aquí –le explicó, como siempre, carente de cualquier discreción.
            -¡Vaya! –respondió Óscar–. Eso es bonito. Y arriesgado también.
            No supe si lo decía porque iba a ser muy difícil encontrar trabajo o porque renunciar a un empleo para irte a vivir con tu pareja siempre implica un riesgo. En todo caso, un temor que ya venía de hacía varios días se me reavivó por dentro.
            Dejé a Paz con Óscar en lo que seguramente iba a ser el comienzo de una muy buena amistad y me fui al piso para darles el paseo correspondiente a Dante y a Tree y luego ducharme. Juanjo tenía guardia, pero esta vez no le llevaba la cena. Me había dicho que uno de sus compañeros, Joel, se iba a quedar en el Zoo y que iba a venir Arnau, que también eran pareja, para pedir algo de comer y cenar allí los cuatro.
            No me apetecía coger la bici y fui dando un paseo, pensando en lo que había dicho Óscar. Una decisión siempre implica un riesgo. Y quien no arriesga no gana nada. O pierde. Pero mejor es quedarse con el consuelo de haberlo intentado. Al fin y al cabo, mi riesgo era asumible. Todavía no había renunciado a mi trabajo. Pero tampoco quería volver. A pesar de todo, estaba bien en Barcelona. Me estaba acostumbrando a vivir allí, y lo del trabajo sabía que sería cuestión de tiempo. Mientras, siempre tendría la opción de repetir como conejillo de Indias como hacían los brasileños o los ecuatorianos que conocí allí o cobrando en negro por trabajillos sueltos que me ofrecieran otros Brian de la vida. El problema era precisamente ése, que tiempo es lo que me faltaba.
Hubiera estado dispuesto a agotar los tres meses de permiso que me había dado el Ayuntamiento y, aún sin haber encontrado nada, renunciar a la plaza de la biblioteca. Sabía que volver a Daraquiel tiraría por tierra los pocos o muchos avances que había conseguido hasta ahora en Barcelona. Y sentía que allí ya no tenía nada que hacer. Nadie esperaba mi regreso, excepto Amira, y María José ya habría asumido el mando de lo que siempre había considerado su dominio. Pero para eso necesitaba contar con el apoyo de Juanjo. No sólo su apoyo económico, aceptando la incómoda situación de mantenido, sino, y sobre todo, su apoyo afectivo. Necesitaba algún indicio de que me animaba en mi intento, de que él también quería que lo consiguiera. De que el objetivo de quedarme a vivir en Barcelona era un logro para los dos, no sólo para mí.
            Quería que él se ofreciera a asumir los gastos generales para que yo pudiera tener más tiempo de encontrar algo, poder hacer mis exámenes y terminar de aprender catalán para ampliar mis posibilidades. De forma voluntaria, y con un ofrecimiento sincero. No teniendo que exigirle yo que ahora le tocaba a él “hacerse cargo de mí” después de todos los años en que yo me lo había estado haciendo de él. Si fuimos capaces de sobrevivir en su momento con mi sueldo de becario y de teleoperador a media jornada y con la ayuda que sus padres le daban para sus gastos, ahora también podríamos hacerlo con lo que él cobraba. El problema no era no llegar a fin de mes, sino que él estuviera dispuesto o no a hacerlo.
            Cuando llegué al Zoo, pasé por donde siempre después de haberle dado un toque al móvil para que me abriera. Y allí estaban los tres. Juanjo, Joel y Arnau, que ya habían empezado la primera cerveza.
            -¡Hombre, Dani! Ya íbamos a pedir sin ti, porque yo tengo un hambre... –dijo Arnau, mientras me daba dos besos.
            Joel acompañó su saludo con unas palmadas en el hombro, y Juanjo me recibió con un leve levantamiento de cejas que yo respondí de la misma manera. O fue al revés. Hacía días que nuestros saludos eran tan fríos por parte de los dos que no sabría determinarlo.
            Después de la cena –unas  empanadas en un argentino con servicio a domicilio, hoy la cosa iba de argentinos–, con el postre y la copita de rigor, Joel y Arnau me preguntaron que qué tal llevaba la búsqueda de trabajo.
            -Pues ahí sigo –respondí yo–. Un poco agobiado ya, la verdad, porque por más currículums que echo, no me llaman de ningún sitio.
            -Y si no te sale nada, ¿qué vais a hacer? –preguntó Arnau.
            -Yo siempre le he dicho que tiene dos agujeros –intervino, riendo, Juanjo.
            Generalmente le reía ese tipo de bromas, pero esta vez me sentó tan mal el comentario que a punto estuve de soltarle una burrada. Me contuve por respeto a Joel y Arnau. Pero me quedó perfectamente claro que nunca iba a recibir ofrecimiento alguno por su parte. Que si renunciaba a mi trabajo, el de la biblioteca, me gustara o no, me hiciera feliz o no, sería responsabilidad mía y que, si fuera necesario, preferiría verme ofreciéndole alguno de “mis dos agujeros” a cualquier viejo depravado a cambio del dinero que me permitiera seguir pagando mi mitad antes que perder todo su sueldo en una inversión común.
            Me dolía tanto albergar un pensamiento que le dejaba en tan mal lugar que finalmente no fui capaz de decírselo, cuando ya nos quedamos los dos solos.
Y aunque intenté borrarlo de mi cabeza se quedó guardado para acabar putrefacto junto al resto de cosas que erróneamente no se dicen cuando se tienen que decir creyendo que así se evitan posibles conflictos, pero que al final terminan saliendo en forma de reproche y es peor el remedio que la enfermedad.
           


miércoles, 28 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXII: ...El amor sale por la ventana.

XXII
… EL AMOR SALE POR LA VENTANA.

            -¿Y cómo pudieron hacer una copia de las llaves? –Juanjo no daba crédito a lo que el policía nos estaba contando.
            -Ya le digo, señor, en un momento de despiste cogerían una de sus llaves y mientras subían y bajaban los bultos, uno de ellos iría a una ferretería y haría la copia –respondió, en un ofensivo tono, incluyéndonos sin piedad en la lista de los otros 17 robos de la banda.
            Juanjo y yo salimos con la denuncia en la mano, el orgullo por los suelos y sin ningún tipo de consuelo. “Aunque la banda haya sido desarticulada, es muy posible que no recuperen sus pertenencias porque seguramente ya lo hayan vendido todo. Son gente muy profesional”, fue la sentencia con que nos despidieron de la comisaría.
            -Y ahora, ¿qué vamos a hacer? –pregunté retóricamente, supongo.
            -Jodernos… ¿Qué vamos a hacer? Jodernos –Juanjo empezaba a usar sus peores modales–. ¿Volver a comprar los muebles con el dinero que no tenemos? ¿Esperar que los putos rumanos nos los traigan de vuelta? ¿Cómo has podido ser tan despistado?
            ¿Has podido? Aquella conversación no iba a acabar bien.
            -Bueno, Juanjo, tanta culpa he podido tener yo como tú. Allí estábamos los dos –dije, intentando apaciguar los ánimos.
            -Dani, yo estaba abajo sujetándoles la puerta del portal. Las llaves las cogerían de casa. La otra copia que tenemos colgada en la pared de la entrada.
            -Vale, no te digo que no, no me daría cuenta –seguía esforzándome en mantener la calma–. Pero si tú estabas abajo, también podrías haberte dado cuenta de que entraban en la ferretería a hacer la copia.
            -Sí claro, la furgoneta aparcada en la otra punta, los dos subiendo y bajando, cargando cosas, y yo me voy a dar cuenta de que entran en la ferretería ¿no te jode?
            Preferí callarme para no discutir más.
            -Pues nada, a seguir durmiendo en el suelo –intenté desdramatizar–. Porque lo de alquilar la habitación, de momento, tendrá que esperar –de repente, me acordé de una cosa que me había dicho Judith la enfermera–. Aunque, espera un momento, igual hay una solución… ¿Qué día es hoy?
            -Lunes, ¿por qué? –respondió Juanjo, de mala gana.
            -Hablando con la enfermera el otro día de lo que habíamos comprado en IKEA y tal, me contó que ella y el novio al principio aprovecharon alguno de los muebles viejos que la gente deja en la calle los lunes por la noche. Podemos darnos un paseo por el barrio a ver si encontramos algo interesante… No sé, por lo menos un colchón para dormir.
Por lo visto, en Barcelona, los lunes por la noche se celebra algo así como un mercadillo popular del trueque. La gente deja en la calle sus muebles viejos, y no siempre porque estén inservibles, para que otras personas los puedan aprovechar antes de que se los lleven los servicios de limpieza.
            -¿Un colchón? ¿de la calle? Yo prefiero dormir en el suelo.
            -Juanjo, hijo, se limpia bien y por lo menos nos hace el apaño, que yo tengo la espalda destrozada
            -Muy buena idea, sí. Y si te parece, amueblamos también la otra habitación con muebles de la calle para alquilarla. Seguro que nos sobran los candidatos. “Piso compartido en El Raval, a cinco minutos de La Rambla, muy céntrico y bien comunicado. Habitación individual amueblada con muebles viejos recogidos de la calle. Toda una ganga. Gran oportunidad, no la deje escapar” –el sarcasmo de Juanjo ya rozaba lo impertinente.
            -Bueno, mira, vete a la mierda –no pude contenerme más–. Al carajo, se compran los muebles otra vez y ya está.
            -Sí, ya me dirás con qué dinero. ¿Con lo que a mí no me queda ya? ¿O con lo que a ti no te pagan de la biblioteca?
            -Bueno, a mi todavía me queda algo de los ahorros –pensé, antes de seguir el ofrecimiento–, aunque de ahí tengo que guardar para la letra del coche.
            -Pues a mí me viene facturón del móvil.
            -Claro…
            -¿Claro por qué? Si ya casi ni llamo, con la tarifa plana de internet sólo uso el WhatsApp.
            -Sí, ya lo sé, bien que lo usas.
            -¿Qué coño te pasa?
            -A mi nada, ¿y a ti? ¿Quién coño es Brian Tedder? ¿y por qué coño te manda mensajes a las tres de la madrugada? –al final, como siempre, solté la puya de mala manera y sin venir a cuento.   

           

martes, 28 de febrero de 2012

CAPÍTULO XVI: Mudanzas.

XVI
MUDANZAS

            A veces tengo la sensación de haberme pasado más de media vida haciendo mudanzas. De haber invertido más tiempo y energías llevándolas a cabo que disfrutando verdaderamente de la estabilidad –física y emocional– que da vivir en una misma ciudad, con un hogar fijo. Daniel el nómada. Adjetivo del que solía sentirme orgulloso hasta que las fuerzas empezaron a flaquearme. Iba teniendo ganas ya de un asentamiento medianamente indefinido.
            Con los últimos acontecimientos, casi había olvidado que aquel fin de semana viajaba otra vez a Barcelona. Normalmente iba cada dos semanas, pero aproveché que ese lunes era festivo para una escapada extra. Tres días por delante para estar con Juanjo, y desconectar de Daraquiel y la biblioteca y de una semana tan intensa como rara. Tres días para descansar, para disfrutar de la ciudad. Lo único malo es que a Juanjo le tocaba hacer guardia. El funcionamiento del Zoo para un veterinario era como el de un hospital para un médico, con la diferencia de que él no veía reflejadas en su sueldo esas nocturnidades ni esas horas extras. Más consecuencias de la Crisis, que obligaba a aceptar cualquier condición con tal de tener la primera oportunidad de acceder a un mercado laboral cada vez más escaso y precario. Suma y sigue. O, mejor dicho, resta y sobrevive. A cambio de hacerle compañía, había prometido guiarme en una visita exclusiva al Zoo, a puerta cerrada y con sorpresa final incluida.
            Todavía nos quedaban bastantes cosas en casa de Paz, así que fui metiendo lo primero que fui viendo hasta llenar las maletas y bolsas que mis brazos eran capaces de transportar. Adornos, libros, algunos utensilios de cocina, mantas y toallas, la wii… Luego cogí el coche y me fui directo a la estación de Alzamil de San Germán. Cargado como una mula, una vez más, en otra mudanza que parecía no acabar nunca. Y con el riesgo añadido de dar con un revisor antipático que me pusiera pegas por llevar a bordo más bultos de los permitidos.
            Mientras esperaba el tren, saqué de los macutos lo único que realmente me había preocupado de no olvidar. Las actas de cuando aprobé la oposición y una copia del Convenio Local firmado hace años entre trabajadores y Ayuntamiento. Quería comprobar dos cosas.
            El nombre de la persona que quedó detrás de mí en puntuación, por apenas dos décimas: María José. Era la única María José de toda la lista. María José Fernández Bernal. ¿De qué me sonaban tanto esos apellidos? Era ella, no había duda. Una mujer que había estado trabajando allí más de veinte años. Antes de perder, o de que le arrebatasen, o de que Leo, Amira y yo le arrebatáramos, según se mirara, una a una, las tres posibilidades que había tenido de consolidar su puesto en la biblioteca de Daraquiel. Por dos míseras décimas. Debió odiarme con toda su alma. Aunque yo sólo había aprovechado la oportunidad que perseguía desde hacía tiempo y en la que había invertido sudores y lágrimas, además de incontables euros ganados con duro trabajo para pagar la academia y los cientos de cursos de formación.
            En el acta se anunciaba también que, tras mi proclamación como nuevo bibliotecario, se abriría una bolsa de trabajo a efectos de futuras coberturas. Por posibles ausencias como la que yo iba a provocar dentro de poco. El hecho de que el Ayuntamiento no nos fuera a pagar los sueldos era la gota que colmaba el vaso de los inconvenientes de seguir trabajando en Daraquiel. Sólo me quedaba decidir de qué manera hacerlo porque, dada la situación del país, no me podía permitir renunciar a un funcionariado sin tener las espaldas cubiertas, sin alguna otra alternativa de trabajo en Barcelona. Ya había empezado a echar currículums por internet, pero no había conseguido que me llamaran ni para una triste entrevista. Mi profesión no era de las más demandadas, ni ahora ni antes de la Crisis. Y el panorama laboral, en general, no pintaba muy prometedor porque tampoco había obtenido respuesta de las ofertas de teleoperador y de camarero en las que también me había inscrito. Al menos, desde la distancia. Me consolaba pensando que la búsqueda sería mucho más efectiva estando ya allí.
            Por eso quería revisar también el Convenio, para ver qué opciones tenía de pedir una excedencia o algún tipo de licencia, con la que pudiera irme un tiempo pero manteniendo mi plaza por si tuviera que volver fracasado de mi aventura barcelonesa. Quién me iba a decir a mí hace dos años, cuando conseguí la tan ansiada plaza de bibliotecario, que ahora me estaba planteando renunciar a ella de forma voluntaria. Las vueltas de la vida, una vez más.
            Como Paco Martínez Soria en la gran ciudad. Así me veía a mí mismo recién llegado a Barcelona. Era tan radical el cambio de un entorno a otro que al principio me sentía tan aturdido como un pez fuera del agua. Un pez fuera del agua y cargado de maletas. En el metro, aunque no tengas prisa, terminas corriendo, contagiado del estrés de los demás topos que te empujan y te miran mal, sin apiadarse de tu pesada carga al tener que bajar las escaleras que no siempre son mecánicas, por obstaculizar su frenético ritmo, y sin olvidar poner la cartera a buen recaudo precavido por el mensaje que cada cierto tiempo repite la megafonía:

            Molta atenció! El carterista espera una distracció per emportarse allò que no es seu. Al metro, vigila les teves coses.

            Juanjo estaba viviendo con una amiga catalana que había conocido el año que estuvo de Erasmus en Francia. Pero ya estábamos ahorrando para buscar algo para nosotros dos. Más ahora que, tras un largo viaje de siete horas, había tenido tiempo más que suficiente para leer y releer todos los artículos y comprobar que aunque todavía no tenía posibilidad de pedir una excedencia porque no llegaba al mínimo necesario de tres años cotizados en la administración pública, en el Convenio Local sí que se recogía la opción de solicitar un permiso de tres meses por cada año trabajado, por motivos particulares, con suspensión de empleo y sueldo y con reserva del puesto de trabajo, sin exigencia de una antigüedad determinada. Una buena noticia que aún debía confirmar con Javier, el representante sindical, pero que ya estaba deseando anunciarle a Juanjo.
            El piso de Aroa era un octavo sin ascensor, en un edificio antiguo, de escaleras interminables y estrecheces claustrofóbicas. Cuando iba por la quinta planta me temblaban los brazos y las piernas del esfuerzo, en el sexto iba soltando algunas de las maletas por los escalones y el séptimo lo subía casi a rastras. Para cuando llegaba al octavo tenía unos dolores por todo el cuerpo que me acompañarían ya durante el resto del fin de semana. Lo peor es que después nos tocaría llevarnos todas esas cosas al piso que alquiláramos para los dos. Interminables mudanzas, como decía.
            La recompensa se me presentaba a cuatro patas y con movimiento de rabo. Y no me refiero a Juanjo porque a la hora a la que yo llegaba él ya se había ido a trabajar, sino a Dante que siempre me recibía entre lametones y arrumacos. Sólo quien tiene perro puede gozar de un recibimiento tan caluroso, afectivo y sincero como ése.
            No podía imaginarme a casi ninguno de los habitantes del Zoo de Barcelona como animales de compañía. Bisontes europeos, elefantes africanos, jirafas, avestruces, pelícanos, cebras, ciervos, lobos, cigüeñas, camellos. En todo caso, a alguno como el panda rojo, uno de los preferidos del público infantil, por su carácter cariñoso y juguetón, un simpático mamífero asiático de medio metro de longitud y con carita de oso panda. O a otros menos comunes como el mono araña, el Ateles belzebuth hybridus, un primate de llamativos ojos celestes, propio de la selva de América del Sur en peligro de extinción por la deforestación y la caza porque, al parecer, su carne es muy apreciada en regiones como Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, y que en cautividad podía mostrarse dócil y obediente. Juanjo estaba especialmente atractivo con su uniforme y totalmente metido en su papel de guía, contándome las curiosidades de todas las especies del Zoo.
            Los recorridos ofrecidos para el público general eran dos. El primero, de unas dos o tres horas según se hiciera a pie o en el trenecito del Zoo, podía empezarse desde la entrada de la calle Wellington o por la del Parc de la Ciutadella. Y el segundo, la visita de tot el día (era increíble no sólo la rapidez con que Juanjo había aprendido el catalán sino la pronunciación tan acertada con que lo hablaba, aunque conmigo la exageraba en tono de broma), para no perderse nada y con almuerzo incluido, de un tiempo estimado de cinco o seis horas. El palmeral, el aviario, el espacio gorila, el terrario, la granja del Zoo, la galería de los titís, un interesante “Punto Verde” con una pequeña aula interactiva para enseñar a los visitantes cómo se reutilizan y eliminan los residuos generados en el Zoo y, por último, la gran sorpresa.
            Juanjo me tapó los ojos antes de entrar al Aquarama y luego me los descubrió susurrándome al oído “Aquí tienes tu sorpresa”. Los delfines eran mucho más impresionantes que en los documentales de la tele. Su simple contemplación fue una de las experiencias más impactantes que he tenido en mi vida. No podía imaginar lo que vendría después. De fondo, se empezó a escuchar una canción bien conocida para los dos.

            One dream,
            one soul, one prize,
            one goal,
            one golden glance
            of wath should be.
            A kind of magic.

            Presentación para la estelar aparición de quien debía ser la cuidadora, domadora o como se diga, de los delfines, a juzgar por lo rápido y obedientes que se le acercaron los tres cetáceos. Una mujer con una espalda que ya la quisiera yo para mí y unos no menos musculosos brazos, con cuyo movimiento ordenaba cada una de sus piruetas.
            -I d’aquesta manera tan especial us donen la benvinguda a tots! –exclamó entre risas.
            La expresión de Juanjo era la de un inquieto e ilusionado niño pequeño cuando me acercó el traje de neopreno para que me lo pusiera. Eso sí que no me lo esperaba. Nadar con delfines era una de mis mayores ilusiones desde siempre. Otro sueño que se cumplía de su mano. Y de la de Sonia, la cuidadora, gracias a la cual perdí el miedo inicial para disfrutar al máximo de aquel momento. Una experiencia inolvidable.    
            Igual que el sexo que tuvimos después. Un orgasmo de esos dignos de quedar grabados en los Anales de los Grandes Polvos de la Historia. Terminamos extasiados. Caímos rendidos, sobre todo él que se durmió al instante. Yo, en cambio, a pesar del cansancio que arrastraba, no terminaba de conciliar el sueño. Y cuando por fin empezaba a conseguirlo, algo me desveló. El móvil de Juanjo parpadeó con la señal de haber recibido un WhatsApp. A las tres de la madrugada. No pude evitar controlar la curiosidad, o la desconfianza, y sin que él se diera cuenta, lo leí.

¿No me dices nada esta noche?

El mensaje era de un tal Brian Tedder.
Algo se me revolvió por dentro. La mezcla de sentimientos entre miedo, celos y coraje tornaba de nuevo como un nudo en el estómago. No era la primera vez que algo así me costaba una pelotera de las gordas con Juanjo.