domingo, 29 de abril de 2012

CAPÍTULO XXIII: Bed and breakfast.

XXIII
BED AND BREAKFAST

            Barcelona, 9 de febrero 2012.
¡Hola Amira!

¿Qué tal todo por la biblio? ¿Y con María José?
Esta tarde he estado viendo el video* que me mandaste, un par de veces además, y al final he terminado llorando a moco tendido… Ya me imaginaba que sería algo de la profesión de bibliotecario cuando leí el asunto del email y, bueno, tengo que decirte que no debes preocuparte, que “no me olvido de dónde vengo”, como tú dices. Me acuerdo mucho de todo aquello, de ti y de todos los demás. A veces hasta he tenido la sensación de estar echando de menos a la jefa…
No digo que aquí no esté bien, pero es distinto. No sé, aún no termino de encontrar mi sitio. Paso mucho tiempo sólo porque Juanjo, entre las guardias y las horas de más que le ponen, apenas está en el piso. Y encima, últimamente, los pocos ratos que pasamos juntos terminamos discutiendo.
Las dos primeras semanas no lo noté tanto porque estaba volcado en la búsqueda de trabajo, estudiando los exámenes y en el ensayo clínico este que te dije en el que estoy haciendo de “conejillo de Indias”; y más o menos apaciguaba esa soledad. Pero hoy no he tenido un buen día, y siento que me vengo un poco abajo.
Llevo varias mañanas saliendo a la calle con un fajo de currículums debajo del brazo para ir entregándolos “en mano” a ver si así hacen más efecto que los que estoy mandando por internet, pero en todos los sitios (bares, cafeterías, librerías, salas de cine y teatro, supermercados…) me encuentro la misma mirada de pena o el mismo comentario desolador. “Ahora mismo no buscamos a nadie”. Sé que no es el momento idóneo para buscar trabajo, y también sé que, al fin y al cabo, no llevo tanto tiempo y que no puedo esperar encontrar algo tan rápido. Pero, ya te digo, cuando he llegado al piso, me ha entrado el agobio de que no voy a encontrar nada y de que no voy a poder quedarme aquí. Aunque si te digo la verdad, de repente y por un momento, la idea de tener que volver a Daraquiel no me ha parecido tan horrible.
Pero luego lo he pensado y me he dado cuenta de que es normal. Ha sido un cambio muy grande en poco tiempo, y ahora mismo siento que en Barcelona Juanjo ya tiene su sitio, y el mío aún está en Daraquiel, de alguna manera, aunque estuviera deseando irme y venirme cuanto antes para acá. Y eso me descoloca, y me hace sentir fuera de lugar. Es como si se hubieran cambiado los papeles entre nosotros, cuando yo saqué mi plaza en la biblioteca y él se vino conmigo. Ahora entiendo perfectamente lo sólo que debió sentirse por entonces. Yo no le dediqué la atención suficiente, como ahora siento que él no me la dedica a mí, porque estaba tan entusiasmado con mi nuevo trabajo que no supe ponerme en su lugar. Pero precisamente pienso que eso es lo bonito del “sacrificio” de la pareja. Hoy por ti, mañana por mí y cuando vuelva a hacer falta, otra vez por el otro; hasta que llegue el maravilloso momento de coincidir. Lo malo es que ahora tampoco estamos en nuestro mejor momento.
La mierda del dinero. Bueno, y que hemos tenido muy mala suerte. Es una historia un poco larga pero, resumiendo, te diré que toda la inversión que hicimos en los muebles del piso se ha ido a la mierda. Nos los han robado, y hemos estado unos días con el piso tan vacío como las cuentas corrientes. Aunque me costó convencerle, al final apañamos algún mueble viejo que recogimos de la calle al menos para poder pasar los primeros días. Y luego decidimos pedir un préstamo al banco porque hemos pensado alquilar una de las habitaciones para sacar algo de dinero extra, y para eso teníamos que volver a comprar muebles. Porque el Ayuntamiento sigue sin pagar, ¿verdad?
Nos hemos anunciado en internet rollo “Bed and breakfast” y la verdad es que la cosa está funcionando mejor de lo que esperábamos. Al día siguiente de publicar el anuncio ya nos llamó un chico italiano interesado. Yo me encargo de prepararle el desayuno, y de estar en el piso a las horas que dice que vendrá a ducharse o a dormir porque no nos atrevemos a darle unas llaves, no por nada, sino porque más vale prevenir que curar y porque ya hemos tenido una mala experiencia a cuenta de eso.
El chico es muy majo pero dice que sólo va a estar un par de días más porque ya termina el curso que ha venido a hacer a Barcelona. Ahora se plantea un problema… Pero no sé muy bien cómo contártelo…
A ver, es algo que siempre nos ha traído problemas a Juanjo y a mí; y digo que no sé cómo contártelo para que lo entiendas porque tú eres totalmente ajena a ese mundo.
Bueno, el caso es que nosotros dos nos conocimos en un chat para gays, en internet. Tú publicas tu “perfil”, pones alguna foto tuya, te describes brevemente y si quieres dices un poco qué es lo que buscas, y ya la gente te empieza a hablar o tú les empiezas a hablar a ellos. Hasta ahí todo bien, nos conocimos, nos gustamos, y el resto ya lo sabes. El caso es que Juanjo, después de haber empezado conmigo (ya de una manera más “formal” quiero decir) seguía usando esos chats y hablando con otros. Cosa que yo dejé de hacer, instintivamente, por la sencilla razón de que sentía que ya no lo necesitaba porque estaba bien con él. Es algo que a mí, en el fondo, siempre me ha molestado, pero que lo hemos hablado y más o menos entendí su postura. Además que tampoco me gustaba reconocerlo porque me hacía sentir como un celoso compulsivo, y yo prefiero pensar que soy más “abierto de mente”. Que él no busca más que conocer gente nueva para abrir nuestro círculo de amistades, y que siempre va con la verdad por delante, diciendo que tiene pareja y que lo único que busca es una amistad. Algunas veces incluso hemos quedado los dos con alguno de ellos, y es verdad que hemos terminado haciendo buenas migas.
Pero bueno, primero que yo, como usuario que he sido también de ese tipo de chats, sé lo que se cuece por ahí, y sé que igual que hay mucha gente que merece la pena, también la hay que no. Y sobre todo que a muchos tíos les da igual que tengas novio o no, o más aún, eso puede darles más morbo. Que vale, que ahí estaría Juanjo para pararles los pies en caso necesario, como me dice siempre también. Y nuestra pelea de siempre es que yo creo que es normal que me siente mal que él chatee, porque me hace tener dudas de qué es lo que le mueve a hacerlo (que conmigo le falta algo, que tiene algún deseo oculto…) y para él que yo piense esas cosas es un signo de desconfianza... Espero que no te escandalices con esto que te estoy contando.
Y, mira, que todos podemos tener un momento de debilidad y caer “en la tentación”. Es humano. Y en la vida cotidiana, en la calle, también te puede pasar. Pero el hecho de que tú (Juanjo, en este caso) además “aumentes las posibilidades” de que aparezca ésa tentación, pues eso es lo que me jode y lo que, en cierto modo, me hace desconfiar o me da miedo.
Además, que más de una vez he sentido que no quería que yo leyera lo que hablaba en esos chats y me ha reconocido que es porque alguna de las cosas que se dicen no me sentarían bien. En todo caso, como te decía, no es un sentimiento del que me sienta orgulloso, y yo siempre le he respetado esa intimidad y nunca he leído sus conversaciones. Hasta hace un tiempo. Y ahí ha sido cuando hemos tenido la gran pelea.
Una noche, le llegó un wathsapp al móvil, a las tres de la madrugada, y qué quieres que te diga, él estaba dormido, y yo no pude contenerme y se lo terminé leyendo. En su momento no le dije nada, pero al final se lo solté de mala manera hace unos días.
Después de la pelotera, nos sentamos a hablar, y yo tuve que reconocer que en aquel mensaje no se decía nada comprometedor ni por lo que yo pudiera enfadarme y él me aceptó que es verdad que era un tío con el que últimamente estaba hablando mucho, quizá “más de lo normal”. El caso es que me insistió en que era sólo un amigo y que también quería mantener el contacto con él pensando precisamente en mí, porque se mueve mucho en el ambiente nocturno de Barcelona y tiene muchos contactos, y era posible que pudiera conseguirme algún trabajo, aunque fuera de camarero algún día suelto.
Aclarado eso, la cosa más o menos bien. El nuevo problema surge ahora que se nos va el chico italiano al que le estamos alquilando la habitación, y Juanjo me ha dicho que su amigo Brian Tedder (el del wathsapp) tiene que dejar el piso en el que estaba y que qué me parecería que le dijéramos que se viniera al nuestro.
¿Qué te parece la cosa? Yo ahora mismo estoy hecho un lío, y le he dicho que me deje pensarlo. Aunque creo que al final le voy a decir que sí, que se venga, que no hay problema, a ver por dónde sale la cosa. En todo caso, se supone que va a ser algo temporal, mientras encuentra otro piso; y si nos llamara alguien más interesado en el “Bed and breakfast” que vaya a quedarse más tiempo, pues Brian se iría y entraría la otra persona, porque económicamente nos interesa más, además que ya te digo que estamos a dos velas y ahora encima teniendo que devolver al banco todos los meses la mierda de préstamo.
En fin que poco a poco, espero ir encontrando “mi sitio” aquí, superar la mentalidad de la España profunda de La Mancha (es broma, no te enfades) y abrir mi mente lo suficiente como para entender este tipo de cosas que te digo. Y, por supuesto, encontrar un trabajo, que también me hace falta para ocupar mi tiempo y no darle tantas vueltas a todo.
Por lo demás, con Dante todo el día, deseando terminar ya lo del ensayo clínico, paseando por Barcelona cuando puedo, descubriendo sus rincones… Mañana también quiero ir a preguntar lo de los cursos de catalán porque estoy escribiendo un blog para una práctica de una de las asignaturas de la Universidad y me he propuesto hacerlo en catalán para ir cogiendo práctica.
¿Y tú? ¿qué me cuentas? Con Álvaro, ¿qué tal? ¿vais a venir a visitarnos alguna vez? ¿Y MariCruces, cómo está?
Bueno, espero que cuando puedas y tengas un huequito, me escribas y me cuentes qué tal va todo. Yo me voy a ir yendo ya a la cama (sólo otra vez, Juanjo está hoy de guardia también), porque también lo que me está pasando es que tengo los horarios descuadrados, algunos días me acuesto súper tarde y luego me levanto muy temprano y por la tarde me echo unas siestas larguísimas… Y quiero ir recuperando ya un horario de “persona decente”. Además, que lo que te decía, tengo ganas de que amanezca un nuevo día, y ver de nuevo las cosas con la luz del sol, que seguro que ya no las veo tan chungas…

¡Un besote fuerte y otro para todos los de allí, y en especial para MariCruces!

Dani.
         
                                                 *The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore



miércoles, 28 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXII: ...El amor sale por la ventana.

XXII
… EL AMOR SALE POR LA VENTANA.

            -¿Y cómo pudieron hacer una copia de las llaves? –Juanjo no daba crédito a lo que el policía nos estaba contando.
            -Ya le digo, señor, en un momento de despiste cogerían una de sus llaves y mientras subían y bajaban los bultos, uno de ellos iría a una ferretería y haría la copia –respondió, en un ofensivo tono, incluyéndonos sin piedad en la lista de los otros 17 robos de la banda.
            Juanjo y yo salimos con la denuncia en la mano, el orgullo por los suelos y sin ningún tipo de consuelo. “Aunque la banda haya sido desarticulada, es muy posible que no recuperen sus pertenencias porque seguramente ya lo hayan vendido todo. Son gente muy profesional”, fue la sentencia con que nos despidieron de la comisaría.
            -Y ahora, ¿qué vamos a hacer? –pregunté retóricamente, supongo.
            -Jodernos… ¿Qué vamos a hacer? Jodernos –Juanjo empezaba a usar sus peores modales–. ¿Volver a comprar los muebles con el dinero que no tenemos? ¿Esperar que los putos rumanos nos los traigan de vuelta? ¿Cómo has podido ser tan despistado?
            ¿Has podido? Aquella conversación no iba a acabar bien.
            -Bueno, Juanjo, tanta culpa he podido tener yo como tú. Allí estábamos los dos –dije, intentando apaciguar los ánimos.
            -Dani, yo estaba abajo sujetándoles la puerta del portal. Las llaves las cogerían de casa. La otra copia que tenemos colgada en la pared de la entrada.
            -Vale, no te digo que no, no me daría cuenta –seguía esforzándome en mantener la calma–. Pero si tú estabas abajo, también podrías haberte dado cuenta de que entraban en la ferretería a hacer la copia.
            -Sí claro, la furgoneta aparcada en la otra punta, los dos subiendo y bajando, cargando cosas, y yo me voy a dar cuenta de que entran en la ferretería ¿no te jode?
            Preferí callarme para no discutir más.
            -Pues nada, a seguir durmiendo en el suelo –intenté desdramatizar–. Porque lo de alquilar la habitación, de momento, tendrá que esperar –de repente, me acordé de una cosa que me había dicho Judith la enfermera–. Aunque, espera un momento, igual hay una solución… ¿Qué día es hoy?
            -Lunes, ¿por qué? –respondió Juanjo, de mala gana.
            -Hablando con la enfermera el otro día de lo que habíamos comprado en IKEA y tal, me contó que ella y el novio al principio aprovecharon alguno de los muebles viejos que la gente deja en la calle los lunes por la noche. Podemos darnos un paseo por el barrio a ver si encontramos algo interesante… No sé, por lo menos un colchón para dormir.
Por lo visto, en Barcelona, los lunes por la noche se celebra algo así como un mercadillo popular del trueque. La gente deja en la calle sus muebles viejos, y no siempre porque estén inservibles, para que otras personas los puedan aprovechar antes de que se los lleven los servicios de limpieza.
            -¿Un colchón? ¿de la calle? Yo prefiero dormir en el suelo.
            -Juanjo, hijo, se limpia bien y por lo menos nos hace el apaño, que yo tengo la espalda destrozada
            -Muy buena idea, sí. Y si te parece, amueblamos también la otra habitación con muebles de la calle para alquilarla. Seguro que nos sobran los candidatos. “Piso compartido en El Raval, a cinco minutos de La Rambla, muy céntrico y bien comunicado. Habitación individual amueblada con muebles viejos recogidos de la calle. Toda una ganga. Gran oportunidad, no la deje escapar” –el sarcasmo de Juanjo ya rozaba lo impertinente.
            -Bueno, mira, vete a la mierda –no pude contenerme más–. Al carajo, se compran los muebles otra vez y ya está.
            -Sí, ya me dirás con qué dinero. ¿Con lo que a mí no me queda ya? ¿O con lo que a ti no te pagan de la biblioteca?
            -Bueno, a mi todavía me queda algo de los ahorros –pensé, antes de seguir el ofrecimiento–, aunque de ahí tengo que guardar para la letra del coche.
            -Pues a mí me viene facturón del móvil.
            -Claro…
            -¿Claro por qué? Si ya casi ni llamo, con la tarifa plana de internet sólo uso el WhatsApp.
            -Sí, ya lo sé, bien que lo usas.
            -¿Qué coño te pasa?
            -A mi nada, ¿y a ti? ¿Quién coño es Brian Tedder? ¿y por qué coño te manda mensajes a las tres de la madrugada? –al final, como siempre, solté la puya de mala manera y sin venir a cuento.   

           

domingo, 25 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXI: Cuando el hambre (y las mafias rumanas) entran por la puerta...

XXI
CUANDO EL HAMBRE (Y LAS MAFIAS RUMANAS) ENTRAN POR LA PUERTA...

            Título del Ensayo:
            Estudio abierto, aleatorizado, cruzado, de dos etapas, para evaluar la seguridad, tolerabilidad y perfil farmacocinético-farmacodinámico de Glicinato de metformina 620 mg, Glicinato de metformina 1240 mg, Glicinato de metformina 2480 mg y Clorhidrato de metformina 1000 mg tras dosis única, dosis múltiple y tras la ingesta de alimentos.

            -¿Cuál quieres? –me preguntó Judith, la enfermera, mientras quitaba el precinto a la jeringuilla.
            Me miré los brazos. Parecía que el izquierdo estaba menos amoratado.
            -El izquierdo –respondí, dejando a un lado de la cama los papeles donde se explicaban los detalles del ensayo clínico.
            -¿Ahora lo lees? –dijo ella cuando lo vio–. Si lo sabes, no vienes ¿no? –bromeó–. Tranquilo, que ya os queda menos. Esta noche os ponemos la vía y por lo menos estáis dos días sin que os pinchemos.
           
            En el estudio participarán 24 voluntarios sanos, mujeres y varones.

            A decir verdad, yo había sido de los “voluntarios” (no entendía por qué nos llamaban así, ya que todos estábamos allí por el dinero que ofrecían) menos perjudicados.

            Usted realizará dos sesiones experimentales de nueve días de duración. Cada sesión constará de: una visita predosis (día 0) en la que Usted acudirá durante la mañana al Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep para poder realizarle un test de detección de drogas y prueba de embarazo (si procede).
            Durante los días del 1 al 7 deberá acudir mañana y tarde para la administración de fármaco y evaluación de variables de tolerabilidad, cinéticas y dinámicas. La tarde del día 7 ingresará en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep y permanecerá ingresado hasta 36 horas después (día 9). Tendrá que rellenar el cuestionario de efectos secundarios, se le medirán las constantes vitales y se le realizarán extracciones sanguíneas para evaluar las determinaciones de los niveles plasmáticos de los fármacos en sangre y la concentración de glucosa.

Sólo sufrí los “trastornos gastrointestinales” calificados como “muy frecuentes” y algo de “humor depresivo”. Aunque esto último no me quedaba muy claro si era por la medicación o por la sensación de inadaptación a la vida en la gran ciudad, que además coincidió con una ola de frío siberiano que dificultaba aún más la cosa. Hubo “voluntarios” que salieron mucho peor parados que yo teniendo incluso, en un par de casos, que abandonar el estudio por intolerabilidad.

Los principales riesgos/molestias que pueden resultar de su participación en este ensayo clínico están directamente relacionados tanto con el efecto farmacológico como con los efectos secundarios asociados a la medicación administrada.
Se han descrito los siguientes adversos para metformina:
-Trastornos del sistema nervioso: Frecuentes: alteraciones del gusto, adormecimiento, dolor de cabeza, humor depresivo e irritabilidad.
-Trastornos gastrointestinales: Muy frecuentes: náuseas, vómitos, diarreas, flatulencia, dolor abdominal y pérdida de apetito, eructos, pirosis.
-Trastornos de la piel y del tejido subcutáneo: Muy raros: eritema, prurito, urticaria.
-Trastornos del metabolismo y de la nutrición: Muy raros: acidosis láctica.

            Un pack completo con el que inicié mis dos primeras semanas en Barcelona. O más bien en nuestro nuevo piso, porque apenas me movía de él. Había días en que sólo salía las dos veces que me tocaba ir a tomar la medicación y para darle los tres paseos diarios a Dante. Me enclaustré, además de por mis frecuentes visitas al señor Roca, para preparar unos exámenes que no fueron todo lo bien que deberían haber ido y para pasarme horas enteras conectado a internet delante del ordenador y al calor de una manta buscando ofertas de trabajo que no salían y en las que pudiera dar un perfil que no cumplía.
Tenía diseñados cuatro modelos de currículum y, según la oferta, enviaba uno u otro. El de teleoperador, el de camarero, el de “profesional de la información” (que era el que más me gustaba y del que más orgulloso me sentía) y el de polivalente “chico para todo que ha trabajado de todo”. Una variedad que no se correspondía en resultados. Ni en la cantidad de ofertas encontradas ni en las entrevistas concertadas. Hasta el momento sólo dos: una para trabajar de “televendedor” de cursos de inglés en la que tenía que darme de alta como autónomo yendo a comisión y otra para reponedor, “días sueltos”, 20 horas semanales y cobrando menos de 400 euros. Así que, por el momento, me seguía compensando más el ensayo clínico.

            Al tratarse de un estudio de investigación en voluntarios sanos, el objetivo no es obtener un beneficio terapéutico. Por su participación en este estudio recibirá una compensación de 1440 euros. Se contemplará la posibilidad de penalizar económicamente –hasta un tercio de la totalidad a pagar– en caso de incumplimiento por parte del voluntario.

            Un dinero que no cobraríamos hasta finales de marzo y que yo ya empezaba a necesitar con cierta urgencia. Fue increíble ver como en una sola visita a IKEA se esfumaron casi todos los ahorros que con tanto esfuerzo había conseguido durante los seis meses en casa de Paz.
            Por muy económica que fuera la opción de amueblar el piso con las propuestas suecas, seguía quedando por encima de nuestras posibilidades. Aún así decidimos arriesgarnos porque consideramos que era una buena inversión. Aunque diminutas, el piso contaba con otras dos habitaciones y pensamos en tenerlas acondicionadas para poder alquilar al menos una de ellas en caso de apremiante necesidad. Nos decidimos por la gama Brimnes para nuestra habitación, el diván Hemnes “sofá, cama individual, cama doble y almacenaje, todo en un solo producto” para la otra y por otros muebles polivalentes para aprovechar el espacio al máximo. Rieles de suspensión para la ropa, organizadores con compartimentos móviles y adaptables a distintos espacios, percheros plegables y con ruedas, cajoneras casi mágicas de quita y pon y otros ingeniosos inventos para poder dejar de dormir en el suelo y no tener la ropa engurruñada en maletas.
            Un ajuar reunido en un día y que, después de comparar precios con el servicio oficial de transporte y montaje de la multinacional, decidimos confiar a dos de los muchos rumanos que ofrecían sus cochambrosas furgonetas a la salida de la tienda.
La mitad del dinero que nos ahorramos se hubiera invertido en delicadeza y mimo a la hora de manipular los paquetes y, sobre todo, en mantener la integridad del más valioso de los objetos, el colchón de matrimonio, arrastrado por todo el asfalto de la acera y luego aplastado sin piedad como un acordeón para caber sí o sí en el estrecho ascensor. Ni Juanjo ni yo nos atrevimos a rechistar ante los dudosos métodos de los rudos transportistas después de ver sus caras cuando llegamos al piso y se encontraron con una calle peatonal en la que no pudieron aparcar y que les costó más viajes a pie de los previstos hasta subirlo todo.
Estaba deseando que me dieran el alta para empezar a montar los muebles. Todo había sido tan precipitado que no nos había dado tiempo ni a desembalarlos.
            -¡Ya podéis ir a cenar! –anunció Judith.
            Comida de hospital. Ni más ni menos. Una insípida y fría sopa con fideos blandos, una especie de hamburguesa con queso entre fundido y chamuscado por arriba y un kiwi.
            -¿Y por qué ponen kiwi? ¿para que vayamos al servicio? Porque el kiwi sólo es para eso –dijo, indignada, la única voluntaria del grupo que era española, además de mí claro. El resto eran brasileños, ecuatorianos, portugueses y algún cubano–. Y la sopa está fría. Qué asco.
            Me entraron ganas de soltarle la frase que mi madre siempre nos decía de pequeños. “A la comida no se le dice asco, piensa en todos los niños que se mueren de hambre en el mundo”.
            -¿Y el queso? ¿por qué tienen que ponerle queso a todo? ¡Con la de grasas saturadas que tiene! –ella seguía con su incansable verborrea sin darse cuenta de que los demás intentábamos comer tranquilos todo eso que ella estaba calificando de asqueroso.
            -Perdona –no pude contenerme más–, creo que ya nos ha quedado clara tu opinión sobre la comida pero, si no te importa, los demás pretendemos comer en paz.
            Su expresión de repulsión hacia la comida la dirigió también a mí, con la misma cara de estar chupando un limón y oliendo mierda al mismo tiempo. Sin mediar palabra, ofendida y orgullosa, cogió su bandeja, se levantó de la mesa y cuando se estaba yendo, uno de los brasileños la frenó cogiéndola por el brazo.
            -¿No te lo vas a comer?
            Todos nos echamos a reír, y aquello nos sirvió para romper el hielo y entablar una conversación. Aunque muchos de ellos ya se conocían de haber participado en estudios anteriores, otros eran “novatos” como yo. La mayoría estaban compaginando su participación en el ensayo con sus trabajos habituales, habiendo hecho coincidir sus días de libranza con los días de ingreso. Una de ellas confesaba que estaba deseando ingresar porque era la única forma en que iba a poder descansar de verdad. Trabajaba de asistenta durante el día y poniendo copas y dando clases de salsa en un garito por las noches. Una jornada de trabajo de más de trece horas diarias. Y yo me quejaba de las siete que tenía en la biblioteca por ser en turno partido. Cómo puede cambiar una misma situación según el punto de vista con que se mire.
            Mientras las enfermeras iban haciendo la ronda poniéndonos las vías, aproveché para entrar en el facebook, que no había publicado nada desde que llegué a Barcelona.

            Estado
            ¿Qué estás pensando?

            Empecé a escribir.

            Situación: 22:30 de la noche, acostado en una cama de hospital, junto al resto de pacientes, esperando que la enfermera me ponga la vía en el brazo. Así concluye la segunda semana de mi aventura catalana.

            Pulsé el botón “Publicar”. En apenas unos segundos recibí el primer comentario de una amiga preguntándome preocupada que qué me había pasado. Le siguieron otros mensajes similares pidiendo que explicara el porqué de tan rocambolesca situación.
            La expectación alimentó mi anhelo de protagonismo virtual y me animó a seguir la narración, novelizando los hechos.

            Es la primera vez que ingreso en un hospital de forma voluntaria. Todo ha sido tan rápido que ni hemos podido desembalar los muebles nuevos. Soy el único español del grupo junto a otra chica con perenne cara de asco, pero según comentan las enfermeras se nota la crisis porque cada vez hay más participantes autóctonos.

            Encontré así un ameno entretenimiento para mi primera noche de ingreso en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep.

            Creando expectación para que todos te preguntemos por el final, ¿no? ¿O es el principio de una nueva peli de Almodóvar?

            A partir de ahora en vez de pedirte que me recomiendes algún libro de la biblio, ¡voy a pedirte directamente que me los escribas!

            Eran alguno de los comentarios que iba recibiendo. Conforme avanzaba en el relato, más interés e intriga iba consiguiendo por parte de mis contactos, incluso de alguno de ésos que tienes por tener pero con los que no hablas nunca.

            Estoy enganchada, pero… ¿es una historia real o te la estás inventando sobre la marcha?

            ¿Vas a terminar, Danilín, POR FAVOR?.

            Como muchas veces ocurre con las buenas ideas, aquella llegó de forma improvisada. Se me ocurrió que ése podía ser el argumento del blog que teníamos que presentar como práctica de fin de curso de una de las asignaturas que comenzaba ahora en el segundo cuatrimestre. Novelizar la historia que había precipitado la decisión de venirme a Barcelona, los enfrentamientos con mi jefa, el secreto de María José y todas las cosas que me habían pasado en los últimos meses podían componer una entrega por capítulos de un blog que podría titularse “Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis” o algo así.
            Dándole forma a ése blog se me pasaron volando los dos días de ingreso. Cuando me quise dar cuenta, me hicieron el electroshock para anotar mis constantes y me dijeron que ya podía volver a casa. Y aunque me sentía un poco débil recogí mis cosas rápidamente y me fui directo al metro.
            Cuando metí la llave en la cerradura del piso tuve un mal presagio que se confirmó al abrir la puerta. No había ni rastro de los muebles. Ni en las habitaciones ni en el salón. Nada de nada. El piso estaba tan vacío como antes de la compra en IKEA.
            Llamé a Juanjo, que estaba de guardia.
            -No te lo vas a creer… –le  dije.
            -¿Qué?
            -Los muebles…
            -¡Hijos de puta! –respondió él.
            -¿Quiénes? –no entendía nada.
            -Joder... Mierda… ¿No has escuchado lo que han dicho en los informativos territoriales?
            No pude poner la tele porque tampoco estaba. Recurrí a la lenta conexión a internet que permitía mi móvil para leer por fin la terrible noticia.

            La guardia civil ha desarticulado una banda implicada en al menos 17 robos en viviendas cometidos en Barcelona, Badalona y L’Hospitalet a las que accedían directamente con una copia de las llaves que habían hecho previamente después de haber realizado un servicio de transporte o mudanza.
Las investigaciones permitieron concluir que se trataba de un grupo organizado que accedían a las viviendas tras asegurarse de que estaban vacías. Normalmente sustraían muebles y otros objetos de valor para luego venderlos.
La fase de explotación de la operación se realizó la pasada madrugada con un dispositivo que condujo a la detención de 12 personas, en su mayoría de nacionalidad rumana.
           

             

jueves, 15 de marzo de 2012

CAPÍTULO XX: Desayuno de despedida.

XX
DESAYUNO DE DESPEDIDA

            Las siguientes semanas se desarrollaron con una forzada normalidad que, de forma latente, anticipaba el germen de importantes cambios. La novedad más llamativa fue ver que la jefa venía a trabajar algunas tardes, sin dirigir la palabra a nadie, enfadada con el mundo y encerrándose a solas en su despacho. Cumplía así el horario que en realidad había tenido desde siempre pero que llevaba años acomodando a su conveniencia. María Victoria, en su papel de concejala y aprovechando mis reivindicaciones como punto de partida para la personal venganza que empezaba a servir en plato frío, se lo impuso con regodeo. Abusos de poder, antes de la una y ahora de la otra, consentidos por las absurdas estructuras jerárquicas que “el sistema” establece entre iguales.
Leo, Amira y yo habíamos acordado un cuadrante, siguiendo también las indicaciones de la nueva política, para disfrutar de una tarde libre a la semana cada uno, rotando entre los miércoles, jueves y viernes. Una medida que a Leo no le gustó nada, pero con la que Amira y yo estábamos encantados. Nos parecía un regalo divino poder pasar la tarde de un día entre semana fuera de los muros de la biblioteca. Un tiempo libre extra que aprovechábamos al máximo. Amira se apuntó a clases de flauta y de baile flamenco y yo ayudaba a Paz en las no pocas tareas que exigían el cuidado diario de todos sus animales.
            Contra los pronósticos más optimistas, la profecía se cumplió y terminamos el mes de diciembre sin cobrar. Ni el sueldo ni la paga extra. Los sindicatos iniciaron unas movilizaciones de las que pocos esperaban frutos reales. La mayoría parecía “entender” la difícil situación y “confiaba” en una pronta solución, pero los sindicalistas tenían que cumplir su teatro. Colgaban carteles de protesta en el tablón de anuncios del Ayuntamiento, convocaban asambleas informativas y Javier, el representante de los trabajadores, se pasaba de vez en cuando por cada uno de los servicios municipales para caldear aún más los ánimos recordándonos lo ilegal de la situación pero, a la vez, la imposibilidad de negarse a trabajar porque si no se corría el riesgo de perder el puesto de trabajo. En resumen, estábamos atados de pies y manos. El mensaje que nos enviaban en las circulares que llegaban a nuestros correos electrónicos era tan alarmista como difuso.

            Estimados compañeros y compañeras,
            La reunión del Comité de Empresa con el alcalde celebrada el día de ayer ha sido extensa e intensa.
            Se nos han presentado diversos escritos de la Junta de reducción de financiación al Ayuntamiento.
            Nos comunican la delicada situación económica que atraviesa en estos momentos las arcas municipales, y nos piden serenidad y paciencia. A su vez, nos informan de la posibilidad de que, debido a las comunicaciones de recortes, se pudieran ver afectados algunos trabajadores, algunos servicios y algunas remuneraciones.
            Desde el sindicato seguiremos negociando  para que se mantengan todos los servicios y puestos de trabajo y se estudien formas alternativas de financiación.
            Nos reuniremos nuevamente la semana que viene para seguir analizando y que nos informen si llegan nuevas comunicaciones.
            Quedamos a vuestra entera disposición para cualquier duda o consulta.
            Saludos.
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La consecuencia directa de la situación para mí fueron unas obligadamente austeras navidades en el Zoo de Barcelona, acompañando a Juanjo en las guardias que le tocó cubrir como novatada de haber sido el último en entrar en plantilla, cenando pizza como máximo manjar la noche de fin de año y hablando con la familia por teléfono contando los minutos para no sobrepasar el límite de la tarifa plana. Teníamos que rascar de su sueldo casi mileurista y de mis pocos ahorros (ya que no sabía si podría contar o no con el último sueldo de la biblioteca) para hacer frente a los gastos que se nos venían encima.
Por fin habíamos encontrado un piso en Barcelona para los dos, pero nos pedían dos meses de fianza, la comisión de la inmobiliaria y el alta de los suministros de agua y luz. Un prometedor nidito de amor ubicado en el céntrico barrio de El Raval, a cinco minutos de La Rambla, sin muebles y con humedades, que requeriría más de una mano de pintura y alguna que otra visita a IKEA. En suma, una terrorífica cifra con la que podríamos poner fin a vivir de prestados –él con Aroa y yo con Paz– y volver a convivir como pareja. Aunque ello nos costara innumerables quebraderos de cabeza y auténticas virguerías para llegar a fin de mes.
Enero empezó con el augurio de ser uno de los más fríos y secos de los últimos años. Con una cuesta igualmente apocalíptica. Un mes que, sin embargo, para mí, se presentaba esperanzador y emocionante. Por fin dejaba la biblioteca de Daraquiel y me iba a vivir a Barcelona. Ya para siempre. O eso esperaba. Le cedía mi puesto a María José. Todito para ella. Yo me iría primero a estudiar para los exámenes de la universidad y luego a buscar trabajo como un loco. A probar suerte en una prometedora nueva vida. No era la primera vez que salía triunfante de una decisión así de arriesgada.
Como era costumbre en la biblioteca cada vez que alguien celebraba algo, avisé a todos de que iba a invitar a desayunar. A MariCruces, Gerardo, Darío, Amira y también a Leo y a la jefa. No era una cuestión de quedar bien con ellos, era un verdadero deseo de irme de allí en paz y acabar así con el inevitable sentimiento de culpabilidad que me asolaba desde que empezó todo. Estaba dispuesto hasta a tener un último acercamiento con la jefa para enterrar el hacha de guerra. Pero no fue posible. Ella me dejó claro que por su parte no existía tal posibilidad.
-Ya he desayunado. Además tengo cita con el médico y me voy en un rato –dijo, a pesar de que les había avisado a todos el día anterior de que vinieran sin desayunar.
Leo sí que aceptó, y a Antonio el archivero también se lo dije pero, como cabía esperar, lo agradeció con educación y dijo que seguramente no vendría.
Compré churros, chocolate, una jarra de café con leche y algunos pasteles. Preparé una de las mesas de la sala de usos polivalentes con platos, vasos y cubiertos de plástico. Y a punto estuve de comprar matasuegras y confeti para rematar.
Todos se dirigían a mí como en una despedida definitiva o, en todo caso, de mucho más de tres meses. Menos Gerardo que parecía no haberse enterado de qué iba la historia, a juzgar por sus palabras.
-Cuando vuelvas casi ni te vas a acordar de nosotros –bromeó con la carencia de gracia que le caracterizaba.
Un rotundo silencio se terminó con la oportuna intervención de MariCruces.
-Volverá si tiene que volver. En tres meses pueden pasar muchas cosas.
De eso se trataba justamente. De que me pasaran muchas cosas. Entre ellas, encontrar un trabajo de lo que fuera, en principio, para ir tirando los primeros meses de adaptación a la gran ciudad, asentarnos, y ponernos al día de los gastos extra iniciales para, luego, empezar a buscar en ámbitos más cercanos a mi perfil profesional. Barcelona ofrecería infinidad de posibilidades en el mundo de la información y la documentación. Y entre los cursos, los años de becario y la experiencia en la biblioteca ya tenía un currículum medianamente competente. Sólo me faltaba ponerme con el catalán, requisito imprescindible para muchos trabajos en Barcelona. Con trabajar de dependiente en una de las librerías La central ya tendría lo mismo que trabajando en la biblioteca de Daraquiel. Al menos en cuanto a funciones y sueldo. Además, me había hecho un listado de todos los centros de documentación, empresas de gestión documental, archivos privados y análogos que había en la ciudad. Un largo dossier en el que se volcaban mis presentimientos de éxito sobre la decisión que estaba tomando.
-¡Qué suerte el tío! –añadió Darío–. A Barcelona que se va. Nos lo deja aquí todo revolucionado y se va –eso era, precisamente, lo que me creaba remordimiento, sobre todo por Amira.
Una Amira silenciosa y pensativa que no articuló palabra durante todo el desayuno.
-Te vamos a echar de menos, bandido –dijo MariCruces antes de romper a llorar y darme un abrazo.
Amira esperó a que nos quedáramos los dos solos, a última hora de la tarde, cuando tocaba cerrar la biblioteca, para despedirse de mí.
-Bueno, Dani, pues ya llegó el momento –inspiró–. De verdad te deseo que no tengas que volver. Aunque… –bajó tímidamente la mirada–. Te voy a echar mucho de menos, lo sabes ¿no?
-Claro que sí, mi Amira. Si a alguien voy a echar en falta de aquí cuando esté en Barcelona vas a ser tú –respondí de corazón.
Nos dimos un fuerte abrazo y nos secamos las lágrimas compartiendo el único kleenex que teníamos.
-Y no quiero que pienses que estoy loca.
-¿Loca tú, Amira? ¿Por qué iba a pensar eso?
-Por haberme metido en tu coche aquella madrugada. Por haber temido que la jefa quisiera matarte.
-No te preocupes, para nada creo que estés loca –me callé durante unos segundos pensando en cómo decirle lo siguiente –. Si yo te contara… -continué–. Yo hasta he llegado a pensar que era una bruja, pero una bruja de las de verdad, de las que había que quemar en la hoguera –sonreí acordándome de mis “investigaciones” con Paz–. Bromas aparte, lo que sí creo es que deberías perderle el miedo. Al fin y al cabo no es para tanto. Con todo lo que ha pasado, se ha demostrado que no es la todopoderosa que creíamos, y que ella misma se creía. No digo que esté satisfecho con lo ocurrido porque sé que María Victoria tampoco ha jugado limpio y que también se ha aprovechado de su situación. Pero sí creo que no deberías volver a permitir que te ninguneara, ni que pisara tus derechos.
Amira no paraba de llorar.
-Ven aquí –volví a abrazarla. Estaba temblando –Tranquilízate, por favor, me estás asustando.
Hecha un mar de lágrimas, se esforzó en entonar la voz para decir algo importante.
-Tú ahora te vas, y vuelve María José. Todo va a ser como antes… O peor… ¿Sabes por qué pensé que la furia de la jefa pudiera llevarla a hacer algo tan grave como intentar matarte?
-No, no lo sé –respondí sorprendido.
-Porque no era la primera vez que lo hacía.
Tras aquella confesión final le pedí que me dejara cerrar la biblioteca a mí. Quería despedirme también de ella.
Terminé de colocar los últimos libros y discos que habían devuelto, como todos los días, y empecé a andar despacio por los pasillos de las estanterías. Me agradó sentir que, en cierto modo, en ellas, se quedaba algo de mí. Las reseñas, sinopsis y recomendaciones que semanalmente había ido imprimiendo y colgando junto al documento correspondiente se habían ido quedando como los carteles con los precios de los productos en las estanterías de los supermercados. De ahí vino la idea de “Grandes ofertas en libros”, actividad orientada a fomentar la lectura entre las amas de casa, y que emulaba el funcionamiento de las tarjetas de puntos de los supermercados pero canjeándolos en vez de por descuentos, por nuevas lecturas que se iban sellando en una guía personalizada con los comentarios de las lectoras. Una idea que terminó siendo todo un éxito pero de la que ahora la jefa quería prescindir porque, de repente, consideraba que aquello “desprestigiaba a la literatura por equipararla a un producto de limpieza de un supermercado”. Qué gilipollez. Estaba desdiciendo los argumentos que en su momento le habían hecho calificarla de “original iniciativa” por simple despecho. En el tablón de anuncios aún estaban colgados algunos carteles de actividades que habíamos organizado entre Amira y yo: el último concurso de relato breve, el buzón de sugerencias, el maratón de lectura…
Me senté en mi silla y eché un último vistazo a mi ordenador. Guardé mis carpetas en el pendrive que para tal fin había traído de casa de Paz y conforme se iban guardando los archivos iba viendo sus títulos en la ventana de transferencia. Memorias de las visitas guiadas realizadas por los colegios y el instituto, actividades para el Día del Libro, guías de lectura, opiniones de los usuarios, listados de los más leídos, guiones con las recomendaciones para la radio local, portadas escaneadas para la sección de novedades de La gaceta de Daraquiel… Tantas y tantas cosas que me recordaban los buenos tiempos de mi trabajo en la biblioteca, cuando la pesadilla aún era sueño, que inesperadamente me asoló un sentimiento de nostalgia y acabé llorando a moco tendido.
Entré una última vez en el depósito para ver la pintada de María José. Por un momento sentí que la jefa se había salido con la suya también conmigo, que había conseguido que me fuera dejando ahí todo lo que había aprendido y aportado a la biblioteca. Quitándose de en medio al molesto y bocazas “niñato venido de fuera”.
En la pared, junto a la pintada, estaba apoyada el arma que en su día había usado contra María José, según acababa de contarme Amira. La vieja escalera, ahora arreglada pero que antaño fue intencionadamente rota, a la que María José tuvo que subirse para coger el libro del fondo antiguo que la jefa le demandaba nerviosamente tras una fuerte discusión entre ambas. Un traspié que pudo haberle costado la vida pero que afortunadamente se quedó en una secuela física. La cojera de la pierna izquierda que tanto me llamó la atención el día que la conocí.
Una acusación que Amira había guardado todos estos años porque ni se atrevía a hacer ni tenía pruebas que la demostraran y que aquella noche en que yo volvía de la estación de Alzamil de San Germán, por el parecido de la situación, rememoró.
Amira temió que la jefa pudiera intentar matarme como en su día lo intentó con María José.