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jueves, 17 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXVII (1ª parte): Paz y un Quijote en Barcelona.


XXVII
PAZ Y UN QUIJOTE EN BARCELONA.
(1ª parte)

            -Arte vivo, pero no en movimiento.
            Pasear por La Rambla con Paz era diferente. Diferente a cuando lo hacía con Dante por las mañanas, antes de empezar nuestra ruta diaria de patinaje. Andaba más pendiente del reloj y de llegar a tiempo al piso para preparar la comida y que Juanjo pudiera apurar –los días que venía a comer– un poco más su siesta, que de pararme a mirar. Diferente también de las veces que lo hacíamos los dos. Me había vuelto tan práctico como él. Siempre iba a los sitios a tiro hecho, sin apenas prestar atención al rebosante trasiego de personas, arte y vida con que siempre cuenta tan emblemático lugar de la ciudad.
Cuando pasas a diario por ahí, la belleza de aquello puede llegar a convertirse en rutinaria. Terminas minimizando tus sentidos, concentrándolos en esquivar guiris y aprovechar los pocos huecos libres que se van abriendo entre las multitudes de japoneses fotografiándolo todo para poder seguir avanzando en tu camino, siempre con prisas.
            -Son fascinantes. Mira sus caras. Qué conseguido el maquillaje, la ropa... –Paz se deleitaba con cada uno de los mimos, muchos menos que hace años por una medida preventiva del Ajuntament ante la previsible masificación de nuevos buscavidas por la Crisis, tal y como empezó a contarnos un hombre cuando ella le preguntó. Coincidió que aquel destartalado señor estaba tan dispuesto como Paz a profundizar en una conversación desproporcionadamente íntima como para acabar de conocerse.
A ella le encantaba hablar de su vida con cualquiera, así que no tardó en explicarle lo de su desahucio y agradecer la oportunidad de conocer Barcelona que yo le había dado ofreciéndole alojamiento. Un par de semanas como mucho. Ni una más. Fue el pacto al que llegué con Juanjo. En mi favor, alegué que me daba un poco de miedo subir sólo con el coche cargado y que si ella (y Tree) venía conmigo, se me haría más llevadero. De todas formas Paz no iba a poder quedarse mucho tiempo, tenía que volver pronto para arreglar papeles, decidir qué hacía con su imprenta y emprender las medidas legales que un abogado de oficio pudiera ofrecerle contra su hermanastra.
Emprendimos la odisea desde La Mancha hasta Barcelona con el coche hasta arriba, casi sin visibilidad por el retrovisor, la perra a los pies de Paz en el asiento del copiloto sin ningún tipo de arnés reglamentario y no pocas anécdotas en un viaje largo y arriesgado por el números de multas que nos podrían haber puesto si nos hubieran parado para hacernos un control. Cosa que, afortunadamente, no ocurrió y pudimos llegar a nuestro destino, exhaustos pero sanos y salvos.
            -¡Manchega es Usted! –exclamó el señor cuando se enteró, y empezó a hacer torpes aspavientos con el brazo –Pues ahí tiene a su Don Quijote... –concluyó, señalando a otro mimo que estaba más adelante.
            Se había ingeniado el personaje consiguiendo el efecto de ir montado en Rocinante con una larga túnica gris perla y con destellos brillantes que arrastraba hasta el suelo. De entre sus piernas, asomaba la cabeza del caballo, un poco despeluzado seguramente por el vapuleo que le daba cada vez que alguien le echaba una moneda. El Quijote se ponía en pie de un salto y el animal parecía cobrar vida zarandeando la cabeza de un lado a otro. Una interpretación no demasiado espectacular pero que provocó en Paz unas enormes carcajadas.
            -¿Tienes una moneda? –me preguntó inmediatamente.
            Le faltó tiempo para echársela y acercarse a él con intención de hacer el mimo ella también.
            -¿Puedo ser tu Sancho Panza? –le preguntó con descaro.
            El público asistente empezó a reír.
            Sin haber obtenido más respuesta que el desconcierto, Paz se colocó junto a Don Quijote y adoptó una extraña postura, permaneciendo inmóvil hasta que el primer valiente se decidió a echar la primera moneda. El ingenioso hidalgo repitió su número pero de una manera más pausada para ver la reacción de su nueva e imprevista acompañante.
            Paz agitó la cabeza como Rocinante y empezó a dar brincos simulando ir al galope, moviendo los ojos en círculos a lo Marujita Díaz y sacando la lengua.
            Una disparatada intervención que pareció gustar porque hizo aumentar, en cuestión de segundos, la cantidad de monedas entregadas y de espectadores que se paraban a ver el número. Paz cambiaba su interpretación con cada nueva moneda, demostrando una vez más su asombrosa capacidad de improvisación. Y el Quijote parecía ir aprobando su compañía, aunque sólo fuera por rentabilidad.
            Cuando llegó la hora del bocadillo y la mayor parte de público fue en busca de algún restaurante o una terraza donde sentarse a comer, el mimo nos contó su historia respondiendo a las insistentes preguntas de Paz. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Siempre ha hecho de mimo? ¿Se necesita algún permiso? ¿Se gana la vida con esto? ¿Qué hacía antes?
            Una fascinante narración que comenzaba el 23 de enero de 1939. Justo tres días antes de que las tropas fascistas entraran en Barcelona por la Avinguda Diagonal, provocando a su paso más de setenta mil muertos.
-Un grupo de escritores e intelectuales pertenecientes a la Institució de les Lletres Catalanes emprendió su salida para un exilio que, en principio, se preveía corto –el mimo hablaba con un extraño acento entre catalán y argentino–, usando como medio de transporte un camión del ejército acondicionado como biblioteca móvil por el Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya para llevar libros en préstamo a los soldados que luchaban en el frente. Era el Bibliobús de la Llibertat –parecía  estar leyendo un libro, nunca mejor dicho.
            Sorprendente coincidencia. Apropiado discurso para el momento que estábamos viviendo, tanto Paz como yo.
            -Encabezados por Miquel Joseph i Mayol; Pompeu Fabra, Antoni Rovira i Virgili, Joan Oliver, Mercè Rodoreda, junto con sus familias, y algunos otros, entre los que estaban mis abuelos –eso aseguraba él, porque así vestido le faltaba credibilidad y sonaba un poco a delirio quijotesco–, se aventuraron, faltos de organización y desconcertados por el momento de caos y de derrota nacional que se vivía, en el camino hacia la libertad, en el éxodo que los llevaría hasta el exilio. Una trágica experiencia que para muchos de ellos significaría el adiós definitivo a Cataluña.
            Aproveché la pausa que hizo Don Quijote para comprar un par de menús en el Burguer King que teníamos detrás y avisar a Juanjo de que no íbamos a ir a almorzar, que le había dejado la comida preparada y sólo tenía que calentarla. Cuando volví, compartimos las patatas y los refrescos y seguimos escuchando la historia del mimo.
            -Mi familia emigró al otro lado del Atlántico.



miércoles, 28 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXII: ...El amor sale por la ventana.

XXII
… EL AMOR SALE POR LA VENTANA.

            -¿Y cómo pudieron hacer una copia de las llaves? –Juanjo no daba crédito a lo que el policía nos estaba contando.
            -Ya le digo, señor, en un momento de despiste cogerían una de sus llaves y mientras subían y bajaban los bultos, uno de ellos iría a una ferretería y haría la copia –respondió, en un ofensivo tono, incluyéndonos sin piedad en la lista de los otros 17 robos de la banda.
            Juanjo y yo salimos con la denuncia en la mano, el orgullo por los suelos y sin ningún tipo de consuelo. “Aunque la banda haya sido desarticulada, es muy posible que no recuperen sus pertenencias porque seguramente ya lo hayan vendido todo. Son gente muy profesional”, fue la sentencia con que nos despidieron de la comisaría.
            -Y ahora, ¿qué vamos a hacer? –pregunté retóricamente, supongo.
            -Jodernos… ¿Qué vamos a hacer? Jodernos –Juanjo empezaba a usar sus peores modales–. ¿Volver a comprar los muebles con el dinero que no tenemos? ¿Esperar que los putos rumanos nos los traigan de vuelta? ¿Cómo has podido ser tan despistado?
            ¿Has podido? Aquella conversación no iba a acabar bien.
            -Bueno, Juanjo, tanta culpa he podido tener yo como tú. Allí estábamos los dos –dije, intentando apaciguar los ánimos.
            -Dani, yo estaba abajo sujetándoles la puerta del portal. Las llaves las cogerían de casa. La otra copia que tenemos colgada en la pared de la entrada.
            -Vale, no te digo que no, no me daría cuenta –seguía esforzándome en mantener la calma–. Pero si tú estabas abajo, también podrías haberte dado cuenta de que entraban en la ferretería a hacer la copia.
            -Sí claro, la furgoneta aparcada en la otra punta, los dos subiendo y bajando, cargando cosas, y yo me voy a dar cuenta de que entran en la ferretería ¿no te jode?
            Preferí callarme para no discutir más.
            -Pues nada, a seguir durmiendo en el suelo –intenté desdramatizar–. Porque lo de alquilar la habitación, de momento, tendrá que esperar –de repente, me acordé de una cosa que me había dicho Judith la enfermera–. Aunque, espera un momento, igual hay una solución… ¿Qué día es hoy?
            -Lunes, ¿por qué? –respondió Juanjo, de mala gana.
            -Hablando con la enfermera el otro día de lo que habíamos comprado en IKEA y tal, me contó que ella y el novio al principio aprovecharon alguno de los muebles viejos que la gente deja en la calle los lunes por la noche. Podemos darnos un paseo por el barrio a ver si encontramos algo interesante… No sé, por lo menos un colchón para dormir.
Por lo visto, en Barcelona, los lunes por la noche se celebra algo así como un mercadillo popular del trueque. La gente deja en la calle sus muebles viejos, y no siempre porque estén inservibles, para que otras personas los puedan aprovechar antes de que se los lleven los servicios de limpieza.
            -¿Un colchón? ¿de la calle? Yo prefiero dormir en el suelo.
            -Juanjo, hijo, se limpia bien y por lo menos nos hace el apaño, que yo tengo la espalda destrozada
            -Muy buena idea, sí. Y si te parece, amueblamos también la otra habitación con muebles de la calle para alquilarla. Seguro que nos sobran los candidatos. “Piso compartido en El Raval, a cinco minutos de La Rambla, muy céntrico y bien comunicado. Habitación individual amueblada con muebles viejos recogidos de la calle. Toda una ganga. Gran oportunidad, no la deje escapar” –el sarcasmo de Juanjo ya rozaba lo impertinente.
            -Bueno, mira, vete a la mierda –no pude contenerme más–. Al carajo, se compran los muebles otra vez y ya está.
            -Sí, ya me dirás con qué dinero. ¿Con lo que a mí no me queda ya? ¿O con lo que a ti no te pagan de la biblioteca?
            -Bueno, a mi todavía me queda algo de los ahorros –pensé, antes de seguir el ofrecimiento–, aunque de ahí tengo que guardar para la letra del coche.
            -Pues a mí me viene facturón del móvil.
            -Claro…
            -¿Claro por qué? Si ya casi ni llamo, con la tarifa plana de internet sólo uso el WhatsApp.
            -Sí, ya lo sé, bien que lo usas.
            -¿Qué coño te pasa?
            -A mi nada, ¿y a ti? ¿Quién coño es Brian Tedder? ¿y por qué coño te manda mensajes a las tres de la madrugada? –al final, como siempre, solté la puya de mala manera y sin venir a cuento.