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martes, 8 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXV: Liquidación por cierre.

XXV
LIQUIDACIÓN POR CIERRE

            Encontré una relativa paz en la extenuante rutina diaria que me impuse para esquivar el estrés provocado por mi infructuosa búsqueda de trabajo y por las turbulencias sentimentales entre Juanjo y yo de aquellos días en Barcelona. ¿Por qué iba a tener yo más suerte que aquellos miles de negocios montados a base de sacrificio y trabajo por personas antes ilusionadas y ahora decepcionadas obligadas a tener que colgar el cartel de “Liquidación por cierre”? Empezaba a pensar que era injusto querer permitirme el lujo de cambiar de trabajo cuando la cifra de parados en España superaba los cinco millones y medio. Sentía que quizá debía conformarme con lo que tenía. Un funcionariado en una biblioteca donde no quería estar, lejos de quien quería estar, en un pueblo perdido al que no me unía nada y carente de motivación alguna pero que, al menos, me “daba de comer”. El Ayuntamiento de Daraquiel, según me contó Amira y tal como pude comprobar al consultar los últimos movimientos de mi cuenta, había empezado a pagarnos los sueldos retrasados de manera racionada “gracias a los nuevos créditos ICO habilitados por el Gobierno”. Ya disponía de ése primer reembolso y, después de hacer cuentas, por fin pude pagarle a Juanjo mi parte del alquiler. Él me dijo que no le corría prisa pero yo necesitaba tener la tranquilidad de saber que no estaba siendo “el mantenido”. Por una cuestión de orgullo propio. Aunque en otros momentos de nuestra relación podría haberse considerado que era al revés cuando yo trabajaba y él estudiaba, yo nunca lo había visto así porque además me compensaba para poder seguir viviendo juntos. Para mí el dinero, que siempre habíamos tenido como bien escaso, no iba a ser un impedimento o una complicación más y mientras pudiera hacer frente a mi parte de los gastos comunes, así lo haría. Si en algún momento me fuera imposible, muy a mi pesar, hubiera aceptado su remiso ofrecimiento. Había sido yo el que más había insistido de los dos para aventurarnos a firmar el contrato de “un piso perfectamente situado en el centro de Barcelona, ideal para nosotros y en el que por fin íbamos a poder estar juntitos otra vez”, frente a un reticente y racional Juanjo que terminó aceptando cuando yo le aseguré que todos los meses, lograra quedarme o no en Barcelona, iba a seguir contribuyendo con mi mitad. Así que tenía que cumplir mi palabra.
            Aburrido, pues, de buscar y no encontrar, relegué mi prioridad diaria. Primero porque se me empezaban a agotar las posibilidades donde seguir echando currículums y segundo porque un temor interno al que intentaba silenciar me decía que aquel desesperado intento había dejado de merecer la pena. La cuenta atrás iba agotando los días y sentía que debía disfrutar de una estancia en Barcelona que empezaba a pender de un hilo. Mis esporádicas intervenciones de camarero en El cangrejo finalizaron en el mismo momento en que Brian dejó de trabajar allí. De repente, un día nos dijo que tenía que irse y, sin más, desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Recogió sus cosas sin dar más explicaciones, y se largó, dejándonos colgado el alquiler de la habitación. Su número de teléfono móvil, la única forma de contacto que podíamos haber mantenido con él, respondía como inoperativo las veces que intentamos llamarle para saber de su vida.
            Trabajo no conseguiría, pero me iba a convertir en el abanderado número uno del movimiento “Mens sana in corpore sano”. Antes de irse, pudimos aprender varias lecciones saludables de Brian y emulé algunas de sus prácticas en mi nueva rutina diaria. Potente desayuno a base de zumo de naranjas recién exprimidas, copos de avena con leche desnatada, una pieza de fruta y un té verde con una rodaja de limón y una cucharada de miel tras el cual emprendía la mañana con dos intensas horas de patinaje acompañado por Dante, que resultó ser el espectáculo de los viandantes que circulaban a pie o en bici por nuestra ruta, desde el Passeig de Colom bordeando toda la Barceloneta hasta llegar a Poblenou, maravillados con lo que daban de sí unas patitas tan cortas como las de un perro salchicha. Luego vuelta al piso, durante hora y media o dos horas para dedicarme a las tareas del hogar, sobre todo preparar y empaquetar en tuppers almuerzos y cenas para las guardias de Juanjo, un rápido vistazo en el ordenador a los portales de empleo por si acaso y luego una horita de piscina en el polideportivo al que Juanjo y yo nos apuntamos con Brian para seguir una tabla de ejercicios que él nos había propuesto según “nuestras necesidades de mejora física”. Dependiendo de si Juanjo tenía guardia o no, volvía al piso para almorzar con él o cogía la bici para llevarle la comida al Zoo. Había descubierto las delicias del transport públic urbá amb bicicleta de Barcelona y, gracias al buen tiempo que acompañaba, iba con él a todos lados. Una auténtica maravilla. Por la tarde, de nuevo en bici, iba a la Universidad, normalmente para estudiar en la biblioteca. Aquella tarde, en cambio, había concertado una tutoría con el profesor de Informació i Formats Digitals para evaluar el adecuado desarrollo del blog para la práctica de fin de curso. Y por la noche, de nuevo en función de las guardias de Juanjo, iba al gimnasio sólo o acompañado por él.
            El profesor de la asignatura era un hombre joven, o de mediana edad. En todo caso, uno de esos arquetipos masculinos a los que cumplir años les sienta bien. Unos intensos ojos celestes agrandados bajo unas gafas de intelectual miope resaltaban su mirada profunda, barba con algunas canas y cejas pobladas pero bien definidas. Julio Fombuena me recibió con un cordial apretón de manos y algo que pareció un guiño.
            -Buenas tardes, don Daniel –dijo, categóricamente.
            -Hola, buenas tardes –respondí yo, con timidez. Aparte de las distancias que siempre he mantenido con mis profesores, algo había en ese hombre que me intimidaba, más allá del temor inicial de que empezara hablándome en catalán.
            -Ha venido por el trabajo de fin de curso, ¿verdad?
            Asentí.
            -Pues debo decirle –continuó él– que es uno de los que más me ha llamado la atención, si le soy sincero.
            No sabía si eso era bueno o malo, por lo que preferí callar y dejarle hablar a él.
            -La mayoría de alumnos han hecho algo más enfocado a la temática de la asignatura, pero he de reconocer que es grato comprobar que algunos, como Usted, han optado por otra alternativa más… –calló por unos segundos– Original, digamos. La idea de escribir una narración novelizada por capítulos puede ser interesante, pero tiene que saber enfocarla adecuadamente.
            -Ya… Sé que no tiene nada que ver con su asignatura, pero como nos dio margen para elegir… Fue lo que se me ocurrió.
            -Sí, sí, y me parece muy bien. De hecho, le animo a seguir con su trabajo. Quizá sea difícil evaluarlo dentro de los objetivos de la asignatura, pero… –se quitó las gafas y las dejó encima de un taco de folios sobre la mesa– ¿Es la primera vez que escribe?
            No, no era la primera vez, pero no sé por qué le contesté que sí.
            -Pues tiene talento, no sé si lo sabe. La historia que cuenta podría tener alguna salida. Tengo amigos en varias editoriales y, si me da permiso, me gustaría enseñarles su trabajo.
            ¿Mis Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis en una editorial? ¿Aquella chorrada que empecé a escribir por puro aburrimiento durante mi primer ingreso en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep?
            -Sí, no me mire así. Además de profesor, soy lector y sé cuando algo me gusta y cuando no. Por supuesto habría que limar algunos detalles y sería interesante que se lo tomara en serio porque tal y como lo ha planteado hasta ahora no alcanzaría la categoría de novela, en todo caso la de crónica. Pero aún así, su estilo es interesante, sencillo, pero interesante. Y podría encuadrarse en lo que buscan algunas de las editoriales que le comento, minoritarias, por supuesto, y más alternativas, pero… ¿quién sabe?
            Cerré la puerta del despacho de Julio casi temblando. Por supuesto, le di mi permiso para presentar “mi trabajo” en todas las editoriales que quisiera pero no podía evitar el temor de no dar la talla, de haber empezado algo que, al parecer, prometía y no saber continuarlo. Claro que me hacía mucha ilusión la idea, tanta que sentí vértigo. No concebía que algo escrito por mi fuera susceptible de ser publicado.
            Cuando llegué al piso, estaba deseando contárselo a Juanjo. Él me interrumpió diciéndome que íbamos a llegar tarde al gimnasio, que se lo contara ya allí. Hacía días que habíamos dejado de mimarnos, tanto él a mí como yo a él, y aunque el sexo hubiera mejorado entre nosotros después del trío con Brian, no era lo mismo que antes. Era sólo eso, sexo. Faltaban abrazos, caricias y besos desde hacía demasiado tiempo. Los dos lo sabíamos, pero él optó por una desconcertante indiferencia y yo asumí el papel de criado sumiso que debía tenerle la casa siempre lista y la comida en la mesa como torpe forma de demostrarle un cariño que en aquel momento no sabía darle de otra manera.
Escuchó mi historia sin muchas ganas en los vestuarios mientras se quitaba la ropa para entrar en la ducha. Me quedé mirándole y fijándome en cada parte de su anatomía. Seguía encantándome su cuerpo desnudo. Pero sentía que por su parte no había la misma correspondencia hacia el mío, que pasaba inadvertido ante sus ojos. Pudorosamente, me tapé con la toalla y recogí mi mochila diciéndole que le esperaba fuera. Cuando cogí el móvil, tenía un mensaje de Paz, corto pero conciso.

Dani, tienes que recoger tus cosas de casa. Me desahucian.




jueves, 15 de marzo de 2012

CAPÍTULO XX: Desayuno de despedida.

XX
DESAYUNO DE DESPEDIDA

            Las siguientes semanas se desarrollaron con una forzada normalidad que, de forma latente, anticipaba el germen de importantes cambios. La novedad más llamativa fue ver que la jefa venía a trabajar algunas tardes, sin dirigir la palabra a nadie, enfadada con el mundo y encerrándose a solas en su despacho. Cumplía así el horario que en realidad había tenido desde siempre pero que llevaba años acomodando a su conveniencia. María Victoria, en su papel de concejala y aprovechando mis reivindicaciones como punto de partida para la personal venganza que empezaba a servir en plato frío, se lo impuso con regodeo. Abusos de poder, antes de la una y ahora de la otra, consentidos por las absurdas estructuras jerárquicas que “el sistema” establece entre iguales.
Leo, Amira y yo habíamos acordado un cuadrante, siguiendo también las indicaciones de la nueva política, para disfrutar de una tarde libre a la semana cada uno, rotando entre los miércoles, jueves y viernes. Una medida que a Leo no le gustó nada, pero con la que Amira y yo estábamos encantados. Nos parecía un regalo divino poder pasar la tarde de un día entre semana fuera de los muros de la biblioteca. Un tiempo libre extra que aprovechábamos al máximo. Amira se apuntó a clases de flauta y de baile flamenco y yo ayudaba a Paz en las no pocas tareas que exigían el cuidado diario de todos sus animales.
            Contra los pronósticos más optimistas, la profecía se cumplió y terminamos el mes de diciembre sin cobrar. Ni el sueldo ni la paga extra. Los sindicatos iniciaron unas movilizaciones de las que pocos esperaban frutos reales. La mayoría parecía “entender” la difícil situación y “confiaba” en una pronta solución, pero los sindicalistas tenían que cumplir su teatro. Colgaban carteles de protesta en el tablón de anuncios del Ayuntamiento, convocaban asambleas informativas y Javier, el representante de los trabajadores, se pasaba de vez en cuando por cada uno de los servicios municipales para caldear aún más los ánimos recordándonos lo ilegal de la situación pero, a la vez, la imposibilidad de negarse a trabajar porque si no se corría el riesgo de perder el puesto de trabajo. En resumen, estábamos atados de pies y manos. El mensaje que nos enviaban en las circulares que llegaban a nuestros correos electrónicos era tan alarmista como difuso.

            Estimados compañeros y compañeras,
            La reunión del Comité de Empresa con el alcalde celebrada el día de ayer ha sido extensa e intensa.
            Se nos han presentado diversos escritos de la Junta de reducción de financiación al Ayuntamiento.
            Nos comunican la delicada situación económica que atraviesa en estos momentos las arcas municipales, y nos piden serenidad y paciencia. A su vez, nos informan de la posibilidad de que, debido a las comunicaciones de recortes, se pudieran ver afectados algunos trabajadores, algunos servicios y algunas remuneraciones.
            Desde el sindicato seguiremos negociando  para que se mantengan todos los servicios y puestos de trabajo y se estudien formas alternativas de financiación.
            Nos reuniremos nuevamente la semana que viene para seguir analizando y que nos informen si llegan nuevas comunicaciones.
            Quedamos a vuestra entera disposición para cualquier duda o consulta.
            Saludos.
            Sección sindical del Ayuntamiento de Daraquiel.
             
La consecuencia directa de la situación para mí fueron unas obligadamente austeras navidades en el Zoo de Barcelona, acompañando a Juanjo en las guardias que le tocó cubrir como novatada de haber sido el último en entrar en plantilla, cenando pizza como máximo manjar la noche de fin de año y hablando con la familia por teléfono contando los minutos para no sobrepasar el límite de la tarifa plana. Teníamos que rascar de su sueldo casi mileurista y de mis pocos ahorros (ya que no sabía si podría contar o no con el último sueldo de la biblioteca) para hacer frente a los gastos que se nos venían encima.
Por fin habíamos encontrado un piso en Barcelona para los dos, pero nos pedían dos meses de fianza, la comisión de la inmobiliaria y el alta de los suministros de agua y luz. Un prometedor nidito de amor ubicado en el céntrico barrio de El Raval, a cinco minutos de La Rambla, sin muebles y con humedades, que requeriría más de una mano de pintura y alguna que otra visita a IKEA. En suma, una terrorífica cifra con la que podríamos poner fin a vivir de prestados –él con Aroa y yo con Paz– y volver a convivir como pareja. Aunque ello nos costara innumerables quebraderos de cabeza y auténticas virguerías para llegar a fin de mes.
Enero empezó con el augurio de ser uno de los más fríos y secos de los últimos años. Con una cuesta igualmente apocalíptica. Un mes que, sin embargo, para mí, se presentaba esperanzador y emocionante. Por fin dejaba la biblioteca de Daraquiel y me iba a vivir a Barcelona. Ya para siempre. O eso esperaba. Le cedía mi puesto a María José. Todito para ella. Yo me iría primero a estudiar para los exámenes de la universidad y luego a buscar trabajo como un loco. A probar suerte en una prometedora nueva vida. No era la primera vez que salía triunfante de una decisión así de arriesgada.
Como era costumbre en la biblioteca cada vez que alguien celebraba algo, avisé a todos de que iba a invitar a desayunar. A MariCruces, Gerardo, Darío, Amira y también a Leo y a la jefa. No era una cuestión de quedar bien con ellos, era un verdadero deseo de irme de allí en paz y acabar así con el inevitable sentimiento de culpabilidad que me asolaba desde que empezó todo. Estaba dispuesto hasta a tener un último acercamiento con la jefa para enterrar el hacha de guerra. Pero no fue posible. Ella me dejó claro que por su parte no existía tal posibilidad.
-Ya he desayunado. Además tengo cita con el médico y me voy en un rato –dijo, a pesar de que les había avisado a todos el día anterior de que vinieran sin desayunar.
Leo sí que aceptó, y a Antonio el archivero también se lo dije pero, como cabía esperar, lo agradeció con educación y dijo que seguramente no vendría.
Compré churros, chocolate, una jarra de café con leche y algunos pasteles. Preparé una de las mesas de la sala de usos polivalentes con platos, vasos y cubiertos de plástico. Y a punto estuve de comprar matasuegras y confeti para rematar.
Todos se dirigían a mí como en una despedida definitiva o, en todo caso, de mucho más de tres meses. Menos Gerardo que parecía no haberse enterado de qué iba la historia, a juzgar por sus palabras.
-Cuando vuelvas casi ni te vas a acordar de nosotros –bromeó con la carencia de gracia que le caracterizaba.
Un rotundo silencio se terminó con la oportuna intervención de MariCruces.
-Volverá si tiene que volver. En tres meses pueden pasar muchas cosas.
De eso se trataba justamente. De que me pasaran muchas cosas. Entre ellas, encontrar un trabajo de lo que fuera, en principio, para ir tirando los primeros meses de adaptación a la gran ciudad, asentarnos, y ponernos al día de los gastos extra iniciales para, luego, empezar a buscar en ámbitos más cercanos a mi perfil profesional. Barcelona ofrecería infinidad de posibilidades en el mundo de la información y la documentación. Y entre los cursos, los años de becario y la experiencia en la biblioteca ya tenía un currículum medianamente competente. Sólo me faltaba ponerme con el catalán, requisito imprescindible para muchos trabajos en Barcelona. Con trabajar de dependiente en una de las librerías La central ya tendría lo mismo que trabajando en la biblioteca de Daraquiel. Al menos en cuanto a funciones y sueldo. Además, me había hecho un listado de todos los centros de documentación, empresas de gestión documental, archivos privados y análogos que había en la ciudad. Un largo dossier en el que se volcaban mis presentimientos de éxito sobre la decisión que estaba tomando.
-¡Qué suerte el tío! –añadió Darío–. A Barcelona que se va. Nos lo deja aquí todo revolucionado y se va –eso era, precisamente, lo que me creaba remordimiento, sobre todo por Amira.
Una Amira silenciosa y pensativa que no articuló palabra durante todo el desayuno.
-Te vamos a echar de menos, bandido –dijo MariCruces antes de romper a llorar y darme un abrazo.
Amira esperó a que nos quedáramos los dos solos, a última hora de la tarde, cuando tocaba cerrar la biblioteca, para despedirse de mí.
-Bueno, Dani, pues ya llegó el momento –inspiró–. De verdad te deseo que no tengas que volver. Aunque… –bajó tímidamente la mirada–. Te voy a echar mucho de menos, lo sabes ¿no?
-Claro que sí, mi Amira. Si a alguien voy a echar en falta de aquí cuando esté en Barcelona vas a ser tú –respondí de corazón.
Nos dimos un fuerte abrazo y nos secamos las lágrimas compartiendo el único kleenex que teníamos.
-Y no quiero que pienses que estoy loca.
-¿Loca tú, Amira? ¿Por qué iba a pensar eso?
-Por haberme metido en tu coche aquella madrugada. Por haber temido que la jefa quisiera matarte.
-No te preocupes, para nada creo que estés loca –me callé durante unos segundos pensando en cómo decirle lo siguiente –. Si yo te contara… -continué–. Yo hasta he llegado a pensar que era una bruja, pero una bruja de las de verdad, de las que había que quemar en la hoguera –sonreí acordándome de mis “investigaciones” con Paz–. Bromas aparte, lo que sí creo es que deberías perderle el miedo. Al fin y al cabo no es para tanto. Con todo lo que ha pasado, se ha demostrado que no es la todopoderosa que creíamos, y que ella misma se creía. No digo que esté satisfecho con lo ocurrido porque sé que María Victoria tampoco ha jugado limpio y que también se ha aprovechado de su situación. Pero sí creo que no deberías volver a permitir que te ninguneara, ni que pisara tus derechos.
Amira no paraba de llorar.
-Ven aquí –volví a abrazarla. Estaba temblando –Tranquilízate, por favor, me estás asustando.
Hecha un mar de lágrimas, se esforzó en entonar la voz para decir algo importante.
-Tú ahora te vas, y vuelve María José. Todo va a ser como antes… O peor… ¿Sabes por qué pensé que la furia de la jefa pudiera llevarla a hacer algo tan grave como intentar matarte?
-No, no lo sé –respondí sorprendido.
-Porque no era la primera vez que lo hacía.
Tras aquella confesión final le pedí que me dejara cerrar la biblioteca a mí. Quería despedirme también de ella.
Terminé de colocar los últimos libros y discos que habían devuelto, como todos los días, y empecé a andar despacio por los pasillos de las estanterías. Me agradó sentir que, en cierto modo, en ellas, se quedaba algo de mí. Las reseñas, sinopsis y recomendaciones que semanalmente había ido imprimiendo y colgando junto al documento correspondiente se habían ido quedando como los carteles con los precios de los productos en las estanterías de los supermercados. De ahí vino la idea de “Grandes ofertas en libros”, actividad orientada a fomentar la lectura entre las amas de casa, y que emulaba el funcionamiento de las tarjetas de puntos de los supermercados pero canjeándolos en vez de por descuentos, por nuevas lecturas que se iban sellando en una guía personalizada con los comentarios de las lectoras. Una idea que terminó siendo todo un éxito pero de la que ahora la jefa quería prescindir porque, de repente, consideraba que aquello “desprestigiaba a la literatura por equipararla a un producto de limpieza de un supermercado”. Qué gilipollez. Estaba desdiciendo los argumentos que en su momento le habían hecho calificarla de “original iniciativa” por simple despecho. En el tablón de anuncios aún estaban colgados algunos carteles de actividades que habíamos organizado entre Amira y yo: el último concurso de relato breve, el buzón de sugerencias, el maratón de lectura…
Me senté en mi silla y eché un último vistazo a mi ordenador. Guardé mis carpetas en el pendrive que para tal fin había traído de casa de Paz y conforme se iban guardando los archivos iba viendo sus títulos en la ventana de transferencia. Memorias de las visitas guiadas realizadas por los colegios y el instituto, actividades para el Día del Libro, guías de lectura, opiniones de los usuarios, listados de los más leídos, guiones con las recomendaciones para la radio local, portadas escaneadas para la sección de novedades de La gaceta de Daraquiel… Tantas y tantas cosas que me recordaban los buenos tiempos de mi trabajo en la biblioteca, cuando la pesadilla aún era sueño, que inesperadamente me asoló un sentimiento de nostalgia y acabé llorando a moco tendido.
Entré una última vez en el depósito para ver la pintada de María José. Por un momento sentí que la jefa se había salido con la suya también conmigo, que había conseguido que me fuera dejando ahí todo lo que había aprendido y aportado a la biblioteca. Quitándose de en medio al molesto y bocazas “niñato venido de fuera”.
En la pared, junto a la pintada, estaba apoyada el arma que en su día había usado contra María José, según acababa de contarme Amira. La vieja escalera, ahora arreglada pero que antaño fue intencionadamente rota, a la que María José tuvo que subirse para coger el libro del fondo antiguo que la jefa le demandaba nerviosamente tras una fuerte discusión entre ambas. Un traspié que pudo haberle costado la vida pero que afortunadamente se quedó en una secuela física. La cojera de la pierna izquierda que tanto me llamó la atención el día que la conocí.
Una acusación que Amira había guardado todos estos años porque ni se atrevía a hacer ni tenía pruebas que la demostraran y que aquella noche en que yo volvía de la estación de Alzamil de San Germán, por el parecido de la situación, rememoró.
Amira temió que la jefa pudiera intentar matarme como en su día lo intentó con María José.     






           

miércoles, 15 de febrero de 2012

CAPÍTULO XII: La auditoría del Ayuntamiento.


XII
LA AUDITORÍA DEL AYUNTAMIENTO

            -Os he reunido a los tres para explicaros un poco qué pretendemos con esta auditoría que en pleno extraordinario decidimos poner en marcha desde el Ayuntamiento –María Victoria estaba interiorizando su papel de política a pasos agigantados–. Sabemos que estamos recibiendo muchas críticas por haber contratado a una empresa externa en tiempos de crisis, pero después de haber comprobado el penoso estado de las arcas municipales y muchas de las irregularidades que se estaban produciendo con el anterior gobierno, nos hemos visto obligados a ello. Primero porque consideramos que garantizaba una mayor objetividad y segundo porque necesitábamos tener una visión global y real de la situación, para poder empezar a tomar medidas –dio un sorbo a una botella de agua que sacó del bolso y continuó con su mitin–. No sé si lo sabéis, pero la situación, en general, es muy complicada.
            Leo mantenía semblante cabizbajo, todo lo contrario a Amira que observaba con sus grandes ojos a la concejala y escuchaba atentamente sus palabras:
            -Estamos yendo servicio por servicio para informar personalmente a cada uno de los trabajadores, y también para desmentir alguno de los rumores que están circulando como el de los despidos masivos.
            Leo levantó la cabeza por primera vez en todo el discurso de María Victoria y la miró como suplicante. Ella siguió:
            -Aclarar que no se ha despedido a nadie. Simplemente no se han renovado alguno de los contratos de personal laboral y eventuales que, en principio, hemos considerado prescindibles y a los que se les ha facilitado todo para que puedan pedir el desempleo o el subsidio, según el caso, con la idea de reubicarlos en un futuro que esperamos sea lo más cercano posible. Eso, Leo, creo que te puede interesar especialmente a ti –Amira y yo éramos funcionarios y Leo personal laboral–. Tu caso en concreto es un poco más delicado, y queremos que nos contéis un poco cuáles son vuestras competencias y cómo os organizáis el trabajo de la biblioteca.
            Dios mío, ya no sólo me había ganado el odio de la jefa sino que el de Leo venía de camino. De la misma manera que me responsabilizó de la ingestión de pastillas de la jefa, para él, yo también sería el culpable absoluto de que la concejala revisara su puesto de trabajo, por haber presentado aquella polémica carta de reivindicación que parecía haber sido el punto de partida para airear todas las miserias de la biblioteca. Su puesto y el nuestro, aunque algo me decía que, laboralmente, él tenía más que temer que Amira y yo.
            -Bueno, yo me encargo de toda la labor técnica –empezó Leo su argumento–, es decir, estudio y análisis de la colección, emisión y recepción de pedidos y desideratas, catalogación, elaboración y redacción de memorias, anuarios, balances de prestatarios, contabilización de usuarios, gestión y aviso de las reservas, el préstamo interbibliotecario, actualización de la página web y apoyo y refuerzo en cualquiera de las actividades de extensión cultural que nosotros o la directora propone. Además, también suplo el puesto de mis compañeros atendiendo a los usuarios cuando alguno de ellos está de día de asuntos propios o durante sus vacaciones.
            Aquella exposición llena de embustes y florituras no podía haber sido improvisada. Era evidente que Leo llevaba tiempo preparándola. Todo lo que acababa de decir sonaba literal al temario de oposiciones de técnico de archivos y bibliotecas. Amira y yo nos dimos cuenta perfectamente, pero a María Victoria sí que parecía estar convenciéndola.
            -¿Y vosotros? –preguntó la concejala, dirigiéndose a Amira y a mí.
            Estaba preparado para tomar yo la iniciativa porque jamás hubiera pensado que Amira dijese lo que iba a decir:
            -Eso no es del todo cierto, Leo, y lo sabes –la temerosa Amira dio paso a la versión bibliotecaria de Juana de Arco–, todo eso que has dicho lo hacemos entre los tres. Y de la misma manera que tú dices que nos cubres a nosotros cuando no estamos, igualmente lo hacemos nosotros contigo.
         -Lo que no quiero es que se cree un conflicto por esto –intervino, conciliadora, María Victoria–. Sólo quiero conocer el funcionamiento de vuestro trabajo. No es cuestión de que me convenzáis de quién hace más o quién menos. El hecho de que seáis tres personas es porque en su momento se determinó que eráis necesarios los tres. Yo sólo quiero comprobar que las necesidades del servicio siguen siendo las mismas que por entonces, o si han cambiado. Tanto en el caso de que hayan crecido como en el de que hayan disminuido. Porque si fuera necesario, plantearíamos una redistribución de jornadas o intentaríamos buscar una solución lo menos perjudicial para todos; aunque la posibilidad que apunta el sindicato de contratar personal extra desde ya os digo que es totalmente imposible por la precaria situación económica que tenemos y que supongo que entenderéis. Y del horario también quería que me comentárais. Sobre todo el tema de las tardes libres.
            María Victoria venía guerrera, y ahora tocaba el peliagudo tema de las tardes libres. Amira y yo ya habíamos intentado en más de una ocasión hablarlo amistosamente con Leo, pero él siempre alegaba necesidades extras por su puesto y contaba con el respaldo de la jefa, que en ese sentido le venía de perlas por lo beneficiado que salía y por compartir con ella una misma mentalidad jerárquica. Así que la reconciliación de posturas nunca llegó.
            -Bueno, lo de las tardes es porque mucho de mi trabajo requiere de una labor intelectual y de concentración, imposible de conseguir si estoy atendiendo al público. Por eso, la directora me propuso venir algunos días de la semana en jornada intensiva sólo por las mañanas, por una cuestión de productividad y rendimiento. Adelanto más trabajo cuando vengo de ocho a tres que cuando tengo que venir en turno partido –Leo se mostraba muy seguro de su alegato, sin embargo María Victoria iba a darle una información que yo ya conocía y que a él estaba a punto de ponerle en evidencia. Por eso me mordí la lengua para no soltar una barbaridad, y la dejé hablar a ella:
         -Ese tema tendré que discutirlo con la directora cuando se recupere de “lo suyo” –sonó a ironía–, pero lo que sí tengo que decirte, Leonardo, es que tú, como el resto de tus compañeros, y eso la incluye a ella, al administrativo y al bedel, con los que también hablaré luego, tenéis un turno partido los cinco días de la semana por el que cobráis un plus en vuestro sueldo.
            Leo se quedó en silencio, mientras María Victoria continuaba:
        -Y eso lo firmaste en tu contrato, Leonardo. Ni es justo ni responde a tus condiciones laborales que no lo cumplas. Por eso la propuesta que os quería hacer, tanto a ti como a la directora, era daros a elegir entre modificar vuestras condiciones, cambiándoos el horario con lo que, consecuentemente, dejaríais de percibir el complemento salarial de trabajar las tardes; o mantenerlo tal cual pero viniendo a trabajar dentro de vuestro horario, es decir, las cinco tardes. En todo caso, permitiría que disfrutarais de alguna tarde libre a la semana, sin quitaros ese suplemento, siempre que fuera repartida de forma igualitaria con el resto de compañeros, con un sistema de turnos rotatorios o de alguna otra manera que no afectara al buen funcionamiento del servicio y se pudiera seguir manteniendo el mismo horario de apertura al público.
            Amira y yo habíamos barajado esa posibilidad muchas veces, pero nunca nos decidimos a plantearla en serio porque sabíamos que no iba a servir de nada. Las cosas se habían mantenido así durante los veinte años de dictadura de la jefa y así continuarían salvo una histórica confabulación de los astros. O salvo que la nueva concejala de personal fuera una de sus peores enemigas, como cada día parecía evidenciarse más, y estuviera dispuesta a cambiarlo todo más que por hacer justicia, por el simple gustazo de quitarle autoridad a la jefa.
       -El problema, María Victoria –intervine, recordando a tiempo que debía tutearla–, es que estamos muy limitados a la hora de pedirnos algún día o de solicitar las vacaciones, porque la directora siempre nos ha dicho que nunca se puede quedar una sola persona en la biblioteca. Por eso, nunca podemos coincidir dos y si además los días se restringen por las tardes libres de Leo, la cosa se complica aún más –aproveché la nueva oportunidad para exponer la que iba a ser mi última reivindicación laboral.
            María Victoria se quedó pensativa un rato. Un tenso minuto de silencio que fue roto por uno de los hombres de chaqueta que, con decidida actitud, apoyó su maletín sobre la mesa y sacó de él una carpetilla de plástico:
            -Nosotros hemos estado revisando –dijo, mientras exponía la carpetilla como prueba– cuáles son las competencias de cada puesto, el horario, las obligaciones y los derechos. Y precisamente cuando se convocó la plaza que ahora ocupa Leonardo, vemos que se estableció por escrito, curiosamente firmado y aprobado por la propia directora de la biblioteca, que su figura profesional tuviera también un turno partido para poder jugar con esa flexibilidad, y que tanto los auxiliares como el mismo técnico disfrutaran de mayor libertad para hacer uso de sus días de asuntos propios. Es más, dentro de las tareas del técnico se añadió una nueva: la de sustituir a los auxiliares en su puesto de atención al público en caso de posibles ausencias de éstos. Y viceversa. Los auxiliares asumían labores del técnico, en caso necesario.       
-Mirad, chicos –María Victoria tomó ahora un tono amistoso, totalmente distinto al del principio de la conversación–, como os decía, la situación es muy delicada. Incluso es posible que este mes no se os puedan pagar los sueldos –tuvo el descaro de decirlo en segunda persona, como reconociendo que a ella, como al resto de políticos, no le afectaría tan drástica medida–. El Ayuntamiento ahora mismo está en trámites de que se le conceda un crédito ICO para poder hacer frente no sólo a los sueldos sino también a otros pagos de urgente necesidad. Nos toca contar con vuestra comprensión y paciencia, ya que aunque confiamos plenamente en que se nos concederá, no sabemos cuánto demorará.
Era la primera vez que nos lo decía directamente una representante oficial, y de una manera tan clara. Circulaban desde hacía meses habladurías sobre la ruinosa situación del Ayuntamiento, y las comparaciones con los funcionarios locales de otros pueblos que ya estaban sin cobrar habían empezado a hacerse, en tono de broma. Sin embargo, a tiempo, o un par de días más tarde de lo habitual, al final siempre terminábamos cobrando la nómina adecuadamente, y todo se quedaba en un susto.
Ahora el rumor se confirmaba. Y la que hace unos años parecía una situación imposible se convertía de la noche a la mañana en toda una realidad. Realidad a la que ya se estaban enfrentando tantos trabajadores en toda España. Una quiebra que ya no distinguía ni de empleo público ni privado, y que hacía tambalear toda la estabilidad económica de un país, de familias enteras cuyo plan de vida se iba al traste. Donde la hasta entonces intocable figura del funcionario pasaba a ser el blanco fácil, el pelele de un poder que le hacía pagar injustamente sus errores y sus derroches.
Una nueva realidad que cambiaba todos mis esquemas. Con aquella noticia desaparecía el único motivo que aún me ataba a Daraquiel y a su biblioteca, precipitando de forma irremediable mi decisión de irme a Barcelona con Juanjo.




sábado, 14 de enero de 2012

CAPÍTULO VII (1ª parte): Las distintas tonalidades del gris.

 

VII

LAS DISTINTAS TONALIDADES DEL GRIS

 

         1ª parte.

            Me acosté dándole vueltas al tema de los ancestros brujeriles de mi jefa. Sólo podía llegar a la conclusión que se debe llegar siempre en estos casos. Ni lo negro es tan negro ni lo blanco tan blanco como lo pintan, hay infinidad de tonalidades de grises.
            Paz, por supuesto, había estado encantada de escuchar la historia de la bruja Justina Negrete y, para ella, mi jefa, sin lugar a dudas, habría heredado las actitudes demoníacas de su estirpe. Ya se había formado su propia película. Y es que los datos eran jugosos no para un filme, sino para una semana completa de sobremesas de antena 3. Pero siendo racional y objetivo, había que saber analizarlos, por muy documentados históricamente que estuvieran.
Sin poner en duda la investigación de Antonio el archivero, había que saber entender la mentalidad de la época y no sacar conclusiones precipitadas. Y el hecho de que la jefa le hubiera impedido su publicación era por simple temor a que su imagen pública, ya de por sí perjudicada, no se viera salpicada de más rumores y conjeturas en el pueblo.
Justina, la mujer, estaría ya mayor, después de cinco partos y perder a tres de sus hijos (que fueran los tres varones se podía justificar por una cruel casualidad del alto índice de mortandad de la época, igual que el hecho de que quedara viuda), tendría las facultades mentales mermadas y le dio por pasearse en pelotas por los alrededores del cementerio con una vela y una vasija como le podría haber dado por cualquier otra cosa. Y que escondiera libros e imágenes “obscenas” en una cueva debajo de su casa explicaba el rechazo social que sufría por ser una adelantada de su época: una mujer con inquietudes intelectuales, transgresora, que no estaba dispuesta a aborregarse como el resto de vecinas. Vecinas, por cierto, envidiosas de todas sus tierras que decidieron optar por el camino más fácil para quitársela de en medio: acusarla de bruja.
Lo que decía. Lo negro ahora parecía más blanco.
Así, es posible que mi jefa no fuera la única mala del telefilm y que mi blanca bandera de lucha por los derechos laborales pudiera ennegrecerse al confesar el hecho de haberme aprovechado, en cierta manera, de la nueva situación política del pueblo. A lo mejor yo había sido el detonante para emprender una particular caza de brujas contra ella. Una nueva corporación política que actuaba de inmisericorde Tribunal inquisitorial, aplicando un castigo quizá desmesurado. Como dice el refrán de MariCruces, no hay pueblo sin brujas. En plural. Y quien para mi había sido la concejala justa y salvadora podía ser otra bruja. Una bruja vecina sedienta de venganza. Al fin y al cabo, yo poco sabía de los enfrentamientos personales que había entre los habitantes de Daraquiel.
Mis problemas con la jefa empezaron hace tres meses. Antes hasta se podía decir que era uno de sus trabajadores “preferidos” si tenemos en cuenta los halagos en que se deshacía (aunque nunca me los dijera a mi personalmente) no sólo para aprobar, sino también secundar (usando a Leo de intermediario), las iniciativas y proyectos que yo proponía para la biblioteca. La nueva ordenación de las películas fue una “fantástica idea”, la sección de novedades y recomendaciones “genial”. Y la selección de películas y libros sobre cine español que preparé aprovechando que trajo una exposición fotográfica sobre el tema le gustó tanto que decidió convertirlo en una práctica trimestral –cada vez con diferente temática– para que fuera “nuestro nuevo sello de identidad frente a las bibliotecas del resto de pueblos de la provincia” (no entraré a valorar la incomprensible rivalidad que se traía con las directoras de las demás bibliotecas). Una muy buena idea con la que ella podía seguir saliendo en la prensa local luciendo palmito y peinado anunciando todas las actividades que se hacían desde la biblioteca, pero que a Amira y a mi nos costaba el triple de esfuerzo y de tiempo.
Todo iba bien porque yo no abría la boca más que para acatar sus órdenes y para que Amira y yo sacáramos adelante nuestro trabajo y también el de Leo, a veces incluso teniéndonoslo que llevar a casa porque muchos días, con tanta afluencia de gente como tenemos, era imposible hacer los recuentos de prestatarios, las búsquedas bibliográficas para las adquisiciones, el envío de cartas a los usuarios con devoluciones retrasadas y tantas otras tareas que se suponían competencia del técnico, o sea, de Leo, y no nuestras; pero que hacíamos por un sentimiento de compañerismo que perdimos cuando descubrimos que el motivo por el que no cumplía sus tareas no era la “falta” sino la “pérdida” de tiempo, porque la prensa deportiva y todos los juegos de ordenador de la biblioteca bien que los llevaba al día.
La situación cambió cuando volví de las vacaciones, en octubre, después de haber estado en Barcelona, haberme matriculado en la Universidad, haber revisado nuestro convenio laboral y haber planificado viajar allí, estudiando concienzudamente las combinaciones de tren más factibles y económicas, cada dos semanas pidiéndome los viernes de asuntos propios para poder asistir a las clases y sobrevivir a una relación a distancia (aunque no era la primera vez que Juanjo y yo vivíamos en lugares separados). Lo que era una simple solicitud de derechos que se supone me correspondían para ella fue “un cambio de actitud desde que los sindicatos me comieron la cabeza”. Y a partir de ahí, curso de formación que me concedían, curso que me denegaba; día de asuntos propios que quería, día que no me podía dar. Tenía el infalible e irrebatible comodín de “las necesidades del servicio”, que alegaba cada vez que me devolvía las instancias rechazadas.
Así que después de perder dos cursos, las dos primeras sesiones presenciales de la universidad, con el consiguiente riesgo de que me anularan el derecho a examen, y estar más de un mes sin poder ver a Juanjo ni a Dante, decidí poner fin a la vía del diálogo y las buenas maneras y me fui directamente al Ayuntamiento a intentar hablar con la nueva concejala de personal, que era también la portavoz del recién estrenado equipo de gobierno. Al parecer, su enemistad con la jefa era vox pópuli y aunque yo desconocía el motivo y el calibre de su enfrentamiento, supongo que, interiormente, esperaba beneficiarme de él.