martes, 8 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXV: Liquidación por cierre.

XXV
LIQUIDACIÓN POR CIERRE

            Encontré una relativa paz en la extenuante rutina diaria que me impuse para esquivar el estrés provocado por mi infructuosa búsqueda de trabajo y por las turbulencias sentimentales entre Juanjo y yo de aquellos días en Barcelona. ¿Por qué iba a tener yo más suerte que aquellos miles de negocios montados a base de sacrificio y trabajo por personas antes ilusionadas y ahora decepcionadas obligadas a tener que colgar el cartel de “Liquidación por cierre”? Empezaba a pensar que era injusto querer permitirme el lujo de cambiar de trabajo cuando la cifra de parados en España superaba los cinco millones y medio. Sentía que quizá debía conformarme con lo que tenía. Un funcionariado en una biblioteca donde no quería estar, lejos de quien quería estar, en un pueblo perdido al que no me unía nada y carente de motivación alguna pero que, al menos, me “daba de comer”. El Ayuntamiento de Daraquiel, según me contó Amira y tal como pude comprobar al consultar los últimos movimientos de mi cuenta, había empezado a pagarnos los sueldos retrasados de manera racionada “gracias a los nuevos créditos ICO habilitados por el Gobierno”. Ya disponía de ése primer reembolso y, después de hacer cuentas, por fin pude pagarle a Juanjo mi parte del alquiler. Él me dijo que no le corría prisa pero yo necesitaba tener la tranquilidad de saber que no estaba siendo “el mantenido”. Por una cuestión de orgullo propio. Aunque en otros momentos de nuestra relación podría haberse considerado que era al revés cuando yo trabajaba y él estudiaba, yo nunca lo había visto así porque además me compensaba para poder seguir viviendo juntos. Para mí el dinero, que siempre habíamos tenido como bien escaso, no iba a ser un impedimento o una complicación más y mientras pudiera hacer frente a mi parte de los gastos comunes, así lo haría. Si en algún momento me fuera imposible, muy a mi pesar, hubiera aceptado su remiso ofrecimiento. Había sido yo el que más había insistido de los dos para aventurarnos a firmar el contrato de “un piso perfectamente situado en el centro de Barcelona, ideal para nosotros y en el que por fin íbamos a poder estar juntitos otra vez”, frente a un reticente y racional Juanjo que terminó aceptando cuando yo le aseguré que todos los meses, lograra quedarme o no en Barcelona, iba a seguir contribuyendo con mi mitad. Así que tenía que cumplir mi palabra.
            Aburrido, pues, de buscar y no encontrar, relegué mi prioridad diaria. Primero porque se me empezaban a agotar las posibilidades donde seguir echando currículums y segundo porque un temor interno al que intentaba silenciar me decía que aquel desesperado intento había dejado de merecer la pena. La cuenta atrás iba agotando los días y sentía que debía disfrutar de una estancia en Barcelona que empezaba a pender de un hilo. Mis esporádicas intervenciones de camarero en El cangrejo finalizaron en el mismo momento en que Brian dejó de trabajar allí. De repente, un día nos dijo que tenía que irse y, sin más, desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Recogió sus cosas sin dar más explicaciones, y se largó, dejándonos colgado el alquiler de la habitación. Su número de teléfono móvil, la única forma de contacto que podíamos haber mantenido con él, respondía como inoperativo las veces que intentamos llamarle para saber de su vida.
            Trabajo no conseguiría, pero me iba a convertir en el abanderado número uno del movimiento “Mens sana in corpore sano”. Antes de irse, pudimos aprender varias lecciones saludables de Brian y emulé algunas de sus prácticas en mi nueva rutina diaria. Potente desayuno a base de zumo de naranjas recién exprimidas, copos de avena con leche desnatada, una pieza de fruta y un té verde con una rodaja de limón y una cucharada de miel tras el cual emprendía la mañana con dos intensas horas de patinaje acompañado por Dante, que resultó ser el espectáculo de los viandantes que circulaban a pie o en bici por nuestra ruta, desde el Passeig de Colom bordeando toda la Barceloneta hasta llegar a Poblenou, maravillados con lo que daban de sí unas patitas tan cortas como las de un perro salchicha. Luego vuelta al piso, durante hora y media o dos horas para dedicarme a las tareas del hogar, sobre todo preparar y empaquetar en tuppers almuerzos y cenas para las guardias de Juanjo, un rápido vistazo en el ordenador a los portales de empleo por si acaso y luego una horita de piscina en el polideportivo al que Juanjo y yo nos apuntamos con Brian para seguir una tabla de ejercicios que él nos había propuesto según “nuestras necesidades de mejora física”. Dependiendo de si Juanjo tenía guardia o no, volvía al piso para almorzar con él o cogía la bici para llevarle la comida al Zoo. Había descubierto las delicias del transport públic urbá amb bicicleta de Barcelona y, gracias al buen tiempo que acompañaba, iba con él a todos lados. Una auténtica maravilla. Por la tarde, de nuevo en bici, iba a la Universidad, normalmente para estudiar en la biblioteca. Aquella tarde, en cambio, había concertado una tutoría con el profesor de Informació i Formats Digitals para evaluar el adecuado desarrollo del blog para la práctica de fin de curso. Y por la noche, de nuevo en función de las guardias de Juanjo, iba al gimnasio sólo o acompañado por él.
            El profesor de la asignatura era un hombre joven, o de mediana edad. En todo caso, uno de esos arquetipos masculinos a los que cumplir años les sienta bien. Unos intensos ojos celestes agrandados bajo unas gafas de intelectual miope resaltaban su mirada profunda, barba con algunas canas y cejas pobladas pero bien definidas. Julio Fombuena me recibió con un cordial apretón de manos y algo que pareció un guiño.
            -Buenas tardes, don Daniel –dijo, categóricamente.
            -Hola, buenas tardes –respondí yo, con timidez. Aparte de las distancias que siempre he mantenido con mis profesores, algo había en ese hombre que me intimidaba, más allá del temor inicial de que empezara hablándome en catalán.
            -Ha venido por el trabajo de fin de curso, ¿verdad?
            Asentí.
            -Pues debo decirle –continuó él– que es uno de los que más me ha llamado la atención, si le soy sincero.
            No sabía si eso era bueno o malo, por lo que preferí callar y dejarle hablar a él.
            -La mayoría de alumnos han hecho algo más enfocado a la temática de la asignatura, pero he de reconocer que es grato comprobar que algunos, como Usted, han optado por otra alternativa más… –calló por unos segundos– Original, digamos. La idea de escribir una narración novelizada por capítulos puede ser interesante, pero tiene que saber enfocarla adecuadamente.
            -Ya… Sé que no tiene nada que ver con su asignatura, pero como nos dio margen para elegir… Fue lo que se me ocurrió.
            -Sí, sí, y me parece muy bien. De hecho, le animo a seguir con su trabajo. Quizá sea difícil evaluarlo dentro de los objetivos de la asignatura, pero… –se quitó las gafas y las dejó encima de un taco de folios sobre la mesa– ¿Es la primera vez que escribe?
            No, no era la primera vez, pero no sé por qué le contesté que sí.
            -Pues tiene talento, no sé si lo sabe. La historia que cuenta podría tener alguna salida. Tengo amigos en varias editoriales y, si me da permiso, me gustaría enseñarles su trabajo.
            ¿Mis Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis en una editorial? ¿Aquella chorrada que empecé a escribir por puro aburrimiento durante mi primer ingreso en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep?
            -Sí, no me mire así. Además de profesor, soy lector y sé cuando algo me gusta y cuando no. Por supuesto habría que limar algunos detalles y sería interesante que se lo tomara en serio porque tal y como lo ha planteado hasta ahora no alcanzaría la categoría de novela, en todo caso la de crónica. Pero aún así, su estilo es interesante, sencillo, pero interesante. Y podría encuadrarse en lo que buscan algunas de las editoriales que le comento, minoritarias, por supuesto, y más alternativas, pero… ¿quién sabe?
            Cerré la puerta del despacho de Julio casi temblando. Por supuesto, le di mi permiso para presentar “mi trabajo” en todas las editoriales que quisiera pero no podía evitar el temor de no dar la talla, de haber empezado algo que, al parecer, prometía y no saber continuarlo. Claro que me hacía mucha ilusión la idea, tanta que sentí vértigo. No concebía que algo escrito por mi fuera susceptible de ser publicado.
            Cuando llegué al piso, estaba deseando contárselo a Juanjo. Él me interrumpió diciéndome que íbamos a llegar tarde al gimnasio, que se lo contara ya allí. Hacía días que habíamos dejado de mimarnos, tanto él a mí como yo a él, y aunque el sexo hubiera mejorado entre nosotros después del trío con Brian, no era lo mismo que antes. Era sólo eso, sexo. Faltaban abrazos, caricias y besos desde hacía demasiado tiempo. Los dos lo sabíamos, pero él optó por una desconcertante indiferencia y yo asumí el papel de criado sumiso que debía tenerle la casa siempre lista y la comida en la mesa como torpe forma de demostrarle un cariño que en aquel momento no sabía darle de otra manera.
Escuchó mi historia sin muchas ganas en los vestuarios mientras se quitaba la ropa para entrar en la ducha. Me quedé mirándole y fijándome en cada parte de su anatomía. Seguía encantándome su cuerpo desnudo. Pero sentía que por su parte no había la misma correspondencia hacia el mío, que pasaba inadvertido ante sus ojos. Pudorosamente, me tapé con la toalla y recogí mi mochila diciéndole que le esperaba fuera. Cuando cogí el móvil, tenía un mensaje de Paz, corto pero conciso.

Dani, tienes que recoger tus cosas de casa. Me desahucian.




viernes, 4 de mayo de 2012

CAPÍTULO XXIV: Extraño triángulo.


                                                                                                            
XXIV
EXTRAÑO TRIÁNGULO.

            No sabría hacer memoria para explicar cómo llegamos a esa situación. Los tres. Desnudos. Brian, Juanjo y yo. Haciendo el amor. Follando.
            Los primeros días de Brian en el piso me desquiciaron por completo. Tenía unos celos tan incontrolables como razonables. Porque aquello –aunque era difícil valorar la “normalidad” de la situación que yo mismo había consentido accediendo a meter en casa al tío que Juanjo había conocido en un chat y con el que llevaba semanas mandándose whatsapp– no era “normal”. El tonteo que se traían los dos clamaba al cielo. Encima porque lo hacían sin pudor delante de mis narices. Cuando volvía de la universidad los viernes por la tarde, que Juanjo ya había salido del Zoo, me los encontraba de cañas en el salón de casa charlando y riendo animosamente. Y para más inri, Brian había resultado ser un hombre de lo más atractivo e interesante. Me gustaba hasta a mí. Con razón tenía celos de él. Pero tan idiota era que me esforzaba en esconderlos para ganarme el ridículo gallifante de “novio comprensivo y liberal”.
            Sus definidos glúteos eran un ataque directo a los míos, esmirriados y vergonzantes. Por eso Juanjo los acariciaba y los lamía con una desacostumbrada devoción, deleitándose en los detalles y gozando con una naturalidad que, cuanto menos, me desconcentraba y me paralizaba a ratos sin saber qué hacer, gestándose así el que iba a ser el primer gatillazo de mi vida. He podido tener otros problemas sexuales como eyaculaciones precoces o inapetencia, pero el bombeo sanguíneo siempre me ha funcionado muy bien.
            Gracias a Brian, empecé a trabajar de manera eventual como refuerzo o haciendo alguna sustitución en El cangrejo, donde él ejercía de relaciones públicas. Un mítico local de El Raval con actuaciones de drag queens, que mantenía la estética clásica de los shows de transformismo y el estilo pop revival. Fueron unos días intensos y emocionantes. Había sobrevivido ileso al ensayo clínico, y aún me quedaban energías suficientes para rememorar tiempos pasados poniendo copas como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Ello fue, en buena parte también, por el gran apoyo que recibí de Brian y del resto de compañeros que enseguida me trataron como uno más.
            Mientras se lo follaba, Juanjo me miraba. Y yo a él. Había una extraña parte de morbo en aquello. Me gustaría haberle transmitido lo que sentía y haber leído en sus ojos lo que él sentía. Pero ni yo mismo lo sabía. Su mirada sólo reflejaba disfrute y placer. El placer genérico de alguien que se lo está pasando bien. Luego me tocó la mejilla y yo le besé la mano. Fue el único gesto de cariño entre tanto sexo animal.
            A sus 34 años, Brian Tedder era un “ciudadano del mundo”. Había estado en mil sitios y hablaba español, catalán, inglés, alemán, francés, italiano y hasta algo de chino. Pese al rechazo inicial, no tuve más remedio que cogerle cariño y terminé acercándome a él tanto o más que Juanjo. Supongo que ahí empezó a surgir lo del trío. Tenía un cuerpo perfecto, moldeado con horas diarias de deporte y una equilibradísima alimentación que cumplía a raja tabla a pesar de sus complicados horarios y de su frenético ritmo de vida. Podía hablar de cualquier tema, y de todo tenía algún dato interesante que aportar. ¿Qué mejor elección que él? Fue lo que me terminó preguntando Juanjo después de una larga noche hablando. Me había dicho que necesitaba probar conmigo cosas nuevas en la cama, que últimamente habíamos caído en una rutina que no nos estaba beneficiando como pareja. Y a los dos nos pareció buena idea incluir a una tercera persona para reavivar la llama. Y Brian era el candidato perfecto.
            Fue él quien empezó a besarnos. Primero a mi y después a Juanjo. Los dos le estábamos esperando en nuestra habitación, nerviosos y excitados. Él llegó en toalla, recién salido de la ducha, preparado como un animal en celo, luciendo pectorales y tableta de abdominales. Habíamos terminado a las tantas en El cangrejo, borrachos como cubas. Después nos fuimos los tres al piso, entre risas y carantoñas, planteando medio en broma medio en serio la posibilidad de hacer un trío. Una propuesta que seguramente a Brian tampoco le cogía por sorpresa y que estaba más que dispuesto a probar, aunque no sería la primera vez que lo hacía. Estaba seguro de que en sus conversaciones previas con Juanjo por wathsapp habían hablado del tema. Mi complejo de remilgado se acentuaba ante un coleccionista de vivencias como él y un recién descubierto Juanjo ansioso de nuevas fantasías sexuales. Fetiches leather y prácticas bondage donde se establecían papeles de dominación y sumisión. Unas propuestas a las que yo estaba abierto pero que no eran prioritarias para mi en aquel momento. Mi principal preocupación era solucionar nuestros problemas de dinero y vencer la lucha que mantenía a contrarreloj para encontrar un trabajo más estable que lo de El cangrejo o una participación esporádica en un ensayo clínico y poder quedarme a vivir con él en Barcelona, renunciando definitivamente a mi puesto en la biblioteca de Daraquiel. Pero entendí que era necesario y, en el fondo, a mi también me apetecía experimentar. Después de cinco años de relación y cuatro de convivencia era lógica cierta monotonía, pero no por ello podía acomodarme a la certeza y estabilidad que por entonces todavía presuponía del que más adelante descubriría que no era un compromiso tan mutuo como pensaba.
            Juanjo y Brian remataron con un sonoro orgasmo del que yo sólo pude participar como espectador. La imbatible flacidez de mi pene se negaba a responder a los estímulos y la excitación que sí que sentía. Por eso les dejé hacer y le dije a Juanjo que no se preocupara por mí, que estaba bien. Me limité a chupárselas, acariciarlos y besarlos hasta que entendí que, de alguna manera, estaba sobrando y finalmente me retiré con discreción para dejarlos a ellos dos sólos.
            Miraba a Juanjo y recordaba la imagen reflejada en el espejo que alguna vez habíamos colocado calculadamente en la habitación para vernos a nosotros mismos haciendo el amor, precisamente para aumentar el morbo e innovar. Y me esforzaba por no buscar las comparaciones con la escena que ahora mismo estaba presenciando, pero no lo pude evitar. El cuerpo de Brian era mucho más atractivo que el mío y el Juanjo del espejo, rememorado en mi cabeza, me hacía el amor a mí.
            Cuando terminaron, Juanjo se acercó inmediatamente, después de quitarse el condón, y me besó en los labios.
           



domingo, 29 de abril de 2012

CAPÍTULO XXIII: Bed and breakfast.

XXIII
BED AND BREAKFAST

            Barcelona, 9 de febrero 2012.
¡Hola Amira!

¿Qué tal todo por la biblio? ¿Y con María José?
Esta tarde he estado viendo el video* que me mandaste, un par de veces además, y al final he terminado llorando a moco tendido… Ya me imaginaba que sería algo de la profesión de bibliotecario cuando leí el asunto del email y, bueno, tengo que decirte que no debes preocuparte, que “no me olvido de dónde vengo”, como tú dices. Me acuerdo mucho de todo aquello, de ti y de todos los demás. A veces hasta he tenido la sensación de estar echando de menos a la jefa…
No digo que aquí no esté bien, pero es distinto. No sé, aún no termino de encontrar mi sitio. Paso mucho tiempo sólo porque Juanjo, entre las guardias y las horas de más que le ponen, apenas está en el piso. Y encima, últimamente, los pocos ratos que pasamos juntos terminamos discutiendo.
Las dos primeras semanas no lo noté tanto porque estaba volcado en la búsqueda de trabajo, estudiando los exámenes y en el ensayo clínico este que te dije en el que estoy haciendo de “conejillo de Indias”; y más o menos apaciguaba esa soledad. Pero hoy no he tenido un buen día, y siento que me vengo un poco abajo.
Llevo varias mañanas saliendo a la calle con un fajo de currículums debajo del brazo para ir entregándolos “en mano” a ver si así hacen más efecto que los que estoy mandando por internet, pero en todos los sitios (bares, cafeterías, librerías, salas de cine y teatro, supermercados…) me encuentro la misma mirada de pena o el mismo comentario desolador. “Ahora mismo no buscamos a nadie”. Sé que no es el momento idóneo para buscar trabajo, y también sé que, al fin y al cabo, no llevo tanto tiempo y que no puedo esperar encontrar algo tan rápido. Pero, ya te digo, cuando he llegado al piso, me ha entrado el agobio de que no voy a encontrar nada y de que no voy a poder quedarme aquí. Aunque si te digo la verdad, de repente y por un momento, la idea de tener que volver a Daraquiel no me ha parecido tan horrible.
Pero luego lo he pensado y me he dado cuenta de que es normal. Ha sido un cambio muy grande en poco tiempo, y ahora mismo siento que en Barcelona Juanjo ya tiene su sitio, y el mío aún está en Daraquiel, de alguna manera, aunque estuviera deseando irme y venirme cuanto antes para acá. Y eso me descoloca, y me hace sentir fuera de lugar. Es como si se hubieran cambiado los papeles entre nosotros, cuando yo saqué mi plaza en la biblioteca y él se vino conmigo. Ahora entiendo perfectamente lo sólo que debió sentirse por entonces. Yo no le dediqué la atención suficiente, como ahora siento que él no me la dedica a mí, porque estaba tan entusiasmado con mi nuevo trabajo que no supe ponerme en su lugar. Pero precisamente pienso que eso es lo bonito del “sacrificio” de la pareja. Hoy por ti, mañana por mí y cuando vuelva a hacer falta, otra vez por el otro; hasta que llegue el maravilloso momento de coincidir. Lo malo es que ahora tampoco estamos en nuestro mejor momento.
La mierda del dinero. Bueno, y que hemos tenido muy mala suerte. Es una historia un poco larga pero, resumiendo, te diré que toda la inversión que hicimos en los muebles del piso se ha ido a la mierda. Nos los han robado, y hemos estado unos días con el piso tan vacío como las cuentas corrientes. Aunque me costó convencerle, al final apañamos algún mueble viejo que recogimos de la calle al menos para poder pasar los primeros días. Y luego decidimos pedir un préstamo al banco porque hemos pensado alquilar una de las habitaciones para sacar algo de dinero extra, y para eso teníamos que volver a comprar muebles. Porque el Ayuntamiento sigue sin pagar, ¿verdad?
Nos hemos anunciado en internet rollo “Bed and breakfast” y la verdad es que la cosa está funcionando mejor de lo que esperábamos. Al día siguiente de publicar el anuncio ya nos llamó un chico italiano interesado. Yo me encargo de prepararle el desayuno, y de estar en el piso a las horas que dice que vendrá a ducharse o a dormir porque no nos atrevemos a darle unas llaves, no por nada, sino porque más vale prevenir que curar y porque ya hemos tenido una mala experiencia a cuenta de eso.
El chico es muy majo pero dice que sólo va a estar un par de días más porque ya termina el curso que ha venido a hacer a Barcelona. Ahora se plantea un problema… Pero no sé muy bien cómo contártelo…
A ver, es algo que siempre nos ha traído problemas a Juanjo y a mí; y digo que no sé cómo contártelo para que lo entiendas porque tú eres totalmente ajena a ese mundo.
Bueno, el caso es que nosotros dos nos conocimos en un chat para gays, en internet. Tú publicas tu “perfil”, pones alguna foto tuya, te describes brevemente y si quieres dices un poco qué es lo que buscas, y ya la gente te empieza a hablar o tú les empiezas a hablar a ellos. Hasta ahí todo bien, nos conocimos, nos gustamos, y el resto ya lo sabes. El caso es que Juanjo, después de haber empezado conmigo (ya de una manera más “formal” quiero decir) seguía usando esos chats y hablando con otros. Cosa que yo dejé de hacer, instintivamente, por la sencilla razón de que sentía que ya no lo necesitaba porque estaba bien con él. Es algo que a mí, en el fondo, siempre me ha molestado, pero que lo hemos hablado y más o menos entendí su postura. Además que tampoco me gustaba reconocerlo porque me hacía sentir como un celoso compulsivo, y yo prefiero pensar que soy más “abierto de mente”. Que él no busca más que conocer gente nueva para abrir nuestro círculo de amistades, y que siempre va con la verdad por delante, diciendo que tiene pareja y que lo único que busca es una amistad. Algunas veces incluso hemos quedado los dos con alguno de ellos, y es verdad que hemos terminado haciendo buenas migas.
Pero bueno, primero que yo, como usuario que he sido también de ese tipo de chats, sé lo que se cuece por ahí, y sé que igual que hay mucha gente que merece la pena, también la hay que no. Y sobre todo que a muchos tíos les da igual que tengas novio o no, o más aún, eso puede darles más morbo. Que vale, que ahí estaría Juanjo para pararles los pies en caso necesario, como me dice siempre también. Y nuestra pelea de siempre es que yo creo que es normal que me siente mal que él chatee, porque me hace tener dudas de qué es lo que le mueve a hacerlo (que conmigo le falta algo, que tiene algún deseo oculto…) y para él que yo piense esas cosas es un signo de desconfianza... Espero que no te escandalices con esto que te estoy contando.
Y, mira, que todos podemos tener un momento de debilidad y caer “en la tentación”. Es humano. Y en la vida cotidiana, en la calle, también te puede pasar. Pero el hecho de que tú (Juanjo, en este caso) además “aumentes las posibilidades” de que aparezca ésa tentación, pues eso es lo que me jode y lo que, en cierto modo, me hace desconfiar o me da miedo.
Además, que más de una vez he sentido que no quería que yo leyera lo que hablaba en esos chats y me ha reconocido que es porque alguna de las cosas que se dicen no me sentarían bien. En todo caso, como te decía, no es un sentimiento del que me sienta orgulloso, y yo siempre le he respetado esa intimidad y nunca he leído sus conversaciones. Hasta hace un tiempo. Y ahí ha sido cuando hemos tenido la gran pelea.
Una noche, le llegó un wathsapp al móvil, a las tres de la madrugada, y qué quieres que te diga, él estaba dormido, y yo no pude contenerme y se lo terminé leyendo. En su momento no le dije nada, pero al final se lo solté de mala manera hace unos días.
Después de la pelotera, nos sentamos a hablar, y yo tuve que reconocer que en aquel mensaje no se decía nada comprometedor ni por lo que yo pudiera enfadarme y él me aceptó que es verdad que era un tío con el que últimamente estaba hablando mucho, quizá “más de lo normal”. El caso es que me insistió en que era sólo un amigo y que también quería mantener el contacto con él pensando precisamente en mí, porque se mueve mucho en el ambiente nocturno de Barcelona y tiene muchos contactos, y era posible que pudiera conseguirme algún trabajo, aunque fuera de camarero algún día suelto.
Aclarado eso, la cosa más o menos bien. El nuevo problema surge ahora que se nos va el chico italiano al que le estamos alquilando la habitación, y Juanjo me ha dicho que su amigo Brian Tedder (el del wathsapp) tiene que dejar el piso en el que estaba y que qué me parecería que le dijéramos que se viniera al nuestro.
¿Qué te parece la cosa? Yo ahora mismo estoy hecho un lío, y le he dicho que me deje pensarlo. Aunque creo que al final le voy a decir que sí, que se venga, que no hay problema, a ver por dónde sale la cosa. En todo caso, se supone que va a ser algo temporal, mientras encuentra otro piso; y si nos llamara alguien más interesado en el “Bed and breakfast” que vaya a quedarse más tiempo, pues Brian se iría y entraría la otra persona, porque económicamente nos interesa más, además que ya te digo que estamos a dos velas y ahora encima teniendo que devolver al banco todos los meses la mierda de préstamo.
En fin que poco a poco, espero ir encontrando “mi sitio” aquí, superar la mentalidad de la España profunda de La Mancha (es broma, no te enfades) y abrir mi mente lo suficiente como para entender este tipo de cosas que te digo. Y, por supuesto, encontrar un trabajo, que también me hace falta para ocupar mi tiempo y no darle tantas vueltas a todo.
Por lo demás, con Dante todo el día, deseando terminar ya lo del ensayo clínico, paseando por Barcelona cuando puedo, descubriendo sus rincones… Mañana también quiero ir a preguntar lo de los cursos de catalán porque estoy escribiendo un blog para una práctica de una de las asignaturas de la Universidad y me he propuesto hacerlo en catalán para ir cogiendo práctica.
¿Y tú? ¿qué me cuentas? Con Álvaro, ¿qué tal? ¿vais a venir a visitarnos alguna vez? ¿Y MariCruces, cómo está?
Bueno, espero que cuando puedas y tengas un huequito, me escribas y me cuentes qué tal va todo. Yo me voy a ir yendo ya a la cama (sólo otra vez, Juanjo está hoy de guardia también), porque también lo que me está pasando es que tengo los horarios descuadrados, algunos días me acuesto súper tarde y luego me levanto muy temprano y por la tarde me echo unas siestas larguísimas… Y quiero ir recuperando ya un horario de “persona decente”. Además, que lo que te decía, tengo ganas de que amanezca un nuevo día, y ver de nuevo las cosas con la luz del sol, que seguro que ya no las veo tan chungas…

¡Un besote fuerte y otro para todos los de allí, y en especial para MariCruces!

Dani.
         
                                                 *The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore



miércoles, 28 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXII: ...El amor sale por la ventana.

XXII
… EL AMOR SALE POR LA VENTANA.

            -¿Y cómo pudieron hacer una copia de las llaves? –Juanjo no daba crédito a lo que el policía nos estaba contando.
            -Ya le digo, señor, en un momento de despiste cogerían una de sus llaves y mientras subían y bajaban los bultos, uno de ellos iría a una ferretería y haría la copia –respondió, en un ofensivo tono, incluyéndonos sin piedad en la lista de los otros 17 robos de la banda.
            Juanjo y yo salimos con la denuncia en la mano, el orgullo por los suelos y sin ningún tipo de consuelo. “Aunque la banda haya sido desarticulada, es muy posible que no recuperen sus pertenencias porque seguramente ya lo hayan vendido todo. Son gente muy profesional”, fue la sentencia con que nos despidieron de la comisaría.
            -Y ahora, ¿qué vamos a hacer? –pregunté retóricamente, supongo.
            -Jodernos… ¿Qué vamos a hacer? Jodernos –Juanjo empezaba a usar sus peores modales–. ¿Volver a comprar los muebles con el dinero que no tenemos? ¿Esperar que los putos rumanos nos los traigan de vuelta? ¿Cómo has podido ser tan despistado?
            ¿Has podido? Aquella conversación no iba a acabar bien.
            -Bueno, Juanjo, tanta culpa he podido tener yo como tú. Allí estábamos los dos –dije, intentando apaciguar los ánimos.
            -Dani, yo estaba abajo sujetándoles la puerta del portal. Las llaves las cogerían de casa. La otra copia que tenemos colgada en la pared de la entrada.
            -Vale, no te digo que no, no me daría cuenta –seguía esforzándome en mantener la calma–. Pero si tú estabas abajo, también podrías haberte dado cuenta de que entraban en la ferretería a hacer la copia.
            -Sí claro, la furgoneta aparcada en la otra punta, los dos subiendo y bajando, cargando cosas, y yo me voy a dar cuenta de que entran en la ferretería ¿no te jode?
            Preferí callarme para no discutir más.
            -Pues nada, a seguir durmiendo en el suelo –intenté desdramatizar–. Porque lo de alquilar la habitación, de momento, tendrá que esperar –de repente, me acordé de una cosa que me había dicho Judith la enfermera–. Aunque, espera un momento, igual hay una solución… ¿Qué día es hoy?
            -Lunes, ¿por qué? –respondió Juanjo, de mala gana.
            -Hablando con la enfermera el otro día de lo que habíamos comprado en IKEA y tal, me contó que ella y el novio al principio aprovecharon alguno de los muebles viejos que la gente deja en la calle los lunes por la noche. Podemos darnos un paseo por el barrio a ver si encontramos algo interesante… No sé, por lo menos un colchón para dormir.
Por lo visto, en Barcelona, los lunes por la noche se celebra algo así como un mercadillo popular del trueque. La gente deja en la calle sus muebles viejos, y no siempre porque estén inservibles, para que otras personas los puedan aprovechar antes de que se los lleven los servicios de limpieza.
            -¿Un colchón? ¿de la calle? Yo prefiero dormir en el suelo.
            -Juanjo, hijo, se limpia bien y por lo menos nos hace el apaño, que yo tengo la espalda destrozada
            -Muy buena idea, sí. Y si te parece, amueblamos también la otra habitación con muebles de la calle para alquilarla. Seguro que nos sobran los candidatos. “Piso compartido en El Raval, a cinco minutos de La Rambla, muy céntrico y bien comunicado. Habitación individual amueblada con muebles viejos recogidos de la calle. Toda una ganga. Gran oportunidad, no la deje escapar” –el sarcasmo de Juanjo ya rozaba lo impertinente.
            -Bueno, mira, vete a la mierda –no pude contenerme más–. Al carajo, se compran los muebles otra vez y ya está.
            -Sí, ya me dirás con qué dinero. ¿Con lo que a mí no me queda ya? ¿O con lo que a ti no te pagan de la biblioteca?
            -Bueno, a mi todavía me queda algo de los ahorros –pensé, antes de seguir el ofrecimiento–, aunque de ahí tengo que guardar para la letra del coche.
            -Pues a mí me viene facturón del móvil.
            -Claro…
            -¿Claro por qué? Si ya casi ni llamo, con la tarifa plana de internet sólo uso el WhatsApp.
            -Sí, ya lo sé, bien que lo usas.
            -¿Qué coño te pasa?
            -A mi nada, ¿y a ti? ¿Quién coño es Brian Tedder? ¿y por qué coño te manda mensajes a las tres de la madrugada? –al final, como siempre, solté la puya de mala manera y sin venir a cuento.   

           

domingo, 25 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXI: Cuando el hambre (y las mafias rumanas) entran por la puerta...

XXI
CUANDO EL HAMBRE (Y LAS MAFIAS RUMANAS) ENTRAN POR LA PUERTA...

            Título del Ensayo:
            Estudio abierto, aleatorizado, cruzado, de dos etapas, para evaluar la seguridad, tolerabilidad y perfil farmacocinético-farmacodinámico de Glicinato de metformina 620 mg, Glicinato de metformina 1240 mg, Glicinato de metformina 2480 mg y Clorhidrato de metformina 1000 mg tras dosis única, dosis múltiple y tras la ingesta de alimentos.

            -¿Cuál quieres? –me preguntó Judith, la enfermera, mientras quitaba el precinto a la jeringuilla.
            Me miré los brazos. Parecía que el izquierdo estaba menos amoratado.
            -El izquierdo –respondí, dejando a un lado de la cama los papeles donde se explicaban los detalles del ensayo clínico.
            -¿Ahora lo lees? –dijo ella cuando lo vio–. Si lo sabes, no vienes ¿no? –bromeó–. Tranquilo, que ya os queda menos. Esta noche os ponemos la vía y por lo menos estáis dos días sin que os pinchemos.
           
            En el estudio participarán 24 voluntarios sanos, mujeres y varones.

            A decir verdad, yo había sido de los “voluntarios” (no entendía por qué nos llamaban así, ya que todos estábamos allí por el dinero que ofrecían) menos perjudicados.

            Usted realizará dos sesiones experimentales de nueve días de duración. Cada sesión constará de: una visita predosis (día 0) en la que Usted acudirá durante la mañana al Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep para poder realizarle un test de detección de drogas y prueba de embarazo (si procede).
            Durante los días del 1 al 7 deberá acudir mañana y tarde para la administración de fármaco y evaluación de variables de tolerabilidad, cinéticas y dinámicas. La tarde del día 7 ingresará en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep y permanecerá ingresado hasta 36 horas después (día 9). Tendrá que rellenar el cuestionario de efectos secundarios, se le medirán las constantes vitales y se le realizarán extracciones sanguíneas para evaluar las determinaciones de los niveles plasmáticos de los fármacos en sangre y la concentración de glucosa.

Sólo sufrí los “trastornos gastrointestinales” calificados como “muy frecuentes” y algo de “humor depresivo”. Aunque esto último no me quedaba muy claro si era por la medicación o por la sensación de inadaptación a la vida en la gran ciudad, que además coincidió con una ola de frío siberiano que dificultaba aún más la cosa. Hubo “voluntarios” que salieron mucho peor parados que yo teniendo incluso, en un par de casos, que abandonar el estudio por intolerabilidad.

Los principales riesgos/molestias que pueden resultar de su participación en este ensayo clínico están directamente relacionados tanto con el efecto farmacológico como con los efectos secundarios asociados a la medicación administrada.
Se han descrito los siguientes adversos para metformina:
-Trastornos del sistema nervioso: Frecuentes: alteraciones del gusto, adormecimiento, dolor de cabeza, humor depresivo e irritabilidad.
-Trastornos gastrointestinales: Muy frecuentes: náuseas, vómitos, diarreas, flatulencia, dolor abdominal y pérdida de apetito, eructos, pirosis.
-Trastornos de la piel y del tejido subcutáneo: Muy raros: eritema, prurito, urticaria.
-Trastornos del metabolismo y de la nutrición: Muy raros: acidosis láctica.

            Un pack completo con el que inicié mis dos primeras semanas en Barcelona. O más bien en nuestro nuevo piso, porque apenas me movía de él. Había días en que sólo salía las dos veces que me tocaba ir a tomar la medicación y para darle los tres paseos diarios a Dante. Me enclaustré, además de por mis frecuentes visitas al señor Roca, para preparar unos exámenes que no fueron todo lo bien que deberían haber ido y para pasarme horas enteras conectado a internet delante del ordenador y al calor de una manta buscando ofertas de trabajo que no salían y en las que pudiera dar un perfil que no cumplía.
Tenía diseñados cuatro modelos de currículum y, según la oferta, enviaba uno u otro. El de teleoperador, el de camarero, el de “profesional de la información” (que era el que más me gustaba y del que más orgulloso me sentía) y el de polivalente “chico para todo que ha trabajado de todo”. Una variedad que no se correspondía en resultados. Ni en la cantidad de ofertas encontradas ni en las entrevistas concertadas. Hasta el momento sólo dos: una para trabajar de “televendedor” de cursos de inglés en la que tenía que darme de alta como autónomo yendo a comisión y otra para reponedor, “días sueltos”, 20 horas semanales y cobrando menos de 400 euros. Así que, por el momento, me seguía compensando más el ensayo clínico.

            Al tratarse de un estudio de investigación en voluntarios sanos, el objetivo no es obtener un beneficio terapéutico. Por su participación en este estudio recibirá una compensación de 1440 euros. Se contemplará la posibilidad de penalizar económicamente –hasta un tercio de la totalidad a pagar– en caso de incumplimiento por parte del voluntario.

            Un dinero que no cobraríamos hasta finales de marzo y que yo ya empezaba a necesitar con cierta urgencia. Fue increíble ver como en una sola visita a IKEA se esfumaron casi todos los ahorros que con tanto esfuerzo había conseguido durante los seis meses en casa de Paz.
            Por muy económica que fuera la opción de amueblar el piso con las propuestas suecas, seguía quedando por encima de nuestras posibilidades. Aún así decidimos arriesgarnos porque consideramos que era una buena inversión. Aunque diminutas, el piso contaba con otras dos habitaciones y pensamos en tenerlas acondicionadas para poder alquilar al menos una de ellas en caso de apremiante necesidad. Nos decidimos por la gama Brimnes para nuestra habitación, el diván Hemnes “sofá, cama individual, cama doble y almacenaje, todo en un solo producto” para la otra y por otros muebles polivalentes para aprovechar el espacio al máximo. Rieles de suspensión para la ropa, organizadores con compartimentos móviles y adaptables a distintos espacios, percheros plegables y con ruedas, cajoneras casi mágicas de quita y pon y otros ingeniosos inventos para poder dejar de dormir en el suelo y no tener la ropa engurruñada en maletas.
            Un ajuar reunido en un día y que, después de comparar precios con el servicio oficial de transporte y montaje de la multinacional, decidimos confiar a dos de los muchos rumanos que ofrecían sus cochambrosas furgonetas a la salida de la tienda.
La mitad del dinero que nos ahorramos se hubiera invertido en delicadeza y mimo a la hora de manipular los paquetes y, sobre todo, en mantener la integridad del más valioso de los objetos, el colchón de matrimonio, arrastrado por todo el asfalto de la acera y luego aplastado sin piedad como un acordeón para caber sí o sí en el estrecho ascensor. Ni Juanjo ni yo nos atrevimos a rechistar ante los dudosos métodos de los rudos transportistas después de ver sus caras cuando llegamos al piso y se encontraron con una calle peatonal en la que no pudieron aparcar y que les costó más viajes a pie de los previstos hasta subirlo todo.
Estaba deseando que me dieran el alta para empezar a montar los muebles. Todo había sido tan precipitado que no nos había dado tiempo ni a desembalarlos.
            -¡Ya podéis ir a cenar! –anunció Judith.
            Comida de hospital. Ni más ni menos. Una insípida y fría sopa con fideos blandos, una especie de hamburguesa con queso entre fundido y chamuscado por arriba y un kiwi.
            -¿Y por qué ponen kiwi? ¿para que vayamos al servicio? Porque el kiwi sólo es para eso –dijo, indignada, la única voluntaria del grupo que era española, además de mí claro. El resto eran brasileños, ecuatorianos, portugueses y algún cubano–. Y la sopa está fría. Qué asco.
            Me entraron ganas de soltarle la frase que mi madre siempre nos decía de pequeños. “A la comida no se le dice asco, piensa en todos los niños que se mueren de hambre en el mundo”.
            -¿Y el queso? ¿por qué tienen que ponerle queso a todo? ¡Con la de grasas saturadas que tiene! –ella seguía con su incansable verborrea sin darse cuenta de que los demás intentábamos comer tranquilos todo eso que ella estaba calificando de asqueroso.
            -Perdona –no pude contenerme más–, creo que ya nos ha quedado clara tu opinión sobre la comida pero, si no te importa, los demás pretendemos comer en paz.
            Su expresión de repulsión hacia la comida la dirigió también a mí, con la misma cara de estar chupando un limón y oliendo mierda al mismo tiempo. Sin mediar palabra, ofendida y orgullosa, cogió su bandeja, se levantó de la mesa y cuando se estaba yendo, uno de los brasileños la frenó cogiéndola por el brazo.
            -¿No te lo vas a comer?
            Todos nos echamos a reír, y aquello nos sirvió para romper el hielo y entablar una conversación. Aunque muchos de ellos ya se conocían de haber participado en estudios anteriores, otros eran “novatos” como yo. La mayoría estaban compaginando su participación en el ensayo con sus trabajos habituales, habiendo hecho coincidir sus días de libranza con los días de ingreso. Una de ellas confesaba que estaba deseando ingresar porque era la única forma en que iba a poder descansar de verdad. Trabajaba de asistenta durante el día y poniendo copas y dando clases de salsa en un garito por las noches. Una jornada de trabajo de más de trece horas diarias. Y yo me quejaba de las siete que tenía en la biblioteca por ser en turno partido. Cómo puede cambiar una misma situación según el punto de vista con que se mire.
            Mientras las enfermeras iban haciendo la ronda poniéndonos las vías, aproveché para entrar en el facebook, que no había publicado nada desde que llegué a Barcelona.

            Estado
            ¿Qué estás pensando?

            Empecé a escribir.

            Situación: 22:30 de la noche, acostado en una cama de hospital, junto al resto de pacientes, esperando que la enfermera me ponga la vía en el brazo. Así concluye la segunda semana de mi aventura catalana.

            Pulsé el botón “Publicar”. En apenas unos segundos recibí el primer comentario de una amiga preguntándome preocupada que qué me había pasado. Le siguieron otros mensajes similares pidiendo que explicara el porqué de tan rocambolesca situación.
            La expectación alimentó mi anhelo de protagonismo virtual y me animó a seguir la narración, novelizando los hechos.

            Es la primera vez que ingreso en un hospital de forma voluntaria. Todo ha sido tan rápido que ni hemos podido desembalar los muebles nuevos. Soy el único español del grupo junto a otra chica con perenne cara de asco, pero según comentan las enfermeras se nota la crisis porque cada vez hay más participantes autóctonos.

            Encontré así un ameno entretenimiento para mi primera noche de ingreso en el Centre d’Investigació de Medicaments-Sant Josep.

            Creando expectación para que todos te preguntemos por el final, ¿no? ¿O es el principio de una nueva peli de Almodóvar?

            A partir de ahora en vez de pedirte que me recomiendes algún libro de la biblio, ¡voy a pedirte directamente que me los escribas!

            Eran alguno de los comentarios que iba recibiendo. Conforme avanzaba en el relato, más interés e intriga iba consiguiendo por parte de mis contactos, incluso de alguno de ésos que tienes por tener pero con los que no hablas nunca.

            Estoy enganchada, pero… ¿es una historia real o te la estás inventando sobre la marcha?

            ¿Vas a terminar, Danilín, POR FAVOR?.

            Como muchas veces ocurre con las buenas ideas, aquella llegó de forma improvisada. Se me ocurrió que ése podía ser el argumento del blog que teníamos que presentar como práctica de fin de curso de una de las asignaturas que comenzaba ahora en el segundo cuatrimestre. Novelizar la historia que había precipitado la decisión de venirme a Barcelona, los enfrentamientos con mi jefa, el secreto de María José y todas las cosas que me habían pasado en los últimos meses podían componer una entrega por capítulos de un blog que podría titularse “Aventuras noveladas de un bibliotecario de pueblo en tiempos de crisis” o algo así.
            Dándole forma a ése blog se me pasaron volando los dos días de ingreso. Cuando me quise dar cuenta, me hicieron el electroshock para anotar mis constantes y me dijeron que ya podía volver a casa. Y aunque me sentía un poco débil recogí mis cosas rápidamente y me fui directo al metro.
            Cuando metí la llave en la cerradura del piso tuve un mal presagio que se confirmó al abrir la puerta. No había ni rastro de los muebles. Ni en las habitaciones ni en el salón. Nada de nada. El piso estaba tan vacío como antes de la compra en IKEA.
            Llamé a Juanjo, que estaba de guardia.
            -No te lo vas a creer… –le  dije.
            -¿Qué?
            -Los muebles…
            -¡Hijos de puta! –respondió él.
            -¿Quiénes? –no entendía nada.
            -Joder... Mierda… ¿No has escuchado lo que han dicho en los informativos territoriales?
            No pude poner la tele porque tampoco estaba. Recurrí a la lenta conexión a internet que permitía mi móvil para leer por fin la terrible noticia.

            La guardia civil ha desarticulado una banda implicada en al menos 17 robos en viviendas cometidos en Barcelona, Badalona y L’Hospitalet a las que accedían directamente con una copia de las llaves que habían hecho previamente después de haber realizado un servicio de transporte o mudanza.
Las investigaciones permitieron concluir que se trataba de un grupo organizado que accedían a las viviendas tras asegurarse de que estaban vacías. Normalmente sustraían muebles y otros objetos de valor para luego venderlos.
La fase de explotación de la operación se realizó la pasada madrugada con un dispositivo que condujo a la detención de 12 personas, en su mayoría de nacionalidad rumana.