miércoles, 7 de marzo de 2012

CAPÍTULO XVIII: María José.

XVIII
MARÍA JOSÉ

            El cuento que Paz había maquinado en su imaginativa cabeza era, en parte, real. Una verdadera historia de brujas ambientada en el siglo XXI. Con todos los ingredientes necesarios para una trama de misterio y hechizos mágicos. Las protagonistas, dos o tres brujas –aún no lo tenía claro– y alguna Cenicienta. Los ejes principales de la historia: rencores, secretos, traiciones, venganzas y libros. Y una moraleja de plena actualidad. El obligado uso de poderes brujeriles al que a veces, todavía hoy, tienen que recurrir tantas mujeres para salir adelante en una sociedad que sigue pretendiendo apartarlas de muchos sectores públicos y cargos de poder, especialmente en las zonas rurales.
            Confirmado que la noctámbula de la noche en que Paz y yo fuimos a la biblioteca era María José. Nadie como ella, después de haberse pasado media vida trabajando allí, conocía mejor ese lugar, tenía una copia de las llaves y sabía de sobra la contraseña de la alarma. Confirmado que su intención iba encaminada a indagar sobre mí. Más concretamente, sobre mis intenciones. Sobre mis planes de futuro, en base a los cuales ella decidiría los suyos. Inesperado el descubrimiento de que estaba siendo respaldada y encubierta por MariCruces, que le iba filtrando los datos que yo, confiando en ella, le contaba. No sentí que fuera del todo una traición por su parte, porque los años de amistad que compartía con María José eran muchos más que los que tenía conmigo. Además, tal como me dijo, sabía que Daraquiel no estaba hecho para mí y que tendría otras muchas oportunidades, por mi juventud y por tener cargas familiares menos absorbentes que las de María José.
            Se corroboraba también que María Victoria estaba utilizando su nuevo cargo político para vengarse de la jefa. El enfrentamiento de ambas venía de mucho tiempo atrás, desde sus años de estudiantes.
            Todas habían ido al mismo colegio. La jefa, María Victoria, MariCruces y María José. Nada especial siendo las cuatro del mismo pueblo. MariCruces fue la primera en desvincularse del grupo, sus pocas posibilidades económicas la obligaron a empezar a trabajar en el campo antes de cumplir los catorce. Años más tarde conseguiría entrar en el servicio municipal de limpieza, y después terminó en la biblioteca. Las otras tres, por su parte, tuvieron la oportunidad, la suerte y el empeño, respectivamente, de acceder a cursar estudios superiores en unos años en que los bajos índices de presencia femenina en las universidades eran un significativo reflejo de la realidad social que vivía España en aquella época.
            La jefa venía del seno de los Villalonga Negrete, una de las familias, como ya sabía, más acomodadas de Daraquiel. Su estancia en la universidad discurrió sin ninguna austeridad, en un Colegio Mayor de pago, religioso e inscrito en los dogmas de la educación más estricta.
María Victoria, según MariCruces, pertenecía a una familia de clase media y pudo entrar en la universidad gracias a una beca. No fue una estudiante brillante pero tampoco mediocre, así que mantuvo año tras año las ayudas económicas hasta finalizar su carrera, más o menos a la vez que la jefa.
Las dos fueron de las primeras daraquieleñas universitarias. Dos prometedoras licenciadas en Humanidades para el pueblo. Una con más poder y contactos que la otra, y seguramente con una ambición más impúdica.
            Ambas empezaron a trabajar en puestos relacionados, de alguna manera, con la cultura. Poco a poco, consiguieron ir haciéndose un hueco en el mercado laboral de Daraquiel y, entre las dos, a pesar de las competencias que se profesaban desde la universidad, terminaron sacando adelante el proyecto de crear una biblioteca en condiciones, digna. Según me dijo MariCruces, fueron las dos primeras responsables del servicio, cuando la biblioteca aún era un malhabilitado granero de trigo. “Trabajaron duro, eso hay que reconocerlo”. Tanto la una como la otra cumplían los requisitos para el puesto de directora de la biblioteca, al igual que Antonio el archivero, pero los motivos por los que al final sólo optó a él la jefa eran ya más que conocidos. Desde aquel momento, una ira imperdonable debió apoderarse para siempre de María Victoria.
 Y por último, la tercera bruja. O una de las Cenicientas del cuento. Su personaje era, en mi opinión, el más susceptible de reinterpretaciones. María José, una mujer proveniente de una familia tan humilde como la de MariCruces. De hecho, igual que ella, trabajó de jornalera desde muy niña y también tuvo que abandonar los estudios. Sin embargo, su inquietud intelectual y la persecución de una meta bien definida le permitieron superar los comentarios y burlas de su entorno y, sobre todo, vencer la absoluta negativa de su padre para volver a estudiar a una edad en la que le tocaba casarse y dedicarse exclusivamente a su casa y a los hijos que tendría que parir con absoluta devoción, más impuesta que elegida. Su único apoyo fue Antonio el archivero. Antonio y María José Fernández Bernal, hermanos. De eso me sonaban tanto sus apellidos.
Finalmente, aunque varios años después que la jefa y María Victoria, María José también regresó al pueblo con su título universitario debajo del brazo. Para entonces, las cosas habían cambiado. La jefa ocupaba su puesto de directora, obtenido con el consabido dudoso mérito, María Victoria había optado por opositar para educación secundaria y estaba a la espera de destino como maestra en el instituto de Daraquiel, y Antonio la sustituía en la biblioteca. En aquel momento sólo existía un puesto de atención al público. Todavía eran muchos los daraquieleños que no sabían que en aquel antiguo almacén el trigo había sido sustituido por los libros.
La nueva ley autonómica sobre la gestión de archivos y bibliotecas y las subvenciones que para tal fin se concedieron, favorecieron el traslado y acondicionamiento de la biblioteca a su actual sede y, años después, la creación del desmesurado Archivo Histórico de Daraquiel. Fue entonces cuando se redistribuyó el puesto de Antonio, como nuevo archivero, y María José entró a trabajar en la biblioteca.
Lo hizo sin haber opositado, a través de una convocatoria de méritos, contando con el beneplácito de la jefa, y por supuesto de su hermano, y su manifiesto deseo de que fuera ella la que entrara a trabajar. Parece ser que eran amigas, aunque tampoco habría tenido demasiada competencia si hubiera opositado. Los pocos daraquieleños con carrera universitaria habían optado por titulaciones más técnicas (“de ciencias”) y habían empezado a trabajar sin dificultades, cuando encontrar trabajo no era una inalcanzable utopía, en otros sectores más reconocidos y mejor remunerados, por no hablar de la enorme cantidad de jóvenes que se decantaron por la construcción, en los años en que la burbuja seguía hinchándose a la par que los bolsillos de los responsables de su posterior explosión.
María José y la jefa fueron las únicas encargadas del buen funcionamiento de la biblioteca durante años y, conociendo a la segunda, se evidenciaba que había sido la primera quien había sacado adelante la mayor parte del trabajo. “Y lo hacía muy bien, te lo aseguro”. MariCruces intentaba redimir su sentimiento de culpa hacia mí, aunque yo la iba perdonando, o mejor dicho, empatizaba más con ella, conforme iba avanzando en la narración de la historia. Antonio quedó al margen, recluido en su Archivo.
La cantidad de los fondos y el volumen de trabajo fueron creciendo gradualmente en la biblioteca por lo que se decidió contratar a otra persona que ayudara a María José en las labores más repetitivas (ordenación, tejuelado y etiquetado, etc.). Para ello, se convocó su plaza como funcionaria, y se anunció la creación de otro nuevo puesto.
-Todos esperábamos que la nueva plaza fuera para María José –sentenciaba MariCruces.
-Lo siento –Amira asumía una culpa que yo también estaba empezando a sentir.
-No tienes que sentirlo, Amira –la sabiduría de MariCruces hablaba de nuevo–. Las cosas salieron así, y tú entraste por méritos propios. No fue culpa tuya ni de nadie que a María José los nervios le jugaran una mala pasada el día del examen. Como ella tampoco debió haberte hecho las cosas que te hizo los primeros meses que trabajasteis juntas –esa última frase explicaba mejor la actitud temerosa y en extremo cautelosa de Amira.
Como premio de consolación, la jefa se encargó personalmente de que María José se quedara, al menos, con el otro puesto. Y así fue. Amira llevaba años deambulando por las bibliotecas de los pueblos más recónditos de La Mancha, y era de las personas más vocacionales que he conocido nunca. Su merecido funcionariado vino acompañado de una María José frustrada y rencorosa, dispuesta a hacerle la vida imposible. Ella sí que debió sufrir hostilidad y rechazo, día a día y codo con codo. No sólo por parte de su compañera de trabajo sino también de su jefa, porque además de no ser ella la persona prevista para ocupar ese puesto, representaba la antítesis del absolutismo con que la jefa ha gobernado siempre “su” biblioteca. Para Amira, la biblioteca, por definición, como lugar público encargado de promover y permitir el acceso a la cultura en igualdad de condiciones para todos, debe ser como una comuna hippie de las de verdad, obviando las drogas, pero manteniendo el ambiente de interculturalidad, paz y armonía.
     Pero algo debió pasar entre las dos porque, años después, cuando se determinó –o se forzó– “elevar” a la categoría de técnico a una de ellas, la jefa no intercedió en la redacción de las bases de la convocatoria para facilitar que fuera María José quien lo consiguiera. Hubiera bastado con poner como baremo principal el de los años de antigüedad en la misma administración para la que se convoca la plaza, como tantas veces se hace, no hay más que echar un vistazo a los boletines provinciales, quitándose también así de en medio a la persona que apuntaba como mayor competencia.
-Yo, de todas formas, no quería optar por esa plaza –confirmó Amira–. Primero porque consideraba que se la merecía más María José, a pesar de todo, y después porque conseguirla hubiera supuesto estar todavía más sujeta a las órdenes de la jefa y yo prefiero trabajar a mi rollo –su pureza y bondad no dejaban de fascinarme.  
El caso es que se llevó a cabo un justo proceso selectivo, con criterios estándar. Dando la opción real de acceso a todos los candidatos que tuvieran el perfil requerido y que quisieran intentarlo, como se supone que debe ser. Pero estoy seguro de que la no intervención de la jefa no fue motivada por ese sentimiento de justicia. Permitió conscientemente el riesgo de que por segunda vez pudiera venir alguien de fuera más preparado, con más cursos, o simplemente más capaz que María José de templar sus nervios en el examen y se llevara el puesto. Como efectivamente ocurrió con Leo. El nuevo trabajo de técnico no se establecía como un puesto de funcionario sino de personal laboral, una distinción que tampoco debió ser casual y que hubiera permitido a la jefa seguir usando esa inestabilidad contra María José si lo hubiera necesitado otra vez.
-Para entonces, ¿la jefa ya estaba casada con el alcalde, con Don Juan? –le pregunté a MariCruces.
-Claro que sí –respondió ella–. Se separaron a los pocos meses de todo aquello.
-Y la que ahora es mi plaza… ¿de dónde salió? –empecé a perder el hilo de una historia tan enrevesada.
-Cuando Leo entró, el pobre, que tampoco tuvo culpa ninguna, María José cayó en una profunda depresión –continuó MariCruces–. Le habían quitado lo que más quería. Te puedo asegurar que vivía, y vive, para la biblioteca. Leía todo lo que caía en sus manos, y en el pueblo era una persona muy conocida y respetada. Como un oráculo. Y tú lo sabes, aunque se portara tan mal contigo –Amira asintió–. Pero después de aquello pareció tragársela la tierra. Desapareció. No le dijo a nadie dónde se iba, ni esta boca es mía, ni siquiera a mí que, qué queréis que os diga, era mi amiga, la pobre, había sufrido mucho, y aunque vosotros os lo merecierais, ella también y, no os lo toméis a mal, pero ella es del pueblo, no lo digo por nada, sino porque tiene raíces aquí, llevaba muchos años en la biblioteca, que quieras que no también eso tiene que valorarse, pero, claro, como tenía esa relación tan rara con la jefa, que lo mismo se llevaban divinamente que lo mismo estaban tirándose los trastos a la cabeza. Nadie sabía por dónde iban a salir.
            -¿Y dónde estuvo? –pregunté, curioso.
            -Pues no lo sé, o no te lo puedo decir, eso es cosa suya, no sé, tampoco puedo hablar más de la cuenta… -MariCruces parecía haber llegado al límite de la información permitida.
            -Joder, creo que me lo debes, ¿no? Porque, aunque es evidente, ¿por qué tienes tú mi linterna? –le dije.
            -Porque me la dio ella, si ya lo sabes para qué preguntas. Pero tengo que decirte que está muy arrepentida. No sé qué averiguaría sobre ti, pero por fin se ha convencido de lo que yo siempre le he dicho. Que eres buena gente, terco, pero buena gente –MariCruces se apoyó sobre Amira, que cada vez estaba más perdida, y la miró dulcemente. Luego volvió a dirigirse a mí–. Oye, y ¿por qué no habláis vosotros dos?
            -¿Quiénes?
            -Ella y tú.
            -¿Ella y yo?
            -¡Sí!
            -¿Quiénes? –Amira no pudo contenerse más.
            -¡María José y él! ¡María José y yo! –respondimos, a la vez, MariCruces y yo.
            Conduciendo de camino a casa de Paz, casi di una cabezada al volante. Tuve que pararme en el arcén para espabilarme. Estaba cansadísimo. No sabía si más por el tute que nos habíamos dado mañana y tarde subiendo y bajando escaleras, organizando, limpiando y catalogando libros, por la agotadora conversación que habíamos tenido mientras lo hacíamos y que terminaba de desvelar la mayoría de incógnitas de los últimos días, o por no haberme repuesto aún del viaje y del fin de semana en Barcelona. O por pensar en que todavía tenía que explicárselo todo a Paz antes de irme a la cama. Porque también quería escuchar su opinión sobre lo del WhatsApp de Juanjo.
            Por eso recopilé y resumí mentalmente, para no perder tiempo en darle detalles innecesarios.
            El odio entre la jefa y la concejala se venía gestando casi desde niñas. Cuando salieron de la universidad, las dos se encargaron de rescatar la biblioteca de Daraquiel, sepultada originalmente en un granero de trigo en el que se fueron almacenando libros y que poco a poco derivó en un espacio propio. Una vez ahí, cada vez contaba con más usuarios, una colección mayor y más actividades que requerían de más personas para trabajar. Se decidió crear el puesto de directora. Las dos querían conseguirlo, pero fue la jefa quien se lo llevó por tener un “contacto” más directo con la persona que decidía en última instancia, el alcalde, por entonces su marido. La venganza de María Victoria llegó años después, en las últimas elecciones celebradas en Daraquiel, hace unos meses, cuando salió elegido el partido político al que ella representaba como concejala de personal. Le vino de perlas mi “carta-denuncia” en contra de la jefa para revisar su puesto de trabajo y apretarle las tuercas. Ello, a su vez, me convertía en el blanco de la ira de la jefa. Mientras tanto, otra mujer, la tercera en discordia, María José, incorporada al trabajo de la biblioteca cuando la jefa ya era directora y María Victoria había desaparecido temporalmente del campo de batalla. Una mujer que sufrió en su puesto de trabajo las consecuencias de una extraña relación de amor/odio con la jefa, cuyo resultado final es que dos personas venidas de fuera del pueblo, Amira primero y Leo después, terminaran ocupando los dos puestos de trabajo que, en principio, habían sido pensados para ella, y en cuyo proceso la jefa había intervenido, favoreciéndola o dejándola como una candidata más, en función de que su relación se encontrara en el momento de amor o en el de odio. María José cayó en depresión viéndose en la calle después de más de veinte años de trabajo en la biblioteca, y desapareció del mapa.
Quizá por eso, la jefa se apiadó y le dio otra oportunidad. Tercer intento que, por motivos que no quedan claros, terminó dejándola fuera otra vez. Un nuevo puesto de trabajo cuya aparentemente prescindible creación, terminó haciéndose necesario y que durante unos dos años estuvo cubriéndose con una sospechosa bolsa de trabajo que iba llamando a sus candidatos a intervalos de tres meses. Una vez agotados todos sus aspirantes, se convoca una tercera plaza de trabajo para la biblioteca. Plaza por la que María José vuelve a competir y que pierde, como una pesadilla que se repite una y otra vez, por las dos míseras décimas de más que obtengo yo sobre ella en la nota del examen. Yo me alzo como nuevo bibliotecario, y ella se queda otra vez fuera, en el primer puesto de la bolsa que se abre para posibles sustituciones.
El nuevo bibliotecario es un joven sureño, “rarito” y con pinta de urbanita que muchos piensan que apenas aguantará los primeros meses en un pequeño pueblo manchego. Sin embargo, contra el pronóstico popular (y el mío propio), la cosa se alarga hasta casi los dos años, momento en el que su amigo, novio o lo que quiera que fuera el hombre que siempre iba con él, se va a trabajar a Barcelona. Una información en principio personal, que se hace pública por contársela a MariCruces, que se confiesa como la infiltrada que, con subrepción pero sin maldad, ha puesto al tanto de ello a la principal interesada en conocer mis intenciones, María José, tan obsesionada porque se produjera el acontecimiento que le permitiera por fin recuperar un puesto en su ansiada biblioteca, que es capaz de colarse de madrugada para revolver en su antiguo puesto buscando algún dato que le confirmara sus sospechas y le demostrara que debía seguir esperando pacientemente a que yo renunciara antes de intentar encontrar otro trabajo.
El resumen no era especialmente breve, pero es que tampoco lo era condensar tanta información. Me entraron ganas de escribirlo todo en un folio para que cuando llegara a casa se lo pudiera dar a Paz, decirle que lo leyera y que mañana lo comentábamos en el desayuno, para poder irme directamente a la cama.





domingo, 4 de marzo de 2012

CAPÍTULO XVII: La jefa ha vuelto.


XVII
LA JEFA HA VUELTO

            La palidez en el rostro de Amira y la expresión de terror  en sus grandes ojos adelantaban la noticia sin casi necesidad de enunciarla:
            -La jefa… Ha vuelto –dijo, en tono solemne.
            Antes o después ese momento tendría que llegar, pero creo que no era yo el único sorprendido al comprobar que fue más antes que después. Las bajas de la jefa eran memorables además de por su frecuencia y poca credibilidad, por su larga duración.
            -¿Sí? Y… ¿te ha dicho algo? ¿La has visto? –le pregunté, nervioso yo también.
            -Sí. Dice que ahora vendrá.
            Al poco, efectivamente, entró en la biblioteca. Erguida como nunca y soberbia como siempre, sin mirarnos a la cara, musitó:
            -Cuando podáis, pasad dentro.
            Allí nos esperaba también su súbdito. Como un perrito faldero, Leo le ayudó a sentarse con un teatral ademán.
            -Nos piden del Ayuntamiento los balances y las memorias de los últimos cinco años. Leo se va a encargar de recopilarlas y organizarlas. Vosotros dos –chusma de mierda, le faltó decir–, vais a terminar de incluir en el catálogo los registros de los libros que aún faltan del fondo antiguo para poder adjuntarlo a la memoria de este año. Lo quiero para antes de que termine la semana –y, sin más, se levantó y tal como vino, se fue–. Buenos días –concluyó, con aire triunfante.
            Los libros que aún faltaban del fondo antiguo… Se refería a los centenares que perecían sepultados junto a toda clase de insectos xilófagos en las polvorientas estanterías del techo del depósito. Los mismos que la jefa siempre había dicho que algún día expurgaríamos o donaríamos a alguna asociación a la que pudieran interesarle.
Allí nos plantamos, pues, el trío Laralá. MariCruces, con un trapo y el flú-flú, como ella decía, Amira con la bata blanca y yo, cargado con la escalera de mano.
-¿Has mirado que esté bien? –me preguntó Amira.
-¿El qué?
-La escalera –respondió.
Aún sin entender muy bien a qué venía la pregunta, le eché un rápido vistazo. Roída y vieja, como de costumbre, nada extraordinario.
-Sí, está bien, como siempre –la tranquilicé.
Nos esperaban largas horas dentro del depósito, con el consentimiento previo de Leo, que nos avisaría cada vez que viniera alguien a la biblioteca para que uno de los dos subiera a atenderle.
            -¡Bruja! ¡Podría haber seguido de baja la muy bruja! –soltó MariCruces en cuanto nos quedamos los tres solos–. Ésta no es ni que esté mal follada, a ésta es que no le han echado un polvo en condiciones en su vida –nos echamos a reír. A pesar de haberlo considerado siempre un comentario de lo más machista, no pude quitarle razón. La venganza de la jefa acababa de empezar. Algo con lo que yo ya contaba y que esperaba poder evitar, más por supervivencia que por egoísmo o cobardía.
            -Estuvo casada con un alcalde, ¿no? –le pregunté, como resultado de un inconsciente pensamiento asociativo.
            -Sí, con Don Juan, un encanto de hombre, pobrecito –respondió ella.
            -¿Pobrecito? Bueno, aparte de por haberse casada con ella, ¿por qué lo dices? –indagué.
            -Porque era un buen hombre, y se le trató muy mal en general. Para mí, el mejor alcalde que ha tenido Daraquiel –MariCruces iba pasándole el trapo a los libros que yo iba bajando–. Y no soy yo la única que lo piensa.
            -Sí, Antonio el archivero también me comentó algo. ¿Por qué se separó de la jefa? –pregunté.
            -Tú quieres saber mucho –dijo, medio en broma medio en serio–, pero luego cuentas poco.
            Aquella contestación me cogió totalmente desprevenido. Amira se hacía la indiferente pero, en el fondo, sabía que estaba tan deseosa como yo de obtener más información.
            -¿Por qué le dices eso? –se animó finalmente a preguntar.
            -Pues por enterarme de qué va a hacer. No me extrañaría que éste estuviera tramando irse y dejarnos aquí solas ante el peligro –respondió MariCruces.
            Ya no me sorprendía que la gente supiera cosas de mí que yo no les había contado y, después de todo, MariCruces era de confianza. ¿O no? ¿Por qué de repente sentía que también tenía que dudar de ella?
            -Solas no os voy a dejar –me empezó a temblar la voz y sentí que me atragantaba. No era por el polvo que salía de los libros. Después de mucho tiempo y muchos sentimientos acumulados que apenas me había dado tiempo a digerir, la emoción me brotó en forma de lágrimas. Lloro poco, pero cuando empiezo ya no paro.
            -Pero… –a MariCruces también se le trabó la voz. Cuando se me desempañaron los ojos, vi que ella también los tenía vidriosos.
            No tardamos en acabar como las tres Marías camino del Calvario, llorando como magdalenas. Cada una por sus propios motivos. No tan diferentes los unos de los otros. Éramos víctimas y verdugos, en mayor o menor medida, de una situación que nos salpicaba a los tres de igual manera pero cuyas consecuencias, seguramente, nos afectarían de distinto modo. Amira era la más inocente, desde luego, y la más injustamente condenada. MariCruces, por su parte, escondía más parte de culpa de la que yo imaginaba antes de escucharle decirme, ya con las lágrimas contenidas:
            -Esto es tuyo, ¿verdad? –del bolsillo se sacó la linterna de Paz para enseñármela.

             

martes, 28 de febrero de 2012

CAPÍTULO XVI: Mudanzas.

XVI
MUDANZAS

            A veces tengo la sensación de haberme pasado más de media vida haciendo mudanzas. De haber invertido más tiempo y energías llevándolas a cabo que disfrutando verdaderamente de la estabilidad –física y emocional– que da vivir en una misma ciudad, con un hogar fijo. Daniel el nómada. Adjetivo del que solía sentirme orgulloso hasta que las fuerzas empezaron a flaquearme. Iba teniendo ganas ya de un asentamiento medianamente indefinido.
            Con los últimos acontecimientos, casi había olvidado que aquel fin de semana viajaba otra vez a Barcelona. Normalmente iba cada dos semanas, pero aproveché que ese lunes era festivo para una escapada extra. Tres días por delante para estar con Juanjo, y desconectar de Daraquiel y la biblioteca y de una semana tan intensa como rara. Tres días para descansar, para disfrutar de la ciudad. Lo único malo es que a Juanjo le tocaba hacer guardia. El funcionamiento del Zoo para un veterinario era como el de un hospital para un médico, con la diferencia de que él no veía reflejadas en su sueldo esas nocturnidades ni esas horas extras. Más consecuencias de la Crisis, que obligaba a aceptar cualquier condición con tal de tener la primera oportunidad de acceder a un mercado laboral cada vez más escaso y precario. Suma y sigue. O, mejor dicho, resta y sobrevive. A cambio de hacerle compañía, había prometido guiarme en una visita exclusiva al Zoo, a puerta cerrada y con sorpresa final incluida.
            Todavía nos quedaban bastantes cosas en casa de Paz, así que fui metiendo lo primero que fui viendo hasta llenar las maletas y bolsas que mis brazos eran capaces de transportar. Adornos, libros, algunos utensilios de cocina, mantas y toallas, la wii… Luego cogí el coche y me fui directo a la estación de Alzamil de San Germán. Cargado como una mula, una vez más, en otra mudanza que parecía no acabar nunca. Y con el riesgo añadido de dar con un revisor antipático que me pusiera pegas por llevar a bordo más bultos de los permitidos.
            Mientras esperaba el tren, saqué de los macutos lo único que realmente me había preocupado de no olvidar. Las actas de cuando aprobé la oposición y una copia del Convenio Local firmado hace años entre trabajadores y Ayuntamiento. Quería comprobar dos cosas.
            El nombre de la persona que quedó detrás de mí en puntuación, por apenas dos décimas: María José. Era la única María José de toda la lista. María José Fernández Bernal. ¿De qué me sonaban tanto esos apellidos? Era ella, no había duda. Una mujer que había estado trabajando allí más de veinte años. Antes de perder, o de que le arrebatasen, o de que Leo, Amira y yo le arrebatáramos, según se mirara, una a una, las tres posibilidades que había tenido de consolidar su puesto en la biblioteca de Daraquiel. Por dos míseras décimas. Debió odiarme con toda su alma. Aunque yo sólo había aprovechado la oportunidad que perseguía desde hacía tiempo y en la que había invertido sudores y lágrimas, además de incontables euros ganados con duro trabajo para pagar la academia y los cientos de cursos de formación.
            En el acta se anunciaba también que, tras mi proclamación como nuevo bibliotecario, se abriría una bolsa de trabajo a efectos de futuras coberturas. Por posibles ausencias como la que yo iba a provocar dentro de poco. El hecho de que el Ayuntamiento no nos fuera a pagar los sueldos era la gota que colmaba el vaso de los inconvenientes de seguir trabajando en Daraquiel. Sólo me quedaba decidir de qué manera hacerlo porque, dada la situación del país, no me podía permitir renunciar a un funcionariado sin tener las espaldas cubiertas, sin alguna otra alternativa de trabajo en Barcelona. Ya había empezado a echar currículums por internet, pero no había conseguido que me llamaran ni para una triste entrevista. Mi profesión no era de las más demandadas, ni ahora ni antes de la Crisis. Y el panorama laboral, en general, no pintaba muy prometedor porque tampoco había obtenido respuesta de las ofertas de teleoperador y de camarero en las que también me había inscrito. Al menos, desde la distancia. Me consolaba pensando que la búsqueda sería mucho más efectiva estando ya allí.
            Por eso quería revisar también el Convenio, para ver qué opciones tenía de pedir una excedencia o algún tipo de licencia, con la que pudiera irme un tiempo pero manteniendo mi plaza por si tuviera que volver fracasado de mi aventura barcelonesa. Quién me iba a decir a mí hace dos años, cuando conseguí la tan ansiada plaza de bibliotecario, que ahora me estaba planteando renunciar a ella de forma voluntaria. Las vueltas de la vida, una vez más.
            Como Paco Martínez Soria en la gran ciudad. Así me veía a mí mismo recién llegado a Barcelona. Era tan radical el cambio de un entorno a otro que al principio me sentía tan aturdido como un pez fuera del agua. Un pez fuera del agua y cargado de maletas. En el metro, aunque no tengas prisa, terminas corriendo, contagiado del estrés de los demás topos que te empujan y te miran mal, sin apiadarse de tu pesada carga al tener que bajar las escaleras que no siempre son mecánicas, por obstaculizar su frenético ritmo, y sin olvidar poner la cartera a buen recaudo precavido por el mensaje que cada cierto tiempo repite la megafonía:

            Molta atenció! El carterista espera una distracció per emportarse allò que no es seu. Al metro, vigila les teves coses.

            Juanjo estaba viviendo con una amiga catalana que había conocido el año que estuvo de Erasmus en Francia. Pero ya estábamos ahorrando para buscar algo para nosotros dos. Más ahora que, tras un largo viaje de siete horas, había tenido tiempo más que suficiente para leer y releer todos los artículos y comprobar que aunque todavía no tenía posibilidad de pedir una excedencia porque no llegaba al mínimo necesario de tres años cotizados en la administración pública, en el Convenio Local sí que se recogía la opción de solicitar un permiso de tres meses por cada año trabajado, por motivos particulares, con suspensión de empleo y sueldo y con reserva del puesto de trabajo, sin exigencia de una antigüedad determinada. Una buena noticia que aún debía confirmar con Javier, el representante sindical, pero que ya estaba deseando anunciarle a Juanjo.
            El piso de Aroa era un octavo sin ascensor, en un edificio antiguo, de escaleras interminables y estrecheces claustrofóbicas. Cuando iba por la quinta planta me temblaban los brazos y las piernas del esfuerzo, en el sexto iba soltando algunas de las maletas por los escalones y el séptimo lo subía casi a rastras. Para cuando llegaba al octavo tenía unos dolores por todo el cuerpo que me acompañarían ya durante el resto del fin de semana. Lo peor es que después nos tocaría llevarnos todas esas cosas al piso que alquiláramos para los dos. Interminables mudanzas, como decía.
            La recompensa se me presentaba a cuatro patas y con movimiento de rabo. Y no me refiero a Juanjo porque a la hora a la que yo llegaba él ya se había ido a trabajar, sino a Dante que siempre me recibía entre lametones y arrumacos. Sólo quien tiene perro puede gozar de un recibimiento tan caluroso, afectivo y sincero como ése.
            No podía imaginarme a casi ninguno de los habitantes del Zoo de Barcelona como animales de compañía. Bisontes europeos, elefantes africanos, jirafas, avestruces, pelícanos, cebras, ciervos, lobos, cigüeñas, camellos. En todo caso, a alguno como el panda rojo, uno de los preferidos del público infantil, por su carácter cariñoso y juguetón, un simpático mamífero asiático de medio metro de longitud y con carita de oso panda. O a otros menos comunes como el mono araña, el Ateles belzebuth hybridus, un primate de llamativos ojos celestes, propio de la selva de América del Sur en peligro de extinción por la deforestación y la caza porque, al parecer, su carne es muy apreciada en regiones como Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, y que en cautividad podía mostrarse dócil y obediente. Juanjo estaba especialmente atractivo con su uniforme y totalmente metido en su papel de guía, contándome las curiosidades de todas las especies del Zoo.
            Los recorridos ofrecidos para el público general eran dos. El primero, de unas dos o tres horas según se hiciera a pie o en el trenecito del Zoo, podía empezarse desde la entrada de la calle Wellington o por la del Parc de la Ciutadella. Y el segundo, la visita de tot el día (era increíble no sólo la rapidez con que Juanjo había aprendido el catalán sino la pronunciación tan acertada con que lo hablaba, aunque conmigo la exageraba en tono de broma), para no perderse nada y con almuerzo incluido, de un tiempo estimado de cinco o seis horas. El palmeral, el aviario, el espacio gorila, el terrario, la granja del Zoo, la galería de los titís, un interesante “Punto Verde” con una pequeña aula interactiva para enseñar a los visitantes cómo se reutilizan y eliminan los residuos generados en el Zoo y, por último, la gran sorpresa.
            Juanjo me tapó los ojos antes de entrar al Aquarama y luego me los descubrió susurrándome al oído “Aquí tienes tu sorpresa”. Los delfines eran mucho más impresionantes que en los documentales de la tele. Su simple contemplación fue una de las experiencias más impactantes que he tenido en mi vida. No podía imaginar lo que vendría después. De fondo, se empezó a escuchar una canción bien conocida para los dos.

            One dream,
            one soul, one prize,
            one goal,
            one golden glance
            of wath should be.
            A kind of magic.

            Presentación para la estelar aparición de quien debía ser la cuidadora, domadora o como se diga, de los delfines, a juzgar por lo rápido y obedientes que se le acercaron los tres cetáceos. Una mujer con una espalda que ya la quisiera yo para mí y unos no menos musculosos brazos, con cuyo movimiento ordenaba cada una de sus piruetas.
            -I d’aquesta manera tan especial us donen la benvinguda a tots! –exclamó entre risas.
            La expresión de Juanjo era la de un inquieto e ilusionado niño pequeño cuando me acercó el traje de neopreno para que me lo pusiera. Eso sí que no me lo esperaba. Nadar con delfines era una de mis mayores ilusiones desde siempre. Otro sueño que se cumplía de su mano. Y de la de Sonia, la cuidadora, gracias a la cual perdí el miedo inicial para disfrutar al máximo de aquel momento. Una experiencia inolvidable.    
            Igual que el sexo que tuvimos después. Un orgasmo de esos dignos de quedar grabados en los Anales de los Grandes Polvos de la Historia. Terminamos extasiados. Caímos rendidos, sobre todo él que se durmió al instante. Yo, en cambio, a pesar del cansancio que arrastraba, no terminaba de conciliar el sueño. Y cuando por fin empezaba a conseguirlo, algo me desveló. El móvil de Juanjo parpadeó con la señal de haber recibido un WhatsApp. A las tres de la madrugada. No pude evitar controlar la curiosidad, o la desconfianza, y sin que él se diera cuenta, lo leí.

¿No me dices nada esta noche?

El mensaje era de un tal Brian Tedder.
Algo se me revolvió por dentro. La mezcla de sentimientos entre miedo, celos y coraje tornaba de nuevo como un nudo en el estómago. No era la primera vez que algo así me costaba una pelotera de las gordas con Juanjo.





domingo, 26 de febrero de 2012

CAPÍTULO XV: Procesos selectivos, funcionariados y otros secretos municipales.

XV
PROCESOS SELECTIVOS, FUNCIONARIADOS Y OTROS SECRETOS MUNICIPALES

         Le pedí a Amira que me invitara a comer con ella y Álvaro en su casa, con la excusa de enseñarme por fin su colección de instrumentos musicales del mundo. Primero porque con el jaleo de los últimos días no me había dado tiempo de traer nada preparado de casa de Paz, y segundo porque quería aprovechar para contarle con detalle por qué había bajado con Antonio al depósito. Por cautela, le conté la misma versión que a todos los demás. Que había encontrado la pintada por casualidad, ordenando revistas y periódicos viejos. Decidí obviar toda la parte de los detectives nocturnos Paz y Dani. Aunque, pensándolo bien, alguien como ella, capaz de estar esperándome muerta de frío en un descampado de madrugada para evitar un intento de asesinato cuyo único fundamento se basaba en una conversación telefónica de la jefa, podría entender perfectamente que Paz y yo hubiéramos acudido también de madrugada al depósito de la biblioteca con el fin de encontrar algo relacionado con las brujas de Daraquiel.
            Después del almuerzo, volvimos al trabajo, un poco antes de lo habitual para poder estar los dos tranquilos antes de que llegara la marabunta de niños aburridos de estar en casa o en el parque y adolescentes con las hormonas desbocadas que acudían en manada a la biblioteca, por ser una de las pocas opciones de ocio que el pueblo les ofrecía. Más atraídos por la posibilidad de conectarse al tuenti en alguno de los ordenadores y poder colgar las alarmantemente sensuales fotos que se habían echado por la mañana en los espejos de los baños del “insti”, que por pasar la tarde inmersos en una interesante lectura o consultando documentación para algún trabajo académico.
-Igual que te dijo Antonio, yo también me puedo imaginar de quién es esa frase –Amira contemplaba apenada la pintada del depósito y mientras acariciaba las letras sobre la pared con una desconcertante delicadeza, pareció estar a punto de llorar–. ¿MariCruces nunca te ha hablado de María José, verdad?
-No –respondí yo–. ¿Quién era?
-¿Era? ¿Crees que ha muerto?
-No, no, Amira, ya te digo que no tengo ni la más mínima idea de quién es. MariCruces nunca me ha contado nada de ella.
-En realidad yo no coincidí mucho con ella. Sólo el tiempo que pasó desde que empecé a trabajar aquí hasta que convocaron definitivamente la plaza de técnico, que al final se llevó Leo.
Nunca había querido indagar mucho sobre el tema, aunque sí que me despertaba cierta curiosidad. Tomé posesión de mi plaza en Daraquiel con algo de temor por la idea de no ser bien recibido al venir de fuera. Y aunque después muchas personas me demostraron que esa hostilidad no era tal, sí que notaba cierto desprecio por parte de otras. Por eso decidí que lo mejor era no saber demasiado. Ni yo preguntaba más de la cuenta ni los demás me contaban nada concreto. Ni siquiera MariCruces. Los datos que tenía eran, pues, fragmentarios e inconexos. Sólo sabía que en la biblioteca habían trabajado otras muchas personas antes que nosotros tres. En el caso concreto de mi actual plaza, por las cosas que le había escuchado a unos y a otros, tenía entendido que el Ayuntamiento la había estado cubriendo con contratos temporales mediante bolsas de trabajo. La de Leo también sé que la consiguió después de obtener la nota más alta de la oposición y de conseguir la máxima puntuación en la fase de concurso. O al menos eso era de lo que él se jactaba siempre, sin que nadie le hubiera preguntado. De que a pesar de estar como personal laboral, había tenido que superar un proceso selectivo tanto o más difícil que el de funcionarios como yo o Amira. Supongo que por ese gran esfuerzo que le había costado semejante logro consideraba que ya no tenía nada más que demostrar y que podía limitarse a calentar su silla de trabajo.
La mayor incógnita estaba, quizá, en el proceso por el que Amira consiguió su plaza. Creo que nunca había reparado en ello porque la veía tan integrada y tan conocedora de todo lo relativo a la biblioteca que pensaba que estaba ahí de toda la vida, desde que existía la biblioteca de Daraquiel, a pesar de su juventud (Amira sacaría, como mucho, dos o tres años a mis recién cumplidos treinta y uno) y de que tampoco era daraquieleña. Datos, que ahora que lo pensaba, sí que eran un poco llamativos.
Quizá había llegado el momento de preguntarle al respecto.
-Porque tú, Amira, ¿cuánto tiempo llevas en la biblioteca?
-Unos siete años, creo. Soy muy mala para las fechas. ¿Por qué?
-No,  por saber… Y antes de ti, ¿sabes quién había?
-Sí –tomó aire–, María José.
-Ajá… y… ¿antes de Leo?
-María José también.
No entendía nada.
-Y antes de que yo llegara, ¿quién estaba en mi puesto? –pregunté de nuevo, para intentar aclararme.
-Pues durante dos años o así, cada tres meses, una persona distinta. El último fue Jesús.
-Eso era porque los iban llamando de la bolsa de trabajo, ¿no?
-Exacto –Amira se sentó–. Creo que aún me puede dar tiempo de fumar un cigarro –sacó el paquete y se puso a liarlo mientras seguía con el relato–. A los que iban llamando de la bolsa los contrataban durante tres meses y luego a la calle, y entraba el siguiente. Para nosotros era un poco rollo porque siempre teníamos que andar explicándoles todo y cuando por fin la persona se iba haciendo con el trabajo, tenía que irse. Además, que te encariñabas y luego te daba pena. Así estuvimos hasta que se agotaron todos los candidatos de la bolsa. Ya te digo, unos dos años o así. Fue entonces cuando la jefa movió los hilos necesarios en el Ayuntamiento para que convocaran la plaza con carácter definitivo. Y entraste tú.
-Y… antes de esos dos años… ¿quién ocupaba mi plaza? –pregunté, esperando escuchar el mismo nombre.
-Pues sí –o mis pensamientos eran transparentes o topaba con gente muy intuitiva–, la misma persona que estás pensando: María José. Estuvo trabajando más de veinte años en la biblioteca.
-Pero… ¿entonces? ¿Optó por las tres plazas que ahora tenemos Leo, tú y yo y no consiguió ninguna a pesar de haber estado trabajando aquí tanto tiempo?
-Eso parece –respondió, mientras daba la primera calada.
-Qué putada, ¿no?
-Pues sí. Debió serlo. Sobre todo, después de leer este mensaje en la pared –no tardó en brotarle la primera lágrima. Amira era muy sensible al dolor ajeno.
-Pero… ¿la jefa tenía algo en contra de ella? ¿O alguien del Ayuntamiento?
Amira se encogió de hombros, terminó su cigarro y anunció apesadumbrada:
-Tenemos que abrir ya.
Desde fuera se escuchaba el jaleo de una jauría ansiosa esperando que el reloj marcara la hora para poder entrar a devorarnos. Aterrador anuncio, como todas las tardes, de la difícil e interminable jornada que aún nos quedaba por delante.


miércoles, 22 de febrero de 2012

CAPÍTULO XIV: "Aquí he aprendido todo lo que sé".

XIV
“AQUÍ HE APRENDIDO TODO LO QUE SÉ”

Hay personas que no sabrían vivir sin trabajar. Antonio el archivero era una de ellas. Por eso, cada vez que iba a su santuario de trabajo me lo encontraba afanado en cualquier labor que para alguien perezoso sería innecesaria o se podría dejar para otro día.
En este caso, estaba reorganizando los primeros números publicados de La gaceta de Daraquiel, una revista local de publicación mensual, en la que tanto él como la jefa habían participado en más de una ocasión. Antonio como colaborador habitual de una sección sobre la historia del pueblo, y ella esporádicamente en algún suplemento especial o en algún breve artículo sobre alguna exposición o alguna noticia de la biblioteca.
-El primer número es de 1956, y fue todo un acontecimiento para Daraquiel. Recuerdo que se organizó una gran fiesta para hacer su presentación pública y la primera tirada de treinta ejemplares se regaló a las primeras treinta personas que acudieron al evento. Fue muy bonito –Antonio parecía emocionarse recordando aquel momento. Seguro que sus inquietudes de historiador y archivero se venían gestando ya desde su más precoz adolescencia.
Yo le escuchaba fascinado. Empezaba a tener la sensación de que Daraquiel y La Mancha, en general, tenían muchas más cosas interesantes que yo ya no iba a poder descubrir.
-No sé cómo serían las cosas por tu tierra hace unos años, pero para los daraquieleños en esa época fue todo un orgullo contar con una publicación local, que además nació humildemente, con muy bajo presupuesto y que consiguió salir adelante gracias al alcalde que gobernaba por entonces, un hombre muy preocupado por la cultura local. Quien además, a propósito, años más tarde, contrajo matrimonio con tu jefa. Otro auténtico evento local, todo sea dicho, pero por otra clase de motivos que ahora no vienen al caso.
Inmediatamente me vino a la cabeza el apodo que Darío siempre usaba para la jefa. “La Clinton”. Y recordé también las no pocas veces en que tanto él como MariCruces y Gerardo habían hecho alusión al “sospechoso” proceso que concluyó con la proclamación como funcionaria de carrera en el “recién creado puesto de directora de biblioteca y eventos culturales del Ayuntamiento de Daraquiel”, pocos meses después de su traslado a la actual sede (antes, por lo visto, la biblioteca había sido ubicada de forma improvisada en un antiguo almacén de trigo). No llegó a ser una designación nominativa, “a dedo”, pero tampoco recibió la mínima difusión que merece toda oferta de empleo público así que al final sólo hubo una candidata, cuyos méritos además eran “un calco literal” de los requeridos en la convocatoria. Una historia tantas veces repetida en tantos pueblos de España y que no por eso dejaba de ser igual de vergonzosa.
Antonio el archivero, en cambio, siempre evitaba tocar ese tema. Era hombre discreto y elegante. Sólo aquel último comentario y la forma en que solía dirigirse a ella –como “tu jefa”– me hizo vislumbrar en él cierto rencor. Porque se suponía que también era la jefa de él. No era difícil, pues, sospechar que, en su interior, sentía ser más merecedor que ella del puesto de director de biblioteca. Pero, claro, no había sido él quien se había casado con el alcalde.
-Pero, bueno, supongo que no estás aquí para que te hable de estas cosas, muchacho sureño. Dime, ¿a qué has venido esta vez? –concluyó Antonio.
-En realidad quería pedirte un pequeño favor –por algún motivo, cuando terminé la frase, su cara mostró un inusual gesto de sonrisa. Aquello me animó a continuar con mi petición–. Verás, el otro día, cuando te traje los periódicos y las revistas, descubrí una pintada en una de las paredes del depósito –me estaba convirtiendo en un mentiroso profesional.
Antonio el archivero accedió sin reparos, diría que incluso algo excitado, a venir conmigo a la biblioteca para “analizar” la pintada del depósito.
-¡Muy buenas, Antonio! ¡Cuánto bueno por aquí! –exclamó MariCruces en cuanto lo vio aparecer por la puerta.
Con la emoción del momento no reparé en tomar la precaución de pedirle cierta confidencialidad para evitar posibles filtraciones que podrían desviar el propósito de mi personal investigación.
-Pues nada, querida María de las Cruces, aquí el muchacho sureño que empieza a interesarse por nuestra cultura y parece que ha descubierto el que promete ser un interesante hallazgo histórico –respondió él.
-Anda, no me digas… ¡Y qué calladito se lo tenía el canalla! Si ya se sabe, en boca cerrada… Por eso ayer estabas tan raro, ¡eh, granuja! –a MariCruces le encantaba el contacto físico, siempre andaba dándome pellizcos o cogiéndome del brazo, cosa que a mí solía gustarme por la ternura que demostraba. Sin embargo, en aquel momento, no sé por qué, me estaba incomodando y, con todo el disimulo que pude, me las ingenié para quitármela de encima.
-Sí, quiero llevarme yo la exclusiva –dije–. Anda, déjanos un momento por favor que no quiero hacerle perder mucho tiempo a Antonio, que demasiado que ha tenido la amabilidad de venir hasta aquí –es verdad que era raro verlo por la biblioteca, seguramente por su escondida enemistad con la jefa.
Mientras Antonio y yo bajábamos al depósito, Leo nos miraba con recelo y Amira con sorpresa. A ella le hice un gesto que creo que supo interpretar como que luego le contaría de qué iba todo aquello y a Leo, simplemente, le ignoré.
Deseoso de escuchar su veredicto, le enseñé a Antonio mi hallazgo (mejor dicho, el de Paz). Él guardo un largo rato de silencio. Esperaba que quisiera traerse sus guantes y sus pinzas de archivero o cualquier otro utensilio que le sirviera para el estudio del tipo de tinta, la prueba del carbono catorce o algo parecido, para determinar la antigüedad y otros datos relevantes según el trazo y otros posibles elementos de juicio. Pero descubrí lo que equivocado que estaba cuando por fin habló.
-Esto sólo lo ha podido escribir una persona. Pero no voy a ser yo el que te diga de quién se trata. No quiero volver a sufrir –Antonio hablaba en un enigmático tono–. Será tu labor averiguarlo. Cuentas con los medios suficientes, y estoy seguro de que tienes las pistas necesarias para ello. Eres un muchacho inteligente, y si de verdad eres un buen bibliotecario sabrás consultar las fuentes adecuadas y dar con la información correcta. Buena suerte.
Y sin más, me dejó allí sólo, con cara de tonto frente a la pintada.

No conseguiréis que me vaya. Aquí he aprendido todo lo que sé.

¿Quién escribió aquello? Y… ¿por qué?





martes, 21 de febrero de 2012

CAPÍTULO XIII: Elemental, querida Watson.

XIII
ELEMENTAL, QUERIDA WATSON

            Aunque aquella cena con Paz no era del todo una más, tampoco estaba siendo tan incómoda como en principio había imaginado. Si bien la noticia de María Victoria había desplazado en escala de importancia el acto de la felación, aquello seguía presente entre ella y yo como una pesada losa de latente tabú. Sobra decir que Paz conocía de primera mano los detalles de mi relación con Juanjo. Es más, era de las pocas personas de mi círculo manchego, junto con Amira, con la que podía hablar abiertamente del tema sin tener que recurrir a palabras ambiguas o expresiones neutras.
            Había roto el hielo relatándole la visita sorpresa de la concejala y la aún más sorprendente noticia que traía consigo.
            -Así que al final nos soltó que era más que probable que este mes no cobráramos porque el Ayuntamiento está sin un puto duro, ¿qué te parece? –había terminado la historia, así que ya no iba a tener más remedio que sacarle el tema–. En fin –titubeé–… Que yo también quería que habláramos de lo que pasó anoche…
            -¿El qué? ¿lo de la biblioteca? ¿lo de la misteriosa mujer? ¿lo de la inquietante pintada en la pared? –como tantas otras veces, no sabía si Paz bromeaba o hablaba en serio.   
-De lo otro, Paz, de lo del castillo…
-No recuerdo, creo que fui poseída. No recuerdo nada de lo que pasó.
Ya entendía. Paz había decidido correr un tupido velo y hacer como si no hubiera pasado nada. O, mejor, mantenerlo como un difuso acontecimiento mezcla de fantasía y realidad, que más adelante podría utilizar como anécdota a partir de la cual inventarse un nuevo cuento. Y quizá eso fuera lo mejor. En mí dejaba la decisión de otorgarle más o menos importancia, de contárselo a Juanjo o de pasar página sin decirle nada.
Como si estuviera leyendo mis pensamientos y terminando de convencerme por cuál de las dos opciones debía decantarme, Paz me miró profundamente y me dijo:
-Yo creo que lo más importante ahora es que decidas qué vas a hacer, aunque antes de irte a Barcelona deberías investigar un poco más –sabía que pronto iba a empezar a novelizar los hechos–. Yo, por lo menos, no me iría tranquila sabiendo que mi jefa procede de una de las castas brujeriles más peligrosas del pueblo, que ha estado al borde del suicidio por una investigación que otra bruja con un importante cargo político ha emprendido en su contra en buena medida por mi culpa, que hay una mujer desconocida que acude de madrugada a mi puesto de trabajo para revolver entre mis cosas a fin de obtener información sobre mi y que podría tener algún tipo de relación con un fallido incendio del que hubiera pretendido responsabilizarme, que en el depósito de la biblioteca donde trabajo se esconde el terrible secreto de alguien que dejó en sus paredes una huella de su calvario en forma de mensaje escrito seguramente para pedir auxilio quizá en la época en que aquel espacio se utilizaba como almacén de pócimas mágicas y sede de encuentros clandestinos para adorar a Satán, que se acababa de prender la mecha de una dinamitada situación laboral que prometía importantes enfrentamientos…
-Vale, vale, Paz, para, para –frené la retahíla que estaba soltando en un momento. Respiré a fondo y fui desglosando todo lo que me acababa de decir. No dejaba de ser un buen resumen (teatralizado, eso sí) de todo lo que me había pasado en menos de una semana. Lo más llamativo era que había acusado a la noctámbula loca del incendio, que yo estaba seguro de no haber provocado por olvidar apagar la calefacción como todos pensaron. No me pareció ninguna tontería. Igual que entró en la biblioteca anoche para revolver mis cosas podría haberlo hecho la noche anterior para encender la calefacción y provocar el incendio. Incluso se podría ir más allá y relacionarla también con la pintada en la pared del depósito. Paz, en un desliz inconsciente por aumentar los tintes fantásticos de la historia, pensaba que esa pintada era del siglo XVI por lo menos. Una disparatada idea que podría resultar más verosímil si admitíamos que aquella pintada era de hace unos años como mucho. Y que había sido escrita por alguien que no quería irse  porque había aprendido mucho allí. La misma persona capaz de manejarse a oscuras por la biblioteca y que conocía a la perfección la contraseña de la alarma.
-¿Sabes una cosa, Paz? –anuncié–. Puede que tengas razón. Y te digo más, yo creo que quien estuvo mirando mi ordenador anoche no sólo fue la que provocó intencionadamente el incendio para inculparme de algún modo, sino que además fue la que escribió aquella frase en la pared del depósito. Mañana mismo voy a hablar con Antonio el archivero. Creo que él puede ayudarme a darle un poco de luz a todo esto.
-Entonces… –respondió ella, con los ojos brillantes de emoción– ¿Estás pensando lo mismo que yo?
De camino a mi habitación con la firme intención de meterme sin preámbulo alguno en mi sofá-cama para calmar mi urgente necesidad de sueño, giré la cabeza y dedicándole un guiño de ojo, le dije:
-Elemental, querida Watson, elemental.