jueves, 15 de marzo de 2012

CAPÍTULO XX: Desayuno de despedida.

XX
DESAYUNO DE DESPEDIDA

            Las siguientes semanas se desarrollaron con una forzada normalidad que, de forma latente, anticipaba el germen de importantes cambios. La novedad más llamativa fue ver que la jefa venía a trabajar algunas tardes, sin dirigir la palabra a nadie, enfadada con el mundo y encerrándose a solas en su despacho. Cumplía así el horario que en realidad había tenido desde siempre pero que llevaba años acomodando a su conveniencia. María Victoria, en su papel de concejala y aprovechando mis reivindicaciones como punto de partida para la personal venganza que empezaba a servir en plato frío, se lo impuso con regodeo. Abusos de poder, antes de la una y ahora de la otra, consentidos por las absurdas estructuras jerárquicas que “el sistema” establece entre iguales.
Leo, Amira y yo habíamos acordado un cuadrante, siguiendo también las indicaciones de la nueva política, para disfrutar de una tarde libre a la semana cada uno, rotando entre los miércoles, jueves y viernes. Una medida que a Leo no le gustó nada, pero con la que Amira y yo estábamos encantados. Nos parecía un regalo divino poder pasar la tarde de un día entre semana fuera de los muros de la biblioteca. Un tiempo libre extra que aprovechábamos al máximo. Amira se apuntó a clases de flauta y de baile flamenco y yo ayudaba a Paz en las no pocas tareas que exigían el cuidado diario de todos sus animales.
            Contra los pronósticos más optimistas, la profecía se cumplió y terminamos el mes de diciembre sin cobrar. Ni el sueldo ni la paga extra. Los sindicatos iniciaron unas movilizaciones de las que pocos esperaban frutos reales. La mayoría parecía “entender” la difícil situación y “confiaba” en una pronta solución, pero los sindicalistas tenían que cumplir su teatro. Colgaban carteles de protesta en el tablón de anuncios del Ayuntamiento, convocaban asambleas informativas y Javier, el representante de los trabajadores, se pasaba de vez en cuando por cada uno de los servicios municipales para caldear aún más los ánimos recordándonos lo ilegal de la situación pero, a la vez, la imposibilidad de negarse a trabajar porque si no se corría el riesgo de perder el puesto de trabajo. En resumen, estábamos atados de pies y manos. El mensaje que nos enviaban en las circulares que llegaban a nuestros correos electrónicos era tan alarmista como difuso.

            Estimados compañeros y compañeras,
            La reunión del Comité de Empresa con el alcalde celebrada el día de ayer ha sido extensa e intensa.
            Se nos han presentado diversos escritos de la Junta de reducción de financiación al Ayuntamiento.
            Nos comunican la delicada situación económica que atraviesa en estos momentos las arcas municipales, y nos piden serenidad y paciencia. A su vez, nos informan de la posibilidad de que, debido a las comunicaciones de recortes, se pudieran ver afectados algunos trabajadores, algunos servicios y algunas remuneraciones.
            Desde el sindicato seguiremos negociando  para que se mantengan todos los servicios y puestos de trabajo y se estudien formas alternativas de financiación.
            Nos reuniremos nuevamente la semana que viene para seguir analizando y que nos informen si llegan nuevas comunicaciones.
            Quedamos a vuestra entera disposición para cualquier duda o consulta.
            Saludos.
            Sección sindical del Ayuntamiento de Daraquiel.
             
La consecuencia directa de la situación para mí fueron unas obligadamente austeras navidades en el Zoo de Barcelona, acompañando a Juanjo en las guardias que le tocó cubrir como novatada de haber sido el último en entrar en plantilla, cenando pizza como máximo manjar la noche de fin de año y hablando con la familia por teléfono contando los minutos para no sobrepasar el límite de la tarifa plana. Teníamos que rascar de su sueldo casi mileurista y de mis pocos ahorros (ya que no sabía si podría contar o no con el último sueldo de la biblioteca) para hacer frente a los gastos que se nos venían encima.
Por fin habíamos encontrado un piso en Barcelona para los dos, pero nos pedían dos meses de fianza, la comisión de la inmobiliaria y el alta de los suministros de agua y luz. Un prometedor nidito de amor ubicado en el céntrico barrio de El Raval, a cinco minutos de La Rambla, sin muebles y con humedades, que requeriría más de una mano de pintura y alguna que otra visita a IKEA. En suma, una terrorífica cifra con la que podríamos poner fin a vivir de prestados –él con Aroa y yo con Paz– y volver a convivir como pareja. Aunque ello nos costara innumerables quebraderos de cabeza y auténticas virguerías para llegar a fin de mes.
Enero empezó con el augurio de ser uno de los más fríos y secos de los últimos años. Con una cuesta igualmente apocalíptica. Un mes que, sin embargo, para mí, se presentaba esperanzador y emocionante. Por fin dejaba la biblioteca de Daraquiel y me iba a vivir a Barcelona. Ya para siempre. O eso esperaba. Le cedía mi puesto a María José. Todito para ella. Yo me iría primero a estudiar para los exámenes de la universidad y luego a buscar trabajo como un loco. A probar suerte en una prometedora nueva vida. No era la primera vez que salía triunfante de una decisión así de arriesgada.
Como era costumbre en la biblioteca cada vez que alguien celebraba algo, avisé a todos de que iba a invitar a desayunar. A MariCruces, Gerardo, Darío, Amira y también a Leo y a la jefa. No era una cuestión de quedar bien con ellos, era un verdadero deseo de irme de allí en paz y acabar así con el inevitable sentimiento de culpabilidad que me asolaba desde que empezó todo. Estaba dispuesto hasta a tener un último acercamiento con la jefa para enterrar el hacha de guerra. Pero no fue posible. Ella me dejó claro que por su parte no existía tal posibilidad.
-Ya he desayunado. Además tengo cita con el médico y me voy en un rato –dijo, a pesar de que les había avisado a todos el día anterior de que vinieran sin desayunar.
Leo sí que aceptó, y a Antonio el archivero también se lo dije pero, como cabía esperar, lo agradeció con educación y dijo que seguramente no vendría.
Compré churros, chocolate, una jarra de café con leche y algunos pasteles. Preparé una de las mesas de la sala de usos polivalentes con platos, vasos y cubiertos de plástico. Y a punto estuve de comprar matasuegras y confeti para rematar.
Todos se dirigían a mí como en una despedida definitiva o, en todo caso, de mucho más de tres meses. Menos Gerardo que parecía no haberse enterado de qué iba la historia, a juzgar por sus palabras.
-Cuando vuelvas casi ni te vas a acordar de nosotros –bromeó con la carencia de gracia que le caracterizaba.
Un rotundo silencio se terminó con la oportuna intervención de MariCruces.
-Volverá si tiene que volver. En tres meses pueden pasar muchas cosas.
De eso se trataba justamente. De que me pasaran muchas cosas. Entre ellas, encontrar un trabajo de lo que fuera, en principio, para ir tirando los primeros meses de adaptación a la gran ciudad, asentarnos, y ponernos al día de los gastos extra iniciales para, luego, empezar a buscar en ámbitos más cercanos a mi perfil profesional. Barcelona ofrecería infinidad de posibilidades en el mundo de la información y la documentación. Y entre los cursos, los años de becario y la experiencia en la biblioteca ya tenía un currículum medianamente competente. Sólo me faltaba ponerme con el catalán, requisito imprescindible para muchos trabajos en Barcelona. Con trabajar de dependiente en una de las librerías La central ya tendría lo mismo que trabajando en la biblioteca de Daraquiel. Al menos en cuanto a funciones y sueldo. Además, me había hecho un listado de todos los centros de documentación, empresas de gestión documental, archivos privados y análogos que había en la ciudad. Un largo dossier en el que se volcaban mis presentimientos de éxito sobre la decisión que estaba tomando.
-¡Qué suerte el tío! –añadió Darío–. A Barcelona que se va. Nos lo deja aquí todo revolucionado y se va –eso era, precisamente, lo que me creaba remordimiento, sobre todo por Amira.
Una Amira silenciosa y pensativa que no articuló palabra durante todo el desayuno.
-Te vamos a echar de menos, bandido –dijo MariCruces antes de romper a llorar y darme un abrazo.
Amira esperó a que nos quedáramos los dos solos, a última hora de la tarde, cuando tocaba cerrar la biblioteca, para despedirse de mí.
-Bueno, Dani, pues ya llegó el momento –inspiró–. De verdad te deseo que no tengas que volver. Aunque… –bajó tímidamente la mirada–. Te voy a echar mucho de menos, lo sabes ¿no?
-Claro que sí, mi Amira. Si a alguien voy a echar en falta de aquí cuando esté en Barcelona vas a ser tú –respondí de corazón.
Nos dimos un fuerte abrazo y nos secamos las lágrimas compartiendo el único kleenex que teníamos.
-Y no quiero que pienses que estoy loca.
-¿Loca tú, Amira? ¿Por qué iba a pensar eso?
-Por haberme metido en tu coche aquella madrugada. Por haber temido que la jefa quisiera matarte.
-No te preocupes, para nada creo que estés loca –me callé durante unos segundos pensando en cómo decirle lo siguiente –. Si yo te contara… -continué–. Yo hasta he llegado a pensar que era una bruja, pero una bruja de las de verdad, de las que había que quemar en la hoguera –sonreí acordándome de mis “investigaciones” con Paz–. Bromas aparte, lo que sí creo es que deberías perderle el miedo. Al fin y al cabo no es para tanto. Con todo lo que ha pasado, se ha demostrado que no es la todopoderosa que creíamos, y que ella misma se creía. No digo que esté satisfecho con lo ocurrido porque sé que María Victoria tampoco ha jugado limpio y que también se ha aprovechado de su situación. Pero sí creo que no deberías volver a permitir que te ninguneara, ni que pisara tus derechos.
Amira no paraba de llorar.
-Ven aquí –volví a abrazarla. Estaba temblando –Tranquilízate, por favor, me estás asustando.
Hecha un mar de lágrimas, se esforzó en entonar la voz para decir algo importante.
-Tú ahora te vas, y vuelve María José. Todo va a ser como antes… O peor… ¿Sabes por qué pensé que la furia de la jefa pudiera llevarla a hacer algo tan grave como intentar matarte?
-No, no lo sé –respondí sorprendido.
-Porque no era la primera vez que lo hacía.
Tras aquella confesión final le pedí que me dejara cerrar la biblioteca a mí. Quería despedirme también de ella.
Terminé de colocar los últimos libros y discos que habían devuelto, como todos los días, y empecé a andar despacio por los pasillos de las estanterías. Me agradó sentir que, en cierto modo, en ellas, se quedaba algo de mí. Las reseñas, sinopsis y recomendaciones que semanalmente había ido imprimiendo y colgando junto al documento correspondiente se habían ido quedando como los carteles con los precios de los productos en las estanterías de los supermercados. De ahí vino la idea de “Grandes ofertas en libros”, actividad orientada a fomentar la lectura entre las amas de casa, y que emulaba el funcionamiento de las tarjetas de puntos de los supermercados pero canjeándolos en vez de por descuentos, por nuevas lecturas que se iban sellando en una guía personalizada con los comentarios de las lectoras. Una idea que terminó siendo todo un éxito pero de la que ahora la jefa quería prescindir porque, de repente, consideraba que aquello “desprestigiaba a la literatura por equipararla a un producto de limpieza de un supermercado”. Qué gilipollez. Estaba desdiciendo los argumentos que en su momento le habían hecho calificarla de “original iniciativa” por simple despecho. En el tablón de anuncios aún estaban colgados algunos carteles de actividades que habíamos organizado entre Amira y yo: el último concurso de relato breve, el buzón de sugerencias, el maratón de lectura…
Me senté en mi silla y eché un último vistazo a mi ordenador. Guardé mis carpetas en el pendrive que para tal fin había traído de casa de Paz y conforme se iban guardando los archivos iba viendo sus títulos en la ventana de transferencia. Memorias de las visitas guiadas realizadas por los colegios y el instituto, actividades para el Día del Libro, guías de lectura, opiniones de los usuarios, listados de los más leídos, guiones con las recomendaciones para la radio local, portadas escaneadas para la sección de novedades de La gaceta de Daraquiel… Tantas y tantas cosas que me recordaban los buenos tiempos de mi trabajo en la biblioteca, cuando la pesadilla aún era sueño, que inesperadamente me asoló un sentimiento de nostalgia y acabé llorando a moco tendido.
Entré una última vez en el depósito para ver la pintada de María José. Por un momento sentí que la jefa se había salido con la suya también conmigo, que había conseguido que me fuera dejando ahí todo lo que había aprendido y aportado a la biblioteca. Quitándose de en medio al molesto y bocazas “niñato venido de fuera”.
En la pared, junto a la pintada, estaba apoyada el arma que en su día había usado contra María José, según acababa de contarme Amira. La vieja escalera, ahora arreglada pero que antaño fue intencionadamente rota, a la que María José tuvo que subirse para coger el libro del fondo antiguo que la jefa le demandaba nerviosamente tras una fuerte discusión entre ambas. Un traspié que pudo haberle costado la vida pero que afortunadamente se quedó en una secuela física. La cojera de la pierna izquierda que tanto me llamó la atención el día que la conocí.
Una acusación que Amira había guardado todos estos años porque ni se atrevía a hacer ni tenía pruebas que la demostraran y que aquella noche en que yo volvía de la estación de Alzamil de San Germán, por el parecido de la situación, rememoró.
Amira temió que la jefa pudiera intentar matarme como en su día lo intentó con María José.     






           

lunes, 12 de marzo de 2012

CAPÍTULO XIX: Cómo reconocer a una bruja.

XIX
CÓMO RECONOCER A UNA BRUJA

—¿Se puede estar siempre seguro de reconocerla? —pregunté.
—No —dijo—, no se puede. Ése es el problema. Pero puedes acertar muchas veces.
Dejaba caer la ceniza del puro sobre su falda, y yo confié en que no empezara a arder antes de contarme cómo reconocer a una bruja.

Las brujas, de Roald Dahl.


Siempre le había criticado a Paz que no incluyera en su cantera de cuentos alguno de Roald Dahl, especialmente el de Las brujas, un libro que había marcado mi infancia y que de vez en cuando, días como hoy, sacaba de la biblioteca para releer. Supongo que además de por lo apropiado del tema en este momento, también lo hacía por los buenos recuerdos que siempre me ha traído. Lectura recomendable a cualquier edad.
Si no fuera por la que prometía ser una ingente calvicie escondida en lo que tenía toda la pinta de ser una peluca, María José respondería más bien a la descripción de la abuela noruega, llena de arrugas y de cuerpo orondo envuelto en encaje gris, que a la de las brujas asistentes al Congreso de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños.
Aunque sus manos eran de dedos largos. Pero no las llevaba enfundadas en guantes, y las uñas no llegaban a curvarse como las de un gato. Con ellas, eso sí, parecía rascarse la cabeza para aliviar el espantoso picor que le produciría en la piel pelona la áspera y rugosa parte interior de la cabellera postiza. O quizá sólo fuera un gesto nervioso como el mío de frotarme la mano con el labio superior mientras me olisqueaba el vello de la muñeca, una fea costumbre por la que mi madre siempre me había reñido y que en alguna ocasión había servido como inequívoca seña de identidad para reconocerme andando por la calle desde un autobús en marcha o subido en una montaña desde la lejanía en una foto desenfocada.
Me sorprendí a mí mismo agachando la cabeza para mirarle desde abajo el tamaño de los agujeros de la nariz. Ella pareció notarlo porque se sacó un kleenex del bolsillo y se sonó, como pidiendo disculpas por lo que para ella debió ser un indiscreto moco pero que para mí era la búsqueda de unas fosas nasales más grandes de lo habitual con la que olfatearía las “oleadas fétidas” de los malolientes niños que hubiera en kilómetros a la redonda.
Con razón me miraba desconcertada. María José y yo habíamos quedado a través de MariCruces. En la venta que había en la entrada sur de Daraquiel, seguramente por su lejanía a lo que podría considerarse como el núcleo urbano.
Aunque no nos conociéramos personalmente, supimos reconocernos sin problema. Lo que no resultó tan fácil fue decidir de qué forma saludarnos. Darnos la mano ¿o dos besos? Un raro “qué tal” y un esbozo de acercamiento fue el inicio de una conversación que empezó con dificultad pero que se terminaría desarrollando con cierta normalidad.
-MariCruces la lianta –comenzó ella, finalmente.
-Sí –sonreí.
Yo pedí un café con leche y ella una menta poleo.
-¿Me recuerdas del día del examen? –me preguntó.
Tuve que repetir el ejercicio de memoria que había estado haciendo cuando aparqué el coche, después de releer las primeras páginas de Las brujas para hacer tiempo, justo antes de quedar con ella, pero seguía sin encontrarla en mis recuerdos.
Me acordaba de la fuerte lluvia que cayó aquel día en Daraquiel, la urgencia con que necesité un wáter después del examen y todo lo que tuve que correr para coger el autobús y llegar a tiempo de subirme al tren que debía devolverme a mi vida de becario por las mañanas, teleoperador por las tardes y opositor entre medias. En realidad, hice aquel examen por hacerlo, sin ninguna esperanza, sin siquiera plantearme si me apetecía o no trabajar en aquel pueblo manchego, después de varios fracasos anteriores en otras oposiciones para otras bibliotecas, bien por haber tenido la mala suerte de que cayera algún tema que no llevaba preparado o porque por muy buen examen que hubiera hecho la plaza estaba ya más que dada. Aproveché los temarios comunes de esos intentos previos para presentarme a la convocatoria de Daraquiel, pero sin casi haber estudiado para ella. Aunque eso no se lo iba a decir.
-No, me temo que no. Iba con el tiempo justo para coger el autobús de vuelta y llegar a tiempo a la estación de tren, y no me fijé mucho, la verdad –dije.
-Yo sí me acuerdo de ti –ella y seguramente el resto de candidatos, unas cuarenta personas, por ser la única extraña entre caras conocidas–. Y supe que te llevarías la plaza.
-¿Y eso? ¿por qué? –tenía verdadera curiosidad.
-No lo sé. Llámalo intuición si quieres.
Enigmática respuesta, como toda ella. Más allá de los indicios que pudieran desvelarme si era o no una bruja, me fijé bien en el rostro de María José. Tenía ojos tristes y las típicas arrugas, curvadas hacia abajo, en la comisura de los labios, propias de quien apenas ha sonreído en su vida. Era muy vieja, aunque seguramente menos de lo que aparentaba, y antes de habernos sentado pude percibir cierta cojera en su pierna izquierda. Sentí muchísima pena por ella.
-Lo siento –acerté a decir.
Ella me miró por primera vez a los ojos y después de dar un sorbo a su infusión, dijo:
-No voy a negar que durante algún tiempo, para mí, has sido el culpable de que yo no pueda seguir trabajando en “mi” biblioteca. Y reconozco que he sentido cosas que no debería haber sentido. Pero rectificar es de sabios, y por eso estoy hoy aquí. Por eso y porque MariCruces me ha insistido mucho. Es verdad que pensaba que alguien “como tú” no estaría preparado para asumir la responsabilidad de trabajar en una biblioteca –María José hablaba impasible, hierática como una efigie egipcia–. Y la verdad que lo sigo dudando un poco –dio otro sorbo a su taza–. Dime, ¿por qué? ¿Por qué en una biblioteca? ¿y por qué en Daraquiel?
Había acudido a aquella estrambótica cita para conseguir yo la información sobre ella pero, tardo y torpe como a veces soy en el arte de la dialéctica, me bloqueé de tal forma que sólo pude quedarme callado pensando una adecuada respuesta para sus incisivas preguntas.
-Perdona, no tienes por qué contestar. No quiero parecer indiscreta. Tus motivos tendrás –se adelantó ella, otra vez.
-No, no, no pasa nada –titubeé–. En parte, entiendo su recelo y su desconfianza hacia mí –tragué saliva–. Pero también le puedo decir que no está siendo justa conmigo –el peón mordaz y valiente que había sido capaz de poner en jaque a la reina del tablero de poder de la biblioteca parecía ir resurgiendo de nuevo–. Como usted bien sabe –no pude evitar la ironía–, yo no tengo nada que ver con Daraquiel. Soy el último responsable de haber sido el mejor puntuado en el examen y de que me hubieran dado la plaza a mí. Creo que las explicaciones tendría que pedírselas a otras personas.
-Esta MariCruces… Qué grande tiene la boca. A saber qué te ha contado.
-Pues, mire, mucho menos de lo que podría. Pero sí, no le digo que no, es verdad que a veces habla más de la cuenta. Motivo, por cierto, por el que usted y yo nos hemos enterado de cosas el uno del otro que de otra forma nunca hubiéramos sabido y por las que ahora estamos aquí sentados –respondí con cierto sarcasmo.
No supe interpretar si el gesto de María José ante aquella respuesta era el de una entrañable abuelita hacia su querido nieto o el de una malvada bruja que tiene enfrente a un apestoso niño al que está deseando aniquilar sin compasión. Era tan inexpresiva la pobre que casi nadie hubiera sabido extraer de aquella pétrea cara ni el más mínimo indicio de humanidad.
-Ella tampoco tuvo la culpa. No pretendas ahora saber más que nadie habiendo llegado el último –el gesto era el de la bruja, confirmado–. Es una persona enferma y tú te estás aprovechando de eso para hacerle daño y obtener beneficios personales.
¿Cómo era posible? No daba crédito a lo que estaba escuchando. Debía estar refiriéndose a la jefa.
-Sí, no me mires así –continuó–. Reconóceme que no estuviste esperando el momento oportuno para llevarle aquella irrespetuosa carta a María Victoria, sabiendo que tanto ella como los del sindicato se la tenían jurada desde que la nombraron directora. Qué mala es la envidia y cuánto daño puede hacer a personas vulnerables e inocentes que lo único que han hecho en su vida es dejarse la piel trabajando.
¿Irrespetuosa carta? Dios mío, si estuve días enteros revisándola y reescribiéndola para ser lo más correcto posible. ¿Envidia? ¿Dejarse la piel trabajando? María José defendía una versión claramente tergiversada por la jefa. Lo que no tenía muy claro cuál era la posición que MariCruces habría tomado con ella, y hacia mí. Todo un lío de faldas en el que estaba metido hasta arriba, sin comerlo ni beberlo, y del que empezaba a estar ya más que cansado.
Por eso, preferí no entrar al trapo.
-Piense lo que quiera. De verdad que no tengo que darle explicaciones. Yo sólo hice lo que creía que tenía que hacer y luché contra lo que consideraba una injusticia y un ataque a mis derechos como trabajador. Nada más. Las enemistades personales que se traigan entre la concejala, la jefa y usted, sinceramente, ni me van ni me vienen.
Aquel argumento pareció achicar el tono acusatorio de María José y desde ese momento la conversación fue mucho más distendida.
No conseguí grandes revelaciones ni detalles escabrosos sobre posibles indicios lésbicos en su tortuosa relación con la jefa. Sólo conocí en persona a la mujer frustrada y resentida conmigo por, de una manera u otra, desde su punto de vista, haberle hecho perder su trabajo. A la daraquieleña desterrada, obsesiva y trastornada que escribía desesperados mensajes en la pared del depósito de la biblioteca y que hacía clandestinas visitas nocturnas al lugar de los hechos para conocer mis pretensiones laborales futuras, información que iba complementando con lo que su amiga MariCruces le iba contando sobre mí. A la bruja y a la Cenicienta de la historia, a la incomprensible defensora de la mujer que seguramente más daño le había hecho en la vida, y que era la verdadera responsable de su situación actual.
Y, a efectos prácticos, conseguí llegar con ella a un acuerdo tácito, con la única fiabilidad de un consentimiento y compromiso por parte de los dos. Yo me pediría el permiso de los tres meses sin empleo ni sueldo para encontrar otro trabajo en Barcelona y después, cumplido el plazo, renunciar definitivamente a mi plaza de bibliotecario en Daraquiel. Mientras, ella me sustituiría durante ese tiempo (como legalmente correspondía, por ser la primera en la bolsa de trabajo), quedando a la espera de mi dimisión para consolidar, otra vez y supuestamente ya para siempre, su puesto de trabajo. Siempre y cuando, claro, y ahí me tocaba cubrirme las espaldas, no se diera el caso de que yo no encontrara ningún otro trabajo en Barcelona. Posibilidad poco probable porque a estas alturas, rodeado de tanta locura, oscuridad y misterio, prefería volver a trabajar de camarero, de teleoperador o de chapero si hiciera falta, con un horario de mierda y cobrando una miseria pero al menos estando en Barcelona con Juanjo, tranquilo y en un hogar propio, que seguir en aquel pueblo-cárcel desconfiando hasta de mi sombra y con una jefa desquiciada y un Leo cabreado que iban a hacer todo lo que estuviera en su mano para hacerme la vida imposible. El sueño cumplido era ahora la pesadilla de la que escapar cuanto antes para no terminar volviéndome loco yo también.
-Lo que no sé es si está al tanto de los problemas que tiene ahora mismo el Ayuntamiento –le dije, en un último intento de acercamiento.
-Hablas de dinero, ¿verdad? –respondió ella con menosprecio.
-Sí, lo de los sueldos… -no pude terminar la frase porque ella me interrumpió.
-¿Ves? Ésa es la diferencia entre nosotros. Yo no trabajo por dinero –concluyó.
Aquella oscura mujer ponía en tela de juicio mi vocación como bibliotecario, tirando por tierra los años de esfuerzo y dedicación que me habían costado definir, aunque fuera a grandes rasgos, el camino profesional que quería seguir. Sin embargo, resultaba tan convincente que hasta me hizo dudar.
Cuánto me quedaba de aquella ilusión, cuánto me había corrompido la comodidad de un trabajo fijo, con unas condiciones y unos derechos inimaginables en mis anteriores trabajos basura. A lo mejor me había decidido por las oposiciones de Auxiliar de Bibliotecas, Archivos y Museos como podría haberme decidido por las de Auxiliar de Justicia o Auxiliar Administrativo, buscando únicamente un funcionariado para terminar rascándome las pelotas y echarle todo el morro posible. A lo mejor me había matriculado en el Grado de Información y Documentación en la Universidad de Barcelona sólo para tener prioridad sobre mis compañeros a la hora de pedirme días de asuntos propios y gozar de permisos retribuidos para asistir a los exámenes y poder ver a Juanjo. A lo mejor no había ni la más mínima intención de seguir aprendiendo cosas nuevas sobre el mundo al que había decidido dedicar mi vida. Sin obtener una fuente de ingresos mensual ya nada de eso tenía sentido. Era su modo de ver las cosas, supongo.
Me hubiera gustado hacerle ver a aquella rencorosa señora que, desde el principio, yo ya sabía que el funcionariado que ofrece una biblioteca municipal de un pueblo –ya sea Daraquiel o cualquier otro, porque Amira siempre contaba las semejanzas con sus anteriores experiencias– poco tiene que ver con el lunes a viernes de ocho a tres con más de una hora para el desayuno y con la absoluta libertad de coger vacaciones o asuntos propios cada vez que se quiera. Hacerle ver que aunque mi funcionariado era una porquería comparado con otros, para mí, durante varios meses, había sido la absoluta panacea.
Pero ya no merecía la pena. Para qué. Ella ya se había hecho una completa imagen sobre mí.
Lo único que sabía ya es que quería irme lejos de aquel lugar. Muy lejos de aquel recóndito pueblo de brujas al que hace ya casi un par de años llegué cegado por la ilusión, dejándolo todo atrás y dispuesto a empezar una nueva vida, sin ni siquiera haberme parado a pensar en si alguien como yo encajaría o no en un lugar como Daraquiel porque, por entonces, eso no me importaba.    




miércoles, 7 de marzo de 2012

CAPÍTULO XVIII: María José.

XVIII
MARÍA JOSÉ

            El cuento que Paz había maquinado en su imaginativa cabeza era, en parte, real. Una verdadera historia de brujas ambientada en el siglo XXI. Con todos los ingredientes necesarios para una trama de misterio y hechizos mágicos. Las protagonistas, dos o tres brujas –aún no lo tenía claro– y alguna Cenicienta. Los ejes principales de la historia: rencores, secretos, traiciones, venganzas y libros. Y una moraleja de plena actualidad. El obligado uso de poderes brujeriles al que a veces, todavía hoy, tienen que recurrir tantas mujeres para salir adelante en una sociedad que sigue pretendiendo apartarlas de muchos sectores públicos y cargos de poder, especialmente en las zonas rurales.
            Confirmado que la noctámbula de la noche en que Paz y yo fuimos a la biblioteca era María José. Nadie como ella, después de haberse pasado media vida trabajando allí, conocía mejor ese lugar, tenía una copia de las llaves y sabía de sobra la contraseña de la alarma. Confirmado que su intención iba encaminada a indagar sobre mí. Más concretamente, sobre mis intenciones. Sobre mis planes de futuro, en base a los cuales ella decidiría los suyos. Inesperado el descubrimiento de que estaba siendo respaldada y encubierta por MariCruces, que le iba filtrando los datos que yo, confiando en ella, le contaba. No sentí que fuera del todo una traición por su parte, porque los años de amistad que compartía con María José eran muchos más que los que tenía conmigo. Además, tal como me dijo, sabía que Daraquiel no estaba hecho para mí y que tendría otras muchas oportunidades, por mi juventud y por tener cargas familiares menos absorbentes que las de María José.
            Se corroboraba también que María Victoria estaba utilizando su nuevo cargo político para vengarse de la jefa. El enfrentamiento de ambas venía de mucho tiempo atrás, desde sus años de estudiantes.
            Todas habían ido al mismo colegio. La jefa, María Victoria, MariCruces y María José. Nada especial siendo las cuatro del mismo pueblo. MariCruces fue la primera en desvincularse del grupo, sus pocas posibilidades económicas la obligaron a empezar a trabajar en el campo antes de cumplir los catorce. Años más tarde conseguiría entrar en el servicio municipal de limpieza, y después terminó en la biblioteca. Las otras tres, por su parte, tuvieron la oportunidad, la suerte y el empeño, respectivamente, de acceder a cursar estudios superiores en unos años en que los bajos índices de presencia femenina en las universidades eran un significativo reflejo de la realidad social que vivía España en aquella época.
            La jefa venía del seno de los Villalonga Negrete, una de las familias, como ya sabía, más acomodadas de Daraquiel. Su estancia en la universidad discurrió sin ninguna austeridad, en un Colegio Mayor de pago, religioso e inscrito en los dogmas de la educación más estricta.
María Victoria, según MariCruces, pertenecía a una familia de clase media y pudo entrar en la universidad gracias a una beca. No fue una estudiante brillante pero tampoco mediocre, así que mantuvo año tras año las ayudas económicas hasta finalizar su carrera, más o menos a la vez que la jefa.
Las dos fueron de las primeras daraquieleñas universitarias. Dos prometedoras licenciadas en Humanidades para el pueblo. Una con más poder y contactos que la otra, y seguramente con una ambición más impúdica.
            Ambas empezaron a trabajar en puestos relacionados, de alguna manera, con la cultura. Poco a poco, consiguieron ir haciéndose un hueco en el mercado laboral de Daraquiel y, entre las dos, a pesar de las competencias que se profesaban desde la universidad, terminaron sacando adelante el proyecto de crear una biblioteca en condiciones, digna. Según me dijo MariCruces, fueron las dos primeras responsables del servicio, cuando la biblioteca aún era un malhabilitado granero de trigo. “Trabajaron duro, eso hay que reconocerlo”. Tanto la una como la otra cumplían los requisitos para el puesto de directora de la biblioteca, al igual que Antonio el archivero, pero los motivos por los que al final sólo optó a él la jefa eran ya más que conocidos. Desde aquel momento, una ira imperdonable debió apoderarse para siempre de María Victoria.
 Y por último, la tercera bruja. O una de las Cenicientas del cuento. Su personaje era, en mi opinión, el más susceptible de reinterpretaciones. María José, una mujer proveniente de una familia tan humilde como la de MariCruces. De hecho, igual que ella, trabajó de jornalera desde muy niña y también tuvo que abandonar los estudios. Sin embargo, su inquietud intelectual y la persecución de una meta bien definida le permitieron superar los comentarios y burlas de su entorno y, sobre todo, vencer la absoluta negativa de su padre para volver a estudiar a una edad en la que le tocaba casarse y dedicarse exclusivamente a su casa y a los hijos que tendría que parir con absoluta devoción, más impuesta que elegida. Su único apoyo fue Antonio el archivero. Antonio y María José Fernández Bernal, hermanos. De eso me sonaban tanto sus apellidos.
Finalmente, aunque varios años después que la jefa y María Victoria, María José también regresó al pueblo con su título universitario debajo del brazo. Para entonces, las cosas habían cambiado. La jefa ocupaba su puesto de directora, obtenido con el consabido dudoso mérito, María Victoria había optado por opositar para educación secundaria y estaba a la espera de destino como maestra en el instituto de Daraquiel, y Antonio la sustituía en la biblioteca. En aquel momento sólo existía un puesto de atención al público. Todavía eran muchos los daraquieleños que no sabían que en aquel antiguo almacén el trigo había sido sustituido por los libros.
La nueva ley autonómica sobre la gestión de archivos y bibliotecas y las subvenciones que para tal fin se concedieron, favorecieron el traslado y acondicionamiento de la biblioteca a su actual sede y, años después, la creación del desmesurado Archivo Histórico de Daraquiel. Fue entonces cuando se redistribuyó el puesto de Antonio, como nuevo archivero, y María José entró a trabajar en la biblioteca.
Lo hizo sin haber opositado, a través de una convocatoria de méritos, contando con el beneplácito de la jefa, y por supuesto de su hermano, y su manifiesto deseo de que fuera ella la que entrara a trabajar. Parece ser que eran amigas, aunque tampoco habría tenido demasiada competencia si hubiera opositado. Los pocos daraquieleños con carrera universitaria habían optado por titulaciones más técnicas (“de ciencias”) y habían empezado a trabajar sin dificultades, cuando encontrar trabajo no era una inalcanzable utopía, en otros sectores más reconocidos y mejor remunerados, por no hablar de la enorme cantidad de jóvenes que se decantaron por la construcción, en los años en que la burbuja seguía hinchándose a la par que los bolsillos de los responsables de su posterior explosión.
María José y la jefa fueron las únicas encargadas del buen funcionamiento de la biblioteca durante años y, conociendo a la segunda, se evidenciaba que había sido la primera quien había sacado adelante la mayor parte del trabajo. “Y lo hacía muy bien, te lo aseguro”. MariCruces intentaba redimir su sentimiento de culpa hacia mí, aunque yo la iba perdonando, o mejor dicho, empatizaba más con ella, conforme iba avanzando en la narración de la historia. Antonio quedó al margen, recluido en su Archivo.
La cantidad de los fondos y el volumen de trabajo fueron creciendo gradualmente en la biblioteca por lo que se decidió contratar a otra persona que ayudara a María José en las labores más repetitivas (ordenación, tejuelado y etiquetado, etc.). Para ello, se convocó su plaza como funcionaria, y se anunció la creación de otro nuevo puesto.
-Todos esperábamos que la nueva plaza fuera para María José –sentenciaba MariCruces.
-Lo siento –Amira asumía una culpa que yo también estaba empezando a sentir.
-No tienes que sentirlo, Amira –la sabiduría de MariCruces hablaba de nuevo–. Las cosas salieron así, y tú entraste por méritos propios. No fue culpa tuya ni de nadie que a María José los nervios le jugaran una mala pasada el día del examen. Como ella tampoco debió haberte hecho las cosas que te hizo los primeros meses que trabajasteis juntas –esa última frase explicaba mejor la actitud temerosa y en extremo cautelosa de Amira.
Como premio de consolación, la jefa se encargó personalmente de que María José se quedara, al menos, con el otro puesto. Y así fue. Amira llevaba años deambulando por las bibliotecas de los pueblos más recónditos de La Mancha, y era de las personas más vocacionales que he conocido nunca. Su merecido funcionariado vino acompañado de una María José frustrada y rencorosa, dispuesta a hacerle la vida imposible. Ella sí que debió sufrir hostilidad y rechazo, día a día y codo con codo. No sólo por parte de su compañera de trabajo sino también de su jefa, porque además de no ser ella la persona prevista para ocupar ese puesto, representaba la antítesis del absolutismo con que la jefa ha gobernado siempre “su” biblioteca. Para Amira, la biblioteca, por definición, como lugar público encargado de promover y permitir el acceso a la cultura en igualdad de condiciones para todos, debe ser como una comuna hippie de las de verdad, obviando las drogas, pero manteniendo el ambiente de interculturalidad, paz y armonía.
     Pero algo debió pasar entre las dos porque, años después, cuando se determinó –o se forzó– “elevar” a la categoría de técnico a una de ellas, la jefa no intercedió en la redacción de las bases de la convocatoria para facilitar que fuera María José quien lo consiguiera. Hubiera bastado con poner como baremo principal el de los años de antigüedad en la misma administración para la que se convoca la plaza, como tantas veces se hace, no hay más que echar un vistazo a los boletines provinciales, quitándose también así de en medio a la persona que apuntaba como mayor competencia.
-Yo, de todas formas, no quería optar por esa plaza –confirmó Amira–. Primero porque consideraba que se la merecía más María José, a pesar de todo, y después porque conseguirla hubiera supuesto estar todavía más sujeta a las órdenes de la jefa y yo prefiero trabajar a mi rollo –su pureza y bondad no dejaban de fascinarme.  
El caso es que se llevó a cabo un justo proceso selectivo, con criterios estándar. Dando la opción real de acceso a todos los candidatos que tuvieran el perfil requerido y que quisieran intentarlo, como se supone que debe ser. Pero estoy seguro de que la no intervención de la jefa no fue motivada por ese sentimiento de justicia. Permitió conscientemente el riesgo de que por segunda vez pudiera venir alguien de fuera más preparado, con más cursos, o simplemente más capaz que María José de templar sus nervios en el examen y se llevara el puesto. Como efectivamente ocurrió con Leo. El nuevo trabajo de técnico no se establecía como un puesto de funcionario sino de personal laboral, una distinción que tampoco debió ser casual y que hubiera permitido a la jefa seguir usando esa inestabilidad contra María José si lo hubiera necesitado otra vez.
-Para entonces, ¿la jefa ya estaba casada con el alcalde, con Don Juan? –le pregunté a MariCruces.
-Claro que sí –respondió ella–. Se separaron a los pocos meses de todo aquello.
-Y la que ahora es mi plaza… ¿de dónde salió? –empecé a perder el hilo de una historia tan enrevesada.
-Cuando Leo entró, el pobre, que tampoco tuvo culpa ninguna, María José cayó en una profunda depresión –continuó MariCruces–. Le habían quitado lo que más quería. Te puedo asegurar que vivía, y vive, para la biblioteca. Leía todo lo que caía en sus manos, y en el pueblo era una persona muy conocida y respetada. Como un oráculo. Y tú lo sabes, aunque se portara tan mal contigo –Amira asintió–. Pero después de aquello pareció tragársela la tierra. Desapareció. No le dijo a nadie dónde se iba, ni esta boca es mía, ni siquiera a mí que, qué queréis que os diga, era mi amiga, la pobre, había sufrido mucho, y aunque vosotros os lo merecierais, ella también y, no os lo toméis a mal, pero ella es del pueblo, no lo digo por nada, sino porque tiene raíces aquí, llevaba muchos años en la biblioteca, que quieras que no también eso tiene que valorarse, pero, claro, como tenía esa relación tan rara con la jefa, que lo mismo se llevaban divinamente que lo mismo estaban tirándose los trastos a la cabeza. Nadie sabía por dónde iban a salir.
            -¿Y dónde estuvo? –pregunté, curioso.
            -Pues no lo sé, o no te lo puedo decir, eso es cosa suya, no sé, tampoco puedo hablar más de la cuenta… -MariCruces parecía haber llegado al límite de la información permitida.
            -Joder, creo que me lo debes, ¿no? Porque, aunque es evidente, ¿por qué tienes tú mi linterna? –le dije.
            -Porque me la dio ella, si ya lo sabes para qué preguntas. Pero tengo que decirte que está muy arrepentida. No sé qué averiguaría sobre ti, pero por fin se ha convencido de lo que yo siempre le he dicho. Que eres buena gente, terco, pero buena gente –MariCruces se apoyó sobre Amira, que cada vez estaba más perdida, y la miró dulcemente. Luego volvió a dirigirse a mí–. Oye, y ¿por qué no habláis vosotros dos?
            -¿Quiénes?
            -Ella y tú.
            -¿Ella y yo?
            -¡Sí!
            -¿Quiénes? –Amira no pudo contenerse más.
            -¡María José y él! ¡María José y yo! –respondimos, a la vez, MariCruces y yo.
            Conduciendo de camino a casa de Paz, casi di una cabezada al volante. Tuve que pararme en el arcén para espabilarme. Estaba cansadísimo. No sabía si más por el tute que nos habíamos dado mañana y tarde subiendo y bajando escaleras, organizando, limpiando y catalogando libros, por la agotadora conversación que habíamos tenido mientras lo hacíamos y que terminaba de desvelar la mayoría de incógnitas de los últimos días, o por no haberme repuesto aún del viaje y del fin de semana en Barcelona. O por pensar en que todavía tenía que explicárselo todo a Paz antes de irme a la cama. Porque también quería escuchar su opinión sobre lo del WhatsApp de Juanjo.
            Por eso recopilé y resumí mentalmente, para no perder tiempo en darle detalles innecesarios.
            El odio entre la jefa y la concejala se venía gestando casi desde niñas. Cuando salieron de la universidad, las dos se encargaron de rescatar la biblioteca de Daraquiel, sepultada originalmente en un granero de trigo en el que se fueron almacenando libros y que poco a poco derivó en un espacio propio. Una vez ahí, cada vez contaba con más usuarios, una colección mayor y más actividades que requerían de más personas para trabajar. Se decidió crear el puesto de directora. Las dos querían conseguirlo, pero fue la jefa quien se lo llevó por tener un “contacto” más directo con la persona que decidía en última instancia, el alcalde, por entonces su marido. La venganza de María Victoria llegó años después, en las últimas elecciones celebradas en Daraquiel, hace unos meses, cuando salió elegido el partido político al que ella representaba como concejala de personal. Le vino de perlas mi “carta-denuncia” en contra de la jefa para revisar su puesto de trabajo y apretarle las tuercas. Ello, a su vez, me convertía en el blanco de la ira de la jefa. Mientras tanto, otra mujer, la tercera en discordia, María José, incorporada al trabajo de la biblioteca cuando la jefa ya era directora y María Victoria había desaparecido temporalmente del campo de batalla. Una mujer que sufrió en su puesto de trabajo las consecuencias de una extraña relación de amor/odio con la jefa, cuyo resultado final es que dos personas venidas de fuera del pueblo, Amira primero y Leo después, terminaran ocupando los dos puestos de trabajo que, en principio, habían sido pensados para ella, y en cuyo proceso la jefa había intervenido, favoreciéndola o dejándola como una candidata más, en función de que su relación se encontrara en el momento de amor o en el de odio. María José cayó en depresión viéndose en la calle después de más de veinte años de trabajo en la biblioteca, y desapareció del mapa.
Quizá por eso, la jefa se apiadó y le dio otra oportunidad. Tercer intento que, por motivos que no quedan claros, terminó dejándola fuera otra vez. Un nuevo puesto de trabajo cuya aparentemente prescindible creación, terminó haciéndose necesario y que durante unos dos años estuvo cubriéndose con una sospechosa bolsa de trabajo que iba llamando a sus candidatos a intervalos de tres meses. Una vez agotados todos sus aspirantes, se convoca una tercera plaza de trabajo para la biblioteca. Plaza por la que María José vuelve a competir y que pierde, como una pesadilla que se repite una y otra vez, por las dos míseras décimas de más que obtengo yo sobre ella en la nota del examen. Yo me alzo como nuevo bibliotecario, y ella se queda otra vez fuera, en el primer puesto de la bolsa que se abre para posibles sustituciones.
El nuevo bibliotecario es un joven sureño, “rarito” y con pinta de urbanita que muchos piensan que apenas aguantará los primeros meses en un pequeño pueblo manchego. Sin embargo, contra el pronóstico popular (y el mío propio), la cosa se alarga hasta casi los dos años, momento en el que su amigo, novio o lo que quiera que fuera el hombre que siempre iba con él, se va a trabajar a Barcelona. Una información en principio personal, que se hace pública por contársela a MariCruces, que se confiesa como la infiltrada que, con subrepción pero sin maldad, ha puesto al tanto de ello a la principal interesada en conocer mis intenciones, María José, tan obsesionada porque se produjera el acontecimiento que le permitiera por fin recuperar un puesto en su ansiada biblioteca, que es capaz de colarse de madrugada para revolver en su antiguo puesto buscando algún dato que le confirmara sus sospechas y le demostrara que debía seguir esperando pacientemente a que yo renunciara antes de intentar encontrar otro trabajo.
El resumen no era especialmente breve, pero es que tampoco lo era condensar tanta información. Me entraron ganas de escribirlo todo en un folio para que cuando llegara a casa se lo pudiera dar a Paz, decirle que lo leyera y que mañana lo comentábamos en el desayuno, para poder irme directamente a la cama.





domingo, 4 de marzo de 2012

CAPÍTULO XVII: La jefa ha vuelto.


XVII
LA JEFA HA VUELTO

            La palidez en el rostro de Amira y la expresión de terror  en sus grandes ojos adelantaban la noticia sin casi necesidad de enunciarla:
            -La jefa… Ha vuelto –dijo, en tono solemne.
            Antes o después ese momento tendría que llegar, pero creo que no era yo el único sorprendido al comprobar que fue más antes que después. Las bajas de la jefa eran memorables además de por su frecuencia y poca credibilidad, por su larga duración.
            -¿Sí? Y… ¿te ha dicho algo? ¿La has visto? –le pregunté, nervioso yo también.
            -Sí. Dice que ahora vendrá.
            Al poco, efectivamente, entró en la biblioteca. Erguida como nunca y soberbia como siempre, sin mirarnos a la cara, musitó:
            -Cuando podáis, pasad dentro.
            Allí nos esperaba también su súbdito. Como un perrito faldero, Leo le ayudó a sentarse con un teatral ademán.
            -Nos piden del Ayuntamiento los balances y las memorias de los últimos cinco años. Leo se va a encargar de recopilarlas y organizarlas. Vosotros dos –chusma de mierda, le faltó decir–, vais a terminar de incluir en el catálogo los registros de los libros que aún faltan del fondo antiguo para poder adjuntarlo a la memoria de este año. Lo quiero para antes de que termine la semana –y, sin más, se levantó y tal como vino, se fue–. Buenos días –concluyó, con aire triunfante.
            Los libros que aún faltaban del fondo antiguo… Se refería a los centenares que perecían sepultados junto a toda clase de insectos xilófagos en las polvorientas estanterías del techo del depósito. Los mismos que la jefa siempre había dicho que algún día expurgaríamos o donaríamos a alguna asociación a la que pudieran interesarle.
Allí nos plantamos, pues, el trío Laralá. MariCruces, con un trapo y el flú-flú, como ella decía, Amira con la bata blanca y yo, cargado con la escalera de mano.
-¿Has mirado que esté bien? –me preguntó Amira.
-¿El qué?
-La escalera –respondió.
Aún sin entender muy bien a qué venía la pregunta, le eché un rápido vistazo. Roída y vieja, como de costumbre, nada extraordinario.
-Sí, está bien, como siempre –la tranquilicé.
Nos esperaban largas horas dentro del depósito, con el consentimiento previo de Leo, que nos avisaría cada vez que viniera alguien a la biblioteca para que uno de los dos subiera a atenderle.
            -¡Bruja! ¡Podría haber seguido de baja la muy bruja! –soltó MariCruces en cuanto nos quedamos los tres solos–. Ésta no es ni que esté mal follada, a ésta es que no le han echado un polvo en condiciones en su vida –nos echamos a reír. A pesar de haberlo considerado siempre un comentario de lo más machista, no pude quitarle razón. La venganza de la jefa acababa de empezar. Algo con lo que yo ya contaba y que esperaba poder evitar, más por supervivencia que por egoísmo o cobardía.
            -Estuvo casada con un alcalde, ¿no? –le pregunté, como resultado de un inconsciente pensamiento asociativo.
            -Sí, con Don Juan, un encanto de hombre, pobrecito –respondió ella.
            -¿Pobrecito? Bueno, aparte de por haberse casada con ella, ¿por qué lo dices? –indagué.
            -Porque era un buen hombre, y se le trató muy mal en general. Para mí, el mejor alcalde que ha tenido Daraquiel –MariCruces iba pasándole el trapo a los libros que yo iba bajando–. Y no soy yo la única que lo piensa.
            -Sí, Antonio el archivero también me comentó algo. ¿Por qué se separó de la jefa? –pregunté.
            -Tú quieres saber mucho –dijo, medio en broma medio en serio–, pero luego cuentas poco.
            Aquella contestación me cogió totalmente desprevenido. Amira se hacía la indiferente pero, en el fondo, sabía que estaba tan deseosa como yo de obtener más información.
            -¿Por qué le dices eso? –se animó finalmente a preguntar.
            -Pues por enterarme de qué va a hacer. No me extrañaría que éste estuviera tramando irse y dejarnos aquí solas ante el peligro –respondió MariCruces.
            Ya no me sorprendía que la gente supiera cosas de mí que yo no les había contado y, después de todo, MariCruces era de confianza. ¿O no? ¿Por qué de repente sentía que también tenía que dudar de ella?
            -Solas no os voy a dejar –me empezó a temblar la voz y sentí que me atragantaba. No era por el polvo que salía de los libros. Después de mucho tiempo y muchos sentimientos acumulados que apenas me había dado tiempo a digerir, la emoción me brotó en forma de lágrimas. Lloro poco, pero cuando empiezo ya no paro.
            -Pero… –a MariCruces también se le trabó la voz. Cuando se me desempañaron los ojos, vi que ella también los tenía vidriosos.
            No tardamos en acabar como las tres Marías camino del Calvario, llorando como magdalenas. Cada una por sus propios motivos. No tan diferentes los unos de los otros. Éramos víctimas y verdugos, en mayor o menor medida, de una situación que nos salpicaba a los tres de igual manera pero cuyas consecuencias, seguramente, nos afectarían de distinto modo. Amira era la más inocente, desde luego, y la más injustamente condenada. MariCruces, por su parte, escondía más parte de culpa de la que yo imaginaba antes de escucharle decirme, ya con las lágrimas contenidas:
            -Esto es tuyo, ¿verdad? –del bolsillo se sacó la linterna de Paz para enseñármela.