viernes, 16 de agosto de 2013

CAPÍTULO XXXIX: Ambivalente balanza.

XXXIX
AMBIVALENTE BALANZA.


-Deja de hacerte el inconsciente, que tus constantes están perfectamente y todos los resultados han salido bien.
El médico cambió el tono comprensivo y paciente de las primeras veces por uno intencionadamente hiriente.
Tan hiriente como sentir sus dedos retorciéndome con fuerza el pezón izquierdo.
-¡No puede ser que no te duela! ¡Déjate de hacer tonterías y despierta ya que necesitamos la cama! –gritó.
Lo sentí, sí, pero no me dolía. A lo mejor sí que estaba muerto, aunque el pitido seguía siendo constante.
-Éste se lo está haciendo –dijo una de las enfermeras mientras hacía el amago de darme una bofetada–. Responde a los estímulos, ¿habéis visto cómo ha cerrado los ojos?
-Sí, pero, mira, vuelve a no parpadear, y lleva así horas. Mírale las pupilas, las sigue teniendo dilatadas –comentó otra.
Oía sus voces y puede que hasta las viera alrededor de mi cama.
-Puede estar en shock.
-Éste se ha metido lo más grande.
-Vamos a dejarle un rato más y si no, llamamos ya a la ambulancia y que se lo lleven. Tenemos esto hasta arriba.
Todos los científicos se alejaron del ratón de laboratorio. Menos uno. Una. Que se quedó mirándome fijamente, me acarició con suavidad la mejilla y me susurró al oído:
-Tienes 32 años, toda la vida por delante.
Piii… Piii…
Si dejaba de respirar el pitido aumentaba hasta hacerse ensordecedor pero ya nadie venía a salvarme porque ni estaba muriéndome ni me iba a morir.
Veía pero no distinguía muy bien las figuras ni los objetos. Un foco cegador difuminaba mi campo de visión.
La primera del desfile fue mi hermana mayor. Lloraba como nunca la había visto llorar antes.
Sentí sus manos, cálidas, salvadoras, agarrando una de las mías, fría e inmóvil. Un intenso escalofrío me hizo corroborar que seguía allí. En cuerpo y alma. No me había ido a ningún sitio.
Me sentía tan ridículo y avergonzado como frustrado.
¿Cómo me habían encontrado? ¿Por qué coño no había funcionado esta vez? Estaba todo perfectamente planeado.
Después entró mi hermano Jorge. Parecía haber adquirido el papel de enfermero comprensivo, y no se daba cuenta de que su sola presencia me recordaba uno de los motivos por los que lo había vuelto a intentar.
No quería acabar como él, ni como mi padre.
-¿No te das cuenta de que ésta no es la solución? ¿De dónde las has cogido esta vez? –me preguntó.
Seguía mirando fijamente, con los ojos muy abiertos, a la luz cenital. Creo que se me resbaló una lágrima.
-¿Cómo podemos ayudarte? Tienes que dejarte ayudar… Por favor, Dani. No puedes hacer esto. No puedes permitir que una persona te destroce la vida. Nadie merece tanto.
No entendían que no era “una persona”, que era Él, mi vida, mi única razón.
Empecé a recordar.
En la carta, además de pedirles perdón y reconocerme como un puto cobarde, intentaba hacerles entender que de verdad era la mejor solución. Que, a la larga, terminarían comprendiéndolo.
Cuando escribí aquello de verdad pensé que sería la despedida definitiva. Que esta vez no había salvación. Joder. ¿Por qué volvía a verles? ¿por qué volvía a sentir? ¿por qué volvía a llorar?
Mi hermana, Bea, venía con mi madre. Ni pude ni quise mirarlas a la cara.
-Ya está bien, Dani, por favor… Yo creo que ya está bien… -la voz de mi hermana sonaba con una extraña mezcla entre reproche y misericordia.
-Que Dios te perdone, hijo mío, porque yo ya no puedo…
Volvieron a dejarme solo y la enfermera de antes se acercó.
-Vamos a hacerte un TAC. No te asustes, es solo para comprobar que todo está en orden. Pero tienes que colaborar. Respóndeme aunque sea con la cabeza. ¿Oyes lo que te digo?
Asentí.
-Bien. Gracias.
Al rato, vinieron a llevarme. El foco de luz eran ahora pasillos de hospital, tambalear de ruedas de camilla. Entre todos, me cogieron en peso levantando los bordes de la sábana para pasarme de una camilla a otra.
-¡Joder, con lo raquítico que está lo que pesa el hijo puta!
-Venga, coño, colabora.
Luego se fueron, dejándome solo en aquella oscura habitación.
A lo mejor esto me detecta alguna lesión cerebral y por eso no puedo moverme, pensé.
Ojalá.
¿Ojalá?
Aquel tubo tenía que ser mi crematorio no mi radiografía craneal.
-Muy bien, Daniel. Ahora vamos a bajarte otra vez y cuando tengamos los resultados te decimos, ¿vale?– aquella enfermera era la única que me había llamado por mi nombre–. Por favor, mueve la cabeza como antes.
Asentí, de nuevo.
-Muy bien. Así me gusta.
Escuché a Bea discutiendo con los médicos. Que cómo me iban a llevar así, con la sonda nasogástrica y la vesical, que todavía tenía el suero puesto, que tenían que esperar.
-Bea, sabes que allí, además de la planta de psiquiatría, tienen también hospital general y aquí ya no podemos hacer más. Estamos desbordados. Ya sabes cómo anda todo desde los recortes. No puede seguir aquí –le respondió uno de ellos, supongo que un colega de la facultad.
Los enfermeros del SAMUR me llamaron por mi nombre desde el principio, y agradecí su calidez intentando moverme para ayudarles a trasladarme.
La pesadilla se repetía por segunda vez. El destino de aquel camino en ambulancia confirmaba la peor de las profecías.
Estaba completamente loco y encima seguía vivo.
-¿Qué te has tomado esta vez, Dani?
Ya sí la miré a la cara. Me escrutaba de un modo tan tajante que tuve que abandonar el mutismo para pronunciar mis primeras palabras después de… ¿horas? ¿días?
-Pastillas… -dije, en voz baja, avergonzadísimo.
-¿Y qué más, Dani? ¿Qué más has tomado?
Venlafaxina y duloxetina. Todos los blíster que mi madre tenía escondidos en su armario.
-¿Qué más, Dani? ¡Dímelo! ¿Qué has tomado?
-Solo eso, Bea, de verdad… -me irritaba tanta insistencia, pero sentí que era la mínima penitencia que me tocaba pagar por imbécil, cobarde y fracasado.
-Te has drogado, Dani, ¿de dónde sacaste la droga?
Eso sí que no lo recordaba. Las pastillas, solo había tomado las pastillas. Y me había echado en el suelo de aquel descampado. Sí, me tomé las pastillas y me tumbé a esperar.
-La orina te ha dado positivo en metadona y fenciclidina.
De verdad que no sabía de qué me estaba hablando. Yo no había tomado nada de eso. Solo la venlafaxina y la duloxetina.
Luego, el médico con las preguntas de siempre. ¿Qué ha pasado, Daniel? ¿Por qué? ¿Cómo te sientes? ¿Lo recuerdas?
Sin embargo, esta vez no era capaz de reconstruir más que secuencias inconexas y contradictorias. La laguna mental era mucho mayor que la otra vez.
Recuerdo hacer la maleta apresuradamente, aprovechando unos minutos de ausencia de la vigilancia permanente que tenía, a turnos entre ella y mis hermanos, en casa de mi madre. Una botella de agua, las cajas de pastillas y algo de dinero para el tren. Ni cartera ni nada que pudiera identificarme.
Después, todo era nubloso. Un desfile de personas disfrazadas. Sí. Era carnaval. Todo el mundo iba disfrazado menos yo. Cuando llegué, en la estación de tren, todos iban y yo venía. Bolsas con botellones, ambiente festivo para lo que debía haber sido el preámbulo de mi funeral. Mi último paso.
Llevaba meses conviviendo con una ambivalencia que inclinaba la balanza hacia uno u otro lado por momentos.
La decisión vital.
La decisión letal.
Seguir o abandonar.
Luchar o rendirse.
Resignarse o retirarse a tiempo.
Me pareció cierto aquello de que los músculos guardan la memoria porque tantas horas de paseos con Dante, tantos trayectos en bicicleta y tantas jornadas de patinaje seguían impresas en mis piernas, a pesar de la inmovilidad de las últimas semanas. Respondieron estoicamente a la dirección de rumbo incierto pero firme a grandes zancadas.
Mientras el resto de la ciudad celebraba entre manzanilla, confeti y serpentinas; mis piernas obedecían abnegadamente a las órdenes dadas por mi dañado cerebro. Irracional decisión que mi estrategia mental había elucubrado como concienzudo plan de escape.
-De verdad que solo recuerdo haber tomado las pastillas –era lo único que podía decir.
Dolorosa y seguramente demencial idea, a ojos de las miradas cuerdas de mi alrededor, pero más que necesaria para mí, sopesada y sobradamente meditada.
Tenía que hacerlo. Tenía que dejar de ser el cobardica que solo lo pensaba y que se creía haberlo intentado antes en fracasados y vergonzosos amagos.
“Intento autolítico, intoxicación medicamentosa” era el resultado de mis ingresos de urgencia. El anterior, lo máximo que conseguí fue una neumonía por broncoaspiración que al final remitió sin mayor complicación.
Lejos de haberme hecho desechar la idea, al contrario incluso, habían continuado alimentándola, ofreciéndomela como una irresistible y morbosa medida.
Un romántico final. Como romántica me creía que había sido la relación de pareja con Juanjo de la que siempre había fardado tanto, idealizándola tan ciegamente que hasta el último momento creí correspondida.
Estúpido, idiota.
Solo quería que me quitaran aquellos tubos de la nariz y de la picha y me dejaran ya ingresado con el resto de locos, preferiblemente en una habitación individual; que dejaran de hacerme preguntas sobre unas drogas que no recordaba haber consumido.
A cada segundo de interrogatorio, confirmaba que mi patética existencia había dejado de tener ningún motivo. Todos se creían con la razón pero yo sabía que se equivocaban y que no eran capaces de reconocer ante mí, maltrecho residuo depresivo, que mis planteamientos, analizados con mi prisma, no eran tan descabellados. Sensatos incluso.
Sí que hay trenes que sí que pasan una sola vez en la vida y que hay vidas que ya no pueden ser rehechas. Y para malvivirlas, mejor irse a tiempo.
No solo era la pérdida de Juanjo, del trabajo en la biblioteca de Daraquiel, lo insoportable de aquel dolor, lo insanable de aquella herida; era que no tenía ni ganas ni fuerzas para seguir viviendo.
Pero cuando la balanza parecía inclinarse del todo, asomaba un pequeño pensamiento vitalista y esperanzador que acababa ahogándose en la desolación que volvía a aparecer para inundarlo por completo.
Por eso la larga caminata al bajar del tren de cercanías, en la parada de aquel pueblo como podría haber sido en la de cualquier otro. Qué sabía yo de su fama de destino para camellos y drogadictos.
Convertir la escena imaginaria en real volvía a cobrar fuerza con cada paso. Un nuevo motivo para hacerlo. Para cuando alguien me encontrara ya sería demasiado tarde. Tirado en cualquier recóndito lugar, mi marchito cuerpo atiborrado de las mismas pastillas que habían pretendido sin éxito curarme, descansaría para siempre. Lo que racionado en dosis y recetado por un psiquiatra, en elevadas cantidades, podía llegar a ser mi letal salvación.
Escuchaba al médico y a mi hermana y seguía sin saber qué había pasado. Cuándo me había drogado, si antes o después de las pastillas.
Pedí que me quitaran aquel incómodo tubo de la nariz y que tan desagradable se me hacía en la garganta al tragar la poca saliva que me quedaba.
-Hasta que no se acabe la bolsa de suero no te lo podemos quitar, Daniel.
Mi hermana se puso otra vez a hablar con el médico sobre lo mal que habían gestionado mi ingreso de un hospital a otro.
Me notaba cada vez más cansado y con más calor. No terminaba de encontrar el lugar adecuado. Toda la gente con que me iba topando me miraba como a un bicho raro. Debía estar horrible. A lo mejor hasta se me notaba la cara de loco, o de drogadicto, y me miraban de aquella forma porque vislumbraban en ella mis intenciones. Pero la indiferencia con que terminaban pasando a mi lado, catalogaba mi hipótesis de absurda. Y, en cualquier caso, aunque alguno pudiera imaginar algo raro en mí, no le hubiera importado lo más mínimo que estuviera buscando dónde morirme.
Nada. No les importaba nada. Como a Juanjo. Ya solo podía aspirar a provocar en él un único sentimiento, el de culpabilidad y remordimiento. Había, también, algo de maquiavélico en imaginar el momento en que llegara a sus oídos la noticia del fatal desenlace.
Lo que no sabía era en qué momento ni quién me había pasado la metadona. Dios mío, si no sabía ni si eso era en pastillas o si se esnifaba.
Ni a cambio de qué. Apenas llevaba cinco euros para el tren, y la tarjeta de crédito la había dejado en casa de mi madre. A lo mejor topé con otro enganchado que por solidaridad, me pasó.
-De verdad que no me acuerdo de nada, por favor, quitadme el tubo.
El suero se acabó y, con él, el interrogatorio y la estancia en la consulta del psiquiatra de guardia.
Los hombros me sudaban y la mochila me pesaba tanto que al final el lugar elegido fue más forzado que calculado. Un descampado en lo que ya debían de ser las afueras de aquel pueblo, supuse que apenas transitado, bastante alejado ya de la carretera.
Balanza decididamente inclinada, pros y contras analizados, consecuencias sopesadas.
Lo más fácil: desmerecer las palabras de las psiquiatras, profesionales de las que nunca me había fiado por echarles buena parte de culpa de la mala evolución de la enfermedad de mi padre, y que ahora me veían a mí como su segundo sucesor, tras los pasos herederos de mi hermano. Mi diagnóstico de “depresión exógena” llevaba la coletilla de “riesgo de viraje por antecedentes familiares”.
Por muy distorsionada y sesgada que estuviera mi visión de las cosas, mi realidad era una mierda, sí, ante mis ojos, vale, pero eran los únicos que tenía para mirarla, y mis ideas autodestructivas no eran una “sintomatología”, sino una meditada decisión.
Tampoco costó apagar las miradas de compasión de todos. Nunca he soportado dar pena. Por orgullo o soberbia, siempre he dicho que prefería despertar cualquier otro sentimiento, hasta el odio, antes que la lástima.
Lo peor, en cambio, fue acallar las evangélicas frases de mi madre para motivarme a encontrar la luz, las no palabras de mis hermanos, el tono dulce de Anna, Natasha y Nuria recordándome lo gran persona que era, el reclamo de atención de mis sobrinos, de Dante.
Fracasado, inútil, loco, trastornado como tu padre, patético, enfermo de mierda, parado voluntario, vergüenza social, autosuficiente de pacotilla… Era tanto lo que podía alegar para ir sacando cada una de aquellas pastillas y tomármelas con varios tragos de agua, que las palabras bonitas y las personas queridas desaparecían poco a poco.
Como tendría que haber pasado conmigo. Solo quería terminar de consumirme de una vez.
No acabar ingresado otra vez en aquel manicomio, sin poder dormir intentando recrear el momento en el que tomé aquella metadona, sentado en el wáter intentando cagar sin que saliera nada más que un fuerte escozor en el ano que me hizo pensar que quizá me hubiera dejado violar a cambio de la dichosa droga, en un delirio que, contra la somnolencia esperada, me habían provocado las pastillas.
Porque en las conversaciones de los médicos con mi hermana también hablaron de convulsiones y taquicardias.
  








viernes, 1 de febrero de 2013

CAPÍTULO XXXVIII: Una sudadera vieja, más brujas y un ángel en Toledo.

XXXVIII
UNA SUDADERA VIEJA, MÁS BRUJAS Y UN ÁNGEL EN TOLEDO.

            -Tú no estás bien, Daniel, se te ve en la cara. Tendrías que ir al médico.
            Con esas palabras de MariCruces no iba muy convencido de dar buena imagen. Si ésa iba a ser mi carta de presentación, mejor sería cancelar el viaje. No pretendía impresionar a Queru. Habíamos dejado bien claro que solo queríamos conocernos, que lo de alquilar una habitación de hotel en Toledo para los dos no iba a implicar necesariamente que termináramos follando. Primero porque, aunque hubiera querido y aunque resultara igual de lindo que en las conversaciones que habíamos tenido por internet y luego ya por teléfono, cuando cogimos más confianza y nos dimos los números y, qué coño, que si la foto que se tenía puesta en el perfil respondía a la realidad; me veía y me sentía tan poco atractivo que no concebía poder gustarle a nadie. Y segundo porque sinceramente no me apetecía, lo único que necesitaba era ponerle cara (tridimensional, y sin posibles retoques informáticos) a aquella persona que había conocido por casualidad en una iniciativa de la que no esperaba grandes resultados y que había conseguido amenizar mis duermevelas durante los últimos días. Con él había hablado de muchas cosas, era como si le conociera de hacía tiempo. Me sentía cómodo y escuchado. De lo contrario, no hubiera propuesto –porque fui yo quien lo hizo– quedar para conocernos en persona, eligiendo un punto intermedio para los dos como era Toledo. Ciudad que, por otra parte, ya había tenido la suerte de visitar anteriormente y que me encantaba. Una de las últimas veces, como no, con Juanjo y sus padres. El mundo parecía hecho a la medida de sus recuerdos. Mi mundo seguía infectado de su imagen.
            La prueba de mis escasas pretensiones de impresionarle físicamente para conseguir sexo era mi atuendo y el poco o nada de tiempo que había dedicado en elegirlo. De camino a la ciudad donde se produciría la cita a ciegas analicé mi vestimenta. Lo que más me llamó la atención era que llevaba una semana poniéndome la misma sudadera con que ahora acudía al encuentro. El tiempo en Daraquiel por el mes de mayo va dando una paulatina e inconstante tregua al frío, con días de sol y calor pero todavía con amaneceres y atardeceres heladores. Típicos días que no sabes qué ponerte y que la ropa termina quedándose corta o sobrándote en las distintas capas con que de ella has cubierto tu cuerpo, cual cebolla humana. Así que lo más cómodo y fácil era llevar la sudadera puesta, anudada a la cintura o guardada en la mochila según bajara o subiera la temperatura. No se arrugaba y era una prenda de diario.
            Una prenda heredada. Odio tener que repetir su nombre pero sí, efectivamente, heredada de Él. A partir de ahora voy a ponerlo en mayúsculas por ser tan omnipresente para mí como Dios para la persona creyente. Aquella sudadera fue un regalo de cumpleaños que le hizo una amiga común. En una de las fiestas sorpresa que le organicé en nuestro antiguo piso. Una sudadera que las semanas después del cumpleaños se puso mucho pero que poco a poco, fue quedando abandonada en el armario y que al final empecé a ponerme yo. Tanto fue así que vaciando una de las bolsas de basura en que transporté mis cosas después de la ruptura, apareció allí. Y no fui yo quien la guardó. Supongo que entendió que, por estadísticas de uso, ya era más mía que suya. Y porque realmente a Él ya no le interesaba.
            Pensé que ésa era otra de las grandes e irreconciliables diferencias entre los dos. Que Él usa una prenda de vestir el tiempo que le gusta, que se siente cómodo con ella. O quizá el tiempo que la considera una novedad, como tal imprescindible y única. Y que cuando ya no se la pone, no duda en deshacerse de ella. A mí me pasa un poco lo mismo pero aunque ya no me la ponga, siempre me da pena la sola idea de tirarla, regalarla o dársela a mi madre para que la lleve a la parroquia, y termino atesorándola en algún cajón con el mismo ahínco que la correspondencia que me escribía de adolescente con mis amigos. Máxime si la prenda había sido un regalo. Detalle que a Juanjo no pareció importarle. Prefería descargar el hueco que esa vieja sudadera ocupaba en el armario para reservárselo a una prenda más moderna, más fashion y, sobre todo, más nueva, que terminaría llevando la misma suerte que aquella sudadera en cuanto encontrara otra con la que sustituirla o, simplemente, cuando se cansara de ella.
            Sobra la explicación, pero por si acaso, yo había sido su sudadera vieja. No terminaba de tener claro si mi abandono había sido por la sustitución de otra prenda más nueva, más bonita y más acorde con su nueva condición de veterinario trabajador o por simple aburrimiento. Conclusión que no me llevaría a ningún sitio pero que seguía rumiando obsesivamente. Si tan evidente era, ¿por qué no me lo había dicho? ¿tan cobarde era como para no asumir la única penitencia que le correspondía desde su privilegiada situación: la de confesarlo mirándome a los ojos? ¿O no lo hacía por el tonto planteamiento de no hacerme más daño?
            Él nunca había dejado de mirar con deseo las prendas expuestas en los escaparates de las tiendas. Igual que yo. Pero de distinta forma. En mi caso, si me pongo a pensar en cómo fui vestido mi primer día de facultad, tengo que admitir que el atuendo había sido calculado y estudiado durante todo el verano previo, en el que mi cabeza daba rienda suelta a su imaginación ideando las maravillas y el enorme cambio vital que iba a suponer dejar la casa de mis padres –porque  mi padre por entonces aún vivía– e iniciar mis estudios universitarios en otra ciudad. Cuando aun pensaba que la ropa forja la personalidad y no al revés. Iba, pues, con una camisa hippie, un pantalón grounge y unas deportivas sport, casi de pijo. Una indefinición estilística que no respondía a eclecticismo alguno sino a la más pura impersonalidad. Aún hoy, a veces, ir de compras sigue suponiéndome un nuevo intento de autodefinición.
Para Él, en cambio, contemplar la ropa que visten los maniquíes de las tiendas respondía a un deseo de ambición y de autoafirmación. Ambición por tener cuanto más mejor. Lo más nuevo y más a la última, en un insaciable deseo que nunca terminaba de ser satisfecho. Él no buscaba en la ropa una representación de la personalidad, sino “venderse” en un competitivo y superficial mercado. El materialista mercado que, pecando de caer en el seguramente injusto tópico, compra y vende especialmente en la cultura gay de hoy día. Cuando la clandestinidad y la vergüenza han evolucionado, en una progresión lógica no lo niego, hacia la visibilidad absoluta, cuanto más escandalosa y chirriante mejor, y que muchas veces encierra tras su máscara de orgulloso lucimiento traumas y sufrimientos inconfesables. Cuando Victorio & Lucchino son unos grandes diseñadores en vez de los modistos maricas.
Yo dejé de lado los escaparates o, al menos, dejé de mirarlos con anhelo cuando empecé a salir con Él. Juanjo no. Seguía mirándolos con el mismo deseo que antes, solo que de una forma disimulada y escondida. Por supuesto que el amor aun siendo ciego no te deja ciego, eso está claro. Y siempre nos vamos a fijar en una prenda bonita aunque llevemos puesto el último grito en rebecas de punto. Pero si además de fantasear con la idea de tener la prenda del escaparate entramos en la tienda, con intención o no de probárnoslas, pero conscientes de que tenerla entre las manos va a suponer una tentación mayor de comprarla; igual debemos plantearnos que la ropa que tenemos en casa empieza a parecernos vieja y empezamos a querer renovarla.
En aquel momento lo vi tan claro que sin dudarlo califiqué de estúpidas todas las lágrimas que había estado derramando por Él. Y en vez de pena sentí rencor por todas las posibilidades que había perdido (renunciar tiene un matiz de sacrificio) por centrarme en él. Por seguir vistiendo la misma sudadera vieja, que claro que no había abrigado siempre todo lo que tenía que abrigar y que claro que podía llegar a salir perdiendo si la comparaba con los nuevos modelos de las últimas colecciones, pero que para mí era la más especial del mundo por haber sido un regalo. Porque nunca dejé de considerar a Juanjo como el mejor regalo que la vida me había dado.
Mi temor de que sus escarceos cibernautas encerraran otro tipo de deseos más allá del de conocer gente nueva para abrir círculo de amistades se terminaba confirmando. Unas infidelidades virtuales que además, si lo pensaba, menudo gilipollas, era yo quien no solo las había consentido desde el principio sino que además las había facilitado cuando antes de irse de Erasmus, a los dos meses de habernos conocido, le regalé un ordenador portátil para que pudiéramos tener contacto sin gastarnos un dineral en conferencias internacionales. Invertí el sueldo de un mes en el trabajo que tenía por entonces para hacerle semejante regalo, sin saber que le servía en bandeja la comodidad de poder seguir entrando en las tiendas de ropa sin dejar huella, desde cualquier sitio y a un solo clic.
De nuevo me culpabilizaba a mí por envejecer y desteñir, consecuencias inevitables del paso del tiempo, provocando su aburrimiento y posterior abandono o restitución. En vez de a Él, que nunca se iba a quedar con la misma sudadera para siempre, por más que le sentara como un guante o por más que la prenda se adaptara al clima de distintas ciudades y fuera versátil a cualquier evento. La culpa no era de la prenda sino de quien la vestía. O del frío. O del calor. 
            Una sudadera que se me iba a quedar corta, en vista del nublado y frío cielo que antecedía la vista de la ciudad. Menos mal que a última hora también eché la chaqueta en la maleta. ¿Lo hice? Últimamente estaba tan despistado que olvidaba cosas tan básicas como recordar lo que había hecho hacía apenas unos minutos antes.
 Ante mí, majestuosa y enigmática, se presentaba Toledo. Sugestivo perfil de muros grises desde el punto más alto, el Alcázar, hasta el Puente de Alcántara. Torres, palacios, castillos, iglesias. Paisaje urbano inscrito entre desniveles, precipicios y las líneas serpenteantes del Tajo, corriendo impetuoso entre puentes y huertos. La ciudad de las tres culturas –cristianos, judíos y musulmanes–; la ciudad imperial, sede principal de la corte de Carlos I. Cielo oscuro y tempestuoso reflejado en sus verdes colinas y en sus edificios que, ante mis ojos, se mostraban casi tétricos. Como en un cuadro de El Greco, los contornos urbanos se me difuminaban en una atmósfera alucinada, demencial, expresionista. La ciudad era ahora mucho más oscura que la última vez que la vi. Sin embargo, esta vez prometía sorpresas nuevas, nuevos datos sobre brujería que terminarían de forjar la hipótesis más demencialmente plausible sobre mi desgracia.






miércoles, 5 de diciembre de 2012

CAPÍTULO XXXVII: Sin ganas ni fuerzas.

XXXVII
SIN GANAS NI FUERZAS.

            Procuro olvidarte siguiendo la ruta de un pájaro herido.
Procuro alejarme de aquellos lugares donde nos quisimos.
Me enredo en amores, sin ganas ni fuerzas,
por ver si te olvido.
Y llega la noche y de nuevo comprendo que te necesito.

            Primer paso para olvidar al amor perdido: poner tierra de por medio y cortar todo contacto con el susodicho. Cumplido solo a medias. Los kilómetros sí que estaban. Unos setecientos más o menos, forzadamente obligados porque aunque en principio me planteara seguir yendo a Barcelona para las clases cada dos semanas, terminé desechando la idea y esperar un poco para sentirme con más fuerzas. Ya vería qué haría con la universidad. Pero lo de no hablar con él no fui capaz. Me autoengañaba pensando que necesitaba saber cómo estaba, cómo le iban las cosas; no podíamos ser dos desconocidos de repente. Y le seguía llamando para amenizar sus guardias, “como amigo”. Preguntándole por sus cosas, contándole las mías. Por lo menos una vez a la semana, aunque cuando llevaba tres o cuatro días sin saber nada de él caía algún que otro whatsapp. ¿Qué tal? Bien ¿Y Dante? Siempre había algo por lo que preguntar, algún motivo por el que decirle algo. Aunque fuera por sentir que todavía teníamos algún tipo de relación. Migajas de amor. Él me respondía cordialmente y hasta a veces era quien iniciaba las conversaciones sin darse cuenta de que inconscientemente despertaba en mí una falsa esperanza. Seguía necesitándome de alguna manera, idiota interpretación de lo que no era más que un sentimiento lastimero por su parte.
            Segundo: revalorizarse a uno mismo. Porque yo lo valgo, y no porque no hubiera sido capaz de retenerle a mi lado. Dejar de sentirme el responsable de la ruptura. Que no le había dado ni suficiente sexo ni de suficiente calidad, que había sido un compañero aburrido, me dormía siempre en las películas, mi trabajo era poco excitante, el tipo de vida que podía ofrecerle era muy simple, tenía poco dinero, no sabía bailar, no estaba bien musculado, mi fondo de armario se aproximaba más a lo grunge que a lo fashion, habían faltado besos y muchos te quiero, detalles diarios, magia, poesía… En definitiva, no valía la pena seguir conmigo. Pues no. Tenía que pensar que soy guapo, soy listo y otras muchas virtudes que por entonces no sabía ver, que podría estar con quien quisiera. Él se lo pierde. Intentado, pero estrepitosamente fallido. Inútil ademán de ir de shopping, superficial pero a veces efectivo método para subir la autoestima. No en este caso. No rellenaba ningún pantalón, y lo digo literalmente porque puestos me quedaban exactamente igual que colgados en la percha. Dicen que los espejos de los vestuarios tienden a un efecto óptico de estilizar para que el cliente se vea mejor. Para mí esa estilización rozaba la escualidez. Siempre he sido de constitución delgada, pero nunca se me habían marcado tanto las costillas ni las facciones de pómulos cadavéricos.
            Tercer paso: rehacer nuevas rutinas. Aprender a vivir pensando en uno. Cocinar platos individuales, hacer planes sin contar con él, readaptarme a vivir en un piso compartido. Los meses en casa de Paz no contaban porque habían sido algo claramente temporal. Pero lo de ahora se preveía como una realidad a más largo plazo. Mis nuevos compañeros, un estudiante frente al que dejaba de sentirme joven  y un informático friki que se pasaba las horas delante del ordenador, habitaban órbitas totalmente opuestas a la mía. Una coexistencia bajo el mismo techo que nada tenía que ver con lo que compartí antaño con Anna y Jenny. Estanterías repartidas en nevera y despensa, habitaciones infranqueables. Micromundos distantes que se cerraban tras puertas con pestillo. Frialdad y soledad en una estancia impersonal en la que no conciliaba el sueño. Noches en vigilia donde comprendía que le seguía necesitando. Que para mí no había sido suficiente. Recuerdos, frustraciones, sentimientos y dolor, mucho dolor. Largas jornadas nocturnas que intentaba matar forzando el siguiente y último paso.
            Cuarto: el mar está lleno de peces. A rey muerto, rey puesto. Un clavo saca otro clavo. Tocaba tirar otra vez de las webs de contactos y los perfiles en chats gregarios. Guetos virtuales para venderse en la red de redes. Ritual tantas veces repetido hace años. Práctica tan conocida por Juanjo que aún con el vuelco de corazón que sentí al toparme con su perfil, no me sorprendió verlo con foto de su mejor sonrisa y torso descubierto dentro de los grupos para “homosexuales de Barcelona”. Lo peor no fue leer la descripción de lo que buscaba, un prototipo diametralmente opuesto a mí, ni siquiera descubrir que había incluido fotos calificadas de “X” que requerían registrarse para poder ver sino tener la certeza de que esos perfiles no eran de publicación reciente. De terminar de verificar con todo el dolor de mi corazón –literalmente– que habíamos estado viviendo realidades paralelas, interpretaciones irreconciliables de lo que suponía la pareja para cada uno de nosotros.
            Superada una nueva llantera que casi acaba en ataque de ansiedad, bien entrada ya la madrugada, fui emulando cada uno de los pasos previos necesarios para poder empezar a contactar con otros hombres que supuestamente buscaban lo mismo que yo. ¿Otro Juanjo? ¿Una nueva oportunidad? ¿La de verdad? ¿Sublimar la pérdida? ¿Sentir que todavía podía resultarle atractivo a alguien? Elección de una foto sugerente, una de cara y otra de cuerpo, un texto estándar en el que presentarse, una descripción del tipo de persona y de relación que buscaba. Qué difícil. Qué pocas ganas. Mercenarios de la necesidad de compañía enmascarada en búsqueda de sexo sin complicaciones ni compromisos.
            Todo listo para empezar a buscar caras que me dijeran algo (o que se parecieran a la de Juanjo), cuerpos que me excitaran tanto como el de Juanjo o palabras que me recordaran a la forma de ser de Juanjo.

            DANI31 acaba de iniciar sesión.
            DANI31_ ¿Hola?

            QUERU32_¡Hola! ¿Qué tal? ¿De dónde?

            No recordaba muy bien en qué momento tocaba preguntar que qué es lo que se buscaba, que cuánto te medía, que si eras activo o pasivo o si tenías sitio para quedar. Y tampoco sabía si dar toda la información real desde el principio o intentar asegurarme de ganarme antes cierta confianza. ¿Cómo lo haría Juanjo para haberse ganado esa amplia cantera de amigos que después de haberme dejado reconocía que podría empezar a ver como algo más? ¿Y si me encontraba a alguien de Daraquiel?
            Torpe y desentrenado cortejo que quise iniciar con una conversación trivial que no terminara necesariamente en cita sexual. El tal “Queru32” también parecía dispuesto a ello.

            DANI31_¿Y eso de “Queru”?

            QUERU32_Mi nombre… El diminutivo, vamos.

            DANI31_¿Queru?

            QUERU32_¿Me prometes que si te lo digo no vas a dejar de hablarme?

            DANI31_Jajaja… ¿Por qué dices eso?

            QUERU32_Mis padres fueron muy… originales… al elegir mi nombre.

            DANI31_¿Cómo te llamas? ¡No te hagas más de rogar!

            QUERU32_No lo has prometido…

            DANI31_Vaaaale… Prometido…

            QUERU32_Queru de Querubín. Me llamo Querubín. Recuerda lo que acabas de prometer…

            DANI31_Es coña, ¿no?

            ¡Vaya! ¿quién me iba a decir que terminaría la noche hablando con un tierno espíritu celeste con cara regordeta y tantas veces reproducido en detalles de la Madonna de Rafael?
            ¿Y si era verdad que todavía podía conocer a alguien más?



           

sábado, 1 de diciembre de 2012

CAPÍTULO XXXVI: Ilusiones malogradas.

XXXVI
ILUSIONES MALOGRADAS.

            Camino al fracaso. Destino que debió quedarse en el recuerdo del lugar al que no regresar. Senda que nunca se ha de volver a pisar. Daraquiel se presentaba ante mis ojos como la ruina de todos mis proyectos, ilusiones malogradas. El corazón me palpitaba como si se me fuera a salir del pecho y un rubor encendido me recorría de pies a cabeza. Cada paso adelante suponía un retroceso.
            Hacía un fantástico día, decadencia burlona con el verde encendido de sus campos manchegos, sus rojas amapolas y su trigo resplandeciente en un luminoso mes de mayo. Los jornaleros seguían con su incansable quehacer diario, las mujeres se dirigían al cementerio con sus flores y sus paños húmedos para limpiar las lápidas de sus difuntos y los camiones iban descargando sus mercancías en una ordenada cadena humana. Todos ajenos a mi abatimiento. Todo en su habitual rutina diaria, indiferente a mis insignificancias y a mis tres meses de ausencia.
Intentaba disimular con una teatral sonrisa y amagos de amables saludos.
            -¡Hombre, ya ha vuelto Usted, Don Daniel! ¿Qué tal ha ido?
            -Muy bien, Don Benancio. Gracias. Ya estamos de vuelta.
            -¡Hala! ¡Pues con Dios!
            De manera inconsciente, iba ralentizando el paso conforme avanzaba a la biblioteca. No quería llegar. No sabía qué me iba a encontrar, qué iba a decir, cómo me iban a recibir y, sobre todo, no sabría con qué Justina me iba a encontrar. Temía que mi tiempo de ausencia me hubiera hecho perder mi sitio, que no poco me había costado conseguir, y que tuviera que empezar a ganármelo de nuevo. El odio de la jefa seguiría inalterable, o quizá engrandecido, porque ella sería también de las que pensaban que yo ya no regresaría nunca y que la sumisa María José no volvería a ser sustituida por el rebelde Dani, ganador a pulso de su deseo de asesinarme, según vaticinó la propia Amira antes de irme. O, peor aún, ser ella quien me echó el mal de ojo que pronosticó la pitonisa de la Isleta del Moro.
Desvaríos aparte, regresaba un Dani algo temeroso, por unas cosas u otras, sin ningunas ganas de más disputas, cansado de ser el líder de las reivindicaciones y dispuesto a sobrellevar la condena de la vuelta pasando lo más desapercibido posible, sin pretensión alguna de más jaleos. Ya no tenía que luchar por hacer uso de mis días libres para ir a ver a un Juanjo que había decidido apartarme de su vida. Resignado, pues, a asumir las injusticias y abusos de poder de la jefa con la boquita cerrada, en un intento desesperado de que los días pasaran con la mayor rapidez y tranquilidad posible. Acatando las órdenes que hubiera que acatar, sobrepasaran o no los límites de lo establecido en los convenios de los trabajadores. Había perdido la batalla y no me quedaba más que volver con la cabeza gacha y el rabo entre las piernas, con el orgullo escondidito en el mismo sitio donde quedaron almacenados mis últimos delirios de grandeza.
            Darío, en cambio, opinaba todo lo contrario, y esperaba mi regreso como quien recibe la llegada del cabecilla de una gestada revuelta en contra del caciquismo de la déspota directora.
            -¡Por fin, Dani! ¡No sabes lo feas que se están poniendo las cosas por aquí desde que te fuiste! La Clinton ha tomado el poder absoluto y nos está haciendo la vida imposible a todos. MariCruces ha estado de baja de los nervios y Amira anda de médicos por unas fuertes jaquecas que le han dicho que pueden ser por estrés. María José y Leo son sus súbditos y con ellos hace y deshace a su antojo. A mí me tiene amargado. Tenemos que hacer algo ahora que has vuelto, Dani –supongo que Darío reparó en que no me había preguntado en ningún momento por mi–. ¿Y tú? ¿qué tal? No tienes buena cara, estás muy delgado… El jet lag, ¿no? –y empezó a reír.
            Pobre, si supiera que estaba deseando pegarle una fuerte patada en la boca para que se callara de una puta vez, seguramente ni se habría dirigido a mí.
            -Sí, Darío, vuelvo algo cansado. Las cosas no han salido del todo como esperaba –no iba a entrar en detalles, a pesar de que sabía que era la esperada comidilla de todo el edificio de cultura -¿Y la jefa? ¿no está?
            Con una mueca burlona, Darío respondió:
            -No, ha ido a tomar café, o al médico, o acompañar a la madre… Ya sabes, sus cosas…
            Pues sí. Aparentemente todo seguía como siempre. María José parecía haber respetado mis aportaciones a la biblioteca: manteniendo secciones, carteles, recomendaciones, estética de las presentaciones, distribución de las películas y cds. Aunque, eso sí, había añadido notificaciones que yo nunca hubiera puesto o que hubiera redactado de otra forma. Por ejemplo su “Se exige silencio absoluto” yo lo habría puesto como “Por favor, respetemos el estudio y mantengamos un moderado silencio”; aunque a fin de cuentas el caso que hubieran hecho tanto con un cartel como con el otro hubiera sido exactamente el mismo: ni el más mínimo.
            Algunos parecían alegrarse al verme, otros me miraban con cierto desprecio y los más indiscretos me preguntaban con un descarado retintín:
            -¿Qué? ¿otra vez de vuelta, no?
            Señoras llenas de sarna y maldad:
            -¿Tú por aquí?¿no te habías ido a Barcelona?
            Amira llegó para calmarme en el momento justo. Cuando me disponía a sacar mi sierra para degollar a más de cien. Antes de convertirme en el funcionario asesino que las hubiera disuelto en lejía a todas, matándolas a sangre fría y enterrándolas enseguida; me desmoroné llorando como un niño chico acurrucado en los brazos de Amira mientras ella me daba unas palmaditas en la espalda y le pedía a la gente que por favor nos dejaran solos un rato. Algo que, por supuesto, provocó el murmullo generalizado y aumentó el deseo de conocer los detalles más escabrosos de mi vuelta al pueblo. Aunque tenía la impresión de que la mayoría ya sabía por dónde iban los tiros. El mariquita abandonado por su amigo-novio después de haber intentado irse a vivir con él a Barcelona, sin saber que el  otro ya tenía su vida más que hecha allí. Qué patético. Pobre imbécil.
            El morbo y las elucubraciones estarían servidas durante días. Con una invención de allí, una reinterpretación de acá y alguna aportación propia, la historia daría para mucho. Muy a mi pesar, volvía a ser el chisme en corralones y sobre todo en las colas de la biblioteca, en pacientes esperas para contemplar el espectáculo en directo.
            A pesar de aquellas minucias, como decía, todo seguía más o menos como siempre. Pocas adquisiciones por el escaso presupuesto y la oficina más desordenada de lo normal por un Leo que parecía estar hasta arriba de trabajo al haberle delegado la jefa a él todas las tareas que antes nos repartíamos entre todos. El papel de María José, según me contaba Amira, era el de secretaria particular de Justina, veme a por esto, tráeme aquello, ordéname esto y demás.
            El temido reencuentro llegó, sorprendentemente, por su parte. Fue la jefa quien se acercó a saludarme mientras yo ordenaba las estanterías de consulta y referencia. Posando su fría mano en mi hombro y dedicándome una sonrisa tan inusual como sospechosa, me dijo:
            -Buenos días, Daniel. Bienvenido. ¿Qué tal te ha ido todo?
            -Hola, Justina –tartamudeé–. Bien, gracias –de la misma impresión tiré dos de los volúmenes de la Summa Artis.
            -Tranquilo, no te asustes, sabes que aquí no tienes nada que temer. Estás en tu casa.
            Solo le faltó la maléfica carcajada de madrastra de BlancaNieves mientras se alejaba con pasos lentos y arrastrados hasta su oficina.