lunes, 14 de abril de 2014

CAPÍTULO XLIV: Día 3: Metrópolis de las Terapias en La Guarida de La Locura.

Otra vez kiwi en el desayuno.
Pero no me importaba porque había amanecido con un hambre voraz. Ni siquiera iba a rechistar en tomarme las nuevas pastillas, bajo la atenta supervisión de la auxiliar, que acompañaban al desayuno dentro de un vasito de plástico y que confirmaban que el doctor Correa había decidido retomar mi tratamiento.
-¿Qué tal hoy? ¿Cómo estamos, chicos? -mientras nosotros terminábamos de espabilarnos las enfermeras y auxiliares hacían sus tareas frenéticamente.
-Bien, gracias -respondí tímidamente. La amabilidad de aquella auxiliar de enfermería me seguía creando cierta desconfianza. La gente no es buena si no espera recibir algo a cambio.
Carlos le contestó levantando la mano, en un gesto mucho más cómplice que mi protocolaria y falsa respuesta.
-¿Cómo va ese torneo, Carlos? -le preguntó.
-Bien, ahora le iba a comentar a Dani...
¿A mí? ¿decirme qué? Sentí miedo y rechazo. No quería recibir ninguna propuesta de ningún tipo por parte de nadie. Había pensado devorar ansioso la bandeja entera, pasar la consulta de rigor con el doctor Correa, intentando despacharla lo antes posible para poder encerrarme de vuelta en la habitación, tumbándome en la cama contemplando las musarañas hasta que otro interminable e impuesto día acabara.
Pero parecía que Carlos tenía otros planes para mí.
-¿Tú juegas al ajedrez, verdad?
Aquella pregunta-afirmación me recordó a la insistente persuasión que tenía que aparentar la última vez que trabajé de televendedor.
"¿Le interesa, verdad?".
A la desesperada, volví a mi renegada faceta profesional para conseguir cualquier contratucho que, al finalizarse, me diera la posibilidad de acceder a la prestación por desempleo y tener tiempo para decidir qué hacía con mi vida ya que de la biblioteca, por último, precipitada y erróneamente, me largué firmando la baja voluntaria, cavando mi propia tumba en el mercado laboral. Muy digno y soberbio encima, en aquel momento, entre desesperación, inestabilidad emocional y renqueantes coletazos de fe en una vida mejor para mí, reiteré que era una decisión "irrevocable", cuando María Victoria, la concejala, intentó convencerme para que me lo pensara mejor.
Maldita la hora. ¿Cómo fui tan estúpido de tirar por la borda lo único que pudo sobrevivir a mi fracaso?
Volví a tener que repetir una y otra vez, llamada tras llamada, a personas desconocidas que escuchaban por pena la parrafada que yo les soltaba, ruin sustento de vida, para recibir uno y otro "no" como respuestas, con la consecuente regañina y presión de "mis superiores".
"¿Le interesa este producto, verdad? ¿Por qué motivo? ¡Es realmente ventajoso para usted! Se lo dejamos contratado, ¿verdad?".
No. Evidentemente, no. La gente no es tan imbécil.
Fue, sin duda, si no el peor, uno de los peores meses de mi vida.
-Jugaba -contesté. Como tantas otras cosas que antes era capaz de hacer.
-¡Perfecto! -dijo Carlos.
-Eso seguro que es como montar en bicicleta... ¡No se olvida! -añadió Marta, la auxiliar, mientras nos cambiaba las sábanas- ¡Genial! Entonces hay torneo, ¿no, Carlos?
-Sí, ¡por supuesto que sí! -gritó él, victorioso, levantando los brazos y chasqueando los dedos.
Qué manía les había dado con querer integrarme. Mi intención era bien clara. Que todo el mundo me dejara en paz, por favor, ¿tan difícil era de entender?
Casi a rastras, Carlos me llevó a la maldita Sala de Terapias cuando terminamos de desayunar.
Me abrió la puerta para que entrara. Fue como traspasar la frontera a otro mundo. A un mundo distinto al de las desoladoras habitaciones de psiquiátrico. Lo blanco de sus paredes allí se convertía en un horror vacui de garabatos, colores, dibujos, cuadros, colgantes, abalorios y todo tipo de manualidades.
Aquella sala me evocó a las imágenes de los libros de Museografía que estudiaba en la universidad, cuando veíamos la génesis histórica de dicha ciencia. Cuando primaba el ansia de almacenar cuantas más piezas mejor sin tener en cuenta los criterios expositivos de diafanidad o correcta iluminación. 
Esa estancia albergaba un caótico maremágnum de obras dispares creadas, supuse, por todos los locos que habían ido pasando por allí.
Laly era la monitora, la encargada de gestionar esa difusamente denominada Sala de Terapias.
-¡Hola, Carlos! Bienvenido, Daniel -nos recibió con talante amable.
Accedí con paso lento y cauto y me senté en una de las sillas dispuestas alrededor de la larga mesa que había.
Estaba agotado. Agotado de tener que seguir viviendo.
-Veníamos para lo del torneo de ajedrez, Laly -dijo Carlos.
-¡Muy bien! ¿Y cómo vais a querer que lo hagamos? -respondió ella.
En la pared del fondo vi que había un enorme mueble de apolilladas estanterías llenas de libros, películas, pinceles, cartones, rotuladores y demás instrumental desorganizado en aquel armatoste.
Instintivamente me levanté y fui hacia él. Los documentos tenían tejuelos parecidos a los de una biblioteca. Escritos con una letra muy familiar y reconocible para mí. La letra de mi hermano Jorge.
-Dani es bibliotecario -escuché, de fondo, que decía Carlos.
-Era -puntualicé, molesto, en voz baja.
-¿Cómo? -preguntó la tal Laly.
-Nada, nada -respondí, volviendo a sentarme en la silla.
-Pues me vendría genial que me echaran de nuevo una mano aquí -la monitora parecía no querer desistir.
Más que confirmado: en aquella sala estaba impreso el sello de mi hermano. Quizás también hasta el de mi padre.
Frente al mueble, en paralelo a él, en el suelo, había unas alfombrillas de estas para hacer taichi y ese tipo de cosas. El sol entraba, cegador e indiscreto, por la ventana. En la esquina, unas pelotas de gomaespuma y una bici estática completaban la estancia, junto a un radiocasete y un ordenador igualmente jurásico. 
Me asaltaron las ganas de entrar en facebook para volver a indagar en el perfil de Juanjo las fotos con sus nuevos amantes, su nuevo aspecto. Su nueva vida, en la que yo ya sólo podía participar como patético voyeur cibernauta.
-¿Puedo usar el ordenador?- pregunté.
-No, lo siento.
Claro, un loco como yo con acceso a internet podía ser doblemente peligroso. Semejante ocurrencia la mía.
-Puedes ayudarme a catalogar y ordenar esos libros y películas. Eso sí puedes.
Era una orden disfrazada de propuesta.
"Se lo dejamos contratado, ¿verdad?".
A lo mejor no era tan mala idea emular el productivo ingreso de mi hermano y las musarañas de la apatía podían esperar, no se iban a mover de la habitación.
-¿Qué sistema de clasificación usas? ¿la CDU? -la pedantería de mi pregunta fue algo intencionada. Por unos segundos sentí la necesidad de autoafirmarme como persona aún útil para algo.
-Y dice el tío que "era" bibliotecario -intervino Carlos, riendo.
-Eso se llama defecto de profesión -añadió Laly siguiéndole la broma.
Nos echamos a reír. Los tres. Yo también.
Pensé que sería bueno añadir a los de allí los libros desperdigados en las estanterías de la Sala de TV, pero era evidente la imposibilidad por falta de espacio. Aún así, algo se podría hacer.
Carlos empezó a organizar unos cuadrantes en unas cartulinas para lo del torneo de ajedrez y Laly sacó de un armario un archivador. Lo examinó brevemente y me lo dio.
-Este es nuestro sistema de clasificación, Daniel. A lo mejor te suena -dijo.
Siempre me había fascinado la caligrafía de mi hermano. Su simple trazo, serpenteante, databa de una genialidad de la que él no había terminado de tomar consciencia.
La mía, en cambio, era vulgar e impersonal, confundible a la de cualquier otra persona.
Comprobé que, en su día, mi hermano Jorge había creado su propia CDU. Algunas materias coincidían literalmente con las del reglado sistema de ordenación. Lo mejor eran las presentaciones que antecedían a cada una de ellas en aquel viejo archivador. Unos rápidos dibujos a tinta con los rótulos sobreimpresos en ellos. Ciencia ficción. Arte. Novelas.
La huella de los Gerón en el manicomio volvía a hacerse presente.
Mientras analizaba tan valioso material, Laly encendió el ordenador al que los locos teníamos vetado el acceso.
-Mientras tú estás con eso, yo voy preparando la sesión para hoy antes de que lleguen los demás, ¿te parece? -dijo, y se puso a lo suyo.
Me entristeció pensar que la espontánea intimidad que había surgido entre los tres iba a esfumarse en cuanto los demás locos empezaran a llegar en busca de su terapia diaria.
Decidí, entretanto, ponerme con las películas. Entre carátulas desgastadas, con carteles fotocopiadas en blanco y negro, resaltaba una nueva y brillante, aún precintada, de vivos colores. Azul, rojo y amarillo.
-¿Puedo abrirla? -le pregunté a Laly, enseñándosela para que supiera a qué me estaba refiriendo.
-Claro, ¡están ahí para eso!
-Los miércoles hacemos un cine fórum -dijo Carlos.
-¿Te gusta Almodóvar? -quiso saber Laly.
-Sí, mucho -respondí mientras un escalofrío estremeció todo mi cuerpo y me delató con ojos vidriosos.
Podría ver esa película más de las diez veces que ya lo había hecho y no dejaría de emocionarme nunca, sólo con ver su cartel.
Todo sobre mi madre era, para mí, una de las grandes obras maestras del cineasta manchego.
Laly dejó el ordenador a un lado y se acercó a mí cuando descubrió que me había puesto a llorar.
Otra vez.
¿Las lágrimas no se me iban a agotar nunca?
-¿Cuánto puede llegar a remover una película, ¿a que sí?
Laly me hubiera abrazado de no ser porque me alejé como un animalillo indefenso y asustado. Pero sí, tenía razón. Era una película de la que, con cada nuevo visionado, podías descubrir nuevos matices, en fotografía, guión, escenas.
Y como toda gran película, excelente banda sonora.


Tajabone, dejne, Tajabone.
Tajabone abduh u jam mal hy ajmhal ja mahle kala.

Ja we eteeko da uzee seroon...

Mumun muhnida dagam du linga'n.
Mumun muhnida dagam won n'ga.

Ha we he ch'ticoon.
Da nun ze zerun.

Mumun muhnida dagam du linga.
Mumun muhnida dagam won n'ga.

Tajabone, dejne, Tajabone...

Pedro Almodóvar acompaña una de las escenas más conmovedoras de su película con esta -aparentemente triste- canción popular senegalesa interpretada por Ismaël Lo que, según descubrí una vez que la googleé, habla de la fiesta de la alegría, tras el Ramadán, donde los niños vestidos de niñas y las niñas de niños salen a la calle pidiendo como premio después del mes de ayuno comida y bebida.

Tajabone, nos vamos a Tajabone.
Abdou Jabar bajará de los cielos directo a tu alma.

Él te preguntará si has orado.
Él te va a preguntar si has ayunado.

Llegará hasta tu alma.
Llegará hasta tu alma y te preguntará si oraste y ayunaste...

Analogía del aguinaldo occidental, anacronismo del travestismo musulmán. 
La Agrado, ficticia, pero tantas otras transexuales y travestis reales se prostituyen jugándose a diario la vida y la salud en los alrededores del Camp Nou. 
Un enclave que visité al salir del Centre d'Investigació de Medicaments Sant Josep uno de los días que estuve participando en el ensayo clínico. Creo que hasta se me llegó ocurrir la idea de recurrir yo también a esa forma de vida para intentar solucionar el robo de los rumanos y la carencia de nómina de la biblioteca.
Hacía ya más de un año cuando todavía albergaba esperanzas de una vida en común con Juanjo en Barcelona.
En realidad nunca he andado muy bien de la cabeza.
-Una vez intenté vivir en Barcelona -pensé, de repente, en voz alta, con la película en la mano.
Ciudad enquistada en mi alma.
-¿Ah, sí? Preciosa ciudad, ¿verdad? -Laly no cesaba en su intento de acercarse a mí.
Decidí darle el gusto, y contesté:
-Sí, aunque fue el principio del fin...
Ella levantó las cejas esperando que siguiera pero sin querer insistir para no abrumarme.
-Pedí una excedencia al Ayuntamiento para irme a vivir allí con mi ex pareja, que llevaba unos meses trabajando allí.
-¿Y...? -Carlos era, sin duda, mucho menos discreto que Laly.
-Pedimos... -agaché la cabeza para esquivar sus miradas y poder seguir contando- Bueno, pedí, un préstamo al banco porque teníamos que amueblar por segunda vez el piso y pagar todos los gastos iniciales. En lo que encontraba algún trabajo para ir tirando y no dejar de contribuir con mi parte, mi ex me dijo que se había enterado de que buscaban gente para... -volví a sentir vergüenza, respiré hondo y continué- ...Gente para participar en un ensayo clínico...
-¿Un ensayo clínico? -me interrumpió Laly, sorprendida.
-Sí... -empezaba a arrepentirme de haberlo dicho.
-¿De qué medicamento, Daniel? -insistió ella.
-Pues, no sé... Algo para la diabetes creo...
-¿Metformina? -preguntó inmediatamente la monitora.
-¡Sí! ¡ése! ¿Por...
-No, no, por nada; sigue, sigue... Te escucho, pero me pongo con el ordenador que la gente va a llegar de un momento a otro, ¿vale?
Mientras seguía contando porqué aquel recuerdo se había posado en mi cabeza al haber descubierto de entre los documentos apilados en la Sala de Terapias Todo sobre mi madre, con disimulo, eché una ojeada a la pantalla del ordenador de Laly para comprobar que efectivamente no estaba preparando ninguna sesión.
Yo también había sido funcionario.
No obstante, no pudo dejar de llamarme la atención descubrir cuál era la información que estaba buscando en internet. Más aún cuando reiteró:
-¿Cuándo te sometiste a ese ensayo, Daniel? ¿Qué dosis tomabas? ¿lo recuerdas?
Me descubrió husmeando y giró la pantalla del ordenador en un vano intento porque yo ya había visto lo suficiente.

Efectos adversos para metformina. Frecuentes: alteraciones en el sistema nervioso, trastornos depresivos.

Cabronazo de mierda. 
¿Cómo podía haber sido tan hijo de puta?
¿Cómo tuvo la sangre fría no sólo  de permitir, sino promover, que me sometiera como conejillo de Indias a aquel experimento?
Juanjo bien conocía los posibles efectos secundarios porque había sido informado previamente. 
Antes que yo, cuando estaba todavía en Daraquiel, él había hecho la entrevista para ser seleccionado.
Él mismo desechó su candidatura porque cuando le preguntaron por reacciones adversas a medicamentos como el paracetamol dijo que le daba gases y que "no quería estar tirándose pedos en el zoo todo el día".
Qué rastrero.
Fue él quien me dio las precisas pautas a seguir para asegurarse que a mí no me descartaran.
-Si te preguntan por antecedentes familiares de cualquier tipo de enfermedad di que no a todo, recuérdalo bien. No se te ocurra contar ni lo de tu padre ni lo de tu hermano.
Juanjo puso de precio a mi salud los 1400 cochinos euros que pagaban por someterse al puto ensayo.
Un último revés que me hizo entender, por primera vez, en primera persona, aquella trillada frase de que del amor al odio sólo hay un paso.
Quien merecería estar internado en aquel maldito manicomio con aquella maldita depresión era él.  
Qué miserable.



martes, 8 de abril de 2014

CAPÍTULO XLIII: Día 2. Terapia: Carlos.

Trastorno neurológico, infancia traumatizada, ansia de venganza; a veces pudiera ser simple y superlativa imbecilidad y/o ignorancia. O hasta malicia adquirida con los años y los palos.
Cualquiera de esas opciones me valdría para no aceptar el horror de la maldad innata del ser humano. Pero analizando pasado, informando presente y presagiando el que parece ser un inevitable y desesperanzador futuro; uno se rinde a la evidencia. El ser humano es malo por naturaleza.
No hay más. Retorcidos y crueles. Invenciones tan potencial como peligrosamente creadoras.
En la mayoría de religiones es así, pero especialmente en la católica que es la que he mamado desde niño y bien conozco. Una explicación de relato de ciencia-ficción data nuestro origen en la imagen y semejanza de un Dios cuando, en realidad, viendo nuestro comportamiento, podríamos haber salido de las entrañas del mismísimo demonio.
Adán y Eva. El pecado original. Desobediencia, imantación instantánea ante la primera tentación. Una manzana prohibida, una hipnótica serpiente, una femme fatale y la traición está servida. No son casuales los iconos elegidos para la supuesta metáfora.
La consecuencia: el destierro. El exilio del Paraíso Celestial.
Por definición católica, la Tierra es el inhóspito lugar diseñado para el castigo. En ella, la vida deja de ser eterna para convertirse en un efímero deambular susceptible a todo tipo de ataques, enfermedades y perrerías -en sentido figurado ya que son ejecutadas por congéneres humanos-. "Gozamos", desde ese momento, del envenenado regalo de la libertad. Tenemos vía libre para hacer sufrir y sufrir en nuestro infernal mundo.
Gestamos bellísimas obras, ingeniosísimas invenciones pero también horripilantes instrumentos de tortura para provocar el máximo dolor. Todo ello ocurre (ocurrió y seguirá ocurriendo) ante la atenta e incomprensiblemente impasible mirada de quien nos vigila y nos consiente, inmóvil desde su privilegiado y universal campo de visión. Quien supuestamente todo lo puede opta por cruzarse de brazos reservándose para un Juicio Final que nunca va a ser justo porque hay daños que no tienen restitución posible. Limbo, infierno (quizá volver a la Tierra) o purgatorio; según un ambiguo baremo de lo bien y lo mal hecho.
El infierno no debe ser muy distinto a nuestro mundo. Un conjunto de malas personas que se consumen en las llamas de su propia maldad.
Queru y yo contemplábamos aquellas atrocidades expuestas como vestigio de algo que cuesta creer que de verdad pasara, sin saber muy bien qué comentar entre nosotros.
Nos topamos con aquella exposición en Toledo cuyo título -"Antiguos instrumentos de tortura"- despertó nuestro morbo y nos hizo entrar por inercia.
Unas cartelas identificativas presentaban y explicaban el "modo de uso" de aquellos diabólicos aparatos, calculados para doler lo máximo posible y alargar hasta el límite la agonía.
Barbaries de tal envergadura como el aplasta cráneos que consistía en apoyar la barbilla del reo sobre la barra inferior mientras que, poco a poco, por la progresiva presión del tornillo superior, el casquete iba empujando, literalmente, aplastando la cabeza de la víctima.
¿Qué clase de mente pudo idear semejante escabechina? ¿cómo podía el verdugo ir girando ese tornillo hasta provocar la muerte? 
Y lo que es aún peor, ¿cómo se podía actuar así en nombre de una Iglesia que pregona el perdón y la bondad como fundamento?
La garrocha, por su parte, tumbaba boca arriba al ajusticiado para hacerle un corte en el estómago, engancharle las tripas e ir tirando de ellas hacia arriba de modo que fueran saliendo de sus entrañas ante su propia mirada, delante de sus narices; y al no ser una herida letal, no perdiera la consciencia y pudiera asistir a su propia mutilación.
¿Puede haber una sensación más horrible que verte destripado?
El garrote vil, la guillotina, el potro italiano que dislocaba articulaciones, desmembraba vértebras y desgarraba músculos; tenazas calentadas al rojo vivo que oprimían pezones y penes y otros artilugios que, además del sufrimiento personal, buscaban el dantesco espectáculo público. Así, el pífano de las bacanales o la jaula colgante, donde los torturados, desnutridos y achicharrados cuerpos permanecían en putrefacción hasta el desprendimiento de los huesos para mayor escarmiento y terror de quienes pasaban por allí y contemplaban el espectáculo.
Me sentí ridículo sufriendo por Juanjo tras ver aquello, vulgar e insignificante por creer que María José había ido tras mis pasos, encomendada por mi jefa, dentro de su plan de destrucción.
Un extraño fin de semana en Toledo que, inevitablemente, sugestionó aún más mi temor a represalias, arrastrado desde mi reincorporación a la biblioteca después de Barcelona.
-¿Quién era María José? -me preguntó Carlos desde su cama. Ya habían dado el toque de queda y mi narración, a oscuras,  en un manicomio, adquiría tintes terroríficos.
Y quizá los tuviera. A día de hoy aún me quedan dudas, pero casi pondría la mano en el fuego por asegurar que cuando me dirigí al coche para volver a Daraquiel, vi a María José trasteando en él. Que aquello fuera una visión real o una alucinación ya no lo sé. Por entonces ya se me había empezado a ir la cabeza.
Y que el porrazo que tuve después en la carretera estuviera relacionado con aquello o no nunca lo sabré.
-¿Y por qué iban a querer provocarte un accidente que podría haberte costado la vida? -mi compañero de habitación parecía realmente interesado en lo que le estaba contando.
-Porque en aquella biblioteca yo llevaba meses siendo un problema. Para mi ex jefa por haberle destapado ante el Ayuntamiento y para María José por seguir siendo el obstáculo que impedía conseguir su ansiada plaza de bibliotecaria -respondí sintiendo que estaba como una verdadera cabra.
Aquel fin de semana en Toledo intenté y no pude tener sexo con mi cita a ciegas. Un adorable hombre que me mimó todo lo que pudo y que quiso, sin éxito, entrar en mí, no sólo en el sentido de la penetración sexual.
Yo no tenía ni los sentidos ni las emociones en aquella habitación de hotel que habíamos pagado a medias.
Sin ser consciente del todo, había planeado ese viaje a Toledo para algo más que conocer a Queru.
Quería interrogarle para confirmar que en alguna de sus navegaciones por los chats para gays había coincidido con un asiduo y omnipresente Juanjo que buscaba, estando aún conmigo, lo que yo no sabía darle.
Tampoco visité el Archivo Histórico por simple curiosidad, iba buscando recabar datos sobre la genealogía de Justina Villalonga Negrete. Y elegí de entre las distintas opciones de rutas guiadas por la ciudad la que intuí que podía aportarme algún dato relevante o esclarecedor sobre los orígenes de las brujas de Daraquiel.
Esa información la obvié ante Carlos porque, aún estando ambos ingresados en un psiquiátrico, me parecía demasiado demencial.
Me centré en los detalles del accidente con el coche.
-Supongo que perdí el control -no sólo del coche, en aquel viaje de vuelta a Daraquiel empecé a perderlo sobre mí mismo- y me patinaron las ruedas -¿o María José las había pinchado?-, di un volantazo y descarrilé.
Por desgracia, sobreviví y fue desde ese mismo momento cuando empecé a querer morirme. Una odisea de intentos suicidas que me habían llevado a estar contándole mi vida a un desconocido del que ni siquiera sabía porqué estaba allí ingresado como yo.
No me atreví a preguntarle. De alguna manera, contárselo yo a él me estaba sirviendo de desahogo. Tener que narrar cronológicamente desde qué momento empezó a gestarse mi locura esclareció, en parte, porqué había llegado al límite de intentar quitarme la vida.
Una decisión que ni siquiera otro loco  podía alcanzar a entender.
Qué paradójico.
El accidente no me costó ni una semana de baja, y en la biblioteca nadie parecía haberle dado mayor importancia. Nadie más que yo, que me obsesioné pensando que era mi jefa quien había querido matarme con su particular sicaria.
-¿Tienes pruebas que demuestren que eso fue realmente así?- me preguntó Carlos cuando me di cuenta de que al final se lo había contado todo.
-Me fui antes de poder conseguirlas.
-¿Dejaste el trabajo?
Aquella pregunta me partió por dentro y las lágrimas me enmudecieron impidiendo que pudiera seguir con la narración.
Cuando sentí que Carlos dormía, saqué el cordón del pantalón de mi pijama y me lo anudé al cuello. Todo lo fuerte que pude. Apreté y apreté hasta notar que se me hinchaban las venas y que me costaba respirar.
Deseé haber tenido la sangre fría de un verdugo de la Inquisición para no haber terminado desanudándomelo.
Cobarde de mierda, te da tanto miedo morir como vivir. Me lo repetí varias veces hasta que me dormí.



martes, 12 de noviembre de 2013

CAPÍTULO XLII: Día 2. Terapia: el Doctor Correa.

XLII.
DÍA 2.
TERAPIA: EL DOCTOR CORREA Y CARLOS.

Por un momento llegué a creer que sería distinto, que igual me estaba equivocando al haber metido en el mismo saco a todos los profesionales de la salud mental pero al final, como siempre, antes o después, el camello que todo psiquiatra lleva dentro terminó saliendo.
-Bueno, Daniel, vamos a retomar el tratamiento después de estos días de desintoxicación. Para irnos regulando, si le parece.
No, no me parece pero... ¿acaso mi opinión importa algo?
-Vale.
Bajé la cabeza para enfocar mi mirada en el bloc de dibujo que tenía entre las manos, apoyado en el regazo. Me lo había traído mi madre junto al estuche por si me apetecía dibujar, ya que esa era una de las pocas opciones de materiales de ocio traídos del mundo exterior que permitían en el manicomio (aún así, me fue confiscado el sacapuntas por su cuchilla, susceptible de ser usada como arma suicida).
-¿Y lo de la metadona? -pregunté cuando esquivé suficientemente su mirada.
-Daniel... ¿consume Usted drogas?
No entendía ese tratamiento de Usted, estúpida e innecesaria cortesía para tratar a un paciente, un loco de mierda. 
-No... No que yo sepa -respondí.
Abrí el bloc para revisar el dibujo que había estado haciendo antes de que amaneciera, antes de que llegaran las enfermeras con todos los avíos para la ducha. Cárcel diseñada para evitar todo intento suicida: ni siquiera nos dejaban en la placa de ducha las alcachofas con su cordón, inofensivo utensilio que allí se consideraba una posible soga para ahorcarse. Cuando así lo entendí sin que nadie me lo explicara comprendí justamente por qué estaba allí encerrado. Y por qué debía seguir estándolo cuando por la noche estuve sacándole el cordón a los pantalones del pijama con idea de anudármelo al cuello. Supongo que seguía siendo un peligro para mí mismo.
-Verá, puede ser que los resultados de orina dieran positivo por las cantidades y la mezcla de medicación que tomó. En ocasiones dan porcentajes parecidos. A veces han ingresado personas de más de setenta años con cuadros clínicos casi idénticos a intoxicaciones etílicas o de marihuana. 
A punto estuve de explicarle mi temor de haber sido violado, mi absoluta laguna mental, mi ano escocido y lo viscoso de lo que había echado al ir al baño, muy semejante al semen de Juanjo almacenado en mi intestino tras sus salvajes embestidas. Mi demencial hipótesis obtenida en otra noche de insomnio como búsqueda de explicación racional a lo que para mi hermana Bea y el resto de médicos del otro hospital era una evidencia innegable.
-¿Puedo ver sus dibujos? -me preguntó el Doctor Correa, evidenciando lo afirmativo de mi respuesta y extendiendo la mano para coger mi bloc.
Con un rictus de interés que por primera vez en toda la consulta me pareció sincero, contempló los esbozos que había estado haciendo a intervalos la madrugada anterior, después de la visita de mi madre.
-¡Vaya! ¡Es Usted un verdadero artista!
Me sonrojé.
-¿Puedo preguntarle?
Dispare. Total, ya no tenía más que ocultar.
-¿Qué representa este anillo en el dedo gordo?
Durante unos segundos de arrogancia pensé que tenía razón. Aquel esbozo a lápiz de mis pies desnudos apoyados sobre el poyete de la ventana rejada de la habitación pretendía emular la que para mí era una de las pinturas más desgarradoras de Frida Kahlo: Lo que el agua me dio.
Respondí enseñándole mi "anillo de compromiso", todavía clavado en mi dedo anular. Había querido deshacerme de él en más de una ocasión, incluso fui capaz de dejar de llevarlo por unos días pero había decidido volver a ponérmelo con idea de que actuara de vestigio (o venganza servida en plato frío) para que, cuando se hubiera encontrado lo que debería haber sido mi cadáver, quedara claro el motivo de mi decisión. Sí, supongo que, en lo más irreconocible, pretendía culpabilizarle con esas letras grabadas con su nombre en el reverso del anillo. 
Juan José.
-Me lo imaginaba -contestó el Doctor Correa para luego añadir: -Voy a hacerle otra pregunta, y me gustaría que fuera realmente honesto: ¿de verdad cree que la pérdida de una persona es motivo suficiente para intentar matarse?
No, claro que no, ahí radicaba el germen de mi locura, la distorsión de mi visión.
-Supongo que no... -dije, poco convencido y en voz baja.
-¿Le puedo preguntar por su padre, Daniel?
Le faltó tiempo. Dichoso temita del que ya empezaba a estar más que harto.
-Pregunte lo que quiera, doctor, pero...
Me arrepentí profundamente de no haber sido capaz de dar ese último salto. Salto al vacío. Fin del sufrimiento. Me pasaba madrugadas enteras con los ojos cerrados y tomando aire sentado en el borde de la ventana de la terraza lavadero de casa de mi madre queriendo saltar, contemplando embelesado el abismo a mis pies, contando a la de una a la de dos y a la de tres... Y echándome para atrás en el último momento. Era un quinto piso, moriría seguro... ¿o no? ¿podría quedarme vegetal quizá, postrado en una cama? En tal caso, ¿la pesadilla mental seguiría?
-Dígame, por favor... ¿cree Usted que va a heredar su enfermedad?
Otra vez empezar a llorar.
-No puedo decirle que existen ciertas probabilidades, Daniel, por estadística. Probabilidades de heredar mayor propensión a generar algún trastorno mental, pero no necesariamente a desarrollarlo y no necesariamente a ser más susceptible de padecerlo que cualquier otra persona sin antecedentes familiares. Y, mucho menos, no necesariamente a acabar como su padre.
-Usted también lo trató, ¿no?
-Sí, claro, era paciente y colega. Un paciente difícil, no se lo voy a negar. Llegó a mi consulta después de que varios compañeros se rindieran a seguir llevándole. Ya sabe, en casa del herrero cuchara de palo, y los médicos somos los peores enfermos. Su padre, además, era un hombre muy inteligente y, como tal, a veces arrogante y soberbio.
Aquel maldito psiquiatra estaba dando en el clavo.
-Usted no es como él, me va a permitir... Sus conocimientos, por lo que tengo entendido, son más "abstractos" que "científicos". Usted es más humanista y estoy seguro de que todo lo que dibuja y escribe son prueba de su gran capacidad de introspección y comunicación. Su padre era una pared con la que chocabas una y otra vez. No había manera de sacarle una palabra cuando se cerraba en banda y tenía un carácter violento que Usted no tiene. Además de la de su padre, Usted también tiene la información genética de otra persona. Una persona extraordinaria, con una entereza y fortaleza física y mental que ya quisiéramos muchos.
Mi madre. Mi santa madre. Mi desgraciada madre. Primero su marido, luego su hijo mayor y ahora el pequeño haciendo el tonto con pastillas.
-No creo que ella tuviera una infancia más fácil que la que tuvo su padre. Si no recuerdo mal, ella también se quedó huérfana siendo a penas adolescente. Y mírela.
-Ella cree en algo. Yo he perdido todo en lo que creía -pensé en voz alta. -Ya ni si quiera dispongo del control de mis propias emociones.
-Nadie en este mundo dispone de ello, Daniel, créame. Es humanamente imposible elegir qué sentir en cada momento. Nuestros cerebros funcionan por meros neurotransmisores electroquímicos. Los trastornos mentales son algo tan aleatorio como puede serlo cualquier otra enfermedad, con algunos condicionantes e incluso posibles desencadenantes; pero que no siempre podemos establecer.
-¿Y por qué me habla de la infancia de mis padres? Deme las pastillas nuevas y esperemos los tiempos terapeúticos. No hay más.
-Se equivoca. Claro que tiene que ser medicado y claro que tiene que reestablecerse su equilibrio mental, pero si piensa así ya podemos recetarle los mejores fármacos que no se va a recuperar.
-¿Y por qué no me tienen sedado todo el día con suero y medicado vía intravenosa? Así todos nos ahorraríamos quebraderos de cabeza y a los tres, seis, doce meses o el tiempo terapeútico que sea me despiertan y comprobamos si me han hecho efecto o no los nuevos antidepresivos.
-Estaría bien, ¿verdad? -sonrió levemente-. Los psiquiatras, a diferencia de la oleada psicologista que desde principios de siglo busca una explicación comprensible para todo el mundo en el surgimiento de cualquier trastorno mental, seguimos defendiendo nuestra profesión y nuestros tratamientos porque nos basamos en la evidencia científica de la biología del cerebro humano, que "ordena" las sensaciones de bienestar o malestar a raíz de estímulos externos. Digamos que nuestro ánimo es flexible, parte (en condiciones normales) de un estado "neutro", preparado para inclinarse hacia un lado u otro en función de los agentes externos que reciba, preparado para sentir alegría cuando recibimos una buena noticia y tristeza cuando perdemos a un ser querido; tan sencillo como cuando disfrutamos con una copa de buen vino si nos gusta el vino. Los psicólogos más extremistas recurren a la psicoterapia para rebuscar en el pasado de cada uno el origen desencadenante del trauma; por eso, siempre rastrean en los árboles genealógicos y en las historias familiares más escabrosas, en historias escondidas en el fondo de la mente, en la memoria selectiva que escoge con qué recuerdo quedarse y con cuál no, enterrándolo en la inconsciencia. Psicoterapia, regresiones hipnóticas, dinámicas personales y de grupo para tratar y explicar emociones y sentimientos que no siempre son explicables de un modo argumentado porque, en realidad, se producen en el cerebro de forma espontánea, como reacción a un estímulo, sí, pero incontrolablemente.
-Entiendo... -era verdad, su cercana y comprensible explicación me estaba resultando bastante esclarecedora.
Yo me propuse un objetivo inalcanzable y además me lo exigí con tanto ahínco que se me terminó escapando de las manos (o, seguramente, nunca estuvo bajo mi control): una absoluta represión de sentimientos y un agotador autocontrol de las emociones desde que Juanjo me dejó. Fui consciente de la pena normal y permitida por su pérdida desde el principio, la sentí, la viví, la permití y creo que hasta la compartí hasta que empecé a considerar que ya estaba siendo más de la cuenta, que estaba pasando de castaño a oscuro y empezaba a afectarme anormalmente, en mi vida cotidiana. Salta entonces la señal de "alarma" en mi cerebro que no gestiono adecuadamente por el temor a las reminiscencias de mi padre y de mi hermano. La química de mi cerebro terminó produciendo, así, uno de los sentimientos más devastadores y paralizadores del mundo: el del miedo. Y con él, la caída empicado, la culpabilidad, la autoagresión y las ideaciones suicidas.
Sugestión, pena, miedo y culpabilidad ingredientes de un cóctel de difícil digestión ante el que reacciono con la negación. No me pasa nada. Y si me pasa, lo superaré sin ayuda de nadie. Firme y quebradiza creencia de que era tan fuerte que podía con aquello. Cuando Daraquiel y la biblioteca se me vienen encima, decido en un arrebato largarme de allí, precipitadamente; hacia un macabro destino. Descabellada renuncia voluntaria a lo más sagrado para un país que se va a pique por una crisis económica: un puesto de trabajo estable. Pero en aquel momento sólo quería salir de aquel endemoniado pueblo, librarme del mal de ojo de la que por entonces todavía era mi vengativa jefa.
Me cegué buscando lo último que encontré, lo que quizá nunca tuve: la felicidad.
Sentir que has estado viviendo una completa mentira sobre la que has depositado todo tu ser es realmente jodido.
Mis neurotransmisores mentales acumulan un batiburrillo sentimental que adquiere dimensiones de bomba de relojería a punto de explotar. El sentimiento hacia Juanjo es un sentimiento boomerang que va y viene, y en el que también influyen negativamente factores propios de mi personalidad. Inseguridad, autoestima inconstante, nivel de autoexigencia demasiado alto. Vagón descarriado de montaña rusa volando por los aires después de la mayor de las negligencias.
La locura surge de la "necesidad" de encontrar qué sentir hacia él, para lo que consideré imprescindible entrar en aquella espiral sin salida de investigaciones y elucubraciones. Como si pudiera elegir un único sentimiento y desenmascarar una mentira cultivada desde hacía tanto tiempo.
El Doctor Correa me habló de una continua obsesión por mi parte: la de reafirmarme como persona autosuficiente que no necesita de nadie y que se aleja ante el menor indicio de dependencia.
Sí, no era la primera vez que ponía tierra de por medio ante una situación que no sabía afrontar.
Tendría que haber muerto cuando tuve el accidente de coche volviendo de aquel extraño fin de semana con el tal Queru, amable personaje que de haber aparecido en otro momento de mi vida podría haberse convertido en incondicional salvavidas.
Así, también empecé a creer que quizá aquel muchacho, mi compañero de celda, Carlos, estaba acercándose a mí sin malas intenciones. En un intento de supervivencia quizá.
-¿Quieres sabes por qué estoy aquí? -le pregunté, a lo que él respondió:
-Sólo si me lo quieres contar.
Narré la historia desde el principio: aquel fin de semana en Toledo que marcaría un antes y un después en mi vida.  



viernes, 6 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLI: "Dejar ir".

XLI
DEJAR IR.

“…Ahora me besaba y me abrazaba, haciendo ruidos extraños y divertidos. Me peinaba con la mano, estirándome el pelo hacia atrás, y se detenía un instante, de tanto en tanto, para mirarme. Era delicioso. Notaba su piel fría y dura, su pecho desnudo –a pesar de lo establecido al respecto, siempre me han repugnado los hombres peludos–, e intuía por primera vez que aquello acabaría pesando sobre mí como una maldición, que aquello, todo aquello, no era más que el prólogo de una eterna, ininterrumpida ceremonia de posesión…
…Entonces comenzó la clase teórica, la primera…”.

Las edades de Lulú, Almudena Grandes.

No me la metí en la boca cuando Juanjo se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera y se la sacó con esa clara intención, en el coche de su padre, en nuestro segundo encuentro, por remilgo y escrúpulo más que por falta de ganas.
Era hermosa. No tan grande como él se creía. Normal. Pero arrogante, imponente. La mostraba tan orgulloso, tan erecta, que realmente resultaba apetecible.
Mi lengua se detuvo debajo de su ombligo. Quería recorrer su torso una vez más.
-Joder, ahora no puedes dejarme a medias… –refunfuñó.
Era el segundo enfado de aquel día.
El primero había sido en una de las aulas a la que entramos cuando me estuvo enseñando la que por entonces –los meses de verano que retornaba a casa de los padres para las vacaciones de la facultad– era  su morada.
Su padre era el bedel del colegio del pequeño pueblo de sierra donde vivían, y tenían allí mismo su casa (hasta entonces, pensaba que eso ya no se estilaba), en un edificio aparte, junto a la entrada al recinto escolar, pero separado de las aulas y del patio.
Un plan que sonaba interesante cuando me lo propuso, a pesar de lo poco que me gustaba sentir “estar metiéndome en familia” de alguna manera y tan pronto (relativamente, eso sí, porque aunque en su casa lo sabían, el matiz de que el mediano de los tres hermanos varones en vez de aparecer con novia alguna vez había venido acompañado de otro hombre se tapaba con ese transparente y tupido tamiz silenciador y excluyente del tabú; y, en todo, caso, habíamos acordado que yo sería presentado como un simple amigo, sin más coletillas que aunque hubiéramos querido añadir no habríamos podido).
De hecho, hizo que me quitara la gorra que llevaba puesta, una de mis preferidas por nada especial, por simple apego sentimental, cuando me recogió a la entrada del pueblo antes de que me vieran sus padres porque le pareció demasiado moña.
Una evidencia más que innecesaria, “evitable”. Fue lo que me dijo.
Él iba con su “varonil” –milimétricamente recortada– barba de tres días, sus depiladísimas, negrísimas, artificialmente finísimas cejas (él mismo reconocía que a veces se pasaba con las pinzas y que se las dejaba como las de una “boliviana putona”) y su andrógina hechura caderona, más ancha que de hombros, de glúteos prietos y respingones pero también algo afeminados.
Una vez ofendí su orgullo de machito homófobo –paradoja que se hacía comprensible al conocer un poco a su padre y percibir el latente rechazo que sentía por su hijo maricón, mientras que para su madre era su ojito derecho y, para todo el pueblo, el guapo y el listo de los tres hermanos; hechos que forjaron en la personalidad de Juanjo un raro cóctel entre narcisismo y autonegación– con  lo que pretendía ser un piropo. Le dije que cuando se quedaba dormido desnudo recostado de lado, de espaldas, me recordaba a la tersura del impoluto y terso mármol de las nalgas del Hermafrodito durmiendo del Louvre.
Siempre esquivaba el tema por un inconfesable complejo que su exceso de vanidad no podía consentir –en general, su culo era terreno vedado porque él, además, se jactaba de tener en la pareja el rol de “activo”, supongo que para sentirse así “más hombre”– y, desde aquella vez, yo aprendí a no hacer ninguna alusión más a esa parte de su cuerpo que a mí, en cambio, me chiflaba.
Cuánto cinismo e hipocresía que en aquel momento me pasaron inadvertidos, obcecado como andaba en la única idea de causar buena impresión. A él y a sus padres.

Dejar ir…

Un fin de semana en su casa, con sus padres y sus hermanos, en su colegio, que en verano estaba vacío, entero para ellos, y donde ponían una piscinita de estas desmontables y apañadísimas del Decathlon; donde podían usar las dependencias del centro educativo para poner la mesa de ping-pong, o el salón de actos para ensayar con los amigos. U organizar una liguilla en el campo de fútbol del patio. O lo que quisieran.
Un sueño recurrente en mi ideario infantil. Asaltar el cole a escondidas para conocer a los fantasmagóricos personajes que estaba convencido que lo habitaban, salidos de entre las paredes, cuando alumnos, profesores y demás personal cumplían su jornada y se iban.
Ilusión cumplida que, como siempre, al hacerse real, mucho distó de lo imaginado en mi florida visión de ingenuo renacuajo.
El aula vacía, sin más ventilación que un enano ventanuco que no se debía abrir desde que terminaron las clases a juzgar por el tufo a humedad que desprendía, improvisado gimnasio del padre (además de bedel, misógino y retrógrado era culturista aficionado, trinquete sin apenas cuello y de talante desaprobador) con unas mancuernas y una tabla de abdominales en una esquina, fue el escenario de nuestro primer beso, interrumpido espontáneamente por mí.

Dejar ir…

-¿Qué haces? ¿Por qué me apartas? –supongo que el tiempo tiñe y desvirtúa las sensaciones pasadas, pero en aquel momento le recordaba haber sido bastante desagradable conmigo–. Nunca nadie antes me había quitado la cara. ¿Crees que has venido solo a ver el colegio y a jugar al ping-pong?
Claro que no. Había ido a lo que había ido. Estaba claro. Así se estableció desde el principio con el descarado tonteo que habíamos mantenido por el chat en el que nos conocimos. Y más cuando confirmamos la mutua atracción física de vernos en las fotos de nuestros perfiles virtuales la primera vez que quedamos en persona.
Pero tampoco me parecía apropiado darnos el lote con su familia pululando por ahí, pudiendo ser sorprendidos en cualquier momento.
Cambiar recato por morbo: segunda clase teórica.
Algo que le hacía todavía más deseable, especialmente en un momento como el que yo atravesaba, de pseudo-voluntaria abstinencia sexual en plenos veinticinco, donde las hormonas masculinas viven como una segunda adolescencia (volví a los contactos por internet tras casi nueve meses esperando a que ese “alguien” se cruzara casualmente –causalmente– en mi vida, sin buscarlo expresamente en la red, cuando aún creía en las almas gemelas en otra de mis absurdas ocurrencias).
Supongo que siempre he apuntado maneras de desequilibrado. 

Dejar ir…

-¿Daniel Gerón?
Estaba tan absorto con el libro en la mano que la enfermera debió pensar que su contenido me había abducido a otro planeta. Pero, aunque así hubiera sido, que me llamara por mi apellido me reubicó inmediatamente al patético aquí y ahora.
A aquella maldita cárcel disfrazada de hospital que tan bien conocía, no solo desde hacía menos de un mes cuando había ingresado otra vez casi en las mismas condiciones. Sino desde hacía años, cuando de pequeño mi madre me llevaba a rastras para ir de visita a ver a mi padre, asiduo paciente de aquel lugar, famoso entre todos los psiquiatras de la provincia porque además de colega de profesión, era un enfermo con muy mala evolución, soberbio como él solo y con muy malas pulgas. 
-Sí, soy yo –respondí, ridículamente.
Sí, el hijo de Jorge Gerón. Sí, el hermano de Jorge Gerón. De casta le viene al galgo. ¿Qué coño quieren ahora de mí? ¿por qué no me dejan en paz?
-Ya tienes el almuerzo listo. Está en la habitación, ve antes de que se te enfríe y luego sigues leyendo.
-Ah, gracias… ¿Qué hora es?
De nuevo volvía a no tener noción del tiempo. No sabía cuánto había empleado en leer parte de Las edades de Lulú y en rememorar ese primer contacto físico con Juanjo.
-La una, niño, aquí todo se hace muy temprano, pero te acostumbrarás, ya verás. Aquí no se está tan mal.
Aquella enfermera creía saber mentir.
Que un manicomio es de los peores sitios donde uno puede estar es una verdad universal, irrefutable.
Y más para mí, que preferiría antes la guillotina.
Aquel era el peor lugar donde jamás hubiera deseado terminar.
El verme ahí metido tornaba en real el mayor de mis miedos desde que tengo uso de razón: el de volverme majara yo también y que el mal de ojo de mi jefa, mi ex jefa, se terminara de cumplir.
La locura corría por nuestra sangre desde los ancestros más remotos de mi padre. Sabía que su abuela y su madre murieron jóvenes, en unas circunstancias que nadie aclaraba nunca, legando su demencia generación tras generación. Y su hermana, mi tía, que aún vivía, estaba igual de loca que él y se encargaba de recordárnoslo cada vez que le daba por llamar a casa de mi madre y maldecir a su hermano porque, incluso muerto, seguía jodiéndole la vida, según ella.
Puede que tuviera razón.
Mi hermano Jorge y después yo. Mi padre muerto seguía presente desde el infierno.

Dejar ir…

El tal Carlos parecía estar esperándome en su cama, enfrente de la mía, para comer.
-Hoy tiene buena pinta –me dijo en un fracasado acercamiento hacia mí que yo respondí con un desganado gemido.
¿Por qué no dejaban de intentar ser simpáticos conmigo? ¿Nadie se daba cuenta de que les odiaba tanto como me odiaba a mí mismo?
El remate fue cuando entró en nuestra habitación un esperpéntico ser de casi dos metros de largo, bastante chepudo, con un hilillo de baba cayéndole por la comisura de los finos y secos labios que dejaban ver una dentadura aún más espantosa, gimoteándole a Carlos.
-Hoy no tengo nada para ti, Alfonso, lo siento. El pimiento, como mucho si quieres. Que lo demás me gusta y tengo hambre.
El loco gigante desgarbado engulló aquel pimiento frito de un sorbo, como si fuera lo último que fuera a llevarse a la boca. Visto y no visto.
Luego se vino hacia mí.
Le ofrecí mi bandeja entera. No tenía nada de hambre.
Cuando los ojos empezaron a hacerle chiribitas ante el festín que iba a meterse entre pecho y espalda, apareció una de las enfermeras:
-¡No, no! ¡Ni hablar del peluquín! –gritó cuando vio la escena–. Tú, Alfonso, a tu habitación. Y te comes lo tuyo.
-Ya me lo he comío, pero ma quedao con hambre, ompare. Mabéis puesto poco –respondió Alfonso mientras terminaba de masticar, resbalándole por la barbilla una espumosa y nauseabunda mezcla de babas y aceite de la fritanga.
-Y tú, Gerón, cómete lo tuyo. ¡Hombre ya!
Una sola palabra, bien afilada, puede hacer más daño que un navajazo en la boca del estómago.
Gerón.
Hijo de Gerón, condenado a su locura. Castigado por no haberte conmovido ante su incomprensible sufrimiento, por acusarle de llorón debilucho. Arrogancia aplastada. Cada uno de los “a mí nunca me pasará lo mismo” que me repetía desde chico retumbaban ahora en mi cabeza como martillazos, ecos lejanos y burlones.

Dejar ir…

El momento siesta en el psiquiátrico es casi un ritual. La mayoría de locos medicados tras el almuerzo con ansiolíticos, antipsicóticos, antidepresivos y demás nubla-pensamientos cuerdos y no cuerdos; van cayendo poco a poco en sus camas, para tranquilidad de las enfermeras. Más o menos hasta las cinco de la tarde, hora fijada para aquellos pacientes –no muchos– que reciban visitas de familiares o amigos.
Ahora que he estado en las dos partes, ratifico que no es agradable entrar aunque sea como visita en un manicomio.
Tardé el tiempo de sentir su mano apoyándose en mi pierna para verificar que había dejado de soñar por unos segundos y que lo que mis ojos recién abiertos estaban viendo era real y estaba pasando justo en aquel momento, fuera la hora que fuera.
Uno de los rostros de hombre más hermosos que he visto en mi vida me compadecía con una mirada tierna y vidriosa. Era guapísimo. Tenía un color de ojos que no sabría establecer, entre verde, azul y miel; un camaleónico iris que parecía el de una aparición mariana cuando el fino haz de luz que entraba desde la ventana rejada y de persianas metálicas se reflejaba sobre él.
No sé en qué idioma me estaba hablando, pero sus ininteligibles palabras se traducían en la expresividad de sus ojos, abiertos y aún encendidos.
Llevaba una pelirroja barbita de chivo y la cabeza totalmente afeitada, acentuando aún más sus perfectos rasgos.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando me tocó.
Luego se fue, sin más, y me volví a dormir.
Cuando abrí los ojos de nuevo, me topé con mi madre sentada delante de mí conteniendo las lágrimas.
-Dani… Hijo mío… Por Dios…
No soportaba verla así. No soportaba que me viera así, allí. No me soportaba. No la soportaba. Solo seguía queriendo morirme.
-¿Cómo estás? Dime algo, por favor… –me suplicó.
No podía hablar. No había palabras para dirigirme a ella después de lo que le había vuelto a hacer.
Busqué un refugio que no encontré en las sábanas.
Volvía a llorar incontrolablemente.
Y ella también.
-Lo siento, Daniel, aunque te enfades… –dijo entonces–. Te he quitado todas sus fotos de tu habitación.

Dejar ir…

-No soportaba verlo cada vez que entraba ahí para… No sé… Para lo que fuera…
Juanjo.
Dante.
¿Me habrían hecho caso?
Eso sí necesitaba saberlo, por eso pregunté sin pensar:
-¿Y Dante? ¿Se lo habéis dado?
Recordaba haberlo dicho bien claro en mi supuesta carta de despedida. Que, por favor, le devolvieran Dante a Juanjo, que nunca tendrían que habérmelo traído a mí.
Mi hermana mayor pensó que podría ayudarme el volver a tener al perro conmigo, por aquello de tener una rutina diaria de salir a la calle al menos para darle sus paseos. Mi madre, al principio, no estaba muy por la labor porque nunca le ha gustado tener animales en casa pero “por un hijo se hace lo que sea”, como ella misma dijo, y terminó aceptando.
Mi hermana Bea y mi cuñado hicieron la mitad del trayecto hasta Barcelona, y la otra mitad María, la mayor, y su marido.
Recorrieron el país casi de punta a punta en un solo fin de semana para traerme el mejor regalo de cumpleaños que nunca podría haber recibido, aunque en aquel momento solo pensaba en lo que tendría que haberle costado a Juanjo cederme su “custodia”.
Y sentía una culpabilidad que no terminaba de quitarme.
-Entérate, Daniel –mi madre adoptó un tono insólito–. Ése niño no te ha querido nunca ni la mitad de lo que se quiere a sí mismo.
Me quedé de piedra.
-Y al perro tampoco. Le llamamos. Y nos dijo que ya no podía hacerse cargo de él. No le importa, Daniel. Entérate bien y de una vez. Ni el perro ni tú. Juanjo ya tiene su vida rehecha, y tú tienes que rehacer la tuya.
Se secó los ojos, que ahora me parecieron amenazantes, para añadir:
-Nunca he odiado a nadie, Dios lo sabe. Pero te aseguro, Daniel, de verdad te digo, que no podía verle a diario en todas las fotos que tenías por toda la habitación… Lo siento de verdad… –volvía  a llorar–. Siempre me has dicho que no entendías mi incondicional entrega a tu padre, a alguien que tan poco me aportaba.
Jorge Gerón. Su presencia era casi palpable.
-Tu padre, Dani, como tú ahora, no era consciente del todo del daño que me hacía.

Fue en aquel momento, a pesar de lo extravagante de la situación, cuando mi amor por Pablo dejó de ser una cosa vaga y cómoda, fue entonces cuando empecé a tener esperanzas, y a sufrir…
…Viviría años, a partir de aquel momento, aferrada a sus palabras como a una tabla de salvación…

…Le miraba a él, y le encontraba hermoso, demasiado hermoso, demasiado grande y sabio para mí. Le habría acariciado, le habría besado y mordido, no sé por qué sentía que debía hacerle daño, atacarle, destruirle, pero tenía miedo de tocarle…

…Su sabiduría, su media sonrisa torcida, cargada de mala leche, me recordaban que le quería, que le quería terriblemente, a pesar de todo, y eso me producía insoportables deseos de volver, me hacía añorar el lazo rosa y la piel blanca, suave, aborregada, que había vestido durante tanto tiempo…

…Los dos somos ovejitas del mismo rebaño, blancas y lustrosas, mullidas, con un lacito alrededor del cuello, el mío de color rosa e insoportablemente cómodo, el suyo supongo que rosa también, aunque mucho más doloroso…”.

Si el suave lazo rosa se cambia por una correa metálica de pinchos y se ata a un riel corredero anclado al suelo que permite la “libertad” de corretear de izquierda a derecha, hasta los límites de la longitud del correaje y de la cadena en el pavimento del jardín de la casa, y si se le ata al cuello a una perra en vez de a un borrego, la cosa no cambia demasiado.
Así encadenada, en una “maravillosa” y aberrante medida ideada, por supuesto, por Juanjo, su amo, a pesar de no estar en casi todo el año haciéndose cargo de ella por estudiar en otra ciudad; me encontré a Sole, una pastora alemana que había domado, orgulloso, con “mano dura”.

Dejar ir…

César Millán, el líder de la manada, ídolo de Juanjo junto a las grandes gay porn star, eran su modelo a seguir. Y el de su padre hacia su madre, mascota igualmente adiestrada para obedecer a sus deseos y vivir en función de sus órdenes.
Un latente y denigrante machismo que siempre había criticado desde fuera y que ahora, de repente, descubría haber estado sufriendo en carnes propias.
Había calcado exactamente el papel de sumisión de su madre hacia su padre y el de incondicional entrega de la mía hacia el mío.
Reveladores datos que no supe tener en cuenta en su momento, atontado por el huracán de sexo salvaje y las ganas de encontrar por fin a ese “alguien” predestinado para mí.
Caí en su trampa de hacernos las pruebas del VIH para poder hacerlo sin protección a partir de entonces y sellar el inherente compromiso que de ello se presupone en una pareja homosexual.
Callé el dolor que me hizo la primera vez que me la metió sin condón, ese mismo día, tras recoger los resultados, sin cuidado, y sin lubricante, porque “quería probarlo ya” y empecé a ceder hasta anularme por completo.

…en un momento determinado, la víctima dejó de chillar, y comenzó a generar sonidos muy distintos, como si el dolor se diluyera de repente en sensaciones de otra naturaleza…

Ciego enamorado. Estúpido idiotizado.
Fue todo tan progresivo y sutil que, para cuando me estaba dando cuenta, había terminado loco de atar encerrado en el manicomio por suicida.
Maldito cateto de pueblo con mentalidad tan retrógrada como la de su padre, niñato malcriado y mimado, con aires de moderno y liberal cuando el azar decidió obsequiarle con un trabajo en Barcelona, cosmopolita urbe, cuna del movimiento gay nacional.
Egoísta aprovechado de mi entrega absoluta. Avispado zorro que supo sacarme hasta los ojos hasta que dejé de hacerle falta. Hasta que encontró a otra Sole, a otro Dante, a otro Dani para someterle a su juego, para adiestrarle mientras consigue hacerle creer que en su sumisión está su felicidad.

“…Con él era muy fácil atravesar la raya y regresar sana y salva al otro lado, caminar por la cuerda floja era fácil, mientras él estaba allí, sosteniéndome…

…Ya entonces había comenzado a cuestionarme la calidad de las lecciones teóricas, empezando por la primera, y me atormentaba la sospecha de que el amor y el sexo no podían coexistir como dos cosas completamente distintas, me convencí a mí misma de que el amor tenía que ser otra cosa…

…La autocompasión es una droga dura…

…La hija pródiga vuelve a casa, se tira en el suelo como una perra, reconoce públicamente sus faltas e implora el perdón del padre, a quien sabe compasivo y magnánimo…”.

Contemplando el desfile de locos insomnes que hacían cola en el control de enfermería del psiquiátrico para recibir su medicación de la noche y su vasito de leche caliente para poder dormir, tomé conciencia de dos de las cosas más importantes que me harían marcar un antes y un después en mi vida.

Dejar ir…

Una: mi madre me quería más de lo que nunca había creído.
Y dos: nadie de por sí mismo lo merece, pero menos todavía alguien como él. Nadie se merece tanto. Ni siquiera Juanjo. Y no por ser ni mala ni buena persona, todos somos egoístas a nuestra manera, sino por ser de otra calaña distinta a la mía. Por habernos desincronizado –o no haberlo estado nunca del todo– en el momento clave de la relación. El de decidir renunciar a otra posible vida o quedarte junto a la persona a la que un día prometiste regalarle el resto de tus días.

Dejar ir es darte cuenta de que algunas personas son parte de tu historia, pero no de tu destino”.
(Patricia Bogado).