viernes, 6 de septiembre de 2013

CAPÍTULO XLI: "Dejar ir".

XLI
DEJAR IR.

“…Ahora me besaba y me abrazaba, haciendo ruidos extraños y divertidos. Me peinaba con la mano, estirándome el pelo hacia atrás, y se detenía un instante, de tanto en tanto, para mirarme. Era delicioso. Notaba su piel fría y dura, su pecho desnudo –a pesar de lo establecido al respecto, siempre me han repugnado los hombres peludos–, e intuía por primera vez que aquello acabaría pesando sobre mí como una maldición, que aquello, todo aquello, no era más que el prólogo de una eterna, ininterrumpida ceremonia de posesión…
…Entonces comenzó la clase teórica, la primera…”.

Las edades de Lulú, Almudena Grandes.

No me la metí en la boca cuando Juanjo se desabrochó el pantalón, se bajó la cremallera y se la sacó con esa clara intención, en el coche de su padre, en nuestro segundo encuentro, por remilgo y escrúpulo más que por falta de ganas.
Era hermosa. No tan grande como él se creía. Normal. Pero arrogante, imponente. La mostraba tan orgulloso, tan erecta, que realmente resultaba apetecible.
Mi lengua se detuvo debajo de su ombligo. Quería recorrer su torso una vez más.
-Joder, ahora no puedes dejarme a medias… –refunfuñó.
Era el segundo enfado de aquel día.
El primero había sido en una de las aulas a la que entramos cuando me estuvo enseñando la que por entonces –los meses de verano que retornaba a casa de los padres para las vacaciones de la facultad– era  su morada.
Su padre era el bedel del colegio del pequeño pueblo de sierra donde vivían, y tenían allí mismo su casa (hasta entonces, pensaba que eso ya no se estilaba), en un edificio aparte, junto a la entrada al recinto escolar, pero separado de las aulas y del patio.
Un plan que sonaba interesante cuando me lo propuso, a pesar de lo poco que me gustaba sentir “estar metiéndome en familia” de alguna manera y tan pronto (relativamente, eso sí, porque aunque en su casa lo sabían, el matiz de que el mediano de los tres hermanos varones en vez de aparecer con novia alguna vez había venido acompañado de otro hombre se tapaba con ese transparente y tupido tamiz silenciador y excluyente del tabú; y, en todo, caso, habíamos acordado que yo sería presentado como un simple amigo, sin más coletillas que aunque hubiéramos querido añadir no habríamos podido).
De hecho, hizo que me quitara la gorra que llevaba puesta, una de mis preferidas por nada especial, por simple apego sentimental, cuando me recogió a la entrada del pueblo antes de que me vieran sus padres porque le pareció demasiado moña.
Una evidencia más que innecesaria, “evitable”. Fue lo que me dijo.
Él iba con su “varonil” –milimétricamente recortada– barba de tres días, sus depiladísimas, negrísimas, artificialmente finísimas cejas (él mismo reconocía que a veces se pasaba con las pinzas y que se las dejaba como las de una “boliviana putona”) y su andrógina hechura caderona, más ancha que de hombros, de glúteos prietos y respingones pero también algo afeminados.
Una vez ofendí su orgullo de machito homófobo –paradoja que se hacía comprensible al conocer un poco a su padre y percibir el latente rechazo que sentía por su hijo maricón, mientras que para su madre era su ojito derecho y, para todo el pueblo, el guapo y el listo de los tres hermanos; hechos que forjaron en la personalidad de Juanjo un raro cóctel entre narcisismo y autonegación– con  lo que pretendía ser un piropo. Le dije que cuando se quedaba dormido desnudo recostado de lado, de espaldas, me recordaba a la tersura del impoluto y terso mármol de las nalgas del Hermafrodito durmiendo del Louvre.
Siempre esquivaba el tema por un inconfesable complejo que su exceso de vanidad no podía consentir –en general, su culo era terreno vedado porque él, además, se jactaba de tener en la pareja el rol de “activo”, supongo que para sentirse así “más hombre”– y, desde aquella vez, yo aprendí a no hacer ninguna alusión más a esa parte de su cuerpo que a mí, en cambio, me chiflaba.
Cuánto cinismo e hipocresía que en aquel momento me pasaron inadvertidos, obcecado como andaba en la única idea de causar buena impresión. A él y a sus padres.

Dejar ir…

Un fin de semana en su casa, con sus padres y sus hermanos, en su colegio, que en verano estaba vacío, entero para ellos, y donde ponían una piscinita de estas desmontables y apañadísimas del Decathlon; donde podían usar las dependencias del centro educativo para poner la mesa de ping-pong, o el salón de actos para ensayar con los amigos. U organizar una liguilla en el campo de fútbol del patio. O lo que quisieran.
Un sueño recurrente en mi ideario infantil. Asaltar el cole a escondidas para conocer a los fantasmagóricos personajes que estaba convencido que lo habitaban, salidos de entre las paredes, cuando alumnos, profesores y demás personal cumplían su jornada y se iban.
Ilusión cumplida que, como siempre, al hacerse real, mucho distó de lo imaginado en mi florida visión de ingenuo renacuajo.
El aula vacía, sin más ventilación que un enano ventanuco que no se debía abrir desde que terminaron las clases a juzgar por el tufo a humedad que desprendía, improvisado gimnasio del padre (además de bedel, misógino y retrógrado era culturista aficionado, trinquete sin apenas cuello y de talante desaprobador) con unas mancuernas y una tabla de abdominales en una esquina, fue el escenario de nuestro primer beso, interrumpido espontáneamente por mí.

Dejar ir…

-¿Qué haces? ¿Por qué me apartas? –supongo que el tiempo tiñe y desvirtúa las sensaciones pasadas, pero en aquel momento le recordaba haber sido bastante desagradable conmigo–. Nunca nadie antes me había quitado la cara. ¿Crees que has venido solo a ver el colegio y a jugar al ping-pong?
Claro que no. Había ido a lo que había ido. Estaba claro. Así se estableció desde el principio con el descarado tonteo que habíamos mantenido por el chat en el que nos conocimos. Y más cuando confirmamos la mutua atracción física de vernos en las fotos de nuestros perfiles virtuales la primera vez que quedamos en persona.
Pero tampoco me parecía apropiado darnos el lote con su familia pululando por ahí, pudiendo ser sorprendidos en cualquier momento.
Cambiar recato por morbo: segunda clase teórica.
Algo que le hacía todavía más deseable, especialmente en un momento como el que yo atravesaba, de pseudo-voluntaria abstinencia sexual en plenos veinticinco, donde las hormonas masculinas viven como una segunda adolescencia (volví a los contactos por internet tras casi nueve meses esperando a que ese “alguien” se cruzara casualmente –causalmente– en mi vida, sin buscarlo expresamente en la red, cuando aún creía en las almas gemelas en otra de mis absurdas ocurrencias).
Supongo que siempre he apuntado maneras de desequilibrado. 

Dejar ir…

-¿Daniel Gerón?
Estaba tan absorto con el libro en la mano que la enfermera debió pensar que su contenido me había abducido a otro planeta. Pero, aunque así hubiera sido, que me llamara por mi apellido me reubicó inmediatamente al patético aquí y ahora.
A aquella maldita cárcel disfrazada de hospital que tan bien conocía, no solo desde hacía menos de un mes cuando había ingresado otra vez casi en las mismas condiciones. Sino desde hacía años, cuando de pequeño mi madre me llevaba a rastras para ir de visita a ver a mi padre, asiduo paciente de aquel lugar, famoso entre todos los psiquiatras de la provincia porque además de colega de profesión, era un enfermo con muy mala evolución, soberbio como él solo y con muy malas pulgas. 
-Sí, soy yo –respondí, ridículamente.
Sí, el hijo de Jorge Gerón. Sí, el hermano de Jorge Gerón. De casta le viene al galgo. ¿Qué coño quieren ahora de mí? ¿por qué no me dejan en paz?
-Ya tienes el almuerzo listo. Está en la habitación, ve antes de que se te enfríe y luego sigues leyendo.
-Ah, gracias… ¿Qué hora es?
De nuevo volvía a no tener noción del tiempo. No sabía cuánto había empleado en leer parte de Las edades de Lulú y en rememorar ese primer contacto físico con Juanjo.
-La una, niño, aquí todo se hace muy temprano, pero te acostumbrarás, ya verás. Aquí no se está tan mal.
Aquella enfermera creía saber mentir.
Que un manicomio es de los peores sitios donde uno puede estar es una verdad universal, irrefutable.
Y más para mí, que preferiría antes la guillotina.
Aquel era el peor lugar donde jamás hubiera deseado terminar.
El verme ahí metido tornaba en real el mayor de mis miedos desde que tengo uso de razón: el de volverme majara yo también y que el mal de ojo de mi jefa, mi ex jefa, se terminara de cumplir.
La locura corría por nuestra sangre desde los ancestros más remotos de mi padre. Sabía que su abuela y su madre murieron jóvenes, en unas circunstancias que nadie aclaraba nunca, legando su demencia generación tras generación. Y su hermana, mi tía, que aún vivía, estaba igual de loca que él y se encargaba de recordárnoslo cada vez que le daba por llamar a casa de mi madre y maldecir a su hermano porque, incluso muerto, seguía jodiéndole la vida, según ella.
Puede que tuviera razón.
Mi hermano Jorge y después yo. Mi padre muerto seguía presente desde el infierno.

Dejar ir…

El tal Carlos parecía estar esperándome en su cama, enfrente de la mía, para comer.
-Hoy tiene buena pinta –me dijo en un fracasado acercamiento hacia mí que yo respondí con un desganado gemido.
¿Por qué no dejaban de intentar ser simpáticos conmigo? ¿Nadie se daba cuenta de que les odiaba tanto como me odiaba a mí mismo?
El remate fue cuando entró en nuestra habitación un esperpéntico ser de casi dos metros de largo, bastante chepudo, con un hilillo de baba cayéndole por la comisura de los finos y secos labios que dejaban ver una dentadura aún más espantosa, gimoteándole a Carlos.
-Hoy no tengo nada para ti, Alfonso, lo siento. El pimiento, como mucho si quieres. Que lo demás me gusta y tengo hambre.
El loco gigante desgarbado engulló aquel pimiento frito de un sorbo, como si fuera lo último que fuera a llevarse a la boca. Visto y no visto.
Luego se vino hacia mí.
Le ofrecí mi bandeja entera. No tenía nada de hambre.
Cuando los ojos empezaron a hacerle chiribitas ante el festín que iba a meterse entre pecho y espalda, apareció una de las enfermeras:
-¡No, no! ¡Ni hablar del peluquín! –gritó cuando vio la escena–. Tú, Alfonso, a tu habitación. Y te comes lo tuyo.
-Ya me lo he comío, pero ma quedao con hambre, ompare. Mabéis puesto poco –respondió Alfonso mientras terminaba de masticar, resbalándole por la barbilla una espumosa y nauseabunda mezcla de babas y aceite de la fritanga.
-Y tú, Gerón, cómete lo tuyo. ¡Hombre ya!
Una sola palabra, bien afilada, puede hacer más daño que un navajazo en la boca del estómago.
Gerón.
Hijo de Gerón, condenado a su locura. Castigado por no haberte conmovido ante su incomprensible sufrimiento, por acusarle de llorón debilucho. Arrogancia aplastada. Cada uno de los “a mí nunca me pasará lo mismo” que me repetía desde chico retumbaban ahora en mi cabeza como martillazos, ecos lejanos y burlones.

Dejar ir…

El momento siesta en el psiquiátrico es casi un ritual. La mayoría de locos medicados tras el almuerzo con ansiolíticos, antipsicóticos, antidepresivos y demás nubla-pensamientos cuerdos y no cuerdos; van cayendo poco a poco en sus camas, para tranquilidad de las enfermeras. Más o menos hasta las cinco de la tarde, hora fijada para aquellos pacientes –no muchos– que reciban visitas de familiares o amigos.
Ahora que he estado en las dos partes, ratifico que no es agradable entrar aunque sea como visita en un manicomio.
Tardé el tiempo de sentir su mano apoyándose en mi pierna para verificar que había dejado de soñar por unos segundos y que lo que mis ojos recién abiertos estaban viendo era real y estaba pasando justo en aquel momento, fuera la hora que fuera.
Uno de los rostros de hombre más hermosos que he visto en mi vida me compadecía con una mirada tierna y vidriosa. Era guapísimo. Tenía un color de ojos que no sabría establecer, entre verde, azul y miel; un camaleónico iris que parecía el de una aparición mariana cuando el fino haz de luz que entraba desde la ventana rejada y de persianas metálicas se reflejaba sobre él.
No sé en qué idioma me estaba hablando, pero sus ininteligibles palabras se traducían en la expresividad de sus ojos, abiertos y aún encendidos.
Llevaba una pelirroja barbita de chivo y la cabeza totalmente afeitada, acentuando aún más sus perfectos rasgos.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo cuando me tocó.
Luego se fue, sin más, y me volví a dormir.
Cuando abrí los ojos de nuevo, me topé con mi madre sentada delante de mí conteniendo las lágrimas.
-Dani… Hijo mío… Por Dios…
No soportaba verla así. No soportaba que me viera así, allí. No me soportaba. No la soportaba. Solo seguía queriendo morirme.
-¿Cómo estás? Dime algo, por favor… –me suplicó.
No podía hablar. No había palabras para dirigirme a ella después de lo que le había vuelto a hacer.
Busqué un refugio que no encontré en las sábanas.
Volvía a llorar incontrolablemente.
Y ella también.
-Lo siento, Daniel, aunque te enfades… –dijo entonces–. Te he quitado todas sus fotos de tu habitación.

Dejar ir…

-No soportaba verlo cada vez que entraba ahí para… No sé… Para lo que fuera…
Juanjo.
Dante.
¿Me habrían hecho caso?
Eso sí necesitaba saberlo, por eso pregunté sin pensar:
-¿Y Dante? ¿Se lo habéis dado?
Recordaba haberlo dicho bien claro en mi supuesta carta de despedida. Que, por favor, le devolvieran Dante a Juanjo, que nunca tendrían que habérmelo traído a mí.
Mi hermana mayor pensó que podría ayudarme el volver a tener al perro conmigo, por aquello de tener una rutina diaria de salir a la calle al menos para darle sus paseos. Mi madre, al principio, no estaba muy por la labor porque nunca le ha gustado tener animales en casa pero “por un hijo se hace lo que sea”, como ella misma dijo, y terminó aceptando.
Mi hermana Bea y mi cuñado hicieron la mitad del trayecto hasta Barcelona, y la otra mitad María, la mayor, y su marido.
Recorrieron el país casi de punta a punta en un solo fin de semana para traerme el mejor regalo de cumpleaños que nunca podría haber recibido, aunque en aquel momento solo pensaba en lo que tendría que haberle costado a Juanjo cederme su “custodia”.
Y sentía una culpabilidad que no terminaba de quitarme.
-Entérate, Daniel –mi madre adoptó un tono insólito–. Ése niño no te ha querido nunca ni la mitad de lo que se quiere a sí mismo.
Me quedé de piedra.
-Y al perro tampoco. Le llamamos. Y nos dijo que ya no podía hacerse cargo de él. No le importa, Daniel. Entérate bien y de una vez. Ni el perro ni tú. Juanjo ya tiene su vida rehecha, y tú tienes que rehacer la tuya.
Se secó los ojos, que ahora me parecieron amenazantes, para añadir:
-Nunca he odiado a nadie, Dios lo sabe. Pero te aseguro, Daniel, de verdad te digo, que no podía verle a diario en todas las fotos que tenías por toda la habitación… Lo siento de verdad… –volvía  a llorar–. Siempre me has dicho que no entendías mi incondicional entrega a tu padre, a alguien que tan poco me aportaba.
Jorge Gerón. Su presencia era casi palpable.
-Tu padre, Dani, como tú ahora, no era consciente del todo del daño que me hacía.

Fue en aquel momento, a pesar de lo extravagante de la situación, cuando mi amor por Pablo dejó de ser una cosa vaga y cómoda, fue entonces cuando empecé a tener esperanzas, y a sufrir…
…Viviría años, a partir de aquel momento, aferrada a sus palabras como a una tabla de salvación…

…Le miraba a él, y le encontraba hermoso, demasiado hermoso, demasiado grande y sabio para mí. Le habría acariciado, le habría besado y mordido, no sé por qué sentía que debía hacerle daño, atacarle, destruirle, pero tenía miedo de tocarle…

…Su sabiduría, su media sonrisa torcida, cargada de mala leche, me recordaban que le quería, que le quería terriblemente, a pesar de todo, y eso me producía insoportables deseos de volver, me hacía añorar el lazo rosa y la piel blanca, suave, aborregada, que había vestido durante tanto tiempo…

…Los dos somos ovejitas del mismo rebaño, blancas y lustrosas, mullidas, con un lacito alrededor del cuello, el mío de color rosa e insoportablemente cómodo, el suyo supongo que rosa también, aunque mucho más doloroso…”.

Si el suave lazo rosa se cambia por una correa metálica de pinchos y se ata a un riel corredero anclado al suelo que permite la “libertad” de corretear de izquierda a derecha, hasta los límites de la longitud del correaje y de la cadena en el pavimento del jardín de la casa, y si se le ata al cuello a una perra en vez de a un borrego, la cosa no cambia demasiado.
Así encadenada, en una “maravillosa” y aberrante medida ideada, por supuesto, por Juanjo, su amo, a pesar de no estar en casi todo el año haciéndose cargo de ella por estudiar en otra ciudad; me encontré a Sole, una pastora alemana que había domado, orgulloso, con “mano dura”.

Dejar ir…

César Millán, el líder de la manada, ídolo de Juanjo junto a las grandes gay porn star, eran su modelo a seguir. Y el de su padre hacia su madre, mascota igualmente adiestrada para obedecer a sus deseos y vivir en función de sus órdenes.
Un latente y denigrante machismo que siempre había criticado desde fuera y que ahora, de repente, descubría haber estado sufriendo en carnes propias.
Había calcado exactamente el papel de sumisión de su madre hacia su padre y el de incondicional entrega de la mía hacia el mío.
Reveladores datos que no supe tener en cuenta en su momento, atontado por el huracán de sexo salvaje y las ganas de encontrar por fin a ese “alguien” predestinado para mí.
Caí en su trampa de hacernos las pruebas del VIH para poder hacerlo sin protección a partir de entonces y sellar el inherente compromiso que de ello se presupone en una pareja homosexual.
Callé el dolor que me hizo la primera vez que me la metió sin condón, ese mismo día, tras recoger los resultados, sin cuidado, y sin lubricante, porque “quería probarlo ya” y empecé a ceder hasta anularme por completo.

…en un momento determinado, la víctima dejó de chillar, y comenzó a generar sonidos muy distintos, como si el dolor se diluyera de repente en sensaciones de otra naturaleza…

Ciego enamorado. Estúpido idiotizado.
Fue todo tan progresivo y sutil que, para cuando me estaba dando cuenta, había terminado loco de atar encerrado en el manicomio por suicida.
Maldito cateto de pueblo con mentalidad tan retrógrada como la de su padre, niñato malcriado y mimado, con aires de moderno y liberal cuando el azar decidió obsequiarle con un trabajo en Barcelona, cosmopolita urbe, cuna del movimiento gay nacional.
Egoísta aprovechado de mi entrega absoluta. Avispado zorro que supo sacarme hasta los ojos hasta que dejé de hacerle falta. Hasta que encontró a otra Sole, a otro Dante, a otro Dani para someterle a su juego, para adiestrarle mientras consigue hacerle creer que en su sumisión está su felicidad.

“…Con él era muy fácil atravesar la raya y regresar sana y salva al otro lado, caminar por la cuerda floja era fácil, mientras él estaba allí, sosteniéndome…

…Ya entonces había comenzado a cuestionarme la calidad de las lecciones teóricas, empezando por la primera, y me atormentaba la sospecha de que el amor y el sexo no podían coexistir como dos cosas completamente distintas, me convencí a mí misma de que el amor tenía que ser otra cosa…

…La autocompasión es una droga dura…

…La hija pródiga vuelve a casa, se tira en el suelo como una perra, reconoce públicamente sus faltas e implora el perdón del padre, a quien sabe compasivo y magnánimo…”.

Contemplando el desfile de locos insomnes que hacían cola en el control de enfermería del psiquiátrico para recibir su medicación de la noche y su vasito de leche caliente para poder dormir, tomé conciencia de dos de las cosas más importantes que me harían marcar un antes y un después en mi vida.

Dejar ir…

Una: mi madre me quería más de lo que nunca había creído.
Y dos: nadie de por sí mismo lo merece, pero menos todavía alguien como él. Nadie se merece tanto. Ni siquiera Juanjo. Y no por ser ni mala ni buena persona, todos somos egoístas a nuestra manera, sino por ser de otra calaña distinta a la mía. Por habernos desincronizado –o no haberlo estado nunca del todo– en el momento clave de la relación. El de decidir renunciar a otra posible vida o quedarte junto a la persona a la que un día prometiste regalarle el resto de tus días.

Dejar ir es darte cuenta de que algunas personas son parte de tu historia, pero no de tu destino”.
(Patricia Bogado).  



lunes, 26 de agosto de 2013

CAPÍTULO XL: Día 1. Tanatorio mental.

XL
DÍA 1.
TANATORIO MENTAL.

No podía controlarlo. Ese tembleque espasmódico me provocaba oleadas de sudor entre aquellas duras y ásperas sábanas del SAS, empapándolas de una fría humedad.
Tenía calor y frío. La cabeza me iba a explotar y pensé otra vez que me moría. Me ahogaba.
Y sentí miedo.
Intentaba parar el tiritar de mis dientes porque me estaba destrozando las mandíbulas pero solo conseguía calmarlo por unos segundos.
Enseguida volvía.
Y con él, el miedo.
Pero también cierta tranquilidad por pensar que era lo que quería, y que era lo mejor que podía pasarme. Iba a cumplir mi decisión. Mi deseo. Mi final.
Cuando sentí que estaba preparado para irme del todo, cuando mi cerebro por fin se iba apagando, volvieron con las urgencias y el guirigay.
Camilla, bofetadas, zarandeos y muchos “responde, joder”.
No veía ninguna luz al fondo de ningún túnel, pero sí que noté cierta desconexión del cuerpo.
No sabría explicarlo y, en todo caso, fue tan efímero como el tiempo que tardaron en devolverme con las descargas de los electrodos.
-¡Menudo susto!
La cara del médico era una borrosa visión de un autómata parpadeo.
Tecnicismos de nuevo. Diversidad de opiniones entre lo precipitado y lo inevitable del, por lo visto, anticipado traslado a la Unidad de Agudos.
-Ha sido un disparate que nos lo traigan sin cumplir el protocolo de espera.
-Estaban desbordados y parecía que evolucionaba bien.
-Menos mal que ha venido a avisar el compañero.
Ni me había dado cuenta de que tenía un compañero de habitación.
Una especie de zombi que arrastraba sus pasos de un lado a otro de la estancia mientras a mi me devolvían a mi cama hecho una piltrafa, con el pecho lleno de calvas circulares.
-Carlos, vuelve a avisarnos si notas algo raro, ¿vale?
El tipo que, por un momento, me recordó a Roberto Benigni pero versión tocho y rígido, inclinó la cabeza en algo interpretable como una sutil afirmación. El cuerpo nada tenía que ver con lo destartalado del actor, eran más los rasgos de la cara, la nariz sobre todo; porque tampoco se parecía en el pelo, poblado y muy rubio. Aun con la cara de sedación se veía que tuvo que ser guapo y tenía una mirada escudriñadora que antes de la medicación también debió ser simpática.
Y era joven, diría que como yo.
¿Qué le habría pasado?
Él se estaría preguntando lo mismo de mí, pero ninguno de los dos nos atrevimos a comentarlo. Los psiquiátricos son como las cárceles, entras sin saber del todo cuándo vas a salir y con la latente premisa de no preguntar para no ser preguntado.
-¿Estás bien?
No quise o no pude responder.
-Creía que te morías, tío –añadió.
Ésa era la intención, pensé.
Luego recordé alguno de los testimonios y alguna de las “recomendaciones” obtenidas tras horas de rastreo en internet por los no pocos foros, blogs y chats que hay sobre el tema del suicidio.
Las pastillas no te van a matar. Como mucho te dejan tonto o vegetal.
Volvía a sentirme estúpido y avergonzado.
Loco y tonto. Y a lo mejor con sida.
Si me había dejado violar para que me dieran la metadona, dios sabe qué me podrían haber contagiado.
Intenté descubrir si seguía sintiendo escozor o no pero estaba tan cansado que supongo que me dormí.
Lo que creía había sido una cabezada resultó una jornada completa, o más. No tenía noción alguna del tiempo.
El caso es que las auxiliares aparecieron para traernos los pijamas limpios, las esponjas jabonosas enrolladas y metidas en un vasito de plástico cuyo fondo contenía un poco de jabón líquido.
-Eso es el champú –me dijo la auxiliar cuando sostuve torpemente el vaso en la mano. –¿Cómo estás, guapo?
Debió notar que me ruboricé, porque añadió:
-La esponja la mojas y te hace espuma. Aquí te dejo la toalla y ahora os traemos la ducha, ¿vale?
-Gracias –acerté a decir. Parecía que podía hablar.
-¡El desayuno! –se escuchó desde fuera, junto al traqueteo del carro con las bandejas.
-¡Buenos días! ¿Qué tal hemos amanecido hoy?
Todos los sonidos me parecían magnificados y el movimiento de todo como a cámara rápida.
-Muy bien, Marta. ¿Y vosotras? ¿cómo ha ido la guardia?
-Bien, Carlos, tú sabes, como siempre, hubiera estado mejor tirada en el sofá de casa, qué te voy a decir –respondió la auxiliar, riendo.
Aquel ambiente de calidez en un sitio que tan frío se me hacía me descolocaba y me incomodaba mucho.
No quería estar ahí. Ni allí. Ni en ningún sitio.
-¿Puedes levantarte, Daniel?
Me incorporé un poco y me mareé.
-Pero despacito, chiquillo, que llevas dos días dormido.
Dos días. Por fin algún dato de tiempo.
Volví a intentarlo. Todo respondía. Los músculos, algo doloridos, y las articulaciones, oxidadas y renqueantes del chute, se iban engranando poco a poco. Me senté en el borde de la cama y sentí el frío del suelo en la planta de los pies.
-¿Te traigo unas zapatillas? –la tal Marta parecía y, de hecho era, muy agradable. –El médico ha dicho que ya puedes levantarte y probar a comer algo a ver qué tal te cae.
Café descafeinado soluble, un vaso térmico con leche hirviendo, un bollito de pan, una tarrinita individual de mantequilla y otra de mermelada de ciruela y dos kiwis.
-También ha dicho que convendría que fueras al baño –sonrió, apuntando a la fruta y mirando a Carlos, quien respondió con un guiño cómplice.
Me preguntó que si quería que me ayudaran a ducharme, a lo que yo dije inmediatamente que no. Todavía me quedaba algo de pudor.
Viéndome reflejado en el enorme espejo de encima del lavabo, cuando me desnudé para meterme en la ducha, me eché a llorar.
Era un monstruo escuálido y desgarbado, con las costillas y las vértebras a punto de rajar la pálida y estirada piel que las envolvía, dejando entrever un ridículo esqueleto.
Tenía como moratones en las piernas y el pene tan encogido y replegado por su propia piel que apenas asomaba entre la mata de largo y rizado pelo negro que lo rodeaba. Los antebrazos, igualmente canijos, remarcaban las venas más que nunca, picadas de tanto suero y ¿tanta droga?
El agua resbalándome por encima me pareció un bálsamo regenerador. Tenía la temperatura perfecta y por primera vez en no sé cuánto sentí algo placentero.
Aunque la sensación de limpieza fue solo por fuera.
Seguía hecho mierda entre avergonzamiento, remordimientos, culpas y temores.
Apenas levanté la mirada mientras el mismo psiquiatra del otro ingreso volvía a pasarme consulta.
Tenía las uñas de las manos destrozadas. Ya no había de dónde morder.
-¿Cómo te encuentras hoy, Daniel? –me preguntó.
Me encogí de hombros.
-Veo que no tienes muchas ganas de hablar, ¿no?
Qué perspicaz.
-Solo dime si sabes por qué estás aquí.
-Por lo mismo de la otra vez –contesté, cuando, por primera vez, le miré y vi sus ojos clavados en su ordenador, seguramente comprobando mi demencial historial.
De vuelta a la habitación seguía con la cabeza gacha. No sabía muy bien si iba a saber encontrarla. No me ubicaba en aquel largo pasillo. Deambulando, además de esquivar a los demás locos, que también se apartaban de mí, llegué a lo que según rezaba en el desteñido cartel de la entrada era la “Sala de Tv”.
Una alta y ancha estantería de escayola con puertas de cristal y alguna cajonera ocupaba toda la pared del fondo con, además de la pantalla de plasma, unas cuantas enciclopedias polvorientas, muchos libros desordenados y varias novelas arremolinadas sin ningún tipo de criterio.
Libros. Catalogación. Biblioteca. Pasado glorioso. Presente ruinoso.
Busqué el volumen de la “m” en el diccionario enciclopédico larouse que había, pesado como una losa.

Metadona: 1. f. Med. Compuesto químico sintético, de propiedades analgésicas y estupefacientes semejantes a las de la morfina, pero no adictivo, por lo que se utiliza en el tratamiento de la adicción a la heroína.

Pues vaya novedad. No ponía nada de su composición ni de su modo de administración.
Ni yo me había atrevido a decirle nada ni el médico me había preguntado nada de ese tema.
Seguí echando una ojeada a los libros que había en aquella caótica e improvisada biblioteca e, instintivamente, eché mano de uno que bien conocía.
Almudena Grandes. Las edades de Lulú.
Un libro que tanto me había marcado. Una elección para la última guía de lectura que diseñé para la biblioteca de Daraquiel, el último verano. Una temática que pude elegir, sorprendentemente, con la libertad absoluta que me dio mi jefa para hacerlo. Mi ex jefa.
Amira, que bien me conoce, reconoció el punto masoquista del motivo elegido para aquella recopilación bibliográfica.
“Un verano de amor” pretendía recoger los grandes dramas amorosos de la Historia de la literatura y el cine, las novelas rosa de Danielle Steel, los clásicos, relatos eróticos y de amores apasionados.
Lecturas con las que estuve fustigándome los apenas dos meses de verano que aguanté en Daraquiel antes de la fatal decisión de la renuncia irrevocable a mi puesto de trabajo.
Me quedé toda la mañana releyéndolo, sentado en una silla de plástico que había en la terraza, justo en la puerta contigua a la de la sala de televisión, con vistas al exterior, acristaladas por supuesto para evitar indeseables arrojos al vacío. Todo en aquel hospital estaba a prueba de intentos suicidas. Lo que, en realidad, no hacía más que recordarte continuamente que te querías morir.
Mis ojos tardaron unos minutos en reacostumbrarse a la luz del día, y tuve que leer varias veces el primer párrafo para concentrarme, pero al final pude regresar a aquella desgarradora historia. Incluso a identificarme con el tipo de relación borreguil y aborregada de Lulú hacia Pablo, y a lo mejor de él hacia ella.
El Dani obediente como un borrego, sumiso, manso.
Los dos aborregados, gregarios, víctimas de una subcultura igualmente estereotipada de roles sexistas.
Lulú y Pablo.
Yo y Juanjo.
Las relaciones homosexuales no distan tanto de las heterosexuales porque los sentimientos son igualmente humanos. Y nos hemos criado con la misma educación anquilosada en modelos más culturales que naturales.
En una sociedad eminentemente coitocéntrica, que además sigue rindiendo culto al falo como a una deidad, con todos los complejos y ridículas superioridades que eso supone. La operadísima y teñidísima rubia con “cara de guarra” que se arrodilla, se postra, en las películas porno para heterosexuales para chupársela al imponente macho dominante que despliega, orgullosos y triunfante, su miembro representa exactamente lo mismo que el depiladísimo y fibradísimo hombre andrógino de las películas para gays –o peludo mamotreto de bíceps y pectorales hinchados de anabolizantes– que se esclaviza-sodomiza a merced de las órdenes de su amo.
La entrega, la sumisión, dominación, la dependencia, el grado de esclavitud que se puede alcanzar, el nivel de locura que se puede rozar; esas cosas le pasan a gays y a heterosexuales del mismo modo.
     

 


  

viernes, 16 de agosto de 2013

CAPÍTULO XXXIX: Ambivalente balanza.

XXXIX
AMBIVALENTE BALANZA.


-Deja de hacerte el inconsciente, que tus constantes están perfectamente y todos los resultados han salido bien.
El médico cambió el tono comprensivo y paciente de las primeras veces por uno intencionadamente hiriente.
Tan hiriente como sentir sus dedos retorciéndome con fuerza el pezón izquierdo.
-¡No puede ser que no te duela! ¡Déjate de hacer tonterías y despierta ya que necesitamos la cama! –gritó.
Lo sentí, sí, pero no me dolía. A lo mejor sí que estaba muerto, aunque el pitido seguía siendo constante.
-Éste se lo está haciendo –dijo una de las enfermeras mientras hacía el amago de darme una bofetada–. Responde a los estímulos, ¿habéis visto cómo ha cerrado los ojos?
-Sí, pero, mira, vuelve a no parpadear, y lleva así horas. Mírale las pupilas, las sigue teniendo dilatadas –comentó otra.
Oía sus voces y puede que hasta las viera alrededor de mi cama.
-Puede estar en shock.
-Éste se ha metido lo más grande.
-Vamos a dejarle un rato más y si no, llamamos ya a la ambulancia y que se lo lleven. Tenemos esto hasta arriba.
Todos los científicos se alejaron del ratón de laboratorio. Menos uno. Una. Que se quedó mirándome fijamente, me acarició con suavidad la mejilla y me susurró al oído:
-Tienes 32 años, toda la vida por delante.
Piii… Piii…
Si dejaba de respirar el pitido aumentaba hasta hacerse ensordecedor pero ya nadie venía a salvarme porque ni estaba muriéndome ni me iba a morir.
Veía pero no distinguía muy bien las figuras ni los objetos. Un foco cegador difuminaba mi campo de visión.
La primera del desfile fue mi hermana mayor. Lloraba como nunca la había visto llorar antes.
Sentí sus manos, cálidas, salvadoras, agarrando una de las mías, fría e inmóvil. Un intenso escalofrío me hizo corroborar que seguía allí. En cuerpo y alma. No me había ido a ningún sitio.
Me sentía tan ridículo y avergonzado como frustrado.
¿Cómo me habían encontrado? ¿Por qué coño no había funcionado esta vez? Estaba todo perfectamente planeado.
Después entró mi hermano Jorge. Parecía haber adquirido el papel de enfermero comprensivo, y no se daba cuenta de que su sola presencia me recordaba uno de los motivos por los que lo había vuelto a intentar.
No quería acabar como él, ni como mi padre.
-¿No te das cuenta de que ésta no es la solución? ¿De dónde las has cogido esta vez? –me preguntó.
Seguía mirando fijamente, con los ojos muy abiertos, a la luz cenital. Creo que se me resbaló una lágrima.
-¿Cómo podemos ayudarte? Tienes que dejarte ayudar… Por favor, Dani. No puedes hacer esto. No puedes permitir que una persona te destroce la vida. Nadie merece tanto.
No entendían que no era “una persona”, que era Él, mi vida, mi única razón.
Empecé a recordar.
En la carta, además de pedirles perdón y reconocerme como un puto cobarde, intentaba hacerles entender que de verdad era la mejor solución. Que, a la larga, terminarían comprendiéndolo.
Cuando escribí aquello de verdad pensé que sería la despedida definitiva. Que esta vez no había salvación. Joder. ¿Por qué volvía a verles? ¿por qué volvía a sentir? ¿por qué volvía a llorar?
Mi hermana, Bea, venía con mi madre. Ni pude ni quise mirarlas a la cara.
-Ya está bien, Dani, por favor… Yo creo que ya está bien… -la voz de mi hermana sonaba con una extraña mezcla entre reproche y misericordia.
-Que Dios te perdone, hijo mío, porque yo ya no puedo…
Volvieron a dejarme solo y la enfermera de antes se acercó.
-Vamos a hacerte un TAC. No te asustes, es solo para comprobar que todo está en orden. Pero tienes que colaborar. Respóndeme aunque sea con la cabeza. ¿Oyes lo que te digo?
Asentí.
-Bien. Gracias.
Al rato, vinieron a llevarme. El foco de luz eran ahora pasillos de hospital, tambalear de ruedas de camilla. Entre todos, me cogieron en peso levantando los bordes de la sábana para pasarme de una camilla a otra.
-¡Joder, con lo raquítico que está lo que pesa el hijo puta!
-Venga, coño, colabora.
Luego se fueron, dejándome solo en aquella oscura habitación.
A lo mejor esto me detecta alguna lesión cerebral y por eso no puedo moverme, pensé.
Ojalá.
¿Ojalá?
Aquel tubo tenía que ser mi crematorio no mi radiografía craneal.
-Muy bien, Daniel. Ahora vamos a bajarte otra vez y cuando tengamos los resultados te decimos, ¿vale?– aquella enfermera era la única que me había llamado por mi nombre–. Por favor, mueve la cabeza como antes.
Asentí, de nuevo.
-Muy bien. Así me gusta.
Escuché a Bea discutiendo con los médicos. Que cómo me iban a llevar así, con la sonda nasogástrica y la vesical, que todavía tenía el suero puesto, que tenían que esperar.
-Bea, sabes que allí, además de la planta de psiquiatría, tienen también hospital general y aquí ya no podemos hacer más. Estamos desbordados. Ya sabes cómo anda todo desde los recortes. No puede seguir aquí –le respondió uno de ellos, supongo que un colega de la facultad.
Los enfermeros del SAMUR me llamaron por mi nombre desde el principio, y agradecí su calidez intentando moverme para ayudarles a trasladarme.
La pesadilla se repetía por segunda vez. El destino de aquel camino en ambulancia confirmaba la peor de las profecías.
Estaba completamente loco y encima seguía vivo.
-¿Qué te has tomado esta vez, Dani?
Ya sí la miré a la cara. Me escrutaba de un modo tan tajante que tuve que abandonar el mutismo para pronunciar mis primeras palabras después de… ¿horas? ¿días?
-Pastillas… -dije, en voz baja, avergonzadísimo.
-¿Y qué más, Dani? ¿Qué más has tomado?
Venlafaxina y duloxetina. Todos los blíster que mi madre tenía escondidos en su armario.
-¿Qué más, Dani? ¡Dímelo! ¿Qué has tomado?
-Solo eso, Bea, de verdad… -me irritaba tanta insistencia, pero sentí que era la mínima penitencia que me tocaba pagar por imbécil, cobarde y fracasado.
-Te has drogado, Dani, ¿de dónde sacaste la droga?
Eso sí que no lo recordaba. Las pastillas, solo había tomado las pastillas. Y me había echado en el suelo de aquel descampado. Sí, me tomé las pastillas y me tumbé a esperar.
-La orina te ha dado positivo en metadona y fenciclidina.
De verdad que no sabía de qué me estaba hablando. Yo no había tomado nada de eso. Solo la venlafaxina y la duloxetina.
Luego, el médico con las preguntas de siempre. ¿Qué ha pasado, Daniel? ¿Por qué? ¿Cómo te sientes? ¿Lo recuerdas?
Sin embargo, esta vez no era capaz de reconstruir más que secuencias inconexas y contradictorias. La laguna mental era mucho mayor que la otra vez.
Recuerdo hacer la maleta apresuradamente, aprovechando unos minutos de ausencia de la vigilancia permanente que tenía, a turnos entre ella y mis hermanos, en casa de mi madre. Una botella de agua, las cajas de pastillas y algo de dinero para el tren. Ni cartera ni nada que pudiera identificarme.
Después, todo era nubloso. Un desfile de personas disfrazadas. Sí. Era carnaval. Todo el mundo iba disfrazado menos yo. Cuando llegué, en la estación de tren, todos iban y yo venía. Bolsas con botellones, ambiente festivo para lo que debía haber sido el preámbulo de mi funeral. Mi último paso.
Llevaba meses conviviendo con una ambivalencia que inclinaba la balanza hacia uno u otro lado por momentos.
La decisión vital.
La decisión letal.
Seguir o abandonar.
Luchar o rendirse.
Resignarse o retirarse a tiempo.
Me pareció cierto aquello de que los músculos guardan la memoria porque tantas horas de paseos con Dante, tantos trayectos en bicicleta y tantas jornadas de patinaje seguían impresas en mis piernas, a pesar de la inmovilidad de las últimas semanas. Respondieron estoicamente a la dirección de rumbo incierto pero firme a grandes zancadas.
Mientras el resto de la ciudad celebraba entre manzanilla, confeti y serpentinas; mis piernas obedecían abnegadamente a las órdenes dadas por mi dañado cerebro. Irracional decisión que mi estrategia mental había elucubrado como concienzudo plan de escape.
-De verdad que solo recuerdo haber tomado las pastillas –era lo único que podía decir.
Dolorosa y seguramente demencial idea, a ojos de las miradas cuerdas de mi alrededor, pero más que necesaria para mí, sopesada y sobradamente meditada.
Tenía que hacerlo. Tenía que dejar de ser el cobardica que solo lo pensaba y que se creía haberlo intentado antes en fracasados y vergonzosos amagos.
“Intento autolítico, intoxicación medicamentosa” era el resultado de mis ingresos de urgencia. El anterior, lo máximo que conseguí fue una neumonía por broncoaspiración que al final remitió sin mayor complicación.
Lejos de haberme hecho desechar la idea, al contrario incluso, habían continuado alimentándola, ofreciéndomela como una irresistible y morbosa medida.
Un romántico final. Como romántica me creía que había sido la relación de pareja con Juanjo de la que siempre había fardado tanto, idealizándola tan ciegamente que hasta el último momento creí correspondida.
Estúpido, idiota.
Solo quería que me quitaran aquellos tubos de la nariz y de la picha y me dejaran ya ingresado con el resto de locos, preferiblemente en una habitación individual; que dejaran de hacerme preguntas sobre unas drogas que no recordaba haber consumido.
A cada segundo de interrogatorio, confirmaba que mi patética existencia había dejado de tener ningún motivo. Todos se creían con la razón pero yo sabía que se equivocaban y que no eran capaces de reconocer ante mí, maltrecho residuo depresivo, que mis planteamientos, analizados con mi prisma, no eran tan descabellados. Sensatos incluso.
Sí que hay trenes que sí que pasan una sola vez en la vida y que hay vidas que ya no pueden ser rehechas. Y para malvivirlas, mejor irse a tiempo.
No solo era la pérdida de Juanjo, del trabajo en la biblioteca de Daraquiel, lo insoportable de aquel dolor, lo insanable de aquella herida; era que no tenía ni ganas ni fuerzas para seguir viviendo.
Pero cuando la balanza parecía inclinarse del todo, asomaba un pequeño pensamiento vitalista y esperanzador que acababa ahogándose en la desolación que volvía a aparecer para inundarlo por completo.
Por eso la larga caminata al bajar del tren de cercanías, en la parada de aquel pueblo como podría haber sido en la de cualquier otro. Qué sabía yo de su fama de destino para camellos y drogadictos.
Convertir la escena imaginaria en real volvía a cobrar fuerza con cada paso. Un nuevo motivo para hacerlo. Para cuando alguien me encontrara ya sería demasiado tarde. Tirado en cualquier recóndito lugar, mi marchito cuerpo atiborrado de las mismas pastillas que habían pretendido sin éxito curarme, descansaría para siempre. Lo que racionado en dosis y recetado por un psiquiatra, en elevadas cantidades, podía llegar a ser mi letal salvación.
Escuchaba al médico y a mi hermana y seguía sin saber qué había pasado. Cuándo me había drogado, si antes o después de las pastillas.
Pedí que me quitaran aquel incómodo tubo de la nariz y que tan desagradable se me hacía en la garganta al tragar la poca saliva que me quedaba.
-Hasta que no se acabe la bolsa de suero no te lo podemos quitar, Daniel.
Mi hermana se puso otra vez a hablar con el médico sobre lo mal que habían gestionado mi ingreso de un hospital a otro.
Me notaba cada vez más cansado y con más calor. No terminaba de encontrar el lugar adecuado. Toda la gente con que me iba topando me miraba como a un bicho raro. Debía estar horrible. A lo mejor hasta se me notaba la cara de loco, o de drogadicto, y me miraban de aquella forma porque vislumbraban en ella mis intenciones. Pero la indiferencia con que terminaban pasando a mi lado, catalogaba mi hipótesis de absurda. Y, en cualquier caso, aunque alguno pudiera imaginar algo raro en mí, no le hubiera importado lo más mínimo que estuviera buscando dónde morirme.
Nada. No les importaba nada. Como a Juanjo. Ya solo podía aspirar a provocar en él un único sentimiento, el de culpabilidad y remordimiento. Había, también, algo de maquiavélico en imaginar el momento en que llegara a sus oídos la noticia del fatal desenlace.
Lo que no sabía era en qué momento ni quién me había pasado la metadona. Dios mío, si no sabía ni si eso era en pastillas o si se esnifaba.
Ni a cambio de qué. Apenas llevaba cinco euros para el tren, y la tarjeta de crédito la había dejado en casa de mi madre. A lo mejor topé con otro enganchado que por solidaridad, me pasó.
-De verdad que no me acuerdo de nada, por favor, quitadme el tubo.
El suero se acabó y, con él, el interrogatorio y la estancia en la consulta del psiquiatra de guardia.
Los hombros me sudaban y la mochila me pesaba tanto que al final el lugar elegido fue más forzado que calculado. Un descampado en lo que ya debían de ser las afueras de aquel pueblo, supuse que apenas transitado, bastante alejado ya de la carretera.
Balanza decididamente inclinada, pros y contras analizados, consecuencias sopesadas.
Lo más fácil: desmerecer las palabras de las psiquiatras, profesionales de las que nunca me había fiado por echarles buena parte de culpa de la mala evolución de la enfermedad de mi padre, y que ahora me veían a mí como su segundo sucesor, tras los pasos herederos de mi hermano. Mi diagnóstico de “depresión exógena” llevaba la coletilla de “riesgo de viraje por antecedentes familiares”.
Por muy distorsionada y sesgada que estuviera mi visión de las cosas, mi realidad era una mierda, sí, ante mis ojos, vale, pero eran los únicos que tenía para mirarla, y mis ideas autodestructivas no eran una “sintomatología”, sino una meditada decisión.
Tampoco costó apagar las miradas de compasión de todos. Nunca he soportado dar pena. Por orgullo o soberbia, siempre he dicho que prefería despertar cualquier otro sentimiento, hasta el odio, antes que la lástima.
Lo peor, en cambio, fue acallar las evangélicas frases de mi madre para motivarme a encontrar la luz, las no palabras de mis hermanos, el tono dulce de Anna, Natasha y Nuria recordándome lo gran persona que era, el reclamo de atención de mis sobrinos, de Dante.
Fracasado, inútil, loco, trastornado como tu padre, patético, enfermo de mierda, parado voluntario, vergüenza social, autosuficiente de pacotilla… Era tanto lo que podía alegar para ir sacando cada una de aquellas pastillas y tomármelas con varios tragos de agua, que las palabras bonitas y las personas queridas desaparecían poco a poco.
Como tendría que haber pasado conmigo. Solo quería terminar de consumirme de una vez.
No acabar ingresado otra vez en aquel manicomio, sin poder dormir intentando recrear el momento en el que tomé aquella metadona, sentado en el wáter intentando cagar sin que saliera nada más que un fuerte escozor en el ano que me hizo pensar que quizá me hubiera dejado violar a cambio de la dichosa droga, en un delirio que, contra la somnolencia esperada, me habían provocado las pastillas.
Porque en las conversaciones de los médicos con mi hermana también hablaron de convulsiones y taquicardias.